La Sevilla Medieval

I. Capitulación de Isbiliya.

Tras un prolongado y persistente asedio, Isbiliya, después de siglos de dominación y poder musulmán, capitula ante las tropas fernandinas el lunes 5 de Sha’ban de 646 H., 23 de noviembre de 1248, día de San Clemente, emotivo y señalado día para el rey Fernando III pues en ese mismo día del año 1221 había nacido su heredero al trono el infante don Alfonso en Toledo, ciudad en la que existía un monasterio cisterciense dedicado al santo desde hacía un siglo, tiempo aproximado que Sevilla no tenía sede episcopal por muerte de su último obispo, llamado también Clemente, que había salido con los restos de la cristiandad sevillana ante la persecución almohade y se había refugiado en Toledo.

Prácticamente exhaustos, sin abastecimientos, víveres ni provisiones ocasionados por el largo asedio, cercados y desconectados de Triana desde que en el mes de mayo las naves de Ramón Bonifaz rompieron el puente de barcas, faltos de moral y resistencia, los musulmanes de Isbiliya sólo tuvieron la salida de la rendición por capitulación.

Tras varias negociaciones para la capitulación comenzadas en otoño, infructuosas para los jefes musulmanes, según se relata en la Crónica General, c. 1.121-1.122, los musulmanes debían de dejar “toda” la ciudad con sus inmuebles y tierras “libre et quita”.

Una vez firmadas las capitulaciones, los musulmanes entregaron el alcázar al rey don Fernando, ordenando éste poner su seña real “encima de la torre”. No se ponen de acuerdo los historiadores sobre cuál fuese “la torre” en la que ondeó: para unos la del propio alcázar, para otros la de Abdelazis, mas otros opinan que fue la de la mezquita aljama, al igual que ocurriera en Córdoba.

La seña real que se conserva en el tesoro de la Catedral sevillana, no la de la Capilla Real, tiene las características propias de Fernando III; es de tafetán blanco de 2’33 por 2’18 metros; los leones y castillos son de tafetán morado con detalles de seda amarilla; está muy deteriorada; en acta capitular de 30 de octubre de 1551 se mandó arreglar “el pendón con que esta ciudad se ganó”. Gestoso[1] dice “Un pendón con castillos y leones que es conforme al con que se ganó Sevilla porque se ha renovado: sirve a las honras del Santo Rey y en la Procesión de San Clemente”

Para rememorar dicha efemérides, en el día de San Clemente, se realiza en la Catedral, la llamada procesión de San Clemente, o de la Espada, o de las Gradas. Esta procesión fue instituida por Alfonso X el Sabio en 1255 y se celebra siguiendo la reglamentación hecha por Felipe II a mediados del siglo XVI .En la procesión toma parte “la Ciudad en pleno” -o sea Ayuntamiento o Corporación Municipal bajo masas-, en unión del Cabildo catedralicio; llevando una réplica del Pendón de San Fernando portado por el miembro más joven de la corporación municipal entre los canónigos y dignidades mitradas; la Espada de San Fernando portada según el protocolo por “el asistente de la ciudad”, el alcalde en la actualidad, con la peculiaridad de ser asida por la punta con un antiguo paño carmesí y no, como sería lo habitual, por el mango o empuñadura; y el preste, detrás, sostiene la reliquia de San Clemente en el cáliz de ágata que regaló el Papa León X y que trajo de Roma, en 1516, don Baltasar del Río, obispo de Scalas y canónigo hispalense. La espada fernandina, que se puede admirar en el tesoro de la Catedral, no sólo ha sido portada a través de los siglos por asistentes o alcaldes sevillanos sino también por reyes de España, comenzando por el rey Sabio y por Sancho IV, Fernando IV, Alfonso XI, Pedro I, Enrique II, Juan I, Enrique III, Enrique IV, Fernando el Católico, Felipe V y. el último, Alfonso XIII. Otra peculiaridad de esta celebración es que es descubierta la urna de plata dorada donde yacen los restos del rey Santo, soberbia obra de Juan Laureano de Pina de 1690.

El jueves 30 de mayo de 1252 muere en el Alcázar sevillano Fernando III. Su cuerpo fue llevado a la Catedral, sepultándolo en la parte destinada a la imagen de la Virgen de los Reyes. Fue el primer cristiano que se enterró en el templo. Su epitafio escrito en las cuatro lenguas; arábica, latina, hebrea y castellana, pregona al par de los vientos, el concepto que el Monarca Santo gozaba en Sevilla. La leyenda castellana de la sepultura según Ortiz de Zúñiga dice:

 

El Concejo hispalense puso su efigie en el sello de la Ciudad, representándolo sentado en el trono con el Mundo en la mano izquierda y la espada en la derecha. Fernando III fue canonizado en 1671.

Libradas todas las pleitesías de suso dichas que en razon del entregamiento de la noble cibdat de Sevilla fueron traydas, et el rey apoderado ya en el alcázar della ... los moros demandaron plazo al rey para vender sus cosas, las que no podian levar et fue un mes el que ellos demandaron, et el rey ge lo dio” (Crónica General, c. 1.124).

En este plazo de un mes concedido, los musulmanes de Sevilla pudieron vender sus enseres y organizar la emigración. El transporte corrió por cuenta de los cristianos, favoreciendo los salvoconductos hacia Jerez o Ceuta de los musulmanes.

Cumplido el plazo concedido, la ciudad permaneció vacía durante tres días (Himyari, trad. Levi Provençal, pág. 28). “Asi vaziada” “entregaron las llaves de la villa al rey don Fernando” (Crónica General, texto de Ocampo, fol. CCCCV r.). En el remate de la magnífica reja de la actual Capilla Real de la Catedral, diseñada por Sebastián Van der borh que costeo el Rey Carlos III, siendo colocada en 1771, aparece una escultura de San Fernando recibiendo a caballo las llaves de Sevilla, obra de Jerónimo Roldán. Por otra parte, son numerosos los cuadros existentes en la ciudad que representan la entrega de las llaves de Sevilla por el rey moro Axataf a San Fernando. Éste, situado en el trascoro de la Catedral y firmado por Francisco Pacheco en 1634, es uno de ellos. San Fernando se halla recibiendo estas llaves, apreciándose al fondo la Puerta de Jerez y la Giralda con la Catedral, en la que se aprecia el cimborrio. Junto a la torre, a lo alto, se recorta de perfil una miniatura de la Patrona de Sevilla.

Este período de tres días “vacía la ciudad” sería el necesario para disponer la ocupación de la misma, purificación de la mezquita mayor y los sectores que debían ocupar los del ejército, reservando las principales casas para los señores y jefes respectivos. La ocupación de la ciudad se hizo con carácter provisional

Entró el clero, consagró la mezquita aljama en iglesia mayor dedicándola a Santa María bajo la advocación de la Asunción. El día 22 de diciembre, fiesta de la traslación de los restos de San Isidoro desde Sevilla a León, entró solemnemente el rey Fernando en la ciudad propiamente dicha, unos historiadores dicen que por la Puerta de Goles o Real y otros por la del Arenal, dirigiéndose a la iglesia mayor donde se ofició misa solemne.

La gran mezquita aljama levantada por Abub Yacub Yusuf sufrió notables transformaciones en su disposición interior para adaptarla al culto cristiano. La orientación norte-sur fue cambiada por la litúrgica este-oeste. En la parte oriental, donde se dispuso su cabecera, se colocó una gran verja para, en espacio limitado, colocar la imagen de Santa María, Nuestra Señora de los Reyes según la tradición. Dentro de la antigua mezquita, y en su Patio de los Naranjos, se formaron capillas que bien pronto se vieron enriquecidas por las donaciones de los fieles y que fueron lugares de enterramientos, y en la nave que se llamó de la Granada, por una efigie de la Virgen de esta advocación, se sepultaron los caballeros que cooperaron a la conquista de la ciudad[2].

Felipe, el quinto de los hijos de Fernando III y Beatriz de Suabia, nacido en 1230, llamado así por su abuelo materno Felipe de Suabia, fue destinado a la Iglesia por su padre, para lo cual le envió a estudiar a Paris de donde trajo una imagen de la Virgen de Rocamador, muy venerada en tierra gala, como regalo de su tío San Luis, y al concederle el rey las mezquitas de Sevilla, colocó esta efigie en la de San Lorenzo. Caso que así fuese, esta imagen no es la pintura de influjo de la escuela sienesa que en la actualidad se muestra en marco barroco, y a la que el profesor Post asigna fecha poco anterior a 1350.

Aunque nunca recibió las órdenes sagradas del sacerdocio, fue obispo “electo” de Sevilla hasta 1257 cuando casó con Cristina de Noruega, sucediéndole en el cargo el segoviano don Remondo. En realidad, el primer arzobispo de Sevilla fue don Remondo, confesor del rey y Notario Mayor. A él se debió la organización de la diócesis.

No es de extrañar, por la descripción que a continuación se transcribe, que tanto el rey Fernando III como su heredero Alfonso X aplicasen todos sus esfuerzos en dotar a esta opulentísima ciudad conquistada de una estructura y organización acorde a sus pretensiones e intereses, pues Sevilla

“Es la mejor cercada que ninguna otra allende el mar ni aquende el mar que hallada ni vista pudiese ser, que tan llana estuviese. Y los muros de ella son tan sobeiamente y fuertes y muy anchos; torres altas y bien departidas, grandes y hechas a muy gran labor. Por muy bien cercada tendrían a otra villa de la su barbacana tan solamente. Si quier la Torre del Oro, cómo está fundada en la mar y tan igualmente compuesta y hecha a obra tan sutil y tan maravillosa, y de cuánto costó ella al rey que la mandó hacer, ¿cuál podría ser aquel que podría saber ni asmar cuanto sería? ¡Y pues, de la torre de Santa María, todas las sus noblezas, y de cuan gran la beldad y el alteza y la su gran nobleza es!: sesenta brazas ha en el techo de la su anchura, y cuatro tanto en alto. Tan ancha y tan llana y de gran maestría fue hecha, y tan compasada la escalera por donde a la torre suben, que los reyes y las reinas y los altos hombres que allí quieren subir, de bestias suben, cuando quieren, hasta en sumo. Y en somo de la torre ha otra torre, que ha ocho brazas, hecha a grandes maravillas. Y encima de ella están cuatro manzanas alzadas una sobre otra, tan grandes y tan de gran obra y de tan gran nobleza son hechas, que en todo el mundo no podrían ser otras tan nobles ni tales, la de osmo es la menor de todas e luego la segunda que está so ella es mayor, empués la tercera mayor que la segunda, más la quarta manzana non podemos retraer ca es tan grand lavor e tan extraña obra que es dura cosa de creer: Toda obrada de canales e los canales della son doce e en la anchura le metieron por la villa non pudo caber en la puerta e ovieron quitar las puertas e asnchar la entrada e cquando el sol da en ella resplandece con rayos lucientes más de una jornada. Vienen a Sevilla cada día navíos desde la mar por el río. E las galeras e naos apuertan fasta dentro en los muros con todas mercancías quantos son en todas partes del mundo de Tánger, de Ceuta, de Túnez, de Alexandría, de Génova, de Portugal, de Ingratierra, de Pisa, de Lombardía, de Burdeos, de Bayona, de Secilla, de Bascona, de Aragón, e aún de Francia vienen ende muchas e de otras muchas partes en allen de mar e de tierra de chistianos”[3]

 

II. El Repartimiento

Tan pronto como Fernando III tomó posesión de la ciudad no escatimó tiempo en arbitrar su reparto y organización con arreglo a las leyes, fueros y usos castellanos.

Considerada la ciudad perteneciente a la Corona por derecho de conquista, el monarca procedió al reparto de la ciudad y de su término entre los miembros de su familia, los infantes, los ricos hombres, los prelados, los caballeros, las órdenes militares, las órdenes religiosas, los hombres buenos y peones que le ayudaron en la magna empresa de la conquista.

El repartimiento, que consiste en la donación de los bienes raíces requisados, esto es, inmuebles urbanos y alquerías (aldeas musulmanas) con sus tierras correspondientes, es una recompensa que mira al futuro pues sienta las bases económicas que regirán la repoblación del territorio. Procedió, pues, al repartimiento, pero no de una manera general o global, sino singularmente, a entidades y personas concretas, con entera independencia y separación unos repartos de otros. Para ello creó la Junta de partidores formada por el obispo don Remondo, Ruy López de Mendoza, Gonzalo García de Torquemada, Pedro Blasco y, por último, Fernán Servicial, ejecutor material de no pocas operaciones. Fernando III llevó a cabo el repartimiento, pero fue su hijo Alfonso X el que lo prosiguió, rectificó a veces y concluyó.

