La Plaza del Salvador
La Plaza del Salvador es uno de los enclaves monumentales de más rancio abolengo y lugar principalísimo y eminente del devenir histórico de la ciudad de Sevilla.
Por
su localización ha sido desde siglos un espacio privilegiado de sociabilidad.
Debió formar parte del Foro Imperial de la Hispalis romana, en el extremo del
Decumano Máximo, y anexa se encontraba una construcción basilical, la primera
que ocupa el lugar correspondiente a la actual Iglesia del Salvador. Según
Collantes de Terán existieron dos edificios romanos superpuestos: uno de la
época de Teodorico el Grande y otro, más antiguo, del período de Tiberio.
Prueba de que este enclave siguió siendo centro de la vida urbana durante la etapa andalusí es la construcción en 829, por mandato de Abd al Rahman II y bajo la dirección de Umar ben Ad Abbas, cadí de Isbiliya, de la antigua mezquita mayor, sobre los restos de la antigua basílica. El edificio fue mezquita mayor de la ciudad hasta 1184 en que fue construida la nueva mezquita mayor, hoy Catedral, y su magnífico alminar.
Los almohades cerraron la antigua mezquita mayor, obligando a usar la nueva. Pero el edificio seguía siendo el centro de devoción de la ciudad, por lo que se reabrió y restauró hacia 1196 por orden de Abu Yusuf Yaqub al-Mansur, pues amenazaba ruina debido a su abandono.
El resto más importante conservado de la mezquita es el alminar. Está construido con sillares de piedra arenisca de color ocre marrón colocados irregularmente a soga y tizón. En la parte baja hay un sillar de caliza marmórea con una inscripción romana. De la torre musulmana se conservan 11’5 m. en altura más otros 2 m. bajo tierra. Esta torre sufrió algunas modificaciones a lo largo del tiempo, tanto en época musulmana como en la cristiana. La primera se produjo en 1079 cuando un terremoto hace caer la parte alta. El rey Al-Mutamid la mandó reconstruir, obra que debió ser poco importante, pues se terminó en un mes.

En 1356, ya en época cristiana se produce un nuevo terremoto que vuelve a hacer caer la parte alta de la torre. En esta ocasión la restauración se hizo siguiendo el estilo gótico de la época, con dos vanos ojivales en cada frente. Por último, en la segunda mitad del siglo XVII se le añade un tercer cuerpo con una decoración plenamente barroca.
Otros restos interesantes de la mezquita, camuflado en el edificio actual, son la colección de fustes y capiteles, procedentes de la sala-oratorio de la misma. Son fustes de acarreo, lo cual explica su diversidad de tamaños, formas y colores. Estos fustes y sus capiteles se encuentran en el Patio de los Naranjos del Salvador y en los comercios de la manzana de la iglesia, y fueron colocados en dichos emplazamientos en distintos momentos. Los que se encuentran en el Patio estaban tapiados hasta que a principios del siglo XX se realizó una excavación que los dejó al descubierto y comprobó que se hallaban unos tres metros bajo el nivel actual. Respecto a los capiteles, dos de ellos son romanos de tipo oriental, tallados en la primera mitad del siglo IV, pero hay al menos otros dos romanos. El resto son visigodos y los arcos son del siglo XVII[1].

Por otra parte, en la Plaza del Salvador podemos intuir la distribución de antiguas columnas, por el lugar en que se sitúan los pilares de las construcciones modernas. Esto es especialmente visible desde la columna de la esquina de la Plaza con la antigua calle Alcuceros, actualmente Córdoba, hasta la torre. Mirando dentro de los comercios se observa claramente dónde se sitúan estos pilares, en lugares incomprensibles si no es pensando que son la huella de antiguas columnas. Estos pilares están a la misma distancia entre sí y perfectamente alineados entre ellos y con la viga que entesta en la torre. Se comprueba así que el patio de la mezquita o sahn se encontraba rodeado de columnas que soportarían los tenderetes de la zona comercial, tal como sucede hoy día y que sustituían a las naves de otras mezquitas. En torno a esta torre seguramente no habría naves, como en las demás mezquitas, sino una serie de tenderetes apoyados en pies derechos de madera.
