DESCRIPCIÓN DE LA SOBERANA IMAGEN DE LA VIRGEN DE LOS REYES (CAP. III)
SU ENTRONIZACIÓN Y SU CAPILLA REAL (Cap. I)
VIRGEN DE LOS REYES: DE SU CULTO CONTINUO Y DEVOTO (Cap. II)

Es el momento de detenerse para hacer una descripción de la venerada Imagen de Nuestra Señora de los Reyes. Dejo a un lado las leyendas y tradiciones sobre la hechura de Nuestra Señora –pues aunque es bueno su conocimiento, no soy muy adicto a propagar dichas peregrinas tradiciones legendarias- y que nada aportan a la realidad histórica de tan interesante artísticamente y devoto Icono de la Excelsa Madre de Dios.
Todos los antiguos y modernos historiadores sevillanos coinciden en la remota antigüedad de esta venerada Imagen, coincidiendo en sus respectivos estudios en que data de la época fernandina, de mediados del siglo XIII.
Seguimos para este cometido a Gestoso (1) en su obra ya anteriormente citada:
“Todos los antiguos y modernos escritores sevillanos asignan a esta imagen remota antigüedad, conviniendo en que data de la época de San Fernando: algunos de los primeros tuvieron ocasión de examinarla con escrupulosidad; pero en cuanto a los segundos, ninguno lo hizo con la detención que se merece, así como nosotros, pudiendo afirmar que, con efecto, es un interesantísimo ejemplar de escultura románica del siglo XIII.
Dejando, pues, aparte si fue un regalo de San Luís de Francia u obra alemana o española, diremos que es toda de madera de cedro, y de tamaño tal vez un poco mayor que el natural: el rostro carece en absoluto de modelado, y basta sólo que nos fijemos en él atentamente para apreciar el estilo románico tan en boga a la sazón en aquellos días. La nariz es de poco relieve y pequeña, los labios ligeramente marcados y los ojos pintados y con poco movimiento de líneas. Notándose la falta de bulto, expresión ligeramente risueña y de inefable candor.
Curiosa en extremo es la disposición del cabello, pues no lo tiene tallado en el mismo trozo de madera de la cabeza, sino que lo forman delgados cordoncillos, que en su origen debieron ser de oro, quedando sólo al presente los hilos de seda del interior, de color indefinible, y leves vestigios de aquel metal. Cada uno de los referidos cordones hállase sujeto al cráneo por medios de sutiles puntas de acero, tan abundantes aquellos, que en la nuca adviértese bajo la toca, que a manera de monjil le rodea el rostro, una muy abultada madeja.
La encarnación del rostro se ha desprendido en algunos sitios, dejando ver las varias capas de pintura con que trataron de embellecerla en los siglos pasados.
Gran analogía adviértese entre la ejecución de esta imagen y las esculturas de la Virgen y su Madre que se veneran en la iglesia de Santa Ana de Triana; estas dos y la de Nuestra Señora de los Reyes hállanse articuladas del mismo modo y mueven sus miembros todos, dispuestos como los maniquíes.
Hasta el arranque del cuello y a la mitad del antebrazo está cubierta con una tela de tafetán rojo, de seda, perfectamente adherida en las partes que quedan señaladas. No hubo de contentarse el artista que la hizo con imitarle en lo posible algunos de los movimientos del cuerpo humano, pues quiso llevar su esmero hasta el punto que dentro del torso de la imagen colocó un mecanismo de ruedas dentadas de hierro y correas, hoy descompuesto, por medio del cual transmitía a la cabeza otros movimientos, que es de suponer el efecto que producirían en aquellos siglos de acendrada devoción.
Las manos son muy entrelargas, y los dedos puntiagudos, parecen indicar ya la influencia del arte ojival.

En cuanto a la efigie del Niño Jesús ofrece señales inequívocas de haber pasado por las manos de ignorantes restauradores, que han sustituido la antigua cabecita por otra moderna, tal vez cuando con mal acuerdo se dispuso variar la colocación que en lo antiguo tuvo el citado Niño, que sostenía su Santa Madre en el brazo derecho, según demuestran los antiguos sellos de la Capilla, y consta de la descripción de Hernán Pérez de Guzmán.
Bien merecen particular mención los zapatos que aún conserva calzados la venerada imagen y que hemos tenido ocasión de examinar con el mayor detenimiento. Los antiguos historiadores sevillanos consignan sólo que son de cuero con flores de lis y unas letras lombardas que dicen “amor”, y si con solas estas frases hubieron de contentarse aquellos eruditos, hoy que tan preferente lugar ocupan para los arqueólogos los procedimientos empleados por aquellos antiguos artífices industriales no creemos que se nos motejará de minuciosos si los describimos detalladamente en gracia de la rareza, como ejemplares de calzado del siglo XIII.