El proceso del repartimiento de Sevilla fue largo y se puede distinguir en él tres momentos: en el primero se incluye el reparto general acometido desde 1248 por el propio Fernando III y concluido en 1253 reinando ya Alfonso X; en el segundo se complementan los heredamientos (fincas rústicas y urbanas) abandonados por sus dueños entre 1255 y 1257; el tercero en 1263, sin duda más restringido y accesorio, se dedica a redistribuir las casas descuidadas y yermas.

Así da comienzo el Repartimiento de Sevilla[4]:

“En Seuilla, jueves, primero día de mayo, era de mil e doçientos e noventa e un annos, con sabor e con gran voluntad que ouo el muy noble e muy alto don Alfonso, por la graçia de Dios rey de Castilla, e de León, de Galiçia, de Seuilla, de Cordoba, de Murcia, e de Jaen, de facer servicio a Dios, e por onra del muy noble rey don Ferrando, su padre, e por gala donar al infante don Alfonso, su tio, e a sus hermanos, e a sus ricos ornes, e a sus Ordenes, e a sus fijosdalgo, e a todos aquellos que le ayudaron a ganar la muy noble çiudad de Seuilla, el servicio e el aiuda que ficieron al rey don Fernando su padre e a él en ganarla e conquerir la Andaluçia, e por poblar e asosegar la sobredicha noble de la ciudad de Sevilla ouo de saber todas quantas alcarias e quanto heredamiento auia e de figueral e de olivar, e de huertas, e de vinnas, e de pan, e sópolo por don Remondo obispo de Segovia, e por Ruy López de Mendoza, e por Gonçalo García de Torquemada, e por Ferrán Servicial, e por Pedro Blanco el adalid, que lo anduvieron todo por su mandato, e sopieron. todo quanto era; e según la quenta que ellos dieron que avía en cada logar diólo el rey de esa guisa, así como es escripto en este libro; e diérongelo todo por medida de tierra e por medida de pies a raçon de cinquenta pies el arançada; e diólo el rey por la medida de los pies que era más cierta que la de la tierra, e fiço sus donadíos muy buenos e muy grandes e partiólo desta guisa: primeramente heredó al infante don Alfonso de Molina, su tio, e a sus hermanos, e a las reinas, e a sus ricos omes, e a obispos e a Ordenes, e a monasterios, e a sus fijosdalgo, e desi a los de su criazón que fueron del rey don Fernando, su padre, e desi a los de su compagna e a otros omes muchos; e tomó heredamiento para sus galeas e para su çillero que fiço, e para su almacén, e desi heredó hi docientos caualleros hijosdalgo en Sevilla e dioles su heredamiento apartado, e todo el otro heredamiento que fincó diólo al pueblo de Sevilla ansi corno es escripto e ordenado en este libro”.

El primer repartimiento fue hecho a favor de don Remondo, obispo de Segovia y Notario Mayor de Fernando III, a quien el monarca dio “unas casas en la plaza de Santa María, su bodega, cocina, establo y una hortezuela dentro de las casas”, donación que fue origen del Palacio Arzobispal.

La reina doña Juana de Pointhieu obtuvo grandes heredamientos, entre otros los baños y casas de las collaciones de San Ildefonso y San Juan de la Palma y los llamados de la Reina Mora en la parroquia de San Vicente.

La princesa doña Violante, mujer del príncipe heredero don Alfonso, los hijos de Fernando III don Fadrique, don Enrique, don Sancho, don Felipe, don Manuel, don Fernando y don Luis; el infante don Alfonso de Molina y el hermano no legítimo de San Fernando, fueron todos favorecidos con grandes heredades.

Las órdenes militares españolas de Santiago, Alcántara y Calatrava y las de los Templarios y San Juan de Jerusalén obtuvieron casas y huertas dentro de la ciudad, donde labraron sus conventos e iglesias.

Los religiosos trinitarios, franciscanos, mercedarios y dominicos, la comunidad y el abad de Santo Domingo de Silos, el Monasterio de las Huelgas de Burgos, el obispo de Marruecos, quedaron asimismo repartidos.

El obispo de Marruecos y la Orden de San Juan formaron, alrededor de las fincas donadas, barrios que gozaron de jurisdicción exenta, aislados del resto de la ciudad.

El repartimiento se hizo extensivo a los caballeros y se dieron casas a los peones que manifestaron deseos de permanecer en la ciudad recién conquistada.

Este generoso repartimiento no dio por el pronto el resultado que Fernando III se propuso de poblar rápidamente de cristianos la ciudad, ya que muchos de los que obtuvieron casas y otras propiedades las abandonaron y volvieron a sus lugares de origen, por lo que hubo necesidad, en 1255 y 1263 bajo el reinado de Alfonso X, de volver a hacer un nuevo reparto de todo lo abandonado y de lo que anteriormente no había sido repartido, y aún sobraron casas y heredades para darles a los Monasterio de San Isidoro de León, Roncesvalles y Santa María de Rocamador, amén de los grandes territorios que la corona se reservó y de los que dio a Sevilla y a su Iglesia.

Permaneció, pues, Sevilla durante los últimos años de Fernando III y en los primeros del reinado de Alfonso X con muy escasa población, lo que movió a estos monarcas a conceder grandes privilegios a los vecinos y moradores de Sevilla para fomentar su repoblación[5].

A pesar de su origen islámico, los Reales Alcázares de Sevilla, van a cobrar en la época cristiana su verdadera fisonomía actual.  El llamado Palacio Gótico fue mandado construir por Alfonso X sobre los terrenos de la antigua residencia omeya de Dar-al-Imara. Es una construcción austera y simple, consistente en un gran salón aúlico, cubierto de nervaduras de aire cisterciense, abierto en su frente norte hacia el llamado Patio del Crucero, y en su lado sur a los jardines. A cada extremo de este salón se sitúan sendas capillas, y delante se levanta un amplio pórtico gótico-mudéjar. El edificio, también conocido como cuarto del Caracol, por las cuatro escaleras que tuvo, fue concluido en 1270, pero experimentó notables reformas en siglos posteriores, principalmente con motivo de la boda del emperador Carlos V, y posteriormente en el siglo XVIII. Del Patio del Crucero, aunque deshecho en su traza original, se conserva aún la galería gótica subterránea, llamada Baños de Doña María de Padilla, que atraviesa el mencionado Patio, y el palacio, desembocando en el jardín de la Danza, desde donde es visible esta construcción.

La proximidad de los dominios de algunos reyezuelos moros, en guerra con Castilla, convertían a la capital andaluza en ciudad fronteriza, donde predominaba la organización militar a otras actividades. En realidad, a parte del elemento castrense, la ciudad estaba casi deshabitada. Barrios enteros estaban despoblados. Idea fija del rey conquistador y de su sucesor fue la de atraer a la hermosa ciudad núcleos de pobladores que le comunicaran la intensa vida que le animara en los días de Axataf. Para ellos concedía privilegio tras privilegio a los que en ella se asentaran.

III. Organización de los barrios y parroquias o collaciones.

Fernando III en 15 de junio de 1251 concede a Sevilla en un solo documento el fuero y los privilegios que tenía Toledo con algunas pequeñas modificaciones. Es con la base de esta normativa legal con la que se organiza la ciudad de Sevilla: se determina lo pertinente a su señorío, justicia y otros aspectos. Por cauce paralelo se dispone la organización eclesiástica.

Para proceder al repartimiento, la ciudad con sus arrabales se dividió en dos partes: la primera, la constituyeron los barrios; la segunda, las collaciones.

La edificación por barrios tuvo un carácter puramente civil y social; en ellos se agruparon los gremios, con sus profesiones e industrias y los muchos extranjeros que formaron parte del ejército conquistador. Así surgieron los barrios de la gente de la Mar, el de los comerciantes Francos, el de los Genoveses, el de Pescadores, y las calles de los Placentines, Catalanes, entre otros.

Las collaciones obedecieron a la creación de las parroquias y, aunque tuvieron un carácter eminentemente eclesiástico, bien pronto, por estas divisiones parroquiales se organizó la prestación de ciertos servicios de la vida militar y política. La collación adquiere desde su nacimiento más vigor y más personalidad que el barrio, ya que éste, a veces, pertenecía a varias collaciones en razón de su situación topográfica.

1)      Los barrios cristianos

Al constituirse la ciudad, los grupos de mercaderes extranjeros trataron de obtener una jurisdicción especial y una situación privilegiada para sus negocios. Es lógico el hecho de que los extranjeros se agrupasen en el círculo del comercio exterior, pues tratándose de colonias de mercaderes su centro era el puerto y la alcaicería principal; por eso Francos, Catalanes, Placentines, Génova, Bayona y la Mar convergen al camino que une puerto y alcaicería.

La constitución de estas colonias no es simultánea ni consta que fuese igual. En orden del tiempo se establecieron primero las de Francos, Génova y Bayona; después, durante el reinado de Alfonso X, las otras; y aún algunas en tiempos muy posteriores.

a) Barrio de Francos

El barrio de Francos que se establece por fuero en Sevilla era análogo al de Toledo por su aspecto mercantil y privilegios. Es decir, el barrio de Francos en Sevilla es comercial, cuya dedicación fundamental consistía en la importación y comercio de tejidos finos. Poseía exenciones o franquezas en el comercio y en el servicio de rebatos y guarda del alcázar, respecto a los demás vecinos y moradores de la ciudad. No tenía alcalde ni jurisdicción especial.

Situado en los alrededores de la actual calle Francos, de ahí su nomenclátor, debe su nombre a que en él moraban muchos francos (franceses) aunque entre ellos viviesen personas de otra procedencia, amén de francos en el sentido de libres de tributación, que es cierto que lo estaban. El barrio de Francos estaba compartido entre las collaciones de Santa María y el Salvador.

Si como parece, su primer carácter fue de Francos en el sentido de naturaleza u origen, lo perdió antes del siglo pues de los 84 vecinos que poseía el barrio según el primer padrón de cuantías de Sevilla que se conserva, fechado en 1384, 28 eran caballeros, 42 pecheros y 14 francos, categoría que aparece en análogas proporciones en los demás barrios.

b) Barrio de Génova

Barrio que mantenía estrechas relaciones comerciales con el Mediterráneo, de arraigada tradición en Sevilla. Consta que los pisanos y genoveses se establecieron ya en el siglo XII en Sevilla, aunque debieron abandonarla antes de la conquista.

Tras varias negociaciones, Fernando III, previo el consejo oportuno, en 12 de mayo de 1251 concede a los genoveses barrio, alhóndiga, horno y baño, cuya edificación correría a cargo de ellos. Quien quisiere comprar o vender en esa alhóndiga pararía los correspondientes derechos al rey. En ese barrio los genoveses podrían tener su iglesia y capellán, nombrado por el arzobispo de la ciudad, cobrando los mismos derechos que los demás de Sevilla. Los genoveses elegirían dos representantes a los que el rey nombraría sus cónsules para juzgar los asuntos a ellos concernientes y en materia no criminal. Esta jurisdicción especial se refería solamente a los genoveses que no fuesen vecinos de Sevilla.

Alfonso X en 24 de agosto de 1261 dio al concejo de Génova una mezquita en Sevilla exenta por todos sus lados, cerca de su barrio, en la Plaza de San Francisco, “para hacer palazo en ella, en que se alleguen a librar sus pleitos”. Manuel Chaves y Rey, en un folleto titulado La calle de Génova. Apuntes históricos., publicado en Sevilla en 1911, asegura que en 1800 esta lonja aún tenía una inscripción que decía: “Esta casa es propia de la república de Génova” y que el barrio tenía muchas tiendas de joyerías y tejidos. Esta primitiva mezquita y lonja ocupaba el espacio donde se asienta el actual Banco de España.

En 1296, a consecuencia de un motín, el barrio de genoveses fue saqueado. En la segunda mitad del siglo XIV el padrón de cuantías revela que el barrio estaba poblado en su mayoría por “españoles”.