Cuando los cristianos conquistaron la ciudad, la mezquita de Ibn Adabbas era el segundo centro religioso de la ciudad, por lo que los nuevos gobernantes permitieron que siguiera siendo mezquita para uso de los musulmanes que residían en la ciudad hasta 1340, fecha en que se instaló en ella la parroquia del Salvador, que antes habría tenido su sede en otro edificio. Los cristianos, para mantener ese rango de segundo edificio religioso de la ciudad, le dieron el carácter de Iglesia Colegial. Así pues, el viejo edificio siguió manteniendo su uso religioso durante siglos, hasta 1671, sufriendo los lógicos deterioros ocasionados por el paso del tiempo.
En cuanto al uso de la Plaza, la inmediatez de la mezquita aljama atrajo constantemente público y actividades extraeconómicas. La Plaza desempeñó un papel destacado en la vida de la Sevilla andalusí; posiblemente aquí estuvo el zoco al que alude Ibn Abdún, a fines del siglo XI. En torno a la mezquita se concentró la actividad comercial, especialmente en la Alcaicería de la Loza, entre las Plazas del Pan y la Alfalfa. Luego, tras la conquista castellana, se mantienen algunas de estas funciones y se potencian otras nuevas.
Las primeras referencias literarias tienden a identificarla como Plaza del Cementerio o del Cementerio de San Salvador, denominación que decae a mediados del siglo XV para adoptar la de San Salvador. A partir del siglo XIV, se documenta que una parte del espacio público fue utilizada como cementerio hasta el siglo XVII, y durante siglos estuvo sin urbanizar, aunque ya desde el finales del siglo XV el resto del espacio aparezca enladrillado y a principios del XVI empedrado.
Como expone Domínguez Ortiz, la costumbre generalizada en todo el Occidente cristiano de enterrar a los difuntos en lugares sagrados intramuros, junto a la escala o mala pavimentación de las calles, falta de alcantarillado, suciedad, eran graves carencias de infraestucturas urbanísticas que amenazaban la salubridad y explicaban la violencia que alcanzaban las epidemias. Existían diversos tipos de enterramientos, prolongando más allá de la vida los diferentes estratos sociales: los grandes potentados eran enterrados en mausoleos y capillas votivas dentro de las iglesias; los acomodados en la cripta; el pueblo llano en el claustro, el patio o la plazoleta situada delante de la iglesia y que también gozaba del carácter de suelo sagrado.
Estos últimos espacios de enterramientos originaron no pocas y graves molestias. Así lo denunciaban los vecinos del Hospital de San Juan de Dios, que enterraba sus muertos en la Plaza: “Antes que se consuman unos, abren las sepulturas para otros, quitan la basura de los que venden verdura para hacer los hoyos y luego la vuelven a echar encima; en tiempo de invierno los que pasan cabalgando se sumen en las sepulturas y caen; cuando se abren es tanto el mal olor que los vecinos y gente de la plaza, y aún en la iglesia no lo pueden sufrir”[2].
Ya desde época bajomedieval, en torno al citado cementerio, distintos oficios radican en ella, como los cordoneros de cáñamo, o los chapineros, mientras que los que no poseían tienda en la zona estaban obligados a vender su mercancía entre las actuales calles de Sagasta y Cuna; unos y otros tomaban la Plaza con sus mesas y tornos; allí se encontraban cinteros, cereros, talabarteros, candeleros y un sin fin de artesanos y vendedores de frutas y pan. Esta antigua tradición comercial de la Plaza continuó en el tiempo pues en 1535 Luis de Peraza[3] nos dice que “La Plaza de San Salvador donde están los cordoneros y cereros o candeleros. En esta plaza se venden a su tiempo melones de diversas simientes, y continuamente hortaliza”.
En los soportales enfrente al Salvador tenían talleres los cordoneros de cáñamo; en el extremo norte estaban los chapineros y los cereros. Los candeleros estaban en el frente sur, en el siglo XVI también está documentada la labor de los cinteros y listoneros (vendedores de encajes) dispuestos ante la fachada del templo y varios tipos de zapateros. En la plaza se ofertaban también materiales de construcción. Igualmente, debido a la estratégica situación de esta Plaza, se situaban en ella los porteadores y aguadores. Era uno de los sitios claves donde se “pregonaba” las comunicaciones o bandos oficiales, por la afluencia de gente que a ella concurría por muy diversos motivos.
En el extremo sur existía desde los siglos medievales uno de los almacenes de redistribución del agua de los Caños de Carmona, y por el suelo de la Plaza se extendían las instalaciones que llevaban el agua a distintas fuentes de la ciudad, entre ellas a la fuente existente por esta época en la misma.
Los dos edificios singulares de la plaza del Salvador son la Iglesia del Divino Salvador y el Hospital de Nuestra Señora de la Paz.
