La Plaza de la Magdalena
La actual Plaza de la Magdalena ocupa el espacio comprendido entre las calles O’Donnell, José de Velilla, Rioja, Méndez Núñez, San Pablo, Pedro Campaña, Murillo y Josefa Reina Puerto. Tiene una extensión de 1.045 m2.
La denominación actual de esta plaza es antigua debiéndose a la que recibía la pequeña plazuela parroquial que existía delante de la primitiva iglesia mudéjar de la Magdalena (s. XIV), sirviendo a su vez de cementerio de la misma.
En
el plano de Olavide de 1771 se aprecia la existencia de una iglesia que aparece
rodeada de espacios libres de edificación, entre los que llama la atención por
su forma y tamaño el existente entre ella y el llamado Hospicio de Niñas
Huérfanas que se extendía hacia el Sur. En esta plazuela existía una fuente
exenta, distinta de la actual , según figura en el plano de Olavide, y que aún
existía en 1819, pues es citada en la relación de fuentes públicas que relata
Justino Matute[1]
Esta fuente recibía agua procedente de los Caños de Carmona.
De este Hospicio de Niñas Huérfanas, Justino Matute dice que “Permanecía este año (1738) en la collación de la Magdalena, frente a su iglesia, un hospital y casa destinada a recoger niñas huérfanas y desamparadas, a las que educaban mujeres devotas, y después tomaban estado; de cuyo establecimiento trata Ortiz de Zúñiga al año 1587, núm. 14 de estos Anales”. Según refiere a continuación “esta casa, que en su origen estaba en la calle de la Pajería, cerca de la casa Pía, que así llamaban a la de los jesuitas, según escrituras de aquel tiempo, hasta que la Ciudad en 25 de setiembre de 1595 dio a tributo a las Niñas huérfanas y desamparadas, a todas las de su compañía y congregación, al P. Fr. Diego Calahorrano, su fundador, y a Alonso López, administrador, un solar y sitio que sobró a las casas compradas para ensanchar la calle frontera a la Magdalena, hoy del Naranjo, repartiéndoles el correspondiente tributo, del que luego las exoneró por escritura de 26 de marzo de 1597, a instancias del P. Calahorrano, quien con otras limosnas que pudo adquirir labró competentes habitaciones e iglesia”[2] A finales del siglo XVIII esta institución estaba en decadencia por lo que el 19 de abril de 1795 se trasladaron al Beaterio de la Santísima Trinidad las Niñas Huérfanas de la Magdalena, que estaban a cargo de la Ciudad, poniéndose fin a este Hospicio o Seminario.
En el siglo XVI se hacían en esta Plaza almonedas, que se prohibieron en los días festivos. A principios del XVIII se vendía también carbón, y en 1828 se comienza a vender pan y hortalizas.
Escasos testimonios indirectos se conservan en las fuentes históricas escritas del primitivo templo parroquial de la Magdalena.
En 1810 el gobierno de José I Bonaparte, dentro de su política de modernización de las ciudades ocupadas, decide crear una plaza en el lugar que ocupaba dicho templo, y el Ayuntamiento, presidido por el señor Goyeneta, aprueba el derribo de la iglesia, que se ejecuta en 1811. Por este motivo, este mismo año, la parroquia de la Magdalena traslada su sede canónica a la iglesia del Convento dominico de San Pablo el Real, aunque en 1815 ésta recupera su cariz de templo conventual.
Mas como señala Montoto[3] “Sevilla no vio con buenos ojos los derribos de aquellos insignes templos, y no siendo posible volverlos a levantar, se contentó con la reedificación de la Parroquia de la Magdalena, cuyas obras comenzaron en el año 1817. Pero parte de los sevillanos, conforme avanzaban las obras del nuevo templo, empezaron a clamar por el ensanche de tan céntrico paraje, propugnando por que la parroquia quedase establecida en la hermosísima iglesia de San Pablo, ya que los claustrales habían sido desalojados de su magnífico convento. Triunfó al fin este criterio y el nuevo edificio parroquial, que ya estaba muy adelantado y a punto de obrar sus naves, fue demolido en 1842 para construir la plaza de la Magdalena, tal como ha llegado a nosotros”.