Miden 25 centímetros de largo: la forma de las suelas por las plantas es muy puntiaguda y estrecha por los lados y por el talón. Son de una piel blanca y fina como cabritilla, que se adapta al pie perfectamente. La parte delantera que sube por el empeine está recortada y dibuja una flor de lis, sirviendo como de tirador para facilitar su postura: otro tirador sencillo sube por la parte del talón. En las laterales se ven también recortadas unas como almenillas. Todos los bordes o contornos están ribeteados por una trenza de menudas correitas, cuya labor primorosísima resalta más por el dorado cobrizo de que estuvieron pintadas. Las partes anteriores y posteriores aparecen unidas por una costura al sitio del tobillo, oculta por otra labor de menudas correillas asimismo cobrizas.
En la delantera de ambos zapatos luce una flor de lis que la ocupa casi toda; es de cordobán o cabritilla cobriza y está incrustada en la piel blanca: a cada lado hay tres estrellas de ocho puntas, e inmediatamente, con caracteres monacales poco correctos de forma, se lee repetida la palabra AMOR.
La parte posterior tiene en el centro una cruz, cuatro palomas, dos arriba y dos abajo, y otras dos estrellas ya muy cerca de la costura del tobillo de que arriba hicimos mérito, una a cada lado, y por último, corren casi junto a los bordes y bajo las almenas 16 arquitos pequeñísimos ultrasemicirculares, calados en la piel blanca. Toda esta vése adornada con innumerables circulillos, también muy pequeños, grabados en su superficie y en la flor de lis, estrellas, letras, aves y cruz, que son de piel cobriza.
La combinación de los dos colores de los cueros y el primor con que estos adornos están ejecutados nos recuerdan el perfeccionamiento alcanzado por aquellos inteligentes artífices mudéjares, tan diestros en la fabricación de guadameciles y en el manejo de toda clase de pieles, con los cuales se enriquecieron nuestros templos y emplearon los magnates y poderosos en el decorado de sus moradas, en sus trajes y arreos militares. Las laborcitas caladas en forma de arcos ultrasemicirculares, el trenzado de los ribetes y hasta la imperfección de las letras monacales de la palabra amor nos sirven de fundamento para juzgarlos obra de industriales mónicos del siglo XIII. Son, por tanto, objetos de inestimable valor, y no conocemos en España ninguno que pueda comparárseles, pues sabido es la rareza de semejantes prendas”
Y continúa Gestoso diciéndonos:
“El adorno de las flores de lis, preguntamos
ahora, ¿fue casual o con aquellas tratóse de recordar la procedencia francesa de
la Imagen? Nos inclinamos a aceptar la segunda opinión por creer dicha empresa
heráldica harto significativa puesta en los pies de la Virgen y en un calzado
seguramente mudéjar. De no ser así, parece lo natural que en vez de lises
hubiesen sido castillos y leones, que con verdadera profusión emplearon en sus
trajes y en cuantos objetos tuvieron relación con las personas de San Fernando,
y de su hijo, don Alonso, como aparece en la mortaja del Santo Rey, de sus
acicates, pavés y bandera, y de los tabernáculos en que se custodiaban los
antiguos simulacros, adornos de las Tablas Alfonsinas y otros monumentos debidos
a su hijo. En unos y en otros siempre aparecen alternando las empresas de
Castilla y León, y si en los zapatos de la Virgen, que en nuestro concepto son
de la segunda mitad del siglo
XIII, se muestra la simbólica empresa del escudo
del Rey de Francia, ¿habremos de estimar que se debe
sólo
al capricho del industrial
que tan primorosamente los hizo? No lo creemos,
y en tal virtud consideramos que no es éste un
pormenor insignificante en que no hay que
fijarse al tratar de esclarecer el origen de la interesantísima efigie de que
tratamos”.
José Velázquez y Sánchez (2) en sus Anales de Sevilla de 1800 a 1850, en el año 1806 nos dice:
“En la época del mal gusto en letras y artes, que desde el siglo XVII llega hasta el promedio del XVIII, esta imagen fue cubierta de un enorme verdugado que la hacía monstruosa en sus contornos; pero al renacimiento de mejor estilo, y al caducar las golas, los vuelos, petos, cotillones y guardainfantes, pareció absurda aquella mole de tela que revestía la figura de tan celebrada efigie, y dejándola libre de sobrepuestos ridículos, se acordó construirle una silla de madera Nazareno, con perillas, embutidos, labores y adornos de plata, cuyo costo ascendió a la suma de treinta mil reales; apareciendo así mejorada el viernes, 15 de agosto, día de la fiesta grandiosa de la Asunción, en la procesión matinal que saliendo de la Santa Iglesia matriz por la puerta de los Palos entra por la de San Miguel, entre las aclamaciones, los ruegos y los votos de un concurso innumerable de vecinos y forasteros, congregados al paso del lucido cortejo de la soberana y milagrosa efigie”.
Romualdo de Gelo
NOTAS A PIE
(1) GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo 2º, págs. 324 y ss.
(2) VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ, José: Anales de Sevilla de 1800 a 1850.Imprenta y Librería Hijos de Fe, Sevilla, 1872. Reeditada edición facsímil por el Servicio de Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla. Colección Clásicos sevillanos 7. Sevilla, 1994. págs. 46-47.