La Plaza Nueva
En el inmenso solar de la Casa Grande de San Francisco se creó tras la desamortización del s. XIX la Plaza Nueva, la otra gran plaza del centro hispalense.
Del desaparecido Convento subsiste una capilla consagrada a San Onofre, que pasa desapercibida por encontrarse como un edifico más en el lado Sur de la Plaza Nueva, siendo desconocida incluso para muchos sevillanos.
Parece que en el siglo XI toda la zona en la que se sitúa la actual Plaza Nueva y sus aledaños, estuvo ocupada por un cementerio, huertas, la llamada “laguna de la Pajería” resto sin duda de un brazo del río (como lo confirman hallazgos arqueológicos posteriores como los restos de un barco durante las obras de construcción del ferrocarril metropolitano en los años setenta) y diversas construcciones e instalaciones, relacionadas a través del Arenal, con la actividad portuaria.
Después de la ampliación de la muralla en el siglo XII, toda esta zona, que llegaría hasta la Puerta de Triana y el trazado de la actual calle Zaragoza, sufre con los años un paulatino proceso de colmatación, que no obstante dará lugar a que albergue tanto edificaciones como vacíos.
Seguramente fueron los franciscanos la primera comunidad religiosa en asentarse en este lugar a finales del siglo XIII. Siglos más tarde (1605) lo hará otra, que en cambio aún perdura en el actual Convento de San Buenaventura cercano a la plaza.
Tras la ocupación francesa, como ocurrió con muchos otros edificios de la ciudad, el convento sufrió numerosos destrozos al que seguiría un gran incendio en 1810.
Teniendo en cuenta su mal estado, se plantean desde diversos estamentos de la ciudad, una reforma urbana de todo este sector que se centraría en la apertura de una gran plaza, que aprovechando la antigua zona de huertas y abriendo una calle haría más fácil el recorrido por todo el área.
Sin embargo se acordó reabrir la iglesia del convento en 1813 e iniciar en 1815 la reconstrucción del convento.
La lentitud del proceso propicia que con las medidas de exclaustración de 1835 las obras sean finalmente detenidas.
Enseguida la Junta Popular de 1840 acuerda demoler lo que quedaba del convento y los terrenos que ocupaba se ceden por Real Orden a la ciudad en 1849.

Con ocasión de esta cesión un grupo de personas relevantes e intelectuales “empeñados en transformar el trazado de la ciudad para aproximarlo al de las grandes capitales europeas”, vuelven a considerar la idea de trazar una gran plaza en todo el solar a modo de plaza mayor de la que ésta carecía y así se lo hacen saber al Ayuntamiento en marzo de aquel mismo año. El Ayuntamiento se muestra entusiasta con la idea y el proyecto del arquitecto Ángel de Ayala incluso es aprobado con rapidez por la Academia de Bellas Artes en 1850, donde había sido enviado por el propio consistorio.
En 1851 el proyecto es reformado y nuevamente aprobado pero no llega a ejecutarse, debido tanto a la falta de fondos municipales para acometerlo como también a cierto desinterés por parte de aquellos que habían tomado su iniciativa, incluso se llegan a vender a particulares terrenos linderos con lo que iba a ser la plaza.
Por fin en 1852 con motivo de las obras del Ayuntamiento por el arquitecto municipal Balbino Marrón, éste se hace cargo del proyecto de la nueva plaza que es inaugurada oficialmente ese mismo año con el nombre de Infanta Isabel, primogénita de la Duquesa de Montpensier.
En realidad no estaba completamente terminada: quedaba casi todo el conjunto de las edificaciones de su perímetro que habían de darle fachadas y el propio edificio del Ayuntamiento.
No será hasta 1854 cuando Balbino Marrón presenta el proyecto del paseo de salón con el que se quiere configurar la plaza, ni hasta 1856 cuando finalicen las obras de las fachadas que cerrarían los lados Norte, Oeste y Sur, no habiéndose completado la correspondiente al edificio del Ayuntamiento.

