PLAZA DEL DUQUE DE LA VICTORIA

 

Primitivamente esta zona se hallaba, a modo de islote, entre los dos brazos que formaba el Guadalquivir a su paso por la antigua ciudad.

Tras la conquista cristiana de la ciudad y el posterior Repartimiento, una amplia parcela de esta zona es otorgada a los Duques de Medina Sidonia. En dicha parcela construirán su palacio. Anteriormente los Duques de Medina Sidonia tenían su vivienda en la plaza Grande de San Vicente, actual Cardenal Cisneros, esquina con Jesús de la Vera+Cruz. La plaza era una propiedad privada abierta a finales del cuatrocientos, a raíz de la edificación del palacio de los Guzmán o de Medina Sidonia. Hasta esa época la antigua calle de las Armas, actual Alfonso XII, se prolongaba hasta La Campana y el espacio de la futura plaza estaba ocupado por edificaciones, dos pequeñas calles y una pequeña plazuela.

Los Duques de Medina Sidonia deciden crear frente a sus casas una amplia plaza, costumbre tan extendida durante los siglos XV y XVI que llevó a decir a Luis de Peraza que “no hay caballero en Sevilla que no tenga una placeta frente a su casa”. Es conocida desde el siglo XVI como plaza del Duque de Medina-Sidonia, por encontrarse allí su palacio, construido con anterioridad. Desde 1597 hay noticias de la celebración en ella de fiestas de toros, siempre contando con el permiso del duque, su propietario. Fue en el siglo XVI la plaza más importante de la ciudad, al decir de Montoto en sus Calles de Sevilla. En las Actas Capitulares de 23 de enero de 1615 se puede leer, es "la plaza mejor y mas socorrida que la ciudad tiene para todos sus menesteres y fiestas públicas, alardes y otras justas"

“La casa señorial ocupaba la totalidad de una gran manzana, según se aprecia en el Plano del asistente Pablo de Olavide de 1771 , de formato rectangular vertical, delimitada al frente por una plaza denticular, abierta, al parecer, a finales del siglo XVI por el VII duque de Medina Sidonia don Alonso Pérez de Guzmán, tras derribar varias casas de su propiedad, para permitir la visión de la fachada que le mandó construir y para picadero de caballos, por lo que aparece con el nombre de Plaza del Duque, que entonces lindaba por la izquierda con la calle de las Armas, actual Alfonso XII, y por la derecha con el desaparecido callejón de los Estudiantes, que unía la plaza con esa calle bordeando la manzana, a la que comía el cantón inferior siniestro para formar un adarve.

El viejo caserón medieval, de fisonomía mudéjar, no tenía una organización unitaria, sino que fue surgiendo de la adición de varias construcciones de fábrica de ladrillo, madera y teja, jugando un papel importante, como plaza fuerte, en la lucha de sus dueños con los duques de Arcos por el control político de la ciudad, entre los años de 1458 y 1530. La idea de darle un aspecto más monumental y unitario al inmueble, fue del citado duque (1549-1615), que ejerció la jefatura de su Casa desde 1558, aunque en minoría de edad, con su madre como tutora, y hasta su fallecimiento, porque a pesar de tener fijada residencia en su palacio de Sanlúcar de Barrameda, sede de su poderoso estado señorial, desde donde atendía sus obligaciones de Capitán general de la Costa de Andalucía y del Mar Océano, y sus particulares intereses, mantenía una privilegiada posición en la ciudad de Sevilla. De ahí la necesidad de contar no sólo con una acomodada vivienda para sus estancias temporales, y permanente de criados y agentes, sino también con una imagen material de su poderoso estatus social, por lo que ordenó regularizar y enriquecer su delantera con esa monumental fachada, como se recoge en el documento que mandó redactar, posiblemente a la hora de su muerte, para informar a su hijo don Manuel, futuro VIII duque, en qué había gastado buena parte de su colosal fortuna: “En las casas prinsipales de Sevilla, de la collasión de San Miguel, labró toda la delantera con un muy grande cuarto”, lo que nos viene a decir que además construyó no sólo esa crujía sino buena parte de la vivienda interna. El documento recoge que junto al edificio existía otro que también le pertenecía, colindante por la parte trasera, formeros ambos de la manzana, de menor importancia y mayor antigüedad, que debió unir para dar independencia de insularidad a su casa, y donde dispuso uno de sus principales entretenimientos: “En las casas que llaman viejas, en la collasión de San Viçente, también las ha reparado, y hecho un muy hermoso juego de pelota”. Ese espacio lúdico, abierto y amplio, donde se jugaba, dio nombre al callejón Corredor de Pelota, que posteriormente recibió el de Estudiantes porque unía los colegios de San Hermenegildo y de los Ingleses.

