EL ANTIGUO MONUMENTO EUCARÍSTICO DE LA CATEDRAL DE SEVILLA

La maravillosa, sugerente y “mística” fotografía que encabeza esta entrada quizás sea de los últimos documentos gráficos que existan de este Monumento Eucarístico. En ella se muestra la estación que frente a Su Divina Majestad Sacramentado, oculto en el Sagrario del Monumento, realiza el paso de María Santísima de la Concepción de la Hermandad del Silencio en la sin par “Madrugá” hispalense. Esta fotografía nos servirá de base para conocer la composición y hechura del desgraciadamente desaparecido Monumento.

Del esplendor que, en tiempos pasados, alcanzaban las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa en la Catedral sevillana dan testimonio algunas de las principales piezas de su mobiliario. Es el caso del Candelero de Tinieblas, el Cirio Pascual y, sobre todo, del Monumento Eucarístico. De las tres, sólo el segundo, aunque alterada su tradicional fisonomía y reducidas sus proporciones y ornamentación, continúa en uso.

Las reformas litúrgicas, en relación con el primero, y el elevado costo de las operaciones de montaje y desmontaje del Monumento, unido a su mal estado de conservación, han hecho de aquel un objeto de museo y de éste una pieza de almacén.

Desde que “al majestuoso y portentoso Monumento de Sevilla” se le dio tan triste destino, las funciones para las que este fue creado las viene cumpliendo el altar del plata del Corpus Christi, actualmente expuesto de forma permanente en el llamado Altar del Jubileo.

Siguiendo la antiquísima tradición de la Iglesia, a modo de decorado litúrgico pascual, se levantaba en la Catedral de Sevilla el denominado Monumento para los Oficios del Jueves Santo y del que se poseen noticias concretas desde el siglo XVI. De este Monumento del siglo XVI no se tiene documentación gráfica de su descripción y sólo podría hacerse una idea de un dibujo autógrafo de Hernán Ruiz II, reflejado en un Códice de su mano y que se conserva en la Biblioteca de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. Su fisonomía se conoce gracias al dibujo sobre papel entelado, realizado a tinta y coloreado, que aparece firmado y fechado “D. Lucas de Valdes Hispalenses pinxit. Anno 1695”, que se hallaba colgado en uno de los muros de la, hasta hace poco tiempo, sala de investigadores del Archivo Catedral de Sevilla; así como al grabado abierto en Amberes por Pedro Baltasar Bouttats siguiendo un dibujo de Domingo Martínez, de comienzos del setecientos.

 

El Monumento, hasta 1624, constó exclusivamente de tres cuerpos según se desprende de los pagos que se hacen a los artistas que intervienen en la decoración del mismo. Este año es importante para la renovación del Monumento, tanto a nivel arquitectónico como escultórico. Miguel Cano –ensamblador- será quien dé forma y añada un cuarto y último cuerpo que básicamente se trataba de una cúpula de nervios sobre ocho columnas de orden compuesto y que se coronaba con un Calvario.

Hasta 1688 las transformaciones sufridas en el Monumento habían sido mínimas, exceptuando la mencionada de 1624. Entre 1688 y 1689 se llevó a cabo la renovación total del Monumento, debido al mal estado en que se encontraba. Esta obra fue encomendada al pintor Miguel Parrilla, de Málaga, concertándose el 3 de abril de dicho año la renovación del primer cuerpo, ascendiendo su coste a mil ducados de vellón.

El Cabildo catedralicio, al ver el buen curso que seguían las obras en el primer cuerpo del Monumento y el mal estado en que se encontraba el resto, decidió renovar también los demás cuerpos, pidiendo presupuesto al mencionado Parrilla. La renovación duró hasta abril de 1689, fecha en que se estrenó. El utrerano Francisco Antonio (Ruiz) Gijón fue el maestro imaginero que ejecutó el aderezo y renovado de todas las imágenes que se colocaron en el Monumento. Su labor consistió en hacer nuevas figuras de Cristo crucificado y los dos ladrones para el Calvario que remataba el Monumento, sustituyendo así al que se hizo en 1624; las cabezas de Melquisedec, Aarón y la Ley de Gracia, así como renovar todas las demás imágenes en sus vestiduras y hacerles manos y pies. Por estos trabajos, Gijón cobró 1.900 reales y se le concedió una gratificación de 400 reales más.

EL PROGRAMA ICONOGRÁFICO DEL MONUMENTO

La elección de las figuras que integraban el Monumento, así como las inscripciones que acompañaban a cada una de ellas, nos indican un doble sentido en el programa iconográfico:

-a) Relatar el Misterio Eucarístico.

-b) Dar a entender que la Nueva Ley, es decir, la Ley Evangélica supera a la Ley Antigua, o dicho de otra forma, la superación del sacerdocio levítico por el instituido por Cristo.