De esta forma, en 1838 se instala la Parroquia de modo definitivo en el convento de San Pablo, al abandonarlo los dominicos con ocasión de la exclaustración de 1835 y, tras la posterior desamortización, ser adscrita su iglesia directamente a la diócesis.
Entre estos trajines de derribos y reedificaciones se perdió la sepultura, entre otras, del insigne escultor-imaginero Juan Martínez Montañés, enterrado en dicha iglesia el 18 de junio de 1649, según consta en su partida de defunción, conservada en el Archivo Parroquial de la actual iglesia de la Magdalena, antiguo convento de San Pablo el Real. En 1957 la Academia de Bellas Artes de Sevilla, para perpetuar esta memoria, realizó una lápida de mármol, hoy colocada en la fachada de un gran edificio comercial de la Plaza, que dice:
JUAN MARTÍNEZ MONTAÑÉS
YACE SEPULTADO EN ESTA PLAZA
ANTIGUA IGLESIA PARROQUIAL
DE SANTA MARIA MAGDALENA
Y TUVO EL TALLER DE SUS FAMOSAS ESCULTURAS
EN CASAS CERCANAS A DICHO TEMPLO.
La
Parroquia que hoy conocemos es obra principal del estilo barroco sevillano. En
1691, al hundirse las cubiertas del viejo templo medieval[4]
de San Pablo se inicia su construcción sobre las ruinas demolidas del mismo,
encargándose la reconstrucción al ya prestigioso Leonardo de Figueroa, la figura
clave, como reconocen los más actuales investigadores, del tránsito del barroco
del XVII al XVIII. Hacia 1709 la parte principal de la fábrica estaba terminada,
destinándose los restantes años a concluir la fastuosa decoración que aún
caracteriza al templo. Las obras en el Convento e Iglesia de San Pablo se
prolongaron hasta 1724, en que fue consagrada el día 22 de octubre por el
arzobispo Luis de Salcedo, según refiere Matute.
Volviendo al espacio geográfico que nos ocupa, sobre el solar de la derribada iglesia de la Magdalena, en 1844 tras una serie de demoliciones y ensanches, se inaugura la plaza según proyecto de J. Manuel Caballero que recoge una fórmula tradicional en torno a una fuente, reconstruida con piezas de diversa época y procedencia, con un espacio elíptico adornado con bancos y doble hilera de arbolado que a finales de ese siglo eran exclusivamente naranjos situados a modo de festón.
Según Montoto “la fuente, tal como hoy la vemos no es toda de la misma época. El pedestal y la primera base, digámoslo así, son de pleno período romántico; la base propiamente dicha, sobre la que descansa la taza, así como ésta, son de fina labor, a nuestro parecer italiana del s. XVI. Hay quien asegura que esta fuente estuvo en una de las casas del Duque de Alcalá de Henares. En papeles que hemos visto en el Archivo Municipal consta que en 1845 la guardaba el Ayuntamiento en sus almacenes. La estatua que la remata se ve a las claras que es un postizo, no obstante la elegancia clásica de la figura. Procede del Museo de Sevilla de donde fue sacada en 1845”.
José Elías Bonells[5] al referirse a esta fuente señala que “posiblemente construida con restos de otras fuentes procedentes de la Alameda de Hércules, en su basamento se utilizaron mármoles del viejo Palacio Arzobispal de Umbrete”. Para Lleó pueden ser restos de una de las fuentes de la Alameda, quizá la de Neptuno y las ninfas.