Ambas residencias fueron renovadas por su hijo don Manuel, como afirma un documento de similar intención redactado en diciembre de 1633: “-En Sebilla las casas prinçipales al barrio de Sant Bizente, linde casas que oy son del señor conde de Saltés. -El juego de la pelota, con la huerta y corral de comedias”. Varios datos importantes para su reconstrucción se desprenden de su lectura, y nos hablan de su habitabilidad al estar provisto de grandes espacios dedicados al ocio, del que gustaban estos señores, tanto para el ejercicio físico, como para las representaciones teatrales a las que tan aficionado era don Manuel, amén de un gran terreno dedicado a cultivo, donde retirarse a meditar y a leer poesías, lo mismo que hacía en Sanlúcar en el casón llamado Huerta del Desengaño, junto al convento de Capuchinos”[1].

La manzana correspondiente al palacio, que inicialmente englobaba al Convento de San Hermenegildo, sufre una primera segregación en el siglo XVI, con motivo de la construcción del colegio de dicha orden, y ante la necesidad de acceder a dicho centro desde la calle de las Armas. La operación consiste en la cesión del antiguo “corredor de pelota” del palacio, que da origen al Callejón de los Estudiantes.

Vélez de Guevara, en “El Diablo Cojuelo” llama a esta plaza Barrio del Duque, diciendo: “Llegamos al barrio del Duque, que es una plaza más ancha que las demás, ilustrada de las ostentosas casas de los duques de Sidonia..., aposento siempre de los Asistentes de Sevilla...”.

Hablando de este palacio, en 1579, dice el notario apostólico Francisco de Sigüenza: “Esta casa es del excelentísimo duque de Medina Sidonia, la cual, con el mayorazgo della, fundó el valerosísimo caballero don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, cuyo valor tan celebrado es por todo el mundo, así por haber dado tan singular principio a tan grande estado, como por sus grandes y valerosos hechos en armas; y agora don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, onceno señor de esta casa, décimo conde de Niebla y séptimo duque de Medina Sidonia, que hoy vive, las va labrando, dando anchura y mas lugar a esta plaza y muy hermosa vista con tan suntuosa delantera, que después de acabada hasta la otra esquina que entra en la calle de las Armas (como se tiene acordado) será la mejor que haya en España”.

González de León diría de la casa en 1839, cuando ya se encontraba en franca decadencia, “que era tan grandiosa que baste a ponderarla las espresiones del rey don Felipe segundo, el cual pasando por ella el día de su triunfal entrada en la ciudad, le llamó tanto la atención que preguntó si aquella era la casa del señor del lugar. Hoy es menos grande que en aquel tiempo por haberse arruinado mucha parte de su diestro lado, y haberla enagenado por donaciones o ventas”, y cinco años más tarde “Esta casa palacio, si no era la mayor por su estensión de todas las particulares de Sevilla, por lo menos era la de mayor fachada”[2] “tenía una línea continuada de ventanas en el primer cuerpo, a todo lo largo de la plaza y de balcones en el segundo, quedando en medio una gran puerta adornada con dos columnas dóricas, sobre las que se apoyaba un artístico balcón”. A ambos lados abrían otras dos puertas de igual luz pero de menor entidad arquitectónica para los carruajes. Las tres puertas daban a un espacioso zaguán o casapuerta trapezoidal, de tanta anchura que se hacía necesario apear la techumbre pisada de la planta superior en una panda de seis altas columnas sobre las que volaban arcos de medio punto, dándole el aspecto de una doble nave. Desde la puerta izquierda se accedía a un apeadero de carruajes y monturas, y desde la derecha a unas caballerizas con 32 pesebres.

De este palacio que le diera primitivo nombre a la plaza, González de León, testigo de la decadencia visible del edificio, dirá cómo su gran fachada había perdido buena parte de su monumentalidad, “faltándole un pedazo”, pues su parte diestra con el torreón se habían arruinado y el inmueble parcelado y vendido en parte. Aclara como entre 1767 y 1779 el Asistente de la Ciudad Pablo de Olavide había ordenado construir en ese espacio, “donde ahora están dos casas nuevas”, un magnífico teatro para las representaciones de comedias, labrado enteramente de fábrica, “sin ninguna madera”, que no se concluyó, pues faltó su cubrición, y se demolió en 1794 por el Ayuntamiento.

Justino Matute señala al respecto: “Tuvo fin este año, sin haberse concluido, el magnífico teatro que en tiempo del Asistente D. Pablo de Olavide se empezó a construir en el barrio del Duque de Medina, esquina de la calle de las Armas, a costa de cierto arbitrio, que habría sido el mejor de Europa, y cual convenía a la autoridad de Sevilla, si un partido que en ella siempre se mantiene contra esta diversión no hubiera esparcido la fama de estar ruinoso, aprovechándose de la desgracia de su promotor. Sólo faltaban a esta gran fábrica las bóvedas y escaleras, en cuyo estado fue vendida a un particular, quien por su muerte la dejó al hospital de la Caridad, cuya hermandad la vendió a particulares, quienes labraron casas en aquel sitio aprovechando los materiales”[3]

Lo que quedaba del palacio fue utilizado como cuartel durante la ocupación francesa, dejándolo semiderruído.