Este barrio estaba situado en la collación de Santa María tenía por eje la calle Génova, actual avenida de la Constitución, que discurría desde el actual Ayuntamiento hasta la Catedral.

c) Barrio de Catalanes

Éstos también habían comerciado con Sevilla antes de conquistarla los castellanos. Los mercaderes catalanes se establecieron pronto en Sevilla al margen de la compañía que participó en su conquista, a la que se repartió Camas y Coria.

Careciendo de fuerza suficiente, debieron establecerse en el barrio de Francos por su parte más próxima a la Catedral. Hasta el reinado de Alfonso X no adquirieron personalidad suficiente estos mercaderes que, aunque el rey no accedió a sus pretensiones de constituirse como barrio con los mismos privilegios que los genoveses, sí obtuvieron privilegios comerciales en 11 de octubre de 1281.

Al inicio de su reinado, Sancho IV dio en 25 de agosto de 1284 a los mercaderes establecidos en Sevilla “las casas que fueron de Pedro Bonifaz con todas sus tiendas, que son en cabo de la rua de Francos, e tienen fasta la plazuela de Santa María do venden la fruta”, para que en ellas hiciesen barrio para vivir, con lonja y horno, y para que en él comprasen o vendiesen paños en “gros” y al detall, así como hacían los genoveses.

Una vez obtenido el barrio, lo perdieron durante la guerra de Alfonso III, por orden real; y por otra se les devolvió en 1292.

Los catalanes difundieron sus monedas y de ahí que el barcelonés de plata se tomase como módulo para las concesiones y medidas de agua en Sevilla.

Al menos desde 1362 consta que tenían carnicería propia[6]. El barrio fue confirmado por Alfonso XI. Su lonja sigue documentándose en el año 1409 y 1451. Se encontraba situado en las actuales calles Albareda y Tetuán.

d) Barrio de la Mar

La historia comercial y la posición de Sevilla pedían un sector marítimo como nudo de las relaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico.

Fernando III, desde el primer momento, asignó para los pobladores entregados a los asuntos marineros un barrio lo más cerca posible de las atarazanas y del puerto. En el fuero de la ciudad de 1251 estableció una jurisdicción especial para ese barrio. Tenía su escribano y jurado como las collaciones. Para todos los asuntos relacionados con el mar (cargadores, barqueros, comerciantes, transportistas, armadores, calafateadores, pescadores, carpinteros de ribera, etc.), el barrio tendría un alcalde nombrado por el monarca.. El barrio también gozaba de carnicería propia.

El barrio de la Mar se componía principalmente de los afectos directamente al servicio de la marina real y por comerciantes, en especial los exportadores e importadores. Tenía una calle principal del mismo nombre de la Mar, hoy rotulada como García de Vinuesa.

Con menor categoría y más o menos gravitando sobre dichos barrios aparecen algunas calles. La más antigua es la de Bayona, actual Federico Sánchez Bedoya, documentada ya en 1260. La de Placentines, establecidos en tiempos posteriores a los catalanes, es muy posible que les fuese asignada con los correspondientes privilegios por Pedro I. Su lonja estaba cerca del palacio arzobispal.

e) Arrabales

En torno a estos barrios intramuros y en el devenir y transcurso del tiempo en los siglos siguientes fueron surgiendo una serie de arrabales en el sector oeste de la ciudad, relacionados fundamentalmente con las actividades propias del puerto fluvial.

En la época del repartimiento el Arenal empezó a reanimarse incluso con edificaciones: había unas mezquitas y un puentecillo sobre las aguas procedentes de la ciudad, tanto las de un ramal de la alcantarilla como las de la laguna, resto del antiguo brazo del río. Surgieron las Atarazanas y en torno a ellas, partiendo de la Puerta del Carbón la llamada Resolana junto a otras construcciones.

Desde finales del siglo XIV existe ya constancia de la existencia de la Carretería y Tonelería, situado entre el Postigo del Aceite y la Puerta del Arenal, y Cestería, entre ésta y la de Triana, llamados así por estar habitados por carreteros que se dedicaban al transporte de las mercancías del puerto, y existir abundantes talleres de toneleros y cesteros, medios utilizados para el transporte de los productos del comercio.

Junto a la Puerta de Goles o Real se fue formando el arrabal de los Humeros, pescadores dedicados al ahumado del pescado.

Al otro lado de río se desarrolló el arrabal de Triana, con su vega y castillo. Este arrabal figura en varios textos de la época musulmana, así El Himyari afirma que fue tomada por Alfonso VI en una incursión.

El llamado castillo de Triana, denominado muy posteriormente de San Jorge, probablemente surgió como defensa principal del paso que había para las barcas en la confluencia de caminos procedentes de la vega y del Aljarafe. Estos bateleros o barqueros, de herencia romana y árabe, transportaban personas y mercancías de una a otra margen del río, al igual que realizaban el tráfico fluvial con Córdoba.

Triana, en el momento de la conquista, debía ser pequeña. En el repartimiento se la incluye en el grupo de las alquerías otorgadas a la ciudad. Alfonso X, sin duda, con la base ya existente, y más hacia el sur y frente al puerto de la ciudad, dispuso una puebla, erigiendo en ella la Real Parroquia de la Señora Santa Ana “Señá Santana” (1276-1280), pues hasta entonces carecía de parroquia.

Este arrabal estaba unido a la ciudad por el puente de barcas construido por Abu Yacub Yusuf entre el 4 de septiembre y el 10 de octubre de 1171. Este puente fue roto por Ramón Bonifaz durante el cerco de la ciudad, aunque pronto se debió recomponer.

Desde principios del siglo XIV se documentan casas con mayor facilidad: en 1309 una junto a la iglesia y en 1314 un “corral de ollería con sus fornos” en la “puebla de Triana”, calle de Santa Ana, junto a una huerta y al corral de un tahonero.

En el mismo siglo, lo mismo que sus fronteros barrios de la ciudad, se desarrolló con su sello distintivo de trabajo: alfarerías y tejares, fábrica de jabón, panadería, calafates, pescadores, marineros, odreros, acemileros, labradores ...

Después de las pestes de mediado de siglo, en 1384, tenía Triana no mucho más de 60 vecinos, número que se incrementó notablemente pues en 1431 contaba con 199 vecinos y 98 moradores (aproximadamente 1.500 habitantes), así como 21 casas cerradas. Sus calles principales eran las de Tejar, Santa Ana y Castilla[7].

Algo alejado de la zona portuaria, en unos terrenos cedidos por Fernando III, se situaba el arrabal de Marruecos, que en realidad era sólo un conjunto de casas levantadas sobre el jardín del Oratorio donde desde tiempo inmemorial existió un cementerio, a las afueras de la Puerta de Jerez, en las que tenía su sede el obispo de Marruecos. Gozaba de fuero y jurisdicción propia lo que hacía que a él se acogiese buen número de personas para eximirse de las justicias de Sevilla. Esto daba lugar a grandes disgustos y pleitos de los obispos con las autoridades sevillanas y muy especialmente con la jurisdicción eclesiástica. Felipe II, después de laboriosas gestiones en Roma, cedió el barrio y su jurisdicción eclesiástica y temporal al Tribunal de la Inquisición y extinguido en 1566. Más tarde el barrio pasó a ser propiedad del estado, y la iglesia y otras edificaciones fueron destinadas en tiempos de Carlos II para Universidad de Mareantes, estableciéndose en el templo la antigua Hermandad de Nuestra Señora del Buen Aire, que tuvo su asiento en Triana.

En el lado este de la ciudad, a finales de la Edad Media, surge el arrabal de San Roque, entre la Puerta Osario y la de Carmona. Habitado en su mayoría por negros, traídos a la ciudad como esclavos. Aún en nuestros días figura en el nomenclátor de este barrio la calle Conde Negro, título otorgado por la comunidad de color a Juan de Valladolid, mayoral y juez de los negros de Sevilla[8]. En otro orden de cosas, no es casualidad que sea en este barrio donde se funde y tenga su Capilla la Hermandad de “los Negritos” que procesiona en la sin par tarde de Jueves Santo de Sevilla.

Arrabales y afueras de origen islámico desaparecieron para siempre, como el arrabal de la Macarena, o transitoriamente, como el de San Bernardo, que resurge en el siglo XVI[9].

2) La Judería y la Morería o Adarvejo

Fuero diferente tenían estas minorías establecidas entre cristianos y apartadas de ellas incluso materialmente por medio de muros. Tenían su ley especial, sus jueces, su religión y sus costumbres. Probablemente no se llevó a gran rigor las disposiciones del Concilio de Letrán respecto al traje especial o distintivos que los señalasen que debían vestir los judíos, pero sí se les obligaba a esconderse o a hincarse de rodillas al encontrarse en la calle con el Santísimo Sacramento cuando era portado para ser administrado como Viático. Hasta nuestros días han llegado algunas lápidas que en caracteres góticos recordaban a los judíos y musulmanes esta obligación, so graves penas. Tenían prohibido unirse a cristianas. Debían respetar la religión cristiana en público; y no criar hijos de cristianos.

a) La Judería

Todas las referencias inmediatas a la conquista indican que no había judería en Sevilla al producirse la capitulación de la misma; de lo contrario, no habría cambiado de emplazamiento ni los judíos hubieran recibido mezquitas para convertirlas en sinagogas, como ocurrió de hecho.

Al amparo del trato favorable que recibían con la monarquía cristiana, vinieron a la aljama sevillana gran número de judíos, muchos de ellos descendientes de los que un siglo antes habían tenido que abandonar la ciudad.

La población judía, muy numerosa y sobre todo influyente y poderosa, fue distinguida con la donación del barrio más extenso respecto de otras comunidades étnicas y económicas, unas dieciséis hectáreas.

El barrio de la Judería ocupaba una amplia zona del casco antiguo y estaba separado del resto de la ciudad por una muralla interior que transcurría por las actuales calles de Garcí Pérez, Conde de Ibarra, donde existió un lienzo de esta muralla hasta mediada la década de los ochenta del pasado siglo XX, Federico Rubio, Fabiola, que aún conserva un lienzo visible de la misma, Mateos Gago y Alcázar. La propia muralla de la ciudad cerraba la parte este del barrio. Su comunicación con el exterior era a través de la Puerta llamada por los árabes de Vib-Ahoar, luego de la Judería, de las Perlas y posteriormente denominada de la Carne. Su comunicación con el interior se realizaba a través de dos puertas, una frente a San Nicolás y otra en la plazuela y arquillo del Atambor, hoy embocadura de Rodrigo Caro. Ésta última recibía su peculiar nombre debido a que “en ella tenía la ciudad un guarda constante, en virtud de estar dicha puerta próxima a la plaza donde los judíos tenían su lonja y juzgado y ser muy frecuentes los alborotos entre ellos, con cuya razón y con el objeto de evitarlos, mandaba la guardia con su tambor batiente”[10]

El cementerio judío no se hallaba junto a las sinagogas, como ocurría con los cristianos junto a sus parroquias y los musulmanes a sus mezquitas, sino que estaba situado en las proximidades de la Puerta de la Carne, extramuros de la ciudad, en la actual calle Cano y Cueto donde ha sido recientemente descubierto al realizar las obras para un aparcamiento subterráneo. En este lugar, tras la expulsión de los judíos en el siglo XV, se levantó el matadero de la ciudad, de ahí el nombre que nos ha llegado hasta la actualidad de Puerta de la Carne, y ya modernamente se construyó el mercado del mismo nombre.

El eje económico de la Judería lo constituía el mercado o Azuica, situado en la que hoy constituye la Plaza de Santa María la Blanca. Cerca de él vivieron algunos potentados como el célebre almojarife de Pedro I, Samuel Leví, en la calle que por él se denomina Levíes

Tres sinagogas importantes hubo en este sector de la ciudad hasta 1391, en que se convirtieron en templos cristianos: una en lo que hoy es la Plaza de Santa Cruz; otra en la actual iglesia de Santa María la Blanca, en la que se conservan algunos restos del primitivo edificio; y la tercera donde se alza la actual parroquia de San Bartolomé.

La judería tuvo corta vida. Fue asaltada por los sevillanos en 1391, y con un precedente, aunque de menores consecuencias, en.1354.

