Plaza Virgen de los Reyes
La actual Plaza Virgen de los Reyes ocupa parte de lo que fue el antiguo Corral de los Olmos, centro de la vida religiosa y civil sevillana tras la conquista cristiana de la ciudad.
La configuración actual de la Plaza nace después de derribarse en el siglo XVIII los arcos que existían entre la denominada Puerta de Palos y el Palacio Arzobispal y los restos que quedaban del antiguo Corral de los Olmos, completándose el actual espacio tras la expropiación y derribo hacia 1920 de algunas casas que taponaban el extremo de la calle Don Remondo junto al Palacio Arzobispal y el posterior ensanche de la actual calle Mateos Gago.
La Plaza de la Virgen de los Reyes constituye el corazón monumental de Sevilla, rodeada al oeste por la Santa, Patriarcal y Metropolitana Iglesia Catedral, La Giralda, el Patio de los Naranjos, en su lado norte por el Palacio Arzobispal, al sur por el Convento de la Encarnación y al este por la calle Mateos Gago, pórtico del Barrio de Santa Cruz, con dos edificios de prestigiosos arquitectos regionalistas.
Muy distintas
denominaciones ha recibido este monumental enclave en su largo devenir
histórico. La primera conocida es la de Per de la Cisa, nombre de un
principal personaje que habitaba en el lugar en los tiempos de la conquista de
la ciudad. Con posterioridad a 1248 recibe el nombre de Santa María, en
clara alusión a la dedicación cristiana del que sería el principal templo,
aunque indistintamente también es denominada Corral de los Olmos. Debido
al hospital que allí existía, en 1560 es denominada como de Santa Marta,
pasando hacia 1600 a denominarse como Plazuela del Arzobispo, debido a
estar ubicada frente al palacio eclesiástico, nombre que mantiene hasta 1830 en
que se le denomina de la Giralda, por razones obvias. En 1882 para honrar
la memoria del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Joaquín Lluch y Garriga, Cardenal Arzobispo
de Sevilla, se le denomina del Cardenal Lluch. Con el advenimiento de la
II República, un acuerdo municipal la rotuló como Plaza de Andalucía,
para en el año 1936, a petición de la Academia Sevillana de Bellas Artes, pasar
a denominarse como Plaza de la Virgen de los Reyes, en homenaje y gloria
de la excelsa Patrona de la Archidiócesis de Sevilla.
Tras al conquista de la ciudad por Fernando III se mantiene en pie la mezquita aljama, aunque reconvertida al culto cristiano, hasta que en 1401 comienza su destrucción con objeto de edificar la actual Catedral.
En 1251 Fernando III donó al obispo Don Remondo unas casas en Santa María, lugar donde a partir del siglo XVII se iniciará la construcción del Palacio Arzobispal. Por otra parte en 1385 el arcediano de Écija y canónigo de la Catedral, Fernán Martínez, funda el Hospital de Santa Marta en el lado sur de este entorno.
Pero el espacio urbano que existía entre estas edificaciones estaba recorrido por una muralla, construida en el siglo XII por Abú Yacub Almansur, que, saliendo como un brazo de la cercana Alcazaba interior, atenazando la mezquita, llegaba hasta la Giralda. Tras la conquista cristiana se acondicionan a uno y otro lado de esta muralla unas dependencias destinadas a alojar a los Cabildos Civil y Eclesiástico de la ciudad, conocido como el Corral de los Olmos.
Los caballeros Veinticuatro del Cabildo Municipal celebraron sus juntas en él hasta 1533 en que se trasladaron a las Casas Consistoriales, edificadas en las antiguas pescaderías de la Plaza de san Francisco. Los canónigos se reunieron en el viejo Corral hasta 1592, trasladándose a la magnífica Sala Capitular de la Catedral.
Era el centro neurálgico de la ciudad, polarizado en torno a la Catedral. En este enclave se concentra el poder político, económico, administrativo y cultural.
El Ayuntamiento, en 1568, permutó las dependencias del antiguo Cabildo en el Corral de los Olmos por unas casas en la calle Sierpes que pertenecían a la Catedral, quedando así el Cabildo Eclesiástico dueño de todo el Corral, tras lo cual parte de él quedó como almacén y otra fue arrendada para bodega, “que bien pronto se convirtió el antiguo Consistorio en la más escandalosa casa de gula, en universidad del vicio y en asiento de los jaques de la reina del Guadalquivir y de cien leguas a la redonda”[1], como dejan buena constancia todos nuestros clásicos desde Cervantes hasta Tirso de Molina, pasando por Quevedo y Vélez de Guevara. Para muestra lo expresado por Lagartija, personaje de la obra El Rufián Dichoso de Cervantes:
Año de mil y quinientos
y treinta y cuatro corría,
a veinte y cinco de mayo,
martes, acïago día,
sucedió un caso notable
en la ciudad de Sevilla,
digno que ciegos le canten,
y que poetas le escriban.