Frente a la parroquia se halla el Hospital de Nuestra
Señora de la Paz, más conocido como de San Juan de Dios, que se levanta
sobre un solar que fue ocupado desde 1383 por sucesivos hospitales: el de San
Cosme y San Damián, luego denominado del Salvador y de la Misericordia; a
principios del s. XVI se convierte en hospital de Bubas, y en 1574 es cedido a
los hermanos de San Juan de Dios, que lo han conservado hasta la actualidad,
salvo los paréntesis de las exclaustraciones. Se encuentra en ese lugar
privilegiado de la ciudad desde 1574, fecha en la que se realizó la portada de
su iglesia, que durante el sigo XVIII fue muy reformada. El interior, de tres
naves, responde al momento protobarroco de la arquitectura sevillana, siendo de
interés las yeserías de la cúpula que se levanta sobre el crucero. El zócalo de
azulejería que recorre los muros laterales está fechado en 1771. Quizás la
escultura de mayor empaque sea la de San Andrés del altar mayor, realizada por
Francisco de Ocampo en 1613.
Presentando un aspecto muy distinto del que hoy nos muestra, esta Plaza del
Salvador estuvo desde principios del siglo XV rodeada de
soportales y la parte que comunica con la actual calle Álvarez Quintero
estaba cerrada, uniéndose por una estrecha calleja con el sitio llamado en lo
antiguo de los Talabarteros. El centro de la Plaza, circundado por un murete,
estaba muy rebajado, descendiéndose a él por unos escalones que había en los
lados. Los soportales eran de pies de
madera, que fueron sustituidos en el siglo XVI por columnas de mármol. Mediado
este siglo, como consecuencia de la
prohibición de reconstruirlos, fueron suprimidos algunos soportales, como los
derribados en 1586 donde comerciaba el gremio de los cinteros. En el siglo XVII
se continuó sustituyendo los pies de madera que quedaban por columnas de mármol.
Los soportales de la parte oriental de la Plaza, en línea con la fachada de la
iglesia hasta llegar a la calle Alcucero, actual calle Córdoba, debido al paso
del tiempo, llegaron a tal estado de deterioro que, en 1784, el arquitecto José
Camino, solicitó una licencia para repararlos, pero proponiendo derribar las
casas de la esquina de la mencionada calle. Esta propuesta de derribo planteó un
largo pleito, de casi veinte años de duración, entre la Colegial del Salvador y
el Cabildo de la ciudad por la titularidad de los terrenos, que terminó con una
sentencia favorable a la Colegial. La construcción eclesiástica de acceso al
Patio de los Naranjos se diferenció en la fachada homogénea del conjunto por
carecer de los soportales y de la actividad comercial correspondiente en ellos.
Estos soportales que estaban en todos los frentes de la Plaza permanecieron hasta finales del siglo XIX, de los cuales en la actualidad sólo subsisten en uno de sus flancos sirviendo de cobijo a populares tabernas y comercios.
Esta céntrica Plaza del Salvador gozó siempre del privilegio de ser un espacio
por donde transcurría o tenía lugar grandes celebraciones vinculadas a la
Ciudad. Una de las más permanentes ha sido el formar parte del recorrido de la
procesión del Corpus, así como de entradas, entronizaciones o exequias de reyes.
Montoto dice que “Esta Plaza principal, formaba parte de la carrera grande
del Corpus, y en la víspera y fiesta de esta solemnidad, como en otras
ocasiones, la adornaban mucho sus vecinos, haciéndole la competencia a la de San
Francisco. Durante el siglo XIX hubo en ella una animada velada el día de la
Virgen del Carmen, que organizaba la Hermandad de esta advocación, situada en
una capillita en el porche del templo del Salvador y que antes dio culto a su
titular en un retablo de la calle de las Sierpes”
No se ponen de acuerdo los historiadores sobre “las cruces” que existieron en esta Plaza. Según Santiago Montoto[4] “tuvo el lugar dos cruces: una de piedra y otra de hierro. Ambas fueron removidas de su lugar y colocadas en la fachada del templo”. Según Domínguez Ortiz[5], la cruz que estaba en el centro de la plaza es la que ahora se encuentra en la esquina con Villegas, siendo ordenado su traslado por el Asistente Olavide dado que interrumpía el tráfico. Cardoso Bueno[6] dice que “En la plaza hubo dos cruces, una de las cuales se colocó en los muros de la parroquia, donde permanece. Fue costeada por el gremio de los panaderos, que dieron nombre a una plaza cercana. La otra, la del cementerio, debió desaparecer al desmontarse en el siglo XIX, pues la cruz existente en el Patio de los Naranjos del Salvador es la de los Polaineros, que estaba colocada en la actual calle Álvarez Quintero”. Albardonedo Freire[7] dice que “En 1608 se autorizó la instalación de una cruz de piedra, solicitada por los panaderos; y en 1839 fue desmontada y trasladada al lugar que hoy ocupa en el chaflán con Villegas”.