Los datos de este trágico suceso figuran en la Historia de España de don Modesto Lafuente, en la Historia de la Ciudad de Sevilla de Joaquín Guichot. Los hechos ocurrieron así: En la primavera de 1391, el Arcediano de Écija, don Ferrant Martínez, llevó sus predicaciones mucho más allá de lo que la prudencia aconsejaba, soliviantando los ánimos populares contra los judíos, so pretexto de un acendrado fervor religioso. En el mes de marzo estalló al fin el odio sembrado por el Arcediano de Écija, promoviéndose un motín popular, en el que la plebe, siempre dispuesta a toda clase de excesos, entró por el barrio de la Judería, saqueando las tiendas, y maltratando a los moradores. Al saber la noticia de lo que estaba ocurriendo, acudieron inmediatamente con alguaciles don Álvar Pérez de Guzmán, que ocupaba el cargo de Alguacil Mayor de la Ciudad, y los alcaldes mayores Rui Pérez de Esquivel y Fernando Arias de Cuadros, prendieron a algunos alborotadores y demandados, dos de los cuales fueron condenados a azotes.

Sin embargo el Arcediano de Écija no cejó en sus predicaciones contra los judíos, antes las exacerbó más, y el pueblo excitado nuevamente se entró por el barrio judío saqueando las tiendas y apaleando e hiriendo a los hebreos. La asonada fue de tales proporciones que el Alguacil Mayor don Álvar Pérez de Guzmán, no encontrándose con fuerzas bastantes de alguaciles para reprimir el alboroto solicitó el concurso de toda la nobleza, que acudió al barrio con numerosos lacayos armados, escuderos, y algunos hombres de armas, y a duras penas se pudo reprimir el alboroto popular, teniendo incluso el Alguacil Mayor que ofrecer el perdón de los que habían sido condenados a azotes en el motín anterior. Pero esta impunidad alentó al populacho, que enardecido con nuevas palabras del Arcediano de Écija, el día 6 de junio a los gritos de a muerte los judíos, entraron nuevamente en el ya saqueado barrio. Esta vez el populacho no se detuvo en saquear sino que con cuchillos, dagas, y herramientas se dieron a buscar a los judíos persiguiéndoles como a fieras por las estrechas calles de la Judería.

Hombres, mujeres y niños fueron degollados sin piedad, en las calles, en sus propias casas, y en las sinagogas. La matanza duró un día entero y pereció una enorme cifra.

Los pocos supervivientes, que lo fueron aquellos que de los alborotos de días anteriores huyeron fuera de Sevilla, al conocer la terrible noticia, acudieron a la Regencia en demanda de protección y de garantías, dada la terrible situación.

Pasado algún tiempo, y no sin recelo volvieron algunas familias judías a Sevilla, reconstruyendo sus tiendas y sus casas. Sin embargo, jamás volvió a haber ya un barrio judío. Pasados algunos años, cuando Enrique III alcanzó la mayoría de edad para reinar, uno de sus primeros actos de gobierno fue procesar y encarcelar al Arcediano de Écija don Ferrant Martínez, quien con sus imprudentes predicaciones había desencadenado la inhumana persecución y matanza de los judíos de la judería sevillana en 1391. Asimismo impuso el rey una crecidísima multa al vecindario de Sevilla y a su Ayuntamiento, tan elevada que no fue posible pagarla de contado, y durante más de diez años estuvo el municipio de Sevilla abonando cantidades de oro, para pagar la pena impuesta por la destrucción de la Judería, según vemos en las cuentas del Libro del Mayorazgo en el archivo municipal. Los judíos de Sevilla no volvieron a reponerse de aquel exterminio. La Judería, que había llegado a contar más de cinco mil vecinos, quedó dispersa y reducida a unas docenas, que con dificultad pudieron componer el número suficiente para organizar una sinagoga, siendo ésta la que hoy está convertida en iglesia parroquial de San Bartolomé, construida después de aquella matanza. La decadencia de la Judería fue tal que a fines del siglo XV no había prácticamente judíos en Sevilla, salvo los instalados en el Corral de Jerez, en el Alcázar Viejo, hasta su definitiva expulsión en 1483[11].

b) La Morería o Adarvejo

La llamada Morería o Adarvejo fue otro grupo de población organizado a raíz de la conquista que, como los judíos, fue tratado con consideración. Fernando III procuró que este núcleo de pobladores continuase la tradición de sus industrias y comercios dentro de la ciudad, el cultivo rural en el rico Aljarafe y en el amplio término de la tierra que le fue asignado a Sevilla.

El rey agrupó a los musulmanes en una comunidad cuyos límites estaban comprendidos entre la Alfalfa, Alcaicería, Siete revueltas, Alonso el Sabio, Pérez Galdós, San Pedro y Alhóndiga, es decir, entre las collaciones de San Pedro, Salvador, Santa Catalina y San Isidoro. Era considerablemente más reducida que la Judería.

La morería se aisló pronto por medio de un muro, norma general de la época.

En la Morería tenían sus leyes, costumbres, religión y justicia. El rey nombraba un cadí, el primero fue Adelhagg el Baezy. Estaban autorizados a comprar y vender libremente sus propiedades. Usaban –o al menos les fue mandado- el traje propio de su raza, no pudiendo usar vestidos de paño verde, blanco y rojo, y zapatos blancos y dorados. Las mujeres musulmanas no podían amamantar hijos de cristianos. Al igual que los judíos, estaban obligados a esconderse o a arrodillarse a su paso al encontrar al Santísimo Sacramento por las calles.

Tuvo este barrio un importante centro de alfareros y una notable Alcaicería, llamada la Menor y de la Loza, de los Alatares y de la Especiería. Tuvo puertas en sus entradas que se cerraban de noche.

A este barrio concedió el monarca una mezquita, lo cual ya indica que eran pocos, pues contrasta con las tres dadas para sinagogas a la Judería. Esta mezquita, después de haber servido para diferentes funciones y usos, el último de cuartel, fue derribada con gran parte del propio barrio en 1840 para ubicar en dicho solar la actual Plaza del Cristo de Burgos. Disponían de cementerio propio extramuros de la Puerta Osario.

Esta comunidad musulmana, exigua económica y socialmente, tuvo un relevante papel desde el punto de vista artístico y artesanal contribuyendo a mantener las tradiciones arquitectónicas andalusíes en la Sevilla de los siglos XIV y XV.

3) Parroquias y collaciones

La archidiócesis de Sevilla fue organizada en los primeros decenios que siguieron a la conquista, de nueva planta, ya que el último obispo mozárabe hispalense, Clemente, había huido a Toledo hacía un siglo, en 1160.

Fernando III la dotó con magnificencia regia, como más tarde se especificaría: “Porque (el rey) es defensor e amparador de la fe, e de las eglesias, e de los que las sirven e de sus bienes; e otrosi porque es señor natural de la tierra donde son fundadas las eglesias” (Las Partidas I, 5, 18).

Fernando III pensó desde el primer momento en su hijo Felipe para ocupar la sede hispalense. Así se lo pidió al Papa a raíz de la conquista. El Papa accedió, y el 24 de junio de 1249 nombró a don Felipe “procurador” de esta iglesia, a pesar de su minoría de edad y de no estar ordenado. Al mismo tiempo instaba al rey para que dotase la iglesia. En 24 de junio de 1251 el Papa envía una bula al “electo” de Sevilla con indulgencias dadas con motivo de la dedicación.

El 20 de marzo de 1252 Fernando III cedió el diezmo del almojarifazgo de “cuantas cosas acaeciesen por tierra y por mar, de lo ganado y que se ganare a los moros”, así como varias posesiones y heredamientos. En años sucesivos se fueron aumentando considerablemente estas dotaciones.

En 17 de mayo de 1252, Inocencio IV, dio licencia al “obispo electo” para ordenar la iglesia de Sevilla con deán, chantre y todas las demás dignidades necesarias según la costumbre de las catedrales españolas. Desde los primeros tiempos se estructuró el Cabildo de la Catedral con prerrogativas peculiares, como la de que sus dignidades pudiesen usar mitra, desde 1253.

El jueves 30 de mayo de 1252 muere en el Alcázar sevillano Fernando III y comienza el reinado de Alfonso X, quien organiza la ciudad

Las bulas pontificias de erección de la archidiócesis son algo más tardías y se limitan a confirmar lo hecho, corresponden a Inocencio IV en 1254 y Alejandro IV en 1258.

En 1254 el rey Alfonso X concede a la catedral de Sevilla todos los privilegios que tenía la de Toledo, rigiéndose por éstos hasta 1261 en que se dieron nuevos estatutos.

Don Felipe no llegó a desempeñar el episcopado ni a consagrarse, pues renunció en 1258, siendo nombrado don Remondo.

El organizador de la iglesia sevillana fue don Remondo, obispo de Segovia, y arzobispo de la sede hispalense desde 1259 a 1286.

En la ciudad de Sevilla, la división básica es la parroquia o collación. Éstas, para cubrir las necesidades de índole religiosas, se establecieron en torno a 1250, sobre solares o en locales de antiguas mezquitas. El núcleo vital de la collación es la iglesia parroquial con su adjunto cementerio, con el clero correspondiente y con los derechos y deberes de los fieles. En lo civil, cada collación tenía su jurado: servía para organizar los padrones, la vigilancia, la limpieza, alojamiento.

Las parroquias aparecen deslindadas y conocidas desde los primeros documentos, ya que la collación era elemento de primer orden para transformar la ocupación provisional de la ciudad, inmediata a la conquista, en organización definitiva. Así, se establecen 24 parroquias con sus respectivas collaciones. Sus títulos o advocaciones, como señala don Julio González[12], se refieren a las diversas categorías de miembros de la Iglesia triunfante: Aparte de la de Santa María, cuya parroquia se estableció en la Capilla de San Clemente en el Patio de los Naranjos de la Catedral, la más importante es la de el Salvador (el Kyrios), establecida en la antigua mezquita de Inb Adabbas y erigida Colegial casi desde sus inicios. Después, del grupo de ángeles y arcángeles, se designa San Miguel; del de patriarcas y profetas a San Juan Bautista (vulgo, la Palma); del de apóstoles y evangelistas a San Pedro, San Andrés, Santiago, San Bartolomé y San Marcos; de los mártires a San Lorenzo, San Esteban, San Vicente y San Román; de los pontífices y confesores a San Martín, San Nicolás y San Julián; de los doctores a San Ildefonso y San Isidoro, relacionados con la iglesia sevillana y toledana de la época visigoda; de los sacerdotes y monjes a San Gil, de mucha devoción en la época; de las vírgenes y viudas a Santa Lucía, Santa Catalina, Santa María Magdalena y Santa Marina; y por último, como en Toledo y Córdoba, Omnium Sanctorum. No queda un grupo de la Letanía sin representación en la organización parroquial de Sevilla.

A partir de 1280 se añadió la de Santa Ana en Triana y, después de 1391, las de Santa María la Blanca, Santa Cruz y San Bartolomé Nuevo, establecidas en la antigua Judería.

La collación de Santa María encerraba lo más selecto de la ciudad: el Alcázar, los Cabildos, secular y eclesiásticos, el palacio arzobispal, y los barrios de Génova, Francos, Mar y Castellanos.

En la collación del Salvador se incluían parte del barrio de Francos, Sierpes, Alatares y Dados. La iglesia de San Ildefonso se erigió en una mezquita que a su vez había sido templo cristiano, como indica una inscripción del siglo VII hallada en su suelo; tenía esta collación las casas de caballeros muy notables y al lado de los baños dados a la reina doña Juana. La de San Nicolás tenía también una iglesia con restos de la antigüedad romana. De gran importancia por el linaje de sus pobladores fueron las de San Román y San Bartolomé. Estas collaciones sufrieron un considerable descenso en el siglo XIV, a diferencia de las de otros sectores más amplios como las de San Lorenzo, San Vicente y la Magdalena, las cuales fueron en aumento.