Años más tarde, con proyecto de Antonio de la Vega de 1868, sobre una tercera parte de su solar primigenio, en torno al patio principal y sus cuatro crujías, se construiría la casa historicista del Conde de Palomares del Río, su nuevo propietario, que en buena medida seguía la escala de lo construido en ese sector, pues mantuvo su misma organización en torno al patio y una fachada hacia la plaza de doble planta y torreón esquinero. Tras su fachada neogótica se escondía una mansión mudéjar cuya pieza fundamental era un grandioso patio de arcadas de medio punto peraltadas sobre columnas de mármol genovesas. La escalera era de las más solemnes de la ciudad, por no hablar de las techumbres de artesonados, los alicatados de cerámicas polícromas, o sus jardines interiores.

Finalmente, después de haber sido abandonado por sus propietarios en las primeras décadas del siglo XX, y hasta que fue definitivamente destruido en 1960, albergaría uno de los más importantes y populares almacenes de tejidos y confecciones de Sevilla, conocidos como Almacenes del Duque.

Junto a ese inmueble, el arquitecto argentino afincado en nuestra ciudad Simón Barris y Bes proyectaría la amplia reforma de la también tristemente desaparecida casa de Miguel Sánchez-Dalp y Calonge, que se comenzó en octubre de 1908 y cuya obra estaba muy avanzada para 1912, año de la muerte de ese maestro, concluyendo en 1916 haciéndose cargo de ella el propio don Miguel Sánchez-Dalp.

 

En 1960 el antiguo palacio del Duque de Medina Sidonia sería derribado junto con el colindante palacio de los Sanchez-Dalp y el colegio Alfonso X el Sabio, perdiendo Sevilla en esta batalla varios de sus edificios emblemáticos. En el lugar ocupado por ambos palacios se levanta hoy El Corte Inglés, un edificio de los arquitectos Blanco Soler y Medina Benjumea, con seis plantas comerciales en cuya construcción la firma comercial de Ramón Areces había invertido doscientos millones de pesetas.

En cuanto a los elementos que ocupaban el vacío de la plaza, hay datos acerca de una fuente del siglo XVI, cuyas aguas procedían de la Fuente del Arzobispo. De la misma forma existe constancia de la ubicación de una fuente en la plaza durante el siglo XVIII.

Esta plaza estuvo siempre rodeada de edificios de indudable interés arquitectónico e histórico, hoy los ha perdido todos debido a la nefasta especulación de los años 60 del pasado siglo, viéndolos sustituidos por otros de carácter puramente comercial.

En torno a esta plaza se erige en el siglo XVI el Palacio de Solís, posteriormente de los Cavalieri. Así mismo, la parroquia de San Miguel, fechada por la mayoría de los historiadores entre 1356-1367, y que, según Gestoso, se alzó sobre una antigua mezquita dedicada al culto cristiano. En este templo se fundó la actual Hermandad de la Soledad de San Lorenzo y tuvieron su sede canónica las de Pasión y la de la Sagrada Entrada, actualmente en el Divino Salvador.

Situada entre La Campana, Alfonso XII, Teniente Borges, Plaza de la Concordia, Jesús del Gran Poder, Trajano y Tarifa. Tiene una extensión de 1.650 m2. La plaza se configuraba de la siguiente forma: En su flanco de poniente, desde las actuales calles de Alfonso XII hasta Jesús del Gran Poder estaban el Colegio Alfonso X “El Sabio”, le seguía el palacio de los Sánchez-Dalp y continuaba el de los Duques de Medina Sidonia y terminaba con el cuartel de Soria. Al norte, la antigua iglesia de San Miguel, derribada en 1869 y en cuyo lugar se construye el Teatro del Duque, que a su vez es demolido en 1950 para levantar el edifico de los antiguos sindicatos, ocupado en la actualidad por CC.OO.

En la fachada oriente, derribado en 1963 para construir los almacenes Lubre, hoy dependencias de otros grandes almacenes, se hallaba el palacio de Cavalieri o de los Condes de Villapineda, del que sólo se conserva su portada proveniente del palacio de Quirós que se hallaba en la actual plaza de la Gavidia y que en el siglo XVIII había sido destruido por un incendio. La portada, de estilo tardorrenacentista, está realizada en mármol blanco y tiene dos cuerpo: el inferior, flanqueado por columnas apoyadas en zócalos que sostienen fragmentos de entablamento, muy moldurado, con adornos de flores de lis, sobre los que descansa el balcón, con antepecho de balaustres de mármol; y el segundo cuerpo, enmarcado por pilastras antropomorfas, riquísimamente labradas, sobre las que se sitúa el frontón curvo partido por volutas, en cuyo centro se alberga el escudo de armas, sostenido por figuras aladas, y coronado por yelmo emplumado.