Sea
como fuere, la actual cruz de madera situada en el chaflán que forma la fachada
de la iglesia con la calle Villegas es conocida popularmente con el nombre de
“Cruz de las Culebras”.
Pero el edificio que da realce y grandiosidad a la Plaza, de la que recibe ésta su nombre, es la actual Iglesia del Divino Salvador, “la segunda catedral de Sevilla”.
En 1671 el arzobispo Antonio de Paino, tras visitar a la Virgen de las Aguas y comprobar el estado ruinoso del templo, manda derribarlo y construir uno nuevo, lo cual se hizo entre aquel año y 1712, cuando se termina de construir la Iglesia que hoy conocemos[8].
En el memorándum de 1726 de José Tirado de Aldana, citado por Gestoso, se describe el estado del antiguo templo-mezquita como un edificio "lóbrego y oscuro, pues sus columnas de mármol eran de la altura de un hombre y no muy alto; de ellas subían dilatados arcos de ladrillo, no dejándose comunicar la luz de una nave a otra. (...) estar fabricada a forma de una bodega, con tirantes de alerze de una parte a otra. Las vidrieras mayores eran dos y caían a la plaza y por la parte de afuera cualquiera persona no muy alta llegaba con la mano a ellas, y por la parte de adentro era necesaria escalera para tocarlas". También se dice en este documento que eran "sus lumbreras pocas y pequeñas, que en faltando el sol era necesario traer luces al coro, con estar en la nave más alta y más clara de la iglesia". Esa nave más alta y ancha bien podría ser la central de la mezquita, que, al igual que en Córdoba, solían tener estas características.
La
Parroquia del Divino Salvador se alza majestuosa sobre la Plaza. Este templo,
que durante siglos ostentó el rango de Colegiata, fue erigido entre 1671 y 1712
en el más puro estilo barroco sevillano. Se encuentra situada en el solar que
ocupaba la antigua mezquita califal de Ibn Adabbas. Restos de la mezquita mayor
son el patio y el arranque de la torre del templo. La construcción la inicia
Esteban García en 1.674 ejecutando con posterioridad diversas reformas Eufrasio
López. En su construcción intervinieron arquitectos del renombre de Leonardo de
Figueroa y Diego Antonio Díaz. Su hermoso Patio de los Naranjos y el arranque de
la torre son los principales restos que se conservan de la primitiva mezquita de
Ibn Adabbás, levantada en el siglo IX.
Su fachada principal está compuesta por tres portadas. La central presenta entablamento con ángeles tenantes que sostienen el escudo del "Agnus Dei" y símbolos del reinado de Cristo. En las laterales bustos de los santos Pedro y Pablo. Por encima de las portadas, óculos y espadaña rematada con frontón y cruz de forja. En las fachadas laterales se encuentra la Cruz de las Culebras, y el retablo cerámico del "Santo Cristo del Amor", obra de Enrique Mármol Rodrigo de1930, el mayor de Sevilla de esta clase, pues representa a la Sagrada Imagen en su tamaño natural.
El cuerpo de campanas de la torre es obra de Leonardo de Figueroa (siglo XVII).
El templo, de estilo barroco, tiene planta rectangular y está dividido en tres naves distribuidas en cuatro tramos, siendo los soportes, pilares cuadrangulares con columnas adosadas.

Su interior, espacioso y solemne, aparece cálidamente exornado por una espléndida colección de retablos dieciochescos. Los más sobresalientes son tres: el mayor, obra póstuma del portugués Cayetano de Acosta entre 1771 y 1779, constituye un completo tratado de angelología; el que hace portada a la Capilla Sacramental, un verdadero canto eucarístico realizado por el mismo artífice entre 1756 y 1764, y el retablo-camarín de la Virgen de las Aguas, debido al ingenio de José Maestre en 1724.
En estos y otros altares se veneran notables esculturas de célebres imagineros sevillanos. Es el caso del Nazareno de Pasión obra cumbre de Juan Martínez Montañés hacia 1610-1615, artista que también talló el San Cristóbal de este mismo templo en 1579; el Crucificado del Amor, gubiado por Juan de Mesa en 1618, y, cómo no, la fernandina Virgen de las Aguas, réplica goticista de la Patrona de Sevilla, Virgen de los Reyes.