Muchas de estas primitivas fábricas parroquiales se rehacen durante el siglo XIV en estilo mudéjar, es decir, combinando elementos cristianos e islámicos. Su prototipo, en cuanto a su interior, es de tres naves separadas por arquerías apuntadas sobre pilares rectangulares ochavados, cubiertas por techumbres de madera y cabecera resaltada con nervaduras góticas. En el exterior presentan tres óculos de inspiración goticista con tracerías, en la fachada de los pies, y portada de piedra con arco ojival de pronunciado abocinamiento y escasa decoración; la torre, en caso de que la haya, como toda la obra, es de ladrillo, guardando un recuerdo almohade, tanto en el ornato como en la disposición y forma de los vanos y remates. Santa Marina o San Marcos son buenos ejemplos de ello, aunque el resto sigue este esquema con algunas salvedades. Estas iglesias mudéjares sevillanas se datan a partir del terremoto de 1355. Las iglesias de San Miguel, de la Magdalena, que ocupa el antiguo Convento de San Pablo, y de Santa Cruz, erigida en el Convento de los Mínimos, desaparecieron en el siglo XIX.

Las gentes que habitaban estas collaciones eran heterogéneas, no obstante hubo en ellas calles o zonas marcadas por un oficio o una actividad concreta que acabó así prestando el nombre al propio lugar: Caza en San Isidoro, Cordonería, Cuchillería y Cerrajería en el Salvador, Espartería en San Ildefonso y Santa Catalina, Ropería en Santa María, Galería en San Esteban, Curtidores y Zurradores en Santa Cruz.

4) Órdenes Militares, Conventos y Monasterios.

Las Órdenes Militares, entidades eclesiásticas con jurisdicción propia y exenta de la episcopal ordinaria, recibieron en el repartimiento bienes y posesiones en la ciudad. Se asentaron en la zona norte de la ciudad formando auténticos enclaves independientes.

La Orden de Santiago establecida al final de la actual calle de San Vicente tenía su iglesia propia denominada Santiago de la Espada o de los Caballeros. El priorato de Santiago de la Espada fue fundado en 1409 por el maestre Lorenzo Suárez de Figueroa, cuyo monumento sepulcral se conserva hoy en la iglesia de la antigua Universidad, actual Iglesia de la Anunciación.

La de San Juan, en el barrio de San Juan de Acre, que dio nombre a la puerta del Ingenio o de San Juan de la ciudad, en la collación de San Lorenzo, formando un “compás” sujeto a la jurisdicción propia de la Orden.

La de Alcántara, con casas cerca de la puerta de Córdoba, en la collación de Santa Lucía. La de Calatrava, situada en la calle de su nombre, hizo también su priorato, el de San Benito, con los bienes que tenía en la ciudad, en 1393. Los calatravos tuvieron especiales responsabilidades militares en el mantenimiento de los castillos de la frontera granadina.

La Orden militar del Temple, se ubicó en un lugar más céntrico, otorgándosele jurisdicción sobre un sector llamado Compás de la Pajería, en la collación de Santa María, después conocido como Compás de la Laguna, cerca de la puerta del Arenal. La Orden fue disuelta a comienzos del siglo XIV.

Los conventos sevillanos se ubicaron en distintos lugares de la ciudad, generalmente al margen de los centros comerciales y financieros. Esto fue quizá lo que les permitió abarcar zonas enteras de la vieja urbe islámica con sus calles, adarves, jardines, pasajes, casas, corrales, mezquitas, palacios, baños, etc., que quedaron aislados tras los muros franciscanos, dominicos y otros religiosos. Sobre estos “trozos” de ciudad se fueron alzando las grandes construcciones conventuales, que en Sevilla adquirieron proporciones desmedidas, sobrepasando muchas de ellas la extensión de algunos de los barrios citados anteriormente[13].

Fueron trece los conventos levantados a través de la Edad Media. Cuatro de ellos lo fueron por órdenes masculinas:

San Francisco, de frailes de esa Regla, levantado según la tradición sobre un palacio islámico propiedad de Alfonso X, ocupaba parte de lo que hoy es el Ayuntamiento, más la Plaza Nueva y sus inmediaciones. Los frailes de San Francisco obtuvieron del rey sevillano Fernando IV una gran merced: de las aguas de los Alcázares les fue concedido un gran caudal, unas treinta pajas, volumen sólo superado por los palacios reales. Fue esta la primera agua que se repartió en Sevilla. Por ello los franciscanos pudieron regar una extensa huerta en el centro de la población y, aún sobrándole, dieron el resto para una fuente pública, que en el transcurso de los siglos dio origen a leyendas y a curiosos incidentes en la vida local. El Convento casa Grande de San Francisco fue derribado en 1848.

El convento dominico de San Pablo, en la collación de la Magdalena, se extendía sobre una amplia zona de terreno cercana a la puerta de Triana. De él son restos la capilla de la Hermandad de la Quinta Angustia y la cabecera de la actual parroquia de la Magdalena.

El convento de la Merced, dedicado a la redención de cautivos, se ubicaba en lo que hoy es el Museo de Bellas Artes y ocupaba todo este edificio más la plaza y calles aledañas. La construcción actual corresponde al levantado en el siglo XVII.

El convento de Nuestra Señora del Carmen, carmelitas, en la collación de San Vicente, en la actual calle Baños. En el siglo XIX fue convertido en cuartel, hasta que en 1980 ha pasado a manos de la Junta de Andalucía, que ha procedido a su restauración.

Conventos femeninos fundados en el siglo XIII importantes en la historia de Sevilla son:

El de San Clemente, fundación de don Remondo, con compás o jurisdicción propia en un sector de la collación de San Lorenzo. Bajo el reinado de Fernando IV, se le otorga el privilegio de la libre jurisdicción de su Compás, obteniendo así la abadesa autoridad de alcaldesa en el recinto llamado barrio de San Clemente. Para señalar esta jurisdicción, el compás y todos los edificios del monasterio quedaron aislados de la ciudad, comunicándose con ella por medio de un arco, con puertas que se cerraban de noche. De la etapa fundacional son pocos los restos que prevalecen en el monasterio puesto que en el s. XVI y XVIII, las grandes reformas que se efectuaron hicieron perder su estructura y fisonomía originaria. Entre las sucesivas reformas que han hecho desaparecer su aspecto primitivo, una de ellas, con caracteres de verdadera renovación, tuvo lugar en 1588. Es uno de los más bellos la ciudad y guarda en su interior tesoros de incalculable valor artístico. Su historia está estrechamente vinculada a las monarquías medievales, por acoger los restos de Doña Mª de Portugal, viuda de Alfonso XI; Doña Berenguela, hija de Alfonso X; Doña Leonor y Doña Beatriz, hijas de Enrique II. En este monasterio se encontraba la auténtica imagen de la “Virgen de las Batallas” que el mismo San Fernando llevaba en el arzón de su caballo. Tanto ésta como la espada del rey santo fue entregada por esta comunidad al cabildo-catedral a cambio del abastecimiento de agua que traían de los Caños de Carmona.

El de Santa María de las Dueñas, establecido por dos hermanas del almirante Juan Mathe de Luna. Estos dos conventos pertenecieron a la orden cisterciense hasta que la abandonaron para sujetarse a la jurisdicción del arzobispo.

El convento de Santa Clara, muy cercano a San Clemente, establecido en la collación de San Lorenzo desde 1260 en los palacios que habían sido del infante don Fadrique, que edificara en ellos la famosa torre de su nombre a la que se llega después de franquear una interesante portada gótica de finales del siglo XV procedente del antiguo Colegio de Maese Rodrigo, colocada a un lado del compás del convento. La Torre de don Fadrique, construcción más bien civil que militar, es de transición del románico al gótico, única que resta en Andalucía. Sobre la puerta de entrada unos versos latinos refieren que fue construida por el Infante en 1252. El interior presenta unas robustas bóvedas de crucería y en el piso superior los nervios arrancan de unas ménsulas con representaciones humanas, las primeras muestras de la escultura medieval en Sevilla. El compás o patio de ingreso es uno de los más bellos y poéticos de Sevilla.

El convento de San Agustín[14], según la historiografía tradicional se fundó inmediatamente después de la conquista de la ciudad. Según estudios actuales no se mantiene esta tesis. Las publicaciones y estudios más recientes posponen con sólidos argumentos su erección hasta 1292. Ladero Quesada da la fecha de 1314, en que utilizando una casa antigua de religiosas, cerca de la puerta de Carmona, se funda este convento. Por todo esto parece más adecuado fijar la fundación de este convento a finales del siglo XIII o principios del XIV, como ya planteó en su día el erudito clérigo extremeño Alonso Morgado. Ya en el siglo XIII, había un edificio anterior a la fundación agustina en ese lugar. Esto se ha podido constatar gracias a la última intervención que ha dejado al descubierto algún arco y diversos paramentos. Se trata de un edificio de tapial y ladrillo con influencia islámica, que en parte fue reutilizado por los agustinos para labrar su refectorio. El tapial es muy parecido al utilizado en la muralla almohade conservada en la zona de San Gil-Macarena. Desde 1347 los Ponce de León, al establecer el enterramiento de su linaje en la capilla mayor, se convirtieron en patronos y benefactores del convento. Con el transcurso del tiempo este convento tuvo una enorme influencia, pues en él estaba la imagen del Santo Cristo de San Agustín, objeto de la piedad y devoción sevillana.

Entre los femeninos establecidos en el siglo XIV destacan el de las clarisas de Santa Inés, fundado por María Fernández Coronel en 1373, y el de San Leandro que, aunque data de 1295, ocupó locales nuevos y más amplio, donde hoy reside, desde 1369.

Los cartujos llegaron a Sevilla en torno a 1400. El arzobispo Gonzalo de Mena dotó su monasterio de Santa maría de las Cuevas, favorecido años más tarde con el enterramiento del adelantado Per Afán de Ribera y todo su linaje.

En 1414, monjes jerónimos, venidos de Guadalupe, fundaron el monasterio de San Jerónimo de Buenavista. Años después, en 1450, Rodrigo de Valencia fundó el convento dominico de Santo Domingo de Portacoeli, al lado de la Huerta del Rey. La protección posterior de los Reyes Católicos y el patronazgo de los Enríquez, almirantes de Castilla, explican el auge del convento a partir de 1475.

La proliferación de conventos femeninos fue grande en el siglo XV, gracias a las fundaciones nobiliarias: Santa María la Real, Nuestra Señora del Valle, Santa Paula en 1475, Madre de Dios en1486 y el convento de Santa Isabel en 1490.

Salvo los tristemente desaparecidos de San Francisco y San Pablo, el resto de los conventos han sufrido notables transformaciones desde sus orígenes.

 

IV. Organización y poder civil.

La Corona consideró siempre a Sevilla como ciudad muy principal de su dominio y cabecera de región o, según el lenguaje de la época, reino. Estableció en ella su palacio, órganos territoriales de guerra, marina, justicia y hacienda, y procuró controlar el funcionamiento del municipio a través de leyes y representantes, con el fin de evitar tanto su mediatización por la alta nobleza como la remota posibilidad de que Sevilla sobrepasara los límites de autonomía aceptables y pudiese tomar ejemplo de aquellas señorías italianas, sus contemporáneas, verdaderas ciudades-estado[15].

La base de organización ciudadana y funcionamiento concejil es el Fuero u ordenamiento jurídico toledano tal como estaba tras la confirmación de Fernando III en 1122, que incorporaba los privilegios y adiciones efectuados desde la conquista de la ciudad del Tajo en 1085. Pero la vida urbana y concejil de Sevilla hubo de organizarse paulatinamente sobre la base de ordenamientos, ordenanzas y disposiciones reales o municipales nuevas, hasta tal punto que en 1422, Juan II, ocupado en reorganizar el concejo toledano, lo hace según el modelo de Sevilla.

Estos ordenamiento legales comienzan con Alfonso X, que protagoniza la fase constitutiva de la vida urbana hispalense, dictando normas específicas para los vecinos del Barrio de la Mar. En 1253 se regula la situación privilegiada de los 200 caballeros hidalgos repobladores; en 1254 comienza a perfilarse la capacidad jurisdiccional del concejo sevillano sobre la tierra, y entre 1261 y 1273 los vecinos de la ciudad, o sus caballeros, reciben diversas exenciones fiscales. Muchas reuniones celebró el Cabildo secular en el recinto de San Miguel y el Concejo en las gradas de Santa María presididas por don Alonso Pérez de Guzmán, “Guzmán el Bueno”, para la elaboración del Ordenamiento regulador del uso de sus oficios por los Alcaldes y sus escribanos, el Alguacil y el Carcelero y el Escribano de la Cárcel. Terminado este cuerpo legal, el más importante y el de más empeño que Sevilla había compuesto hasta entonces, se sometió a la aprobación de Sancho IV, quien lo confirmó en Pontevedra el 18 de agosto del año 1286.