Del gran corral de los Olmos,
do está la jacarandina,
sale Reguilete, el jaque,
vestido a las maravillas.
No va la vuelta del Cairo,
del Catay ni de la China,
ni de Flandes, ni Alemania,
ni menos de Lombardía:
va la vuelta de la plaza
de San Francisco bendita,
que corren toros en ella
por Santa Justa y Rufina;
y, apenas entró en la plaza,
cuando se lleva la vista
tras sí de todos los ojos,
que su buen donaire miran.
Salió en esto un toro hosco,
¡válasme Santa María!,
y, arremetiendo con él,
dio con él patas arriba.
Dejóle muerto y mohíno,
bañado en su sangre misma;
y aquí da fin el romance
porque llegó el de su vida.
El entorno de la Catedral y del Corral de los Olmos no estaba tan diáfano como en la actualidad, sino que había que atravesar un dédalo de estrechas calles con arquillos, como los de Santa Marta y los de las primitivas puertas de Palos y de Campanillas, que facilitaban un estrecho pasillo paralelo a la parte oriental de la Catedral (aún no se había construido la Capilla Real), teniendo al otro lado una muralla, la coracha almohade de 1184, en la que se intestaba la Giralda.
En 1754 se derribaron los dos corpulentos arcos del lado norte que unían la Puerta de Palos con el Palacio del Arzobispo, por encima de los cuales solían los prelados pasar a la Iglesia. El Corral de los Olmos subsistió hasta 1790 en que, junto con las dependencias anexas, fue derribado, como nos relata Matute en el texto que transcribimos:
“De la fábrica antigua de la Iglesia habían quedado contiguas a ella por la parte de Levante varias oficinas, que ocupaban el antiguo Corral de los Olmos, y eran la sala de rentas, juzgado de la Iglesia, y otras de menos consideración. Estas avanzaban hasta muy cerca del muro del hospital de Santa Marta, con el que se unían por medio de un arco, dejando un paso muy estrecho para la Lonja y ocultando gran parte del templo Catedral. Entre este y las mencionadas oficinas había un tránsito descubierto que daba salida a la Lonja por una puerta que llamaban de San Cristóbal por una gran cabeza que sobre ella se veía de este mártir pintada al fresco, cuya pared por esta circunstancia se reputaba del antiguo templo. También la llamaban de la Campanilla, por una que había en ella destinada a llamar a su hora a los obreros que trabajaban dentro de la Iglesia. En ella se hallaba una inscripción hebrea, cuya explicación se lee entre las Memorias Literarias de la Academia de Buenas Letras de Sevilla
interpretada por D. Cándido Mª Trigueros. A la plaza del Norte miraba la otra puerta, que por ser compuesta de una fuerte reja de maderos llamaban de Palos, la cual se unía por un fuerte muro al costado de Levante de la torre, y al de la sala de rentas, cuyo edificio formaba el ángulo frontero a la calle de Borceguinería. Esta sala tenía una ventana que miraba al palacio arzobispal, sobre la cual había pintada una imagen de nuestra Señora, bajo cuyo manto estaban varias figuritas de niños que recordaban el antiguo destino de este edificio, que era recoger y criar niños desamparados de sus padres. Conociendo el Cabildo la deformidad que causaban al templo estas obras accesorias, a mediados del año próximo pasado acordó derribarlas, y en efecto empezó por lo que llamaban Arquillo de Santa Marta, y concluyó en 12 de agosto del presente, habiendo señalado con una faja de losas el área que ocupaban aquellas fábricas, cuyo terreno cedió al uso público. En los portales que había en el referido tránsito, bajo de los cuales estaban las puertas de las oficinas, se veneraba una antiquísima imagen de vara y cuarta de alto con la advocación de Nuestra Señora del Olmo, a la cual se le labró nicho en aquel lienzo de la torre, y en él se colocó con una gran farola que la alumbraba, y además se abrió otro balcón encima, que igualaba con los demás que tiene en las otras caras. En esta obra se descubrieron notables antiguallas, y la principal una hermosa inscripción acostada contra la torre, cuya cabeza mira a los reales Alcázares y los pies a la calle Placentines, que aunque copiada en otro tiempo por D. Pablo de Espinosa, Ambrosio de Morales, Rodrigo Caro y otros, se corrigieron ahora sus defectos por la exacta copia que de ella sacó D. Antonio Sanmartín, presbítero, erudito archivista de esta Catedral. Es una dedicación de estatua que los barqueros de Sevilla pusieron a Sexto Julio Posesor[2]”
“Estas obras dieron lugar a un ruidoso pleito entre los Cabildos Civil y Eclesiástico sobre el pago de los terrenos que se incorporaron a la vía pública. Entonces se señaló en el pavimento de la nueva plaza el contorno de los edificios desaparecidos, y en las transformaciones que sufrió en el transcurso de los años, fueron respetadas las señales, hasta la última renovación del adoquinado, en que desaparecieron, por ignorancia de los que regían los designios de la ciudad. ¿Quién se acordaba ya del Corral de los Olmos?”[3]
Son estas actuaciones urbanísticas de finales del XVIII las que van configurar el solar fundamental que ocupa la actual Plaza de la Virgen de los Reyes, permitiendo la unificación de los dos espacios originarios.
