Isbiliya, la ciudad musulmana

 

SIGLO VIII

La conquista de la Península Ibérica fue en realidad una fase más de la expansión musulmana por la cuenca del Mediterráneo desde mediados del siglo VII. Los motivos concretos de la invasión musulmana están envueltos en la leyenda, pero parece confirmado que jugó un papel clave el conde Julián, gobernador de Ceuta, quien animó a los islamitas a cruzar el estrecho de Gibraltar para ayudar a una de las facciones en pugna por el poder en la España visigoda, la de los hijos del rey Witiza[1]. Un cuerpo de ejército al mando de Tarik desembarcó en la zona de Gibraltar y arrolló al ejercito visigodo que le salió al paso en Guadalete, dando muerte al rey Rodrigo en el año 711.

En el año 712, la ciudad sucumbió ante el empuje de los guerreros del Islam, liderados por el implacable Muza ibn Nusayr .

El pueblo islámico recogió la herencia de la Spalis visigoda, que a su vez, había conservado las tradiciones de la Híspalis romana, pero la adaptó a sus propias necesidades y creó un nuevo modo de vida.

No está clara, ya que las fuentes históricas son a veces contradictorias, la fecha de la conquista islámica de Sevilla. Algunas versiones la sitúan en el 711 y realizada de una manera pacífica, mediante pacto, por Tarik, lugarteniente del que fue el primer emir andalusí, Musa o Muza. Otras fuentes sitúan al propio Musa como conquistador de Sevilla en el año 712 y no mediante acuerdo sino tras largo asedio.

Según Madoz[2], la antigua Híspalis romana, la Spalis hispano-visigoda, fue sitiada por Muza en la primavera del año 712; resistió un mes; mas hubo de capitular. El trato de la capitulación no humilló demasiado a los vencidos. La mayor parte de la población vio con simpatía a los conquistadores, especialmente la de origen hispano-romano, que siempre se sintió mortificada por los visigodos; los judíos, tan maltratados por las leyes visigodas; y los descendientes de Witiza, rey apeado por el alzamiento que encumbró a don Rodrigo, entre ellos el prelado de Sevilla Don Oppas, quienes alentaron o se aliaron abiertamente con el invasor.

Según nos describe Montoto[3], la vida de la ciudad no sufrió gran cosa en este primer choque de una y otra civilización. En Sevilla estaban asentadas las más ilustres familias godas. Muchos miembros de las familias reales vivieron en la ciudad y en ella se enlazaron con los conquistadores.

Los judíos formaron un núcleo importantísimo que, en los primeros tiempos de la dominación árabe, ejerció notable influencia. A ellos encomendó Muza el gobierno de la ciudad, cuando pacificadas las orillas del Guadalquivir, se dirigió para seguir sus conquistas a Mérida. Tan pronto abandonó Muza la ciudad estalló una rebelión que fue sofocada por Abd-el-Aziz, hijo de Muza y segundo emir, el mismo que la convirtió en la capital de las conquistas hechas en la Península, es decir, de Al-Andalus. Isbiliya, nombre árabe de Sevilla, volvía otra vez a ostentar la categoría de Corte (713-716), que había perdido desde los tiempos de Agila.

La ciudad de Abd-el-Aziz empieza a adquirir extraordinario esplendor por agruparse alrededor del emir toda la nobleza indígena, ya que Egilona, viuda del último rey visigodo don Rodrigo, se había unido a Abd-el-Aziz en matrimonio.

Mantiene la organización municipal nombrando un saiz-al-medina o alcalde “defensor de la ciudad”, y un gadí-nasara o “juez de los nazarenos” para dirimir en los pleitos de los que profesan la fe cristiana.

El Betis, que los árabes llamaron “el río grande”, Guad-el-Kevir, vio surgir nuevos muelles, y su puerto fue trasladado más al interior de la urbe, donde el río inicia su prolongado abrazo a la ciudad.

Las afueras de la población, ocupadas por el núcleo principal de los árabes, se convirtieron en huertas y alquerías, y se implantaron cultivos exóticos, con preferencia de regadíos, aprovechando el inagotable manto de agua del subsuelo, procedente de los ríos Guadalquivir y Guadaíra, y los afluentes que en ellos mueren en las mismas puertas de la ciudad.

Tras la muerte de Abd-el-Azis, degollado en esta ciudad por orden del califa en 715[4], su sucesor Ayerd o Ayud-Ben-Abid-El Gami trasladó la capitalidad a Códoba. Al alejarse la lucha de la política y el centro militar, nuestra ciudad pudo dedicarse con tranquilidad y sosiego a conservar el tesoro de la civilización hispano-visigoda del que fue celosa guardiana.