En las Cortes de 12 de febrero de 1326 se confirmaron por el rey Alfonso XI los privilegios de Sevilla a petición de sus procuradores, y al año siguiente, en los primeros días del verano, hizo su entrada triunfal en la población, que lo recibió con tantas pruebas de entusiasmo y tal aparato y derroche de riqueza que el rey y los cortesanos que le acompañaban quedaron maravillados del rumbo y grandeza de los sevillanos.

Entre 1327 y 1346, con Alfonso XI, y entre 1390 y 1405, con Enrique III, se suceden numerosos ordenamientos reales, recopilándose en 1409. Los Reyes Católicos dispusieron la recopilación definitiva de disposiciones reales o concejiles sobre la ciudad que, comenzada en 1502, fue impresa y publicada en 1527.

a)      El concejo sevillano

El cabildo hispalense estaba formado por los regidores, llamados veinticuatros porque ese fue su número en principio. El número de veinticuatro fue pronto un recuerdo: ya en 1318 había aumentado a treinta y seis; reducido de nuevo por Alfonso XI a su ser en 1327, la cifra aumentó de nuevo hasta más de treinta y cinco hacia 1450. Aunque su institución fue anterior, se mencionan por vez primera en documentos de 1273 y 1266, aunque sus reglamentaciones arrancan de 1295. A los ricos hombres se les prohíbe ocupar cargos de regidor.

Ante la inicial paridad entre caballeros y hombres buenos que lo integraban, esta tendencia va desapareciendo con el transcurso del tiempo, pasando a ser ocupados todos los cargos por caballeros, lo que se consigue entre 1327 y 1348, con el beneplácito real. Como premio a la fidelidad del regimiento caballeresco, la Corona comenzó a admitir su carácter vitalicio y, ya en el siglo XV, hereditario.

La alta oligarquía influía decisivamente, monopolizándolos, sobre los regidores, quienes aceptaban sueldos o “acostamiento” de ella. No cabe duda de que la ciudad perdió así parte de su autonomía al estar regida en exclusiva por un “patriciado caballeresco” que actuaba según sus intereses  que como representante de todo el vecindario. Esto dio lugar a duras intervenciones reales, como la suspensión en sus cargos de todos los regidores sevillanos efectuada por Enrique III en 1402. Pero esta costumbre ilegal continuó durante todo el siglo XV y muchos regidores fueron vasallos de los Ponce de León, Guzmán, Stúñiga, Pacheco, hasta que la autoridad monárquica restaurada por los Reyes Católicos terminó definitivamente con este abuso.

La justicia sevillana corría a cargo del concejo, en gran medida a través de sus alcaldes: los reales o mayores y los ordinarios o concejiles. Los alcaldes mayores los designaba el monarca, eran de condición noble y, desde 1295, se requeriría además que fuesen vecinos de Sevilla. Fernando IV había nacido en el Alcázar sevillano. Fue el primer monarca cristiano que vio la luz en Sevilla. No cumplido un año había salido de la metrópolis andaluza, a la que no volvió sino ya coronado rey. El hecho de su nacimiento hizo que tanto él como su madre doña María de Molina tuvieran por Sevilla singular predilección, colmándola de beneficios para su “pro y honra”, según se lee en el primer privilegio que la reina madre, en nombre del rey niño, le concedió para que el Alguacil Mayor y los Alcaldes Mayores fueran siempre naturales de la ciudad.

Los alcaldes mayores o sus lugartenientes juzgaban por medio de fallos colectivos. No eran la primera instancia en los pleitos y causas, sino que juzgaban en apelación los ya vistos por el alcalde la justicia para lo criminal y por los ordinarios para la civil. Tenían voz y voto en cabildo, y según una ordenanza de 1425, lo presidían. En el siglo XV encontramos estos cargos vinculados a los Guzmán, condes de Niebla, los Ponce de León, los Stúñiga y los Portocarrero de Moguer.

Los alcaldes ordinarios, cinco o seis  desde tiempos de la conquista, por mitad caballeros y hombres buenos, eran elegidos todos ellos cada año por el concejo, salvo entre 1337 y 1346 en que se reservó Alfonso XI su designación. Juzgaban diariamente “en el poyo, saliente de misas”, es decir, en las gradas de San Miguel de la Catedral.

Escribanos, abogados y procuradores completaban el cuadro del mundillo letrado de Sevilla.

El alguacil mayor de Sevilla es cargo que aparece también desde la conquista. Vitalicio y de nombramiento regio, recaía el cargo en algún noble vecino de la ciudad. Presidía los cabildos a falta de los alcaldes mayores. Era el ejecutor de la justicia en la ciudad, organizador de la vigilancia nocturna, custodio supremo de la cárcel. Debía también velar por que las propiedades urbanas y rurales de los sevillanos no recibiesen ningún daño. Poseía, además, un cometido militar, pues era caudillo mayor de la milicia de la ciudad y llevaba su pendón, guardándolo en tiempo de paz, así como las llaves de las puertas de Sevilla. Estaba auxiliado en sus funciones por los alguaciles de los veinte o de a caballo, elegidos por los vecinos de las collaciones.

El regimiento o cabildo seglar llevaba por sí solo la gestión y representación política de la ciudad. Las disposiciones y acuerdos lo eran en su nombre, así muchos de ellos comenzaban con el “Manda Sevilla ...”

El sello que valida sus documentos es el “sello del concejo de la muy noble cibdad de Sevilla”. Esta nobleza y lealtad de la ciudad de Sevilla queda bien patente en el siguiente documento de Alfonso X[16]:

“Sepan cuantos esta carta vieren, como nos don Alfonso, en uno con mis hijos el infante don Juan, y el infante don Jaime: por cuanto los caballeros, y todos los otros omes buenos de la muy noble cibdad de Sevilla ficieron al Rey Don Fernando, nuestro padre, desde qyue la ganó e la pobló muchos servicios grandes y buenos fasta su finamiento: y otrosí, a nos después que regnamos fasta el día que este privilegio fue hecho, y por la gran lealtad y amor verdadero que fallamos siempre en ellos, e señaladamente ajora a la sazón que este levantamiento ficieron contra nos los de nuestra tierra, e como no debiera facer, onde porque de ellos tovieron con musco, y se pararon a muchos peligros y grandes, sirviéndonos muy bien y lealmente: y otrosí, porque entendiemos que la su voluntad se acuerda con la nuestra: para querer mal a aquellos que nos desaman, y amar a nuestros amigos, otorgamos y confirmamos todos los privilegios y todas las cartas que tiene”

Esta lealtad de Sevilla -rara cualidad en los pueblos y en los hombres- será el timbre glorioso que ostentará la ciudad con más ufanía. Andando el tiempo, Juan II, gran protector de la cultura, de una manera solemne, le dará a Sevilla el título de Muy Leal, en 1444. Otros títulos gloriosos ostenta esta ciudad: Heroica, concedido por Fernando VII en 1817: Invicta, en 1843 por Isabel II; y Mariana, otorgada por Franco, a instancias de la Hermandad de San Bernardo, en 1946. Y en el Renacimiento, los hispalenses se dieron por armas menores de la ciudad el simbólico NO8DO “no madexa do”, que data de 1283.

Alfonso X murió en abril de 1284 y está enterrado en la Capilla Real de la Santa y Metropolitana Iglesia Catedral de Sevilla, junto a sus padres don Fernando y doña Beatriz, cuyos restos mandó traer desde el Monasterio de las Huelgas de Burgos.

Desde la conquista de Sevilla por el rey San Fernando, el Cabildo Municipal se reunía en las Casas del Cabildo en el Corral de los Olmos[17] que estaba al pie de la Giralda, bajo la hornacina de la Virgen de los Olmos en la actual Plaza de la Virgen de los Reyes. En este mismo Cabildo antiguo se juntaban también los capitulares de la Iglesia Catedral, teniendo la Ciudad la parte superior y los canónigos la parte inferior de este angosto y pequeño edificio. Pero al enriquecerse Sevilla en el siglo XVI, ya no era decoroso un tan pobre Corral para una tan rica ciudad, por lo que se determinó construir un gran Palacio Consistorial, eligiéndose el lugar de la Plaza de San Francisco. De esta manera, Carlos I ordenó construir el edificio donde entonces estaban las lonjas de las antiguas pescaderías, que se encontraban en un lugar mas céntrico y representativo.

Para fiscalizar y controlar la labor del Cabildo de regidores estaban los jurados. Eran elegidos anualmente por los vecinos de las collaciones respectivas, aunque ya en el siglo XIV el cargo tendió a hacerse vitalicio, y actuaban colegiadamente como “cabildo de jurados”. Había ya jurados en 1253, uno o dos por collación, aunque un siglo más tarde son cincuenta y seis. Entre sus funciones estaba: hacer padrones de vecindario para el cobro de impuestos directos y organización de los deberes militares de los vecinos, guardar las puertas de la muralla y vigilar el estado de las defensas de Sevilla, colaborar en las velas y rondas nocturnas con el alguacil, denunciar las anormalidades de todo tipo que observasen ante las autoridades del regimiento y, sobre todo, transmitir a éstas los criterios de los vecinos de la ciudad y cuidar de que cumpliesen sin abuso sus obligaciones. Tenían voz pero no voto en el Cabildo de la ciudad.

Alfonso XI creó en 1344 otro órgano de control: los Fieles Ejecutores. Siete en principio, aunque Enrique III en 1396 los redujo a cinco. Los Reyes Católicos volvieron a fijarlos en siete: dos regidores, dos jurados, dos ciudadanos sin cargo público y un lugarteniente del Asistente Real.

Las costumbres no eran nada edificantes, a lo que contribuía, y no poco, la riqueza del comercio y el carácter cosmopolita de la urbe, debido al extraordinario desarrollo de su puerto fluvial, siempre lleno de naves de países extranjeros, y el constante ir y venir de caballeros castellanos para las campañas guerreras. Las casas de juegos se abrían en los más céntricos parajes, toleradas por la autoridad, que sobre ellas cobraba grandes impuestos que, cedidos por el rey, eran crecidos ingresos en las arcas concejiles. Al amparo de este vicio, y en los apartados lugares de los barrios extremos, prosperaban las casas de placer. La inmoralidad cundía en los abastos. Las medidas y los pesos no se ajustaban a las Ordenanzas, y el fraude y el engaño eran monedas corrientes en los mercados y transacciones, aumentados con la adulteración de los géneros.

Su misión consistía en la vigilancia del mercado urbano y la honradez en sus transacciones, orden público y promoción de justicia, control de caballo y armas de los vecinos que estaban obligados a tenerlos, supervisón del recto arrendamiento y cobro de las rentas municipales y actuación a modo de tribunal económico-administrativo en pleitos relacionados con la hacienda de Sevilla.

Desde Enrique III hasta los Reyes Católicos se nombra el Asistente Real, representante del rey, que asume en su nombre amplias responsabilidades de gobierno municipal y controla toda la gestión del cabildo y oficiales. Es una clara intervención del poder real en la vida ciudadana, con el designio de restringir su autonomía y sujetarla a los fines políticos de la corona.

Además de que repetidamente la ciudad fue sede de la Corte regia, Sevilla tuvo siempre voto en Cortes, enviando dos o cuatro procuradores a cada convocatoria que, según órdenes reales del siglo XIV, serían por mitad regidores y jurados. En el año 1260 se celebran las primeras Cortes que en el reinado de Alfonso X vio Sevilla , en las que se concluyeron las Partidas y se acordó que las escrituras se redactasen en lengua romance.

La figura del Almirante fue una de las más típicamente sevillanas entre las derivadas de la jurisdicción real, a la que representaba en el ámbito específico de la ciudad y su río, para determinadas cuestiones. Tenía su propio tribunal y voz y voto en el cabildo municipal hispalense. En Sevilla se mantuvieron las Atarazanas desde 1251 y, en época de Alfonso X, flota propia de una veintena de galeras, al mando de cómitres, como eran llamados los capitanes de la mar. Las Atarazanas, reconstruidas por este rey, donde hoy mismo se encuentran entre los Postigos del Carbón y del Aceite, es un hermoso edificio de piedra y ladrillo de dieciséis naves de apuntadas y atrevidas bóvedas, en las que tenían trabajo más de medio millar de operarios, ocupados en la construcción de las naves. Sevilla fue la base de marina de guerra más importante del país al menos hasta comienzo del siglo XV. Otro alto puesto militar de la Corona que tenía sede en Sevilla era el de Adelantado Mayor de la Frontera, llamado ya en el siglo XIII de Andalucía. Tenía voz y voto en su cabildo.