Tras el derribo del Corral se procede a completar el cerco con columnas de la Catedral, que delimitaba la zona de inmunidad de las Gradas acogidas “a sagrado”, donde se refugiaban comerciantes y delincuentes con deudas con la justicia.
Con estas reformas quedaba definitivamente para uso público el espacio existente entre la Catedral, el Palacio Arzobispal y el antiguo hospital de Santa Marta.
El espacio central de la Plaza resultante, en la que ya en el siglo XVI existía una fuente, tenía a finales del siglo XIX una farola-candelabro de hierro colado de la fundición San Antonio y un urinario público en forma de kiosco, como se documenta en una bellísima fotografía[4] de esa época publicada recientemente por el periódico ABC en Memoria Gráfica de Sevilla, coordinada dicha publicación por don Pablo Ferrand.
Pero será a partir de 1923 cuando la Plaza obtenga su actual configuración urbanística. En primer lugar sus límites se verán modificados con la operación de ensanche de la antigua calle de la Borceguinería, actual Mateos Gago, que supone la ampliación de la superficie de la Plaza en este ámbito y la eliminación del primer “quiebro” del callejón de acceso a la Plaza de Santa marta. Las obras de mejora se completan con el proyecto de pavimentación de Leopoldo Carrera, aprobado el 31 de julio de 1928. El pavimento antiguo desapareció en estas obras. Tomando la misma fuente documental mencionada, existen otras bellísimas fotografías que plasman el antes y el después del derribo de las casas que taponaban el extremo del Palacio Arzobispal por la calle Don Remondo y el ensanche, según el proyecto de M Martínez Angel, de la antigua calle Borceguinería, actual Mateos Gago, y su impacto cuantitativo y cualitativo sobre la Plaza Virgen de los Reyes. Una de estas fotografías de la calle Mateos Gago parece como si la hubiera tenido presente don Santiago Montoto cuando escribía:
“Todo desapareció en esta vía al soplo devastador de los ensanches. Sus rótulos antiguos, su primitivo trazado, su vetusto caserío pasaron a la historia. ¿Quién al verla hoy tan hermosa y lozana, ostentando lujosos edificios, orgullo de la moderna ciudad, recuerda aquella callecita estrecha y cimbreante, de casas pequeñísimas, convertidos sus balcones y azoteas en jardines colgantes, que corría indecisa para ir a morir al pie de la Giralda, cuyas campanas le marcaban las horas de su existencia?
Pero, poesía y nostalgia por las cosas que fueron aparte, la calle festoneada de naranjos, con sus modernos edificios, algunos de los ilustres arquitectos sevillanos don Aníbal González y don Juan Talavera, es una hermosa vía que honra a la Sevilla actual, aún cuando alguien, añorando tiempos pretéritos, diga con dejos de soleá:
¡Mi calle ya no es mi calle,
que es una calle cualquiera
camino de cualquier parte!”[5]
Es por tanto a partir
de 1923 cuando la Plaza adquiere esencialmente su actual fisonomía, completada
en el centro, tras la reordenación de la misma para la Exposición Iberoamericana
de 1.929, con una elegante y singular fuente-candelabro de cinco brazos y
farolas de forja diseñada por el escultor sevillano José Lafita Díaz tomando
como referencia el Monumento al Triunfo. De estilo regionalista, conjuga, como
un autor citó “elementos de herrería y orfebrería, rematándose con un gran
candelabro de cinco brazos que se parece a la Cruz de la Cerrajería”. La
inauguración del monumento tuvo lugar en enero de 1930, meses después de la
clausura de la Exposición Iberoamericana y en ella intervinieron, además del
cincelador José Miguel, el orfebre don Fernando Marmolejo Camargo[6].
Desde entonces la Plaza apenas ha sido objeto de más intervenciones que el extendido de la capa asfáltica a comienzos de los 70 del pasado siglo y, en la década de los 90 en que se vuelve a realizar un nuevo pavimentado y se elimina la plataforma de chinos lavados de la base de la fuente.