En cabildo de 22 de septiembre de 1868 se acordó que llevase el título de "La Libertad". Al triunfar los republicanos en 1873 se llamó Plaza de la República, y en 9 de diciembre se acordó que se titulase "de la República Federal". En 30 de enero de 1875 se acordó que se denominase "Plaza de San Fernando". No obstante los varios nombres oficiales, el pueblo siempre la denominó como Plaza Nueva, lo que en principio fue un calificativo de recién hecha se transformó en el nombre propio y oficial con el que es conocida.
"El convento de San Francisco estuvo en pie desde su fundación, en 1258, hasta su extinción, en 1840. La recta final que le llevó a su total desmantelamiento empezó en 1810 con la ocupación francesa. Ese mismo año sufrió un espectacular incendio que lo hizo arder «por los cuatro costados», y finalmente, en 1840, comienza su demolición. Con anterioridad se había avisado a las distintas hermandades —y allí hubo muchas, como Vera Cruz— para que retiraran sus enseres.
En 1850 se aprueba el proyecto de la Plaza Nueva, para cuya construcción se reutiliza material del convento demolido. Los dos únicos restos arquitectónicos que se salvan son la capilla de San Onofre y el Arquillo renacentista de la Plaza de San Francisco. La capilla quedó dentro de la alineación de la plaza, enmascarada tras una fachada que sigue el mismo diseño de este conjunto urbano. El Arquillo era la entrada principal, la más suntuosa que tenía la Casa Grande. Junto a ésta había otra puerta, de forma acodada, que llamaban de Tintores por estar cerca de la calle del mismo nombre, hoy Joaquín Guichot.
Resulta extraño que sobre este convento tan representativo de la ciudad haya llegado tan escasa documentación gráfica: apenas unos sencillos bocetos y una interesante fotografía de mediados del siglo XIX que recoge el derribo del monumento. Por eso, para comprender la distribución del edificio, resulta muy útil el plano que aporta la profesora María José del Castillo en su obra El Convento de San Francisco, Casa Grande de Sevilla, y que reproducimos sobreponiéndolo de forma aproximada al callejero actual. La autora se ha basado en diversas descripciones tomadas de diferentes documentos.
A Félix González de León, que llegó a conocer el edificio franciscano, se debe la descripción más apasionada que se conserva sobre este monumento. Lo escribió de memoria, cuando ya no existía. De ahí que diga en su Noticia Artística de Sevilla, publicada en 1844, que le resulta «casi imposible describir este magnífico edificio» y que «con dificultad se hallará otro convento que tenga su extensión, sus comodidades y sus adornos».
Y uno se imagina ese compás amplio, del que no existe dibujo alguno, abierto a los ciudadanos con su fuente que «servía de mucho alivio a tantos pobres y mendigos como había en la ciudad», según narra González de León. A un lado de este atrio abierto se alineaban las capillas de los Burgaleses, la de San Onofre y la de los Portugueses. Enfrente se disponía uno de los muros laterales del templo y, al fondo, frente al arco plateresco, se hallaba la portería con su pequeño patio contiguo y la hermosa huerta que se prolongaba como medianera del convento de San Buenaventura. La iglesia era de cruz latina, de una sola nave, y sobrepasaba los cuarenta metros de longitud. El retablo principal, del primer tercio del siglo XVI, se conserva en la actualidad en el monasterio de San Lorenzo de Santiago de Compostela. Habían numerosos enterramientos que continuaban por el Panteón, el más importante después de la Catedral, según González de León. Como curiosidad, el templo poseía una torre de planta triangular con tres campanas.
Los claustros principales iban en consonancia con la categoría del convento. El grande se reedificó en 1593, renovándose en la segunda mitad del siglo XVIII. Era de dos plantas con arcos de medio punto que descansaban en columnas pareadas.