Los Reales Alcázares y las Atarazanas tenían a su frente alcaides de nombramiento regio. Tenían voz y voto en el cabildo municipal. Otros cargos importantes eran el de Notario Mayor de Andalucía y el de Tesorero de la Casa de la Moneda sevillana. La real Casa de la Moneda se levantó en el llamado adarve del infante don Alfonso de Molina, dentro de los terrenos del Alcázar musulmán, concretamente en la alcabaza interior almohade. Junto a ella se ubicó la Herrería Real, destinada fundamentalmente a suministrar a las Atarazanas herramientas, clavos y otros utensilios necesarios en la fabricación de barcos. Estas dos últimas construcciones fueron demolidas en la segunda mitad del siglo XVI para levantar en su lugar la Lonja, actual Archivo de Indias.

b) El comercio

El trigo y el vino entraban por las puertas de Triana, Macarena y Carmona y se almacenaban en la Alhóndiga del Pan reedificada a principios del XVI en su antiguo emplazamiento de Santa Catalina, o en los mesones del vino de la calle Odrería. La Alhóndiga de la Sal traída de Cádiz, estaba desde fines del siglo XIV junto a la Puerta del Arenal. El aceite entraba por el postigo de su nombre para pagar los diezmos y almacenarse muy cerca. Los hortelanos, que vivían en el norte y en Triana, no pagaban alcabalas por lo cultivado hasta dos leguas de la ciudad, favoreciendo así el abastecimiento; vendían sus productos en la plaza de Arriba (actuales San Isidoro y Luchana), mientras los regatones (que compraban para vender al por menor) se concentraban en la plaza del Pan o en la de El Salvador. Los pescadores vivían en el Barrio de la Mar, Triana, La Magdalena, San Lorenzo, Omnium Santorum, y San Vicente. Tenían sus pescaderías en El Arenal, en El Salvador, y en Puerta de Triana, al final del siglo XV en la plaza de San Francisco, y al poco también en las Atarazanas. Los cazadores vivían en la calle de la Caza, en San Isidoro. El matadero se construye a fines del XV extramuros de la Puerta de Ben Ahoar o de la Carne, al tiempo que se instala una carnicería en El Salvador, junto a la pescadería.

Había cordonerías en El Salvador y en San Vicente; esparterías en San Ildefonso y Santa Catalina. La piel se trabajaba en San Miguel y San Andrés, pero el calzado se vendía en San Martín. Hubo una calle de la Calería en San Esteban muy cerca de sus hornos en Santa Justa; caldereros en San Lorenzo; cuchilleros y cerrajeros en El Salvador, plateros, candeleros, e impresores, documentados estos últimos desde 1473-74.

A través del corazón de la ciudad, su puerto, los burgaleses exportaban lana, mientras que los genoveses, que trafican con Southampton o Brujas, traen en "naves gruesas" hojas de espada, papel, azúcar de caña, y tintes. Los venecianos y florentinos usaban galeras pero, al igual que placentinos y milaneses, no prosperaron aquí. Con Inglaterra se firmó un tratado en 1.254 incrementándose el tráfico hasta un período culminante en 1330-1365, para descender luego y recuperarse a fines del XV. También se comercia desde 1484 con las Canarias.

Muchos extranjeros y conversos eran prestamistas y cambistas. Del norte de España se importaba en "cocas" hierro vasco y armas. La piedra viene de la sierra, el Puerto de Santa María, o Galicia. Los robles se talan en Constantina, y los pinos bajan desde las sierras de Beas y Segura. Los barqueros se dedican al tráfico con Córdoba y Sanlúcar de Barrameda. Los arrieros se estacionaban en la plaza de San Francisco, y los carreteros con sus bueyes en el Arenal.

Permanecían el mercado de la calle Ropavieja, actual Álvarez Quintero, la alcaicería de la seda, la alcaicería de la loza, y el mercadillo de especieros en calle Herbolarios. Alfonso X concede en 1254 dos ferias francas: la "feria" en la calle del mismo nombre, y la de San Miguel, 29 de septiembre; también se celebraba el 15 de agosto la feria de la Asunción, desaparecida en 1432, en el Patio de los Naranjos vigilada por el almotacén, y por los alamines de la sal y la harina. Los baños públicos se abandonan excepto los de la Reina Juana anejos a San Ildefonso, y los de San Juan de la Palma.

Las pocas plazas eran meros ensanches de calles o cementerios de parroquias; aun así, a fines del XV se puede señalar la plaza de la Alhóndiga, la del convento de Madre de Dios, o las que servían para ostentación de suntuosas moradas nobiliarias como la plaza de Pilatos, o la del Duque, ambas de fines del XV, justo cuando se pavimentan las calles que alcanzan en 1525 a un tercio de la ciudad. Una acera de la plaza de San Francisco tenía soportales igual que en calle Alemanes y frente de ellos manaba una fuente pública renovada en 1411; otra fuente era la "pila de hierro" en las gradas de la Catedral.

V. Luces y sombras: Riadas, epidemias y terremotos. Las grandes construcciones.

Sevilla, desde su nacimiento, estuvo expuesta a las furiosas avenidas del Guadalquivir: las riadas, como popularmente se designan. El emplazamiento del caserío, en muchos parajes más bajo que el nivel de las aguas del viejo Betis, hacía que una vez en el interior de la población fuera casi imposible su salida, quedando estancadas las calles y plazas, muchas de las cuales permanecían constantemente inundadas, siendo foco de enfermedades, pestes y epidemias.

Hasta el siglo XVI existieron las grandes lagunas en el casco de la población: una en el norte, lindera con los palacios de los Abbadíes, y otra en el oeste, junto a la muralla de la puerta del Arenal. Juncos, aneas y grandes matorrales crecían en ellos. La primera, que se alimentaba de la filtración del río, tenía un salidero que, formando un arroyuelo, atravesaba la población, de tanto caudal en la época de lluvias torrenciales que para salvarlo la ciudad construyó sobre él grandes alcantarillas con honores de puentes. A este arroyo vertían las aguas residuales de algunas industrias, como la de los pellejeros, que en anchos y abiertos caños corrían por las calles de las collaciones de San Andrés y San Miguel, donde los de este gremio tenían sus industrias. En el centro de la ciudad, en la actualmente llamada Campana, se unían arroyos y caños, y en nada limpia corriente bajaba por la calle de las Sierpes para morir en el usillo o sumidero de la Plaza de San Francisco.

La otra laguna, la próxima al Arenal, no tenía desagüe y era de los parajes más insanos de la población. Formaba uno de sus lados la muralla y llegaba casi a las tapias del convento de San Francisco. Algunas calles, como las de Cantarranas y Caño Quebrado, eran verdaderas alcantarillas. Extramuros, el llamado Prado de Santa Justa estaba el mayor tiempo del año inundado.

Los conquistadores cristianos habían abandonado y cegado las cortas “río viejo y madre vieja” canales que, más el construido por los árabes, llevaban las aguas por el occidente de la Vega, vaciándolas en el río por las proximidades de Aznalfarache, con lo que la población quedó a merced de las aguas del caudaloso río en las épocas de las avenidas.

Así sucedió en 1297. El Guadalquivir entró en Sevilla, arrasando con su impetuosa corriente gran número de casas. La ruina fue tal y tan grande que la ciudad no pudo con sus solos medios remediarla, aún siendo ya muy próspera la hacienda, por lo que acudió a la reina madre doña María de Molina solicitando su ayuda, quien le concedió diez mil maravedíes en la renta de la tahurería para restaurar los daños, por privilegio fechado en Valladolid en 10 de agosto del citado año[18].

Hizo entonces el Concejo grandes obras en sus muros y alcantarillas y limpió la Vega de Triana. Pero estas obras del canal de la Madre Vieja no debieron ser constantes y de gran importancia, porque no muchos años después, en 1302, la ciudad fue presa de una riada que causó muchos mayores daños que la anterior, agravados por un espantoso terremoto. Peste y hambre padecieron los sevillanos. En las calles y plazas, convertidas en lodazales, moría la gente víctima de la epidemia y del hambre.

El Concejo y el Cabildo de la Catedral acudieron generosamente al alivio de las calamidades, secundados por don Alonso Pérez de Guzmán, que desde su asiento en Sevilla se convirtió en la primera figura de la ciudad.

En la primavera del año siguiente, 1303, la ciudad recibía jubilosa, engalanándose con arcos triunfales, juegos caballerescos, fiestas populares, funciones religiosas, luminarias, a su hijo y monarca Fernando IV. Siguió otra avenida memorable en el año 1330.

Con Alfonso XI podemos decir que se inicia el mudejarismo civil en Sevilla al levantar en el sector almohade de los Alcázares el llamado Salón de la Justicia, una pieza de planta cuadrada donde se acusa la sugestión granadina en sus yeserías. Tiene tres arcos en cada uno de sus frentes, y un pequeño surtidor en el centro que conduce su agua mediante un canalillo al Patio del Yeso. En su decoración cuenta con escudos de leones y castillos, y de la Orden de la Banda, establecida por este monarca en la batalla de Salado en 1340.

En 1350 accede al trono Pedro I, para unos el Cruel y para otros el Justiciero. En los primeros meses del reinado de don Pedro, en el verano de 1351, las calenturas malignas se cebaron con la ciudad que, falta de higiene y teniendo en su interior grandes lagunas, era campo abonado para el contagio. Esta epidemia de peste dejaron gran número de víctimas. El pánico prendió en los vecinos que abandonaban a los enfermos por temor al contagio; y muchas familias, para huir del mal, dejaban sus casas para refugiarse en los pueblos de la sierra y de la campiña alta. La ciudad se despobló en gran parte, y el hambre y la miseria hacían tantas víctimas como la peste. Por las calles solitarias se veían procesiones de penitentes pidiendo a Dios el remedio de la epidemia; procesiones que salían de los conventos de los frailes de San Francisco, San Pablo, San Agustín y la Trinidad. En la Catedral, su Cabildo hacía devotas rogativas, a las que asistían los reyes y el arzobispo. El Concejo atendía con sus donativos a los necesitados; los nobles facilitaban trigo y especies, y el arzobispo don Nuño y su Cabildo gastaron cuantiosas sumas para aliviar la calamidad.

Por el mes de agosto, cuando la peste mitigaba sus estragos, la ciudad supo con horror que el rey era víctima de las calenturas. En la ciudad, los escasos y ocultos partidarios de los infantes bastardos y de los Guzmanes empezaban a mostrarse inquietos e intrigantes con la esperanza de la sucesión de la corona, mientras la Corte, vestida de luto, recorría a pie las calles en rogativa para visitar el monasterio de la Orden de Predicadores, San Pablo, y pedir ante la imagen de la Virgen de las Fiebres, abogada de los apestados, la salud del monarca. Hizo entonces doña María de Portugal voto de costear una escultura de plata representando al rey en actitud orante y colocarla a los pies de la Imagen de la Virgen. Promesa que cumplió, pues, habiendo sanado el monarca, en el mes de septiembre se celebró solemne procesión en acción de gracias que fue desde el Alcázar a la iglesia de los dominicos, a la cual asistió el propio rey. A esta epidemia se le denomina en los textos históricos “la primera mortandad”.

El Canciller López de Ayala en su Crónica del Rey Don Pedro, en el capítulo XXIX del año 1353, dice: “E este año ovo en Sevilla muy grandes crecimientos del rio Guadalquivir en guisa que cerraron e calafetearon las puertas de la cibdad é ovieron muy grand miedo que seria la cibdad en gran peligro”

En 1356, se produce un nuevo terremoto, tal como dice la crónica del Arzobispo don Rodrigo: "(...) en este año, en miércoles, en 24 días del mes de agosto, día de San Bartolomé, después de vísperas, fue el terremoto que cayeron las manzanas de la torre mayor y cayó la torre de San Salvador y mató muchas (...) y la torre estuvo para caer (...)".