Siguiendo con la evolución urbanística de la Plaza, es a partir de mediados del
siglo XIX cuando se realizan una serie de intervenciones que remodelarían este
espacio. En el centro de la Plaza, que estaba muy rebajado, se
dispuso en 1840
una fuente de mármol, procedente del Convento Casa Grande del Carmen que no
estuvo mucho tiempo en este lugar, pues en 1846 se remodeló nuevamente, según
proyecto de alineación de Balbino Marrón que no llegó a completarse,
convirtiéndola en una especie de salón romántico, elevado y circunvalado por
bancos y arboledas, al que se accedía por medio de varias escalinatas
simétricamente ubicadas. En 1861 fue desmontada dicha plaza, debido a las muchas
protestas que habían surgido, para ser sustituida por otra proyectada por
Heredia Tejada.
En 1896 se colocó la reja historicista diseñada por el arquitecto Aurelio Álvarez al porche y escalinatas de la fachada de la Iglesia del Salvador.
En
cuanto al extremo sur de la Plaza se producen algunos cambios derivados del
ensanche de la calle Villegas y la eliminación de revueltas de la Cuesta del
Rosario, como consecuencia de las obras de mejora urbanística programadas por el
Conde de Halcón en 1912, apoyándose en el anteproyecto de Sánchez-Dalp, sin
vigencia oficial.
En 1923 aparecen dos hileras de árboles frente a la iglesia, recogidas por un amplio acerado, en las que se instaló el monumento a Martínez Montañés, obra de Sánchez Cid. En la acera opuesta se dispone una hilera de árboles, quedando entre ambas una amplia franja para el tráfico rodado por la que se accedía al fondo de la Plaza.
A
mediados del siglo XX la Plaza del Salvador se representa básicamente como ha
llegado hasta hoy, con una hilera perimetral de árbolado y la mayor parte de la
superficie adoquinada. Dicho pavimento fue cubierto con asfalto en la denominada
“marea negra” a comienzos de los años setenta, siendo afortunadamente rescatado
recientemente.
En 1970 los chopos son sustituidos por naranjos. Un año después se instala el sistema de alumbrado y se desplaza el monumento a Montañés a la Avenida de la Constitución esquina con Fray Ceferino González, junto a la Catedral. Finalmente en 1983 se ejecuta un nuevo proyecto que hace peatonal a la Plaza, devolviéndose a su original enclave el Monumento a Montañés dándosele el aspecto que actualmente todos conocemos. Finalmente, en 1985 se instalan en la Plaza unas farolas neomodernistas.
Actualmente la Iglesia del Salvador está siendo objeto de un profundo trabajo de restauración, anunciándose su reapertura para el mes de marzo del próximo año 2008.
Romualdo de Gelo
Bibliografía utilizada:
ALBARDONEDO FREIRE, José Antonio: El Urbanismo de Sevilla durante el reinado de Felipe II. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 2002
CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006.
DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: “La Sevilla del siglo XVII” en Historia de Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2006, 3ª ed., 1ª reimpresión.
ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2003
GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo III.
GUERRERO LOVILLO, José: Guía artística de Sevilla. Sevilla, 1986
MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión.
PERAZA, luis de: Historia de Sevilla. Transcripción, estudio y notas por Francisco Morales Padrón. Sevilla, 1996.
VIOQUE CUBERO y otros: Apuntes sobre el origen y evolución morfológica de las plazas del casco histórico de Sevilla. Sevilla. 1987.
![]()
[1] LA MEZQUITA DE IBN ADABBAS DE SEVILLA. José Miguel Granado, historiador y crítico de Arte
[2] CARMONA, Juan I.: El sistema de la hospitalidad pública en la Sevilla del Antiguo Régimen, pág. 166.
[3] PERAZA, Luis de: Historia de Sevilla. Transcripción, estudio y notas por Francisco Morales Padrón. Sevilla, 1996, págs. 104-105.
[4] MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005, 3ª ed., 1ª reimpresión, pág. 57.
[5] DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: La Sevilla del siglo XVII. en Historia de Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2006, 3ª ed., 1ª reimpresión.
[6] CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006. pág. 356.
[7] ALBARDONEDO FREIRE, José Antonio: El Urbanismo de Sevilla durante el reinado de Felipe II. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 2002, pág. 221.
[8] GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo III, págs. 341-358.