De su riqueza artística, repartida, en parte por otras iglesias de esta ciudad, se sabe que fue numerosa y de gran calidad: obras de Murillo, como la Inmaculada la Colosal (Museo de Bellas Artes de Sevilla); Herrera el Viejo, Alonso Vázquez, Martínez Montañés, Felipe de Rivas, Francisco de Ocampo, Roldán y Domingo Martínez, entre otros.
En el convento de San Buenaventura se guardan, por ejemplo, el pequeño retablo de la Estigmatización de San Francisco, una imagen de la Virgen del Patrocinio del siglo XVIII, la Inmaculada La Sevillana y la cajonería de la Sacristía. Y en la parroquia del Sagrario queda un espléndido púlpito de mármol realizado en Estepa en 1630.
De la Plaza Nueva nos queda el espacio central regionalista de 1924, dominado por la fachada decimonónica del Ayuntamiento, que trazó Balbino Marrón, y algo de la arquitectura primitiva de la plaza: la manzana donde está la capilla de San Onofre y otra casa junto a la calle Méndez Núñez. El resto son alteraciones de un modelo uniforme que empieza a quebrarse cuando Vicente Traver diseña, en 1917, la casa regionalista del mirador de esquina, junto a la calle Badajoz."[1]
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La Plaza Nueva en 1872 |
Volviendo al espacio de la Plaza Nueva, los primeros planos fueron de Ángel de Ayala y modificados después por Balbino Marrón. El espacio central fue concebido como salón y ya en los primeros años se plantaron naranjos y palmeras, rodeándola con tres hileras de bancos de mármol con respaldos de hierro en todo el contorno y en el centro un kiosco para la música. En 1880 es cuando se tiene constancia de la primera plantación de palmeras en la Plaza Nueva. Fue la primera plantación de palmeras en un espacio urbano de la ciudad. Éstas provenían de Elche y con ellas vino el hortelano que debía plantarlas.
A principios del siglo XX de la dotó de árboles de sombra, Platanus orientalis y ailantos, éstos últimos desaparecidos, bordeadas sus aceras de alineaciones de naranjos amargos.
La Plaza se reforma en 1921 y se termina el 15 de agosto de 1924 con la inauguración del monumento central.
"En el centro
de la Plaza se encuentra el monumento al Santo Conquistador de la ciudad,
acordado y proyectado en varias ocasiones a partir de 1862, pero que hasta 1924
no fue una realidad. Su traza es original del arquitecto sevillano Juan Talavera
y Heredia. Joaquín Bilbao es el autor de la figura ecuestre.
Está inspirado en el estilo de transición del románico al gótico y se levanta sobre unas gradas de granito. El basamento, de planta estrellada que luego pasa a rectangular, lleva en su cuatro frentes las figuras, en busto redondo y de tamaño mayor que el natural, de Alfonso X el Sabio, obra del escultor Enrique Pérez Comendador; del esforzado y casi legendario Garcí Pérez de Vargas, tallada por Agustín Sánchez Cid; del primer arzobispo de Sevilla, D. Remondo de Losana, debida a Adolfo López Rodríguez; y del primer Almirante de Castilla D. Ramón Bonifaz, obra de José Lafita Díaz, todos ellos escultores sevillanos.
Sobre estas figuras y coronando los bellos doseletes góticos de alabastro que las cobijan, se hallan, alternativamente colocadas la Giralda y la Torre del Oro en su primitivo estado en el período almohade. Sobre una cornisa ce canecillos románicos se levanta la estatua ecuestre de Fernando III el Santo, modelada por Joaquín Bilbao y Martínez"[2].
En 1924 se instalan 12 artísticas farolas de fundición sobre pedestales de jaspe y asientos semicirculares de mármol. En 1930 se rodea de parterres y se cierra con una balaustrada de mármol, desaparecida en los años cuarenta junto con los asientos de piedra blanca. Se pavimenta con losas de mármol y enchinados. Unos setos de arrayán enmarcan los parterres donde se sitúan las plantas de flor[3].

En la
actualidad, con las obras del Metropolitano, han aparecido importantes restos
arqueológicos que nos hablan del riquísimo pasado histórico de este enclave.