Este gran terremoto en Sevilla obliga a reedificar varios templos. El arzobispo hispalense don Nuño consiguió de El Justiciero la reconstrucción del mayor número de parroquias que, asentadas en viejas mezquitas, estaban en humilde estado de pobreza: unas se hicieron de nueva planta, con fábricas de piedras y abovedados  al estilo ojival, como la de San Miguel; otras al estilo mudéjar; en muchas aprovechando los antiguos elementos musulmanes se enriquecieron con magníficas portadas de piedra, decoradas con esculturas, como la de San Román, San Marcos, Santa Lucía y San Andrés; en no pocas se embellecieron los muros con tablas de alicatados y alizares policromados, como en la de San Gil, y en algunas se reformaron los alminares y se remataron con los cristianos campanarios, como en Omniun Sanctorum.

Con el terremoto de 1356 abandona el Alcázar Viejo para levantar en 1364 uno de nueva planta por alarifes mudéjares sevillanos y toledanos, junto a los alarifes prestados por su amigo Muhammad V al tiempo que éste construye su palacio de La Alambra. La construcción del Palacio de Pedro I en el Alcázar cuya portada principal, abierta al Patio de la Montería, es la obra capital del arte mudéjar en España. La puerta se cubre de amplio dintel adovelado, con rica decoración vegetal. A ambos lados, arcos ciegos sosteniendo la típica red de rombos o sebbka, que se repite en un ancho friso superior. Sobre las ventanas del primer piso se puede observar una doble inscripción que, en caracteres cúficos, repite el lema nazarí, y, en caracteres góticos, dice: “El muy alto et muy noble et muy poderoso et muy conqueridor don Pedro por la gracia de Dios rey de Castilla et de Leon, mandó fazer estos alcárares et estos palacios et estas portadas que fue hecho en la Era de mill et cuatrocientos y dos” , o sea, en 1364. La portada se remata con un artístico tejaroz sostenido por dos grandes ménsulas con estalactitas, bajo el que se sitúa, a modo de alicer, un bello conjunto de mocárabes que arrancan de veinticuatro columnillas. La portada, que hoy sólo conserva la policromía de las cerámicas vidriadas y algún resto dorado, en sus orígenes, y así la vio Rodrigo Caro, “resplandecía de oros y de color”.En realidad, la obra consistió más en una restauración, ampliación y transformación mudéjar del viejo Al-Mubarak, que en una construcción de nueva planta. Don Pedro, no escatimó el derroche de sus tesoros; los materiales más ricos fueron empleados sin reparar en gastos: mármoles traídos de tierras lejanas, maderas costosas, plata, oro y marfil, complicados mosaicos, hierros de forja afiligranada, elegantes yeserías, brillantes pinturas, plantas y árboles rarísimos, reunió el rey para adornar su palacio y sus encantadores jardines.

Con todas sus extravagancias y crueldades, el rey Pedro I también llamado el Justiciero será recordado por la tradición popular en leyendas como la del candilejo o la de doña María Fernández Coronel.

Más terrible que la epidemia de la “primera mortandad” fue la de landres padecida en 1363, desde la primavera hasta mediado el otoño. Los sevillanos se juzgaron víctimas indefensas del mal y se apresuraron, para la salvación de sus almas, a dejar sus bienes para las iglesias y obras pías. El mismo Don Pedro, contagiado del terror  a la muerte, redactó su testamento. Los muertos se abandonaban en las calles envueltos en los humos de la resina y del azufre, remedio que se creía eficaz para el contagio. En las afueras de la población, en el Arenal y en el campo de Santa Justa se hicieron grandes pozos, donde se arrojaban a los muertos que la caridad de los frailes franciscanos recogía de las calles y en carros llevaban a los cementerios de extramuros. Esta segunda mortandad sólo puede ser comparable por sus horrores con la tremenda peste del año de 1649.

Fueron escasas las providencias que la ciudad tomó en el orden higiénico para atajar y prevenir las epidemias, pues se consideraban impotentes para ponerle remedio, creyéndolas inevitables, como las riadas del Guadalquivir, que periódicamente traían el luto y la desolación, como las que menciona Ortiz de Zúñiga en los años 1373 y 1374, abundantes en fuertes temporales y excesivas aguas y terremotos, que atormentaron mucho los edificios, especialmente el de la Santa Iglesia Catedral.

Repitiéronse esos tristes sucesos en 1383, padeciéndose en esta metrópolis y sus comarcas peste cruel, a la que según el mismo Ortiz de Zúñiga llaman “tercera mortandad”. Se construyeron en las afueras de la ciudad, entre las puertas del Osario y de Córdoba, grandes zanjas para enterrar los cadáveres de los apestados. La iniciativa particular en esta ocasión cooperó eficazmente para reducir la extensión de la epidemia. Los gremios de Sevilla, que ya empezaban a dar elocuentes pruebas de su poderosa organización para contrarrestar el poder de la nobleza, crearon hospitales. El más importante de estos hospitales fue el creado por los médicos, cirujanos y flebótomos en la collación del Salvador, en unas casas fronteras a la Colegial. Este hospital, dedicado a la curación de landres, se puso bajo la advocación de los Santos Cosme y Damián, y desde su principio adquirió tanta importancia y estimación del pueblo, que el Cabildo secular lo subvencionó espléndidamente, tomándolo bajo su patrocinio.

En estas mismas fechas se construye el espigón de defensa contra el río llamado más tarde Patín de las Damas, junto a la puerta de Almenilla. Estas obras consistieron en el relleno con argamaza del espacio comprendido entre las murallas y el río, formando en el ángulo que aquella hacía una especie de espolón que desviase la corriente impetuosa de las avenidas.

De 1384 data el primer padrón conocido del vecindario de Sevilla y en 1389 se tiene la primera noticia de la procesión cívico-religiosa del Corpus. Entre estas fechas, una notable reforma llevaron a cabo el arzobispo don Gonzalo de Mena y su Cabildo en el exterior de la Catedral. Las fachadas del templo, norte y poniente, desde el tiempo de la dominación árabe estaban ocultas por numerosas tiendas y bazares, que le daban el aspecto de un antiguo zoco. Todos estos establecimientos fueron suprimidos colocándose gradas y columnas de piedras con cadenas, y en el ángulo de la fachada de poniente, frente a la calle de la Mar (actual García de Vinuesa), se levantó una fuente, que se llamó Pila de Hierro. En 1400, encontrándose el rey Enrique III “el doliente” y su Corte en Sevilla, asistió a la colocación y estreno del primer reloj público que hubo en España. Éste se puso en la torre de la Catedral. El arzobispo don Gonzalo de Mena bendijo la máquina y la campana de las horas, la cual al sonar por vez primera coincidió con una gran tormenta acompañada de espantosos truenos.

El deterioro de la Mezquita Mayor (Catedral) por los temporales y terremotos entre 1373 y 1394, llevó al Cabildo de la catedral al propósito, en 1388, y al acuerdo firme, en 1401, de levantar “otra iglesia tal y tan buena que no haya otra su igual, y que se considere y atienda a la grandeza y autoridad de Sevilla y su Iglesia, como manda la razón”.  En el año 1417 se estrenó la primera capilla, que fue dedicada a San Laureano, la cual fue ricamente dotada por el patriarca Alonso de Exea, administrador de la diócesis, quien se enterró en ella recién bendecida. Aquí comienza el largo periplo de la catedral gótica que no se concluye hasta 1506, o si se prefiere 1520 cuando Juan Gil de Hontañón reparó el cimborrio hundido la noche del 28 de diciembre de 1511. En su fábrica participan Alonso Martínez, Lorenzo Mercadante de Bretaña, Maestre Isambret, Maestre Carlín, Juan Normau, Simón de Colonia y Pyeter Dancart.

Los daños que las inundaciones causaron en la población el año de 1407 fueron extraordinarios. El Guadalquivir entró en Sevilla por encima de los adarves de las murallas en la Puerta del Arenal. Esto hizo que algunos barrios extramuros próximos al Arenal, como el de los toneleros y cesteros, quedasen derruidos. Se intentó varias veces por los vecinos reconstruirlos, pero el rey se negó a ello porque las calles eran muy estrechas, los edificios muy pobres y los más se apoyaban en las murallas de la ciudad, a la que estaba prohibido, por los pregones de 1402, adosar construcciones.

La ciudad del Guadalquivir había iniciado un florecimiento que, no obstante las dificultades del reinado de Juan II, ha de continuar en el desastroso de Enrique IV, para llegar pujante y poderosa a los albores de la Edad Moderna.

Tanta era la vida interior de la ciudad que crece en población y avances urbanos. Las obras de la Catedral avanzan rápidamente, un muelle importantísimo se construye en el Guadalquivir, única y exclusivamente para la descarga de las piedras y materiales para las obras del templo metropolitano.

Las iglesias de las parroquias y conventos se engrandecen con primorosas obras de las artes industriales, ya indígenas, ya traídas de lejanos países. Las naciones extranjeras establecen sus casas de comercio, y los gremios, organizándose, desarrollan notablemente la vida industriosa de la urbe.

La beneficencia obtiene extraordinaria importancia social, ya con los hospitales reales, ya con los de los gremios, ya con los que crean particulares. Todo ello era fiel reflejo de la extraordinaria riqueza de Sevilla que, merced a la influencia de los muchos extranjeros que a ella acuden, se pone, antes que ciudad alguna, en contacto con las ideas precursoras de la Edad Moderna, en la que Sevilla entra con jerarquía de unidad cosmopolita y casi soberana e independiente.

 

Romualdo de Gelo

 

 

Fuentes bibliográficas

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GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984.

GONZALEZ, Julio. Repartimiento de Sevilla. Sevilla 1993. Reedición facsímil del C.O.A.A.T. de Sevilla

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JIMÉNEZ MARTÍN, Alfonso: “Análisis y desarrollo histórico de la Sevilla Medieval”, en La Arquitectura de nuestra ciudad. Sevilla, 1981.

LADERO QUESADA, M. A. La ciudad medieval. Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla.1989.

MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. págs. 77-101

PALOMO, Francisco de Borja: Historia crítica de las riadas de Sevilla. Área de Cultura y Fiestas Mayores. Colección Clásicos Sevillanos, 20. Sevilla, 2001. Tomo I,

VV. AA.: Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992.

[1] GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo II, pág. 456.

[2] MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. pág. 113.

[3] Primera Crónica General de España. Ed. R. MENÉNDEZ PIDAL. Madrid, 1977, 3ª reimpr., cap. 1.128, págs. 768-769. MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. págs. 105-106.

[4] Para un estudio en profundidad del tema del repartimiento en Sevilla es de obligada referencia la lectura de la magistral obra Repartimiento de Sevilla de don Julio González publicada en Madrid por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1951. La Fundación Cultural Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla ha reeditado en Sevilla, en edición facsímil, el Estudio de esta Obra en 1993.

[5] MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. pág. 107

[6] BALLESTEROS, A.: Sevilla en el siglo XIII. Págs. 334 y 339.

[7] GONZALEZ, Julio. Repartimiento de Sevilla. Sevilla 1993. Reedición facsímil del C.O.A.A.T. de Sevilla págs. 462-463.

[8]CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006. pág. 62

[9] LADERO QUESADA, M. A. La ciudad medieval. Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla.1989. pág. 64.

[10] ÁLVAREZ-BENAVIDES. Alfonso: Curiosidades Sevillanas. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 2005. pág.180.

[11] COLLANTES DE TERÁN Y DELORME: Alejandro: Sevilla en la Baja Edad Media .... Sevilla, 1984.págs. 247-260.

[12] GONZALEZ, Julio. Repartimiento de Sevilla. Sevilla 1993. Reedición facsímil del C.O.A.A.T. de Sevilla págs. 356-357.

[13] CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006. págs. 63-64.

[14] PASTOR TORRES, Álvaro: La muchacha de bronce de Sevilla. Artículos y Escritos Hispalenses. Sevilla, 2006. págs. 125-193 donde el autor publica un interesantísimo estudio titulado “La Orden de San Agustín en Sevilla. Aproximación Histórica y Artística”.

[15] LADERO QUESADA, M. A. La ciudad medieval. Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla.1989. págs. 161 y ss.

[16] MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. pág. 128.

[17] GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo III, págs. 119-125.

[18] PALOMO, Francisco de Borja: Historia crítica de las riadas de Sevilla. Área de Cultura y Fiestas Mayores. Colección Clásicos Sevillanos, 20. Sevilla, 2001. Tomo I, págs. 7-8