En esa misma acera, entre las calle Tarifa, plaza del Duque y La Campana, se alza un edificio de tres plantas y un airoso mirador que es el más antiguo de los edificios que configuran actualmente la plaza.

En su flanco sur, haciendo esquina con La Campana, se hallaba la Farmacia Central, el típico bar Pasaje del Duque y el Hotel Venecia, también destruidos para edificar comercios.

Hasta llegar a la forma que hoy presenta esta plaza ha sufrido numerosas remodelaciones, desde que siendo todavía propiedad de los Medina Sidonia, el arquitecto mayor Melchor Cano a instancia del asistente D. José Manuel de Arjona, la reformara para convertirla en 1828 en un gran paseo de salón a la moda del espacio público de entonces con gran aceptación popular, convirtiéndose en uno de los espacios civiles más frecuentados de la ciudad, del que Richard Ford nos dice que “sirve de paseo nocturno a la moda durante los meses de verano...”.

En la Guía de Forasteros de la ciudad de Sevilla, su autor Herrera Dávila dice en 1832: “En la plaza de este nombre, y bajo la dirección de Melchor Cano, se ha formado otro paseo que ha tenido la mayor aceptación como lo acredita su numerosa concurrencia, especialmente en las noches de verano. Se ilumina con hermosos reverberos y se compone de un salón y cuatro calles subalternas divididas con canapés y acacias. En el centro hay una fuente, sobre unos caños se eleva un obelisco piramidal sencillo, que existía anteriormente”.

Esta fuente y su obelisco central desaparecen en 1888 y en su lugar se instala en 1892 el monumento a Velázquez proyectado por el arquitecto Juan Talavera, quien dispuso un grandioso pedestal neoclásico de piedra blanca, de planta cuadrada y ochavado, adornado con pilastras, coronadas por capiteles compuestos. Sobre él se ubicó la magnífica escultura realizada por Antonio Susillo. Esta escultura fue fundida en bronce en los talleres Ojeda, situados en la calle Duque Cornejo.

En  4 de marzo de 1841 se la rotula plaza del Duque de la Victoria, a raíz del nombramiento del general Baldomero Espartero como regente, denominación que conserva hasta 1936 en que, por breve tiempo, los meses de julio a septiembre, fue llamada plaza del general Queipo de Llano, volviendo a recuperar el nombre anterior de Duque de la Victoria, aunque ,a nivel popular, siguiendo una costumbre que prácticamente se remonta a la época de los Medina Sidonia sigue siendo denominada y conocida simplemente como Plaza del Duque.

A comienzos del siglo XX se suceden varias propuestas que pretenden potenciar el papel de este especio urbano, no llevándose ninguna a efecto. En 1924, según proyecto de Talavera, se interviene en el vacío de la plaza con la creación de arriates, la pavimentación con mármol y la plantación de fresnos y palmeras entre otros árboles, con espacio central, presidido por la estatua de Velázquez, rodeado de un arriate. Cuatro calles que de él parten hacia los lados dan lugar a cuatro grandes cuadros de jardín donde se distribuye la vegetación, que completa la composición.

En la actualidad, tras la reforma de 1976, un basamento de piedra levanta más de lo habitual en las plazas sevillanas del XIX a la jardinería. Ha desaparecido el arriate central para hacer más espacioso el tránsito peatonal. Presenta una pavimentación combinada de mármol y enchinado. Sus bancos de fundición no se encuentran, como era habitual en estas plazas, integrados en los bordes de los arriates sino que son ahora piezas aisladas y separadas de los mismos. Posee en su extremo sur urinarios públicos situados en sótano, característica esta que era muy frecuente en las plazas de este tipo.

 Romualdo de Gelo

[1] CRUZ ISIDORO, Fernando: El palacio sevillano de los Guzmanes según dos planos de mediados del siglo XVIII. Universidad de Sevilla.

[2] GONZÁLEZ DE LEÓN: Noticia histórica del origen de los nombres de las calles…ob. cit., p. 49. Del mismo autor: Noticia histórica y curiosa de todos los edificios públicos, sagrados  y profanos de esta muy noble, muy leal, muy heroica e invicta Ciudad de Sevilla. Sevilla: Imprenta de José Hidalgo y compañía, 1844, p. 41.

[3] MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XXII. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo III, apartado 4, págs. 141-142.

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