La fuente es de mármol y presenta un mar con brocal poligonal de origen desconocido, tal vez antiguo, un basamento del momento de su instalación, con el emblema de la ciudad, el fuste, magnífica obra del siglo XVI, decorado con relieves de jóvenes desnudos y motivos marinos, y una gran taza acanalada con mascarones, de la misma fecha, con hermoso diseño, rematada por una elegante escultura neoclásica.

Esta Plaza se denominó de la Libertad en 1841. En 1869 toma el nombre de Plaza del Pacífico, en recuerdo de la guerra del mismo nombre librada por la armada. De 1928 hasta 1931 fue denominada Plaza del Cristo del Calvario, recibiendo nuevamente el nombre de Plaza del Pacífico. Ya en 1936 se la rotula Plaza del General Franco, para volver en 1980 al actual de Plaza de la Magdalena que había perdurado por siempre en el habla popular.
Desde mediados
del XIX, sus homogéneos y clasicistas edificios conferían a
la plaza un aire señorial y distinguido. Se convirtió este lugar en uno de los
puntos más elegantes de la ciudad, muy frecuentado como paseo nocturno, con sus
puestos de agua, la parada de carruajes de alquiler y las famosas fondas de
Madrid, que en parte ocupaba el antiguo palacio de los Condes de Gelves, y de
París, dos establecimientos hoteleros de gran renombre. El barón de Davilier
describe así esta plaza: ”la plaza de la Magdalena, con sus puestos de agua,
es una de las más pintorescas y animadas de Sevilla. Los puestos de agua son
pequeñas tiendas donde se venden refrescos de todas clases por poco precio”.
Esta clásica composición del diecinueve se modificaría en 1882, creándose
amplias aceras laterales y sustituyéndose los naranjos por palmeras, que
actualmente han sido taladas, así como eliminándose los populares puestos de
agua que le daban singular carácter.
El caserío de la plaza ha sufrido una de las más radicales transformaciones del centro histórico de Sevilla. Los viejos edificios de la segunda mitad del XIX han sido íntegramente sustituidos por otros de reciente construcción con fachadas de dudoso, cuando no pésimo, gusto, exceptuando el edificio situado en la esquina con la calle San Pablo, construido en 1938, uno de los primeros ejemplos del racionalismo sevillano, realizado por Rafael Arévalo Carrasco. Es un edificio exento de cuatro plantas y una de entresuelos, en donde se exhibe una clara valoración de las formas geométricas y de la pura volumetría. Es interesante la alternancia horizontal de paramentos, de cemento y cristal, que componen la línea de las ventanas.
En 1968 volvería a ser reformada esta Plaza, esta vez bajo la dirección del arquitecto municipal Luis Recasens, restaurándose la fuente y el pavimento y modificándose las zonas ajardinadas para facilitar el tránsito peatonal en una plaza que pasaba a convertirse en centro comercial de primera magnitud con la construcción de unos grandes almacenes en un edificio con fachada a ella, situación que se ha mantenido, si no incrementado, en la actualidad. Fue en esta época cuando se derriba el magnífico palacio del siglo XVI de los Condes de Gelves, que había sido restaurado por Alberto González Abreu entre 1914 y 1922. Tenía importantes artesonados, rejas, y una excelente colección de azulejos de cerámica trianera de los siglos XVI y XVII. Fue derribado para construir el edificio de unos grandes almacenes. Entonces todavía las palmeras (Phoenix dactylifera) constituían con los naranjos agrios su principal ajardinamiento.

A
finales de la década de los setenta del pasado siglo XX se produce un nuevo
ensanche en el entorno norte de la plaza al ser derribada la edificación
existente en el denominado “Callejón de los pobres”, hoy calle de Josefa Reina
Puerto, que comunica la popularísima calle San Eloy con la Plaza que nos ocupa.