Las figuras se disponen dos a dos complementándose una a otras recíprocamente. Las figuras del segundo cuerpo se dividen en dos grupos bien diferenciados, por una parte cuatro figuras bíblicas: Abraham, Melquisedec, Moisés y Aarón; por otra, cuatro figuras alegóricas: la Naturaleza Humana, la Vida Eterna, la Ley de Escritura y la Ley de Gracia. En el centro de este segundo cuerpo se colocaba la imagen de Cristo salvador del Mundo.

Fig. 1.- Fachada Principal (Vista desde el Trascoro)  Fig. 2:- Fachada del lado de la Pila (Vista desde la Nave de San Pedro)

 

En sus respectivas obras, Espinosa de los Monteros (1635), Arana de Varflora (1789) y Guichot (1935) describen estas imágenes y su simbología.

Arquitectónicamente, el tercer cuerpo es de orden corintio, formado por ocho columnas con su friso y cornisa. Las imágenes e inscripciones que adornan este cuerpo aluden claramente al tema de la Pasión y serán un eslabón más de toda esta iconografía eucarística que culminará con el Calvario en el cuarto y último cuerpo. En él se representa a Abraham desenvainando el alfanje y a Isaac que porta la leña para el sacrificio, que iconográficamente simboliza una prefiguración del Sacrifico Eucarístico. Así mismo se representan también el sayón que dio la bofetada a Cristo y el soldado que se jugó la túnica del Salvador.

Fig. 3.- Fachada de la Puerta Grande (Vista desde la Portada de la Asunción)  Fig. 4:- Fachada del lado del lado de la Cátedra (Vista desde la Nave de San Pablo)

Sobre estas dos imágenes, el profesor Lleó Cañal, haciendo un análisis comparativo con las que aparecían en el dibujo y descripción de 1594, comenta que son dos de las tres únicas imágenes que fueron sustituidas  o transfiguradas por el barroco, ya que el diseño de 1594 representaba a Sedecías y Miqueas como falso y verdadero profetas respectivamente. El profesor Lleó indica que una posible causa de estas sustituciones o transformaciones pudiera ser que: “En ocasiones, los hombres del Barroco parecen no comprender los sutiles “programas” iconográficos renacentistas y los altera...”

Igual sucede con la figura de la Reina de Saba, que en el proyecto de 1594, aparece como Betsabé. Tanto las figuras de Salomón como la Reina de Saba pudieron hacer alusión al matrimonio místico entre Cristo y la Iglesia.

La imagen de San Pedro se presenta llorando, es decir, en relación con el arrepentimiento, lo que sería una prefiguración del Sacramento de la Penitencia, necesario para la redención. Por último, se representó otra figura también en relación con el tema eucarístico, se trata de la imagen del sacerdote del Concilio y que, como menciona Lleó Cañal, cabe la posibilidad de que esta figura se colocara para no romper la simetría formal al representar la figura de Jesús atado a la columna en el centro del tercer cuerpo.

Sobre los peldaños de la escalinata que configuraban la base de la estructura del cuarto y último cuerpo, se asentaban las imágenes de la Virgen y San Juan Evangelista. Como remate se colocaba encima de la cúpula a Cristo Crucificado entre San Dimas y Gestas, cuyo significado iconográfico sería la culminación del mensaje evangélico de Jesús necesario para la Redención de la Humanidad y la participación de la Divinidad a través de la Eucaristía.

Las inscripciones de los pedestales de las figuras en esta renovación de 1688-1689 se debieron al padre jesuita Bartolomé de Salas y las ejecutaron D. Juan Díaz, sacristán mayor de Santa María la Blanca, y Juan Justo Lobato, según consta en el documento catedralicio de 1689.

EL MONTAJE DEL MONUMENTO EN 1692

Todo el montaje y desmontaje del Monumento seguía un riguroso orden que no podía alterarse debido a la gran complejidad de piezas del mismo. El lugar de ubicación se hallaba entre la puerta llamada “Grande” o de la Asunción de la Virgen en la actualidad y el Trascoro del Templo Catedralicio.

Las condiciones laborales en que se trabajaba eran bastante duras, así, los obreros solían entrar por la puerta llamada de Campanillas y comenzaban su labor sobre las seis de la mañana en el mes de marzo y a las cinco y media de la mañana hasta la puesta de sol en el mes de abril. El salario que percibían era de cinco reales diarios y descansaban los domingos y fiestas de precepto.

Se comenzaba por hacer los cimientos retirando algunas losetas y tierra almacenándolos en el Sagrario Viejo, para una vez terminada la Semana Santa volver a colocarlas. Se pasaba seguidamente a afianzar pedestales, basas y columnas del primer cuerpo, los cuales se hallaban numerados para su perfecto asentamiento.