Entre los restos hallados se
encuentra una fuente que puede datarse a simple
vista entre finales del siglo XVI y principios del XVII, perteneciente al
antiguo convento de San Francisco. Por la situación, la fuente podría ser la que
había en el compás conventual, muy cerca de la capilla de San Onofre. La
policromía y la elegante composición de sus azulejos la convierten en una de las
fuentes más bellas en su estilo. Entre los elementos que la decoran aparecen
motivos vegetales y religiosos: unos angelitos distribuidos siguiendo la forma
circular. La fuente, que carece de surtidor, será trasladada y restaurada para
su conservación y exhibición.
Pero esta fisonomía de la Plaza Nueva de concepción romántica ha variado plenamente tras la última remodelación a que ha sido sometida en el presente año 2006. Aunque los trabajos no han concluido, la Plaza, que permanecía en obras desde la pasada primavera con motivo del plan de peatonalización del casco histórico de la ciudad, se ha abierto nuevamente al público el 5 de diciembre de este presente año con la inauguración de la exposición de esculturas monumentales titulada "El mito perdido" del artista polaco Igor Mitoraj que ha sido instalada en la misma.
La reforma de la Plaza ha sido sustancial: han desaparecido las vías de tránsito rodado que rodeaban el espacio de la plaza-salón, ampliándose, por tanto, la misma a todo el espacio que limitan sus cuatro flancos perimetrales, haciéndose toda ella peatonal. Se han colocado en la plaza, además, 2.600 m2 de mármol, 10.000 m2 de granito y 320 m2 de bordillos, bancos de granito con recubrimiento de madera, 33 farolas fernandinas de tres brazos, 28 farolas fernandinas de un brazo, diez luminarias de alcorques, 38 árboles plátanos, 27 naranjos y 14 palmeras, así como seis cabinas, una fuente, tres quioscos, un aparcamiento para bicicletas, 30 papeleras y una parada de taxis. El proyecto global del tranvía en sí contempla en la Plaza Nueva unos 45 metros de vía simple, con un desvío y un tramo de vía doble, hasta el final del apeadero, de 54 metros, y una marquesina.
"La Plaza Nueva de
Sevilla, resultado de los derribos del siglo XIX, era el más claro ejemplo de
salón romántico. La plaza era como la pieza principal de la casa de todos que
era la ciudad: por eso le decían el salón. Salones románticos con cornucopias de
palmeras, estrados de bancos con respaldo de hierro fundido, consolas de puestos
y aguaduchos. Todo ese concepto ha sido borrado de un plumazo, sin que nadie
proteste en la ciudad del No Passssa Nada. No es que hoy se inaugure la Plaza
Nueva del siglo XXI: es que hoy se celebra el solemne funeral por la primigenia
Plaza Nueva del siglo XIX, que ya desapareció para siempre".
(Antonio Burgos:
Las Placitas Nuevecitas. ABC de
Sevilla, 5-12-2006).
Romualdo de Gelo
Fotos de la exposición de Igor Mitoraj
Fuentes consultadas:
COLLANTES DE TERÁN Y DELORME, Francisco: El Patrimonio Monumental y Artístico del Ayuntamiento de Sevilla.
GUICHOT Y SIERRA, Alejandro: El Cicerone de Sevilla
ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, Sevilla, 2003
MONTOTO, Santiago: Las Calles de Sevilla. Sevilla, 1940
FERRAND, Pablo: artículo titulado "Cuando la Plaza Nueva era Casa Grande", publicado en ABC de Sevilla el 30/05/2006
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[1] Pablo Ferrand, en su artículo titulado "Cuando la Plaza Nueva era Casa Grande", publicado en ABC de Sevilla el 30/05/2006
[2] COLLANTES DE TERÁN Y DELORME, Francisco: El Patrimonio Monumental y Artístico del Ayuntamiento de Sevilla.
[3] ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, Sevilla, 2003