Se trata en realidad de una calle, aunque por su forma y la configuración de su
arbolado y ajardinamiento bien pudiera denominarse plaza, como en efecto por
muchos se la conoce. Desde el siglo XVIII era
llamada callejón de los pobres por
repartir allí los cartujos, que poseían hospedería muy cerca, limosnas a los
indigentes. En 1939 recibió la denominación actual en honor de ésta recordada
maestra sevillana, que se distinguió precisamente en la enseñanza de los pobres,
aunque perduraba su antiguo nombre. Éste quedó muy desvirtuado cuando a finales
de la década de los setenta se derriban algunas casas de la que ofrecían esquina
y fachada a la contigua plaza de la Magdalena, construyéndose dos edificios de
traza moderna que desde entonces albergan entidades bancarias, uno de ellos con
un extraño retranqueo sobre la alineación definida tanto por la plaza de la
Magdalena como por la de las calles Murillo y O' Donnell. Entre ambos quedó
durante años un gran solar baldío en el que se colocaron algunos bancos con la
intención de crear una plazoleta y prolongar visualmente la plaza de la
Magdalena. Esta plaza -calle o jardín, como quiera denominársele- desde el
primer momento de su terminación en junio de 1994 ha contado con una gran
aceptación mostrada de forma inequívoca por el numeroso público que la transita
y ocupa sus bancos.
La Plaza de la Magdalena está pavimentada con una clásica combinación de losa de Tarifa y enchinado, que desaparece en los extremos norte y sur para que una convencional acera de losetas de hormigón constituya así su pavimento. Unos cuantos bancos de fundición moderna distribuidos simétricamente completan la sencilla composición.
La jardinería que hoy presenta esta plaza en torno a su fuente es bien sencilla e incitaría a clasificarla más bien como plaza arbolada que como ajardinada, si no fuera por la presencia de setos y algunas trepadoras. Los setos, formando escuadras, enmarcan en el centro la fuente, mientras que otros recorren perimetralmente sólo los lados este y oeste y separan la zona de estancia del área destinada al tráfico rodado, presentando aperturas en sus puntos medios que permiten el acceso al núcleo central. Todos ellos son de granado enano (Punica granatum var. nana). Por lo demás el ajardinamiento consiste en una alineación perimetral de naranjos (Citrus aurantium var. amara) que se interrumpe también en los puntos medios de los cuatro lados para dejar que parejas de magnolios (Magnolia grandiflora), colocados en 1999, flanqueen los accesos al recinto.
Romualdo de Gelo
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:
CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006.
ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2003
GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo III
MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XIX. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo II.
MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, 1983.
PERAZA, Luis de: Historia de Sevilla. Transcripción, estudio y notas por Francisco Morales Padrón. Sevilla, 1996.
VIOQUE CUBERO y otros: Apuntes sobre el origen y evolución morfológica de las plazas del casco histórico de Sevilla. Sevilla. 1987.
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[1] MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XXI. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo II, pág. 197, apartado 4
[2] MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XXI. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo II, pág. 19-20, apartado 14
[3] MONTOTO, Santiago: Esquinas y Conventos de Sevilla. Sevilla, 1983.
[4] Luis de Peraza ofrece el siguiente testimonio en su Historia de Sevilla, escrita hacia 1535:
"Hay seis monesterios de frailes dentro del circuito de Sevilla: San Pablo, de la Orden de los Predicadores, mui solemne convento, con su adornado claustro y oratorio, y muy magnífico, con su grandísimo y muy adornado refectorio y odorífero, con sus mesas de aciprés, donde a la continua residen pasados de ochenta frailes, varones de mucha santidad y así mismo mui grandes letrados y excelentísimos predicadores, y por eso este insigne convento es el mas principal del Andaluzía, del qual es agora prior, haviendo sido provincial de toda el Andaluzía otras muchas veces, el mui religioso en linage y en vida y costumbres mui religioso y por eso muy Reverendo Fray Alberto de las Casas, natural sevillano, de la generosa familia de los de las Casas, que con más devido conombre de los Casaus se debe nombrar."
[5] ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2003, pág. 101.