PLAZA DE SANTA MARTA
Si Sevilla en general y, en particular,
muchas de sus calles y plazas tienen un "embrujo singular", esta Plaza o Placita
de Santa Marta ocupa entre ellas un lugar de privilegio. Oculta, casi tímida,
recoleta, romántica, apacible, de ensueño ..., remanso de paz en la babilónica
Sevilla de los ensanches, modernidades y precipitaciones. Un lugar casi
desconocido incluso para muchos sevillanos y que resulta ser uno de los rincones
más encantadores de Sevilla.
En la confluencia entre la Plaza Virgen de los Reyes y la calle Mateos Gago, como una continuación de la fachada del Convento de la Encarnación, junto al ciprés, guardián siempre enhiesto y vigilante, se inicia el angosto callejón de Santa Marta que nos lleva a la Placita del mismo nombre, sin más salida que su propia entrada. "Esta calleja sin salida, en la que murió el Venerable Contreras, fue antaño bastante más larga y formó parte de la Plaza del Palacio Arzobispal, y corría entre el Hospital que le dio nombre y el Corral de los Olmos. En su mediación tuvo puertas que se cerraban de noche, y en su comienzo un arquillo en el que hubo un paso cubierto" según afirma don Santiago Montoto en su obra Las calles de Sevilla.
"La
placita sólo tiene en su centro una cruz, y en el aire un rezo... Y un único
caminito al mundo, que es el callejón de Santa Marta... Y aunque la Giralda se
asoma para verla, no la ve bien. Y le echa los besos de sus campanas por encima
de la tapia blanca." (Francisco Coves, en un artículo publicado en Blanco y
Negro)
Esta recoleta Placita es uno de los escasos restos que nos quedan del antiguo Hospital de Santa Marta, de ahí su nombre, fundado en 1385 por el arcediano de Écija, Fernán Martínez, en unas casas de su propiedad, a las que entregó otras permutadas con el cabildo eclesiástico, que habían formado parte de la antigua mezquita de los Osos. De este edificio se conservan distintos restos en el interior del actual convento agustino de la Encarnación, especialmente en su iglesia.
"Sepan quantos esta carta uieren como nos el dean e el
cabildo de la sancta eglesia de la muy noble çibdad de seuilla estando ayuntados
en nuestro cabildo llamados especialmente para esto que se sigue Por cuantos vos
Don ferrant martines arçediano de ecija e canonigo en la dicha eglesia por faser
seruicio á dios e a la virgen santa martha fesiste vn ospital para pobres a onra
de la dicha virgen que es en la collacion de la dicha eglesia viendo que la
dicha obra es santa e buena e gran seruicio de dios á lo qual todos nosotros
somos tenudos Otorgamos e conoscemos que vos damos agora e para siempre en
troque e en cambio que conosco fasemos para el dicho ospital las casas que se
siguen conuiene a saber "la mezquita que disen de los ossos:" iten las casas que
dexo domingo perez... Fecho veynte dias de mayo año del nascimiento de nro
Saluador ihuxpo de mill e tresientos e ochenta e cinco años." (Documento
transcrito por Gestoso en su obra Sevilla Monumental y Artística, edición
facsímil, publicado por el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla,
Sevilla, 1984, Tomo I, págs. 290-291).
El
actual Convento de la Encarnación, de las religiosas Agustinas, que preserva
y esconde la
eterna intimidad de nuestra Placita, resto del antiguo hospital, es conocido popularmente
como el Convento de Santa Marta, por las razones históricas expuestas y
venerarse en
él una Imagen de la Santa que goza de gran fervor en Sevilla y sus comarcas.
Esta Comunidad religiosa, procedía del antiguo Convento de la Encarnación,
ubicado en la actual Plaza del mismo
nombre, fundado en 1591, y mandado derribar por el "Gobierno intruso" en 1811, y
en cuyo solar
se construyó el también desaparecido Mercado o Plaza de Abastos de la
Encarnación, sobre cuyo actual terreno, con una más que rica historia
arqueológica, se está comenzando a construir un también más que polémico
proyecto urbanístico.
Tras esta exclaustración la Comunidad se trasladó provisionalmente al extinguido Convento de Padres Terceros de San Francisco, en la collación de Santa Catalina, y de aquí pasó a unas casas contiguas del Hospital de Santa Marta que nos ocupa, que les donó el Cardenal Cienfuegos, siendo Obispo de Cádiz. El Cabildo Catedral les concedió el uso de la iglesia del antiguo hospital, que se conserva en muy buen estado y que mantiene el aspecto propio del mudéjar del siglo XIV. Merece la pena visitar la capilla y sorprenderse con la paz que emana de ella, en contraste con el bullicio exterior, y donde su belleza se mezcla con los cantos de las religiosas en las celebraciones litúrgicas de las Horas, especialmente las de Vísperas.

Mas ya en el recinto de la coqueta Placita, en su centro se alzan, sobre peana de ladrillo y piedra encalada "y a la sazón decorada por incívicos e insensibles gamberros", una preciosa cruz de piedra, apoyada en capitel y trozo de fuste, con el Crucificado por un lado y una Piedad en el opuesto, obra de Diego de Alcaraz (1564). Esta Cruz estuvo antes en el Hospital de San Lázaro.

Esta Placita estuvo enladrillada en el siglo XVI. Según da cuenta don Santiago Montoto en Las calles de Sevilla, hablando de ésta dice que: "En el Libro de Caja del Ayuntamiento, de 1570 a 1574, hallo el siguiente acuerdo: "En 2 de abril (1571), 5881 mrs a Luis de Molina, empedrador, por lo que hizo en la plaza de Santa Marta"
Hoy cuenta con pavimento de cantos rodados y piedra de Tarifa.

Los naranjos agrios, las buganvillas, jazmines, damas de noche, enredaderas y gitanillas de sus macetas y arriates, son los persistentes testigos de cuantos distintos y variados eventos y emociones se viven quedamente en esta Placita en la que, según la leyenda, tuvo lugar el rapto de Doña Inés por Don Juan Tenorio.
La Plaza de Santa Marta es "menos" que plaza, es la Placita, con lo que de afectivo connota el diminutivo usado al sevillano estilo, que sobrecoge el ánimo, que ensimisma, que aflora el secreto interior de cada uno con su abstracto poder. En este espacio de quietud se topa el vociferante ruido y ajetreo de la Ciudad y se acompasa en un solo y profundo sentir nuestra presencia y la abstracción que nos anula. Haced la prueba.
Romualdo de Gelo