Posteriormente se procedía a montar el primer “cielo” o techo del primer cuerpo, que lo formaban cuatro tableros mayores y ocho tableros más, cada uno con su correspondiente inscripción alusiva a la Pasión de Cristo.

Se continuaba hasta terminar el espacio reservado a colocar la Custodia, siguiendo también una numeración para pedestales, columnas y cornisas. Esta numeración consistía en un número para las columnas externas y el mismo número con un punto para las internas, es decir, para las que formaban el templete destinado a cobijar la Custodia.

Se proseguía realizando la misma operación para los siguientes cuerpos, con la particularidad que el lunes y martes anteriores a la semana Santa se colocaban las basas, pedestales e imágenes del segundo cuerpo, es decir: Jesús Salvador y los ocho Profetas llamados “grandes” debido a sus dimensiones, siguiendo también un orden muy preciso según el programa iconográfico establecido.

A continuación se colocaban las basas, columnas, pedestales y figuras del tercer cuerpo y lo mismo ocurría con los del cuarto cuerpo, es decir, las imágenes de la Virgen y San Juan.

El Lunes Santo se oscurecía el recinto cubriendo las vidrieras, concretamente las de San Laureano, Santa Ana, Cervantes, las tres de la naves de enfrente, San Miguel, Bautismo y las dos situadas más altas sobre el Monumento. Ese mismo día se subían las esculturas del Calvario.

El Martes Santo se colocaban las barandas de hierro que sustituían a las de madera. Las citadas barandas las donó, en la renovación de 1688-1689, el Capitán D. Juan Pérez Caro y cerraban las cuatro vistas del Monumento, siendo su autor Pedro Núñez, maestro herrero, y poseían 280 balaustres, 24 pilastras y dos puertas, una que daba al trascoro y otra hacia el llamado “caracol de la cera”, orientado hacia la nave de San Pedro.

Al igual que las demás piezas del Monumento, estas llevaban una numeración específica que se hallaba debajo del pasamanos alto de las mismas y consistía en una letra que se correspondía con el lugar donde se ubicaban y un número, por ejemplo la letra C.1 hasta C.5 para las situadas en el lado de la Cátedra; O,C.1 hasta O.C.5 para el lado del Órgano Chico; O.G.1 hasta O.G.5 para el lado del Órgano Grande, etc...

Las citadas barandas servían, a la vez, para la festividad del Corpus y poseían otra numeración por encima del pasamanos para su localización en el montaje de dicha celebración.

Respecto al tema de la iluminación, sabemos que se montaba el Miércoles santo y que básicamente se componía de blandones o hacheros y lámparas. El número de blandones o hacheros era de 42. Fueron realizados por Bernardo Simón de Pineda, maestro ensamblador, y dorados y barnizados por Miguel Parrilla, maestro pintor y dorador. Además se colocaban arbotantes encada una de las cornisas de los tres primeros cuerpos, hasta un total de 40, entre grandes, medianos y pequeños.

Las lámparas se encendían el Jueves Santo junto con toda la cera, quedando todo el Monumento iluminado hasta el Viernes Santo por la tarde en que se descolgaban y se colocaban en las naves y capillas de la catedral, descubriéndose de nuevo las vidrieras. Finalizaba este proceso con el exorno de Templo Catedral para la jornada siguiente con ramos de rosas y flores de azahar produciendo, como es de suponer, un sin fin de sensaciones tanto olfativas como visuales.

Tras todo lo expuesto, no dudamos que el propio Vaticano sintiese “recelos” de la solemnidad y pomposidad de las celebraciones litúrgicas de la Catedral Hispalense, liturgia y solemnidad que, actualmente, deja mucho que desear en algunos aspectos.

Romualdo de Gelo

 

BIBLIOGRAFÍA:

GARCÍA HERNÁNDEZ, José Antonio: Las imágenes escultóricas del monumento de la Catedral de Sevilla en la renovación de 1688-1689. Atrio: revista de historia del arte, Nº. 1, 1989, pags. 43-60

GARCÍA HERNÁNDEZ, José Antonio: El montaje del monumento eucarístico de la Catedral de Sevilla en 1692. Atrio: revista de historia del arte, Nº. 2, 1990, pags. 71-80

MORALES MARTÍNEZ, Alfredo José: Un dibujo del monumento de la Catedral de Sevilla por Lucas Valdés. Laboratorio de Arte: Revista del Departamento de Historia del Arte, Nº. 6, 1993, pags. 157-167.

LLEÓ CAÑAL, Vicente: El Monumento de la Catedral de Sevilla durante el siglo XVI. En “Archivo Hispalense”. Sevilla. 1976. T. LIX, nº 180