Los edificios que la conforman, salvo los dos que hacen esquina con la calle Mateos Gago, son de carácter religioso: al norte, el Palacio Arzobispal, la fachada oriental de la Catedral al oeste y en su parte meridional, el Convento de la Encarnación. De las edificaciones de naturaleza civil, destaca la esquina con Mateos Gago construida en 1928 por el arquitecto don Vicente Traver, con fachada en ladrillo visto.
El actual Palacio Arzobispal se halla enclavado sobre el terreno que primitivamente ocupaba el antiguo, sobre unas casas cedidas al obispo Don Remondo por el rey San Fernando en la antigua Plaza de Santa María. Del primitivo palacio no quedan prácticamente restos algunos. De 1704 data la portada principal, construida por el arquitecto Lorenzo Fernández de Iglesias, quien contrató asimismo la portada lateral. La escalera, de bellísimos jaspes, fue reparada por fray Miguel Ramos y se adorna con varios lienzos de Juan Espinal. A pesar del expolio sufrido durante la ocupación francesa, en que fue cuartel general del mariscal Soult, conserva importantísimos tesoros artísticos. En el centro del segundo de los patios destaca una fuente realizada en mármol en el siglo XVI rematada por la figura de Neptuno.
La segunda de las
edificaciones religiosas que enmarcan esta Plaza es la fachada oriental de la
Catedral y su emblemática torre de la Giralda.
En la cabecera de la Catedral están situadas dos portadas de traza gótica adornadas con esculturas renacentistas. Están dedicadas respectivamente, según la decoración de sus tímpanos a La Entrada de Cristo en Jerusalén y La Adoración de los Reyes. La primera de ellas se denomina popularmente puerta de las Campanillas, porque durante la construcción de la Catedral estaban allí situadas las campanillas que llamaban a los obreros a la hora de iniciar el trabajo. El grupo escultórico que se aloja en el tímpano está realizado en barro cocido y es obra del escultor Miguel Florentín, quien realizó también las esculturas de profetas que figuran en las jambas, fechándose toda su labor en torno a 1522. A continuación del magnífico ábside plateresco está la portada de La Adoración de los Reyes, denominada popularmente Puerta de los Palos, por analogía y proximidad a la verja de madera que cubría el arco de factura árabe que, descansando en la fachada de la Giralda, la separaba del antiguo y adyacente Corral de los Olmos, donde antiguamente estuvieron situadas algunas dependencias del Cabildo Catedralicio. La decoración escultórica fue realizada igualmente por Miguel Florentín hacia 1520, a quien corresponde el relieve de La Adoración de los Reyes del tímpano, también de barroco cocido, y los ángeles de las jambas.
Parte de lo que hoy es el Convento de la Encarnación fue mezquita o zovia denominada de los Osos como lo atestigua uno de los ángulos de esta antigua fábrica sarracena que sobresale en el callejón que da acceso a la recoleta Plaza de Santa Marta, conservando una ventana ciega. Tiene este convento una airosa espadaña, una de las más bellas y armónicas de Andalucía.
La Plaza de la Virgen de los Reyes es, sin duda, uno de los enclaves que condensa y compendia prácticamente todos los estilos y órdenes arquitectónicos.
Esta Plaza es escenario de importantes acontecimientos civiles y religiosos de la ciudad de Sevilla: su Semana Santa, Corpus y la sin par mañana del 15 de agosto, solemnidad de la Asunción, en la que a las ocho en punto de la mañana, bajo los incipientes rayos del sol y el voltear y repique airoso de las campanas de la Giralda, la Patrona de la Archidiócesis, que da nombra a la Plaza, sale majestuosa a recorrer las gradas bajas de la Catedral en antiquísima y solemne procesión de tercia.
Romualdo de Gelo
Bibliografía :
CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006.
GUERRERO LOVILLO, José: Guía artística de Sevilla. Sevilla, 1986
MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XIX. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo III.
MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión.
PASSOLAS JÁUREGUI, Jaime: Historia y recuerdos de calles y Plazas de Sevilla. Ed. Rosalibros. Sevilla, 2004.
VIOQUE CUBERO y otros: Apuntes sobre el origen y evolución morfológica de las plazas del casco histórico de Sevilla. Sevilla. 1987.
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[1] MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión. pág. 74.
[2] MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XIX. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo III, págs. 110-111, apartado 8
[3] MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión. Pág. 76.
[4] Aunque dispongo de las citadas fotos en formato electrónico obtenidas de la mencionada obra Memoria Gráfica de Sevilla, no las publico por estar sujetas a derechos de propiedad de la empresa editora. Animo a los lectores a obtener dicha interesantísima publicación.
[5] MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión. Págs. 82-83.
[6] PASSOLAS JÁUREGUI, Jaime: Historia y recuerdos de calles y Plazas de Sevilla. Ed. Rosalibros. Sevilla, 2004. Pág. 327.