En estos primeros momentos, la población de Isbiliya estaba formada por un variopinto mosaico de razas, etnias, clanes, religiones y modos de vida. La sociedad hispalense sufrió, no obstante la tolerancia árabe de los primeros años, profundísima transformación, y quedó formada por muy diversos núcleos. El hispano-visigodo, el más numeroso, acató en su mayoría al invasor y conservó su religión cristiana, aunque con el tiempo el Islam fue ganando adeptos y quedaron en franca minoría, viviendo entre los árabes, se les llamaron los mozárabes. Tenían sus templos de culto, su obispo metropolitano y sus sacerdotes. Las iglesias estaban frecuentemente extramuros o en poblados o alquerías; igualmente los barrios cristianos estaban en las afueras de la ciudad, como el de San Vicente, que junto con su basílica del mismo nombre, se hallaba según los recientes hallazgos arqueológicos e históricos en el entorno del actual Patio de Banderas de los Reales Alcázares[5]. Dentro de la población hispano-cristiana hubo familias distinguidas con prestigio y riquezas como los Banu Angelino o los Banu Sabarico[6].

Un número de relativa importancia de los hispano-visigodos abjuró del cristianismo, fueron llamados los muladíes, que al renegar de su fe consiguieron grandes ventajas en el régimen fiscal, económico y político, estando libres de ciertos tributos y pudiendo desempeñar cargos administrativos.

Los judíos, que antes de la invasión permanecían aislados, adquirieron preponderancia con la llegada de los árabes. Permanecieron ligados a la actividad económica mercantil. Vivían en comunidades ocupando corrales o adarves que se conocían como “judería”.

A estos tres sectores de la población se sumaron otros dos más: los árabes, bereberes y sirios invasores y los africanos. Este elemento africano conservará el nexo que la capital andaluza establecerá con los pueblos y tribus de África, el cual durante toda la dominación árabe influirá en la historia de la Península.

La clase social más baja encontró notable mejoría en su modus vivendi ya que los siervos de la época visigoda estaban vinculados a la tierra y no tenían libertad para viajar o cambiar de residencia con facilidad. Los árabes suprimen la servidumbre, otorgando completos derechos de ciudadanía a todos los que profesan su creencia. Esto supone un factor de trascendental importancia para explicar la rápida islamización.

La ciudad y su espacio urbano que vivieron las primeras generaciones de invasores era prácticamente la misma que encontraron a su llegada, excepción hecha de la transformación de las iglesias en mezquitas; de la restauración de la primitiva cerca o muralla debido a los desperfectos ocasionados por los repetidos asedios a la ciudad; la adaptación del palacio del gobernador visigodo como residencia del emir y posteriormente del amil o gobernador, que Blanco Freijeiro sitúa en una zona de la calle Corral del Rey donde hasta hace unos años se encontraba un bellísimo capitel visigodo, hoy en el Museo Arqueológico; así como la instalación de los dignatarios en las casas nobles de la ciudad.

Al producirse a mediados del siglo VIII la revolución abbasida, un miembro de la derrotada familia Omeya encontró refugio en la Península, estableciendo en ella un emirato independiente del poder central del Islam, que se hallaba en Bagdad. Se trata de Abd al-Rahman I (756-788), iniciador de la monarquía hispanoárabe de los Omeyas. Abd-al-Rahman I no se atrevió a nombrarse califa, denominación que aparejaba la asunción de la “jefatura religiosa o jefe de los creyentes”. Así, pues, para los efectos puramente religiosos siguió reconociendo la supremacía de Damasco. El “emirato independiente” perduró hasta bien entrado el siglo X.

La fundación y proclamación del Emirato de Occidente por Abd al-Rahman I no fue bien aceptada por la población de Isbiliya, teniendo que presentarse en ella junto con sus tropas el propio Abd al-Rahman I a mediados de marzo de 756 para que lo reconociesen como emir de Al-Andalus. Nuevamente, en el 760, volvió Abd al-Rahman I a Sevilla para combatir al rebelde Al-Kasim.

Sevilla, aún siendo sólo capital de una provincia, era el contrapeso del poder y de la política de Córdoba, ya que en ella encontraban siempre profundo eco las sublevaciones y rebeliones que abogaban por su propia independencia.

Mas a pesar de estas continuas sublevaciones y focos de rebeldías que en sus tradiciones encontraba siempre sus fundamentos, Isbiliya progresaba en su desarrollo fundiéndose los mozárabes con los conquistadores y aumentando la riqueza gracias a los nuevos cultivos y labores de las tierras de los alrededores, especialmente del Aljarafe, que fue replantada de olivos e higuerales, poblándose esta zona de numerosos caseríos, futuras alquerías, con sus almazaras y atahonas.

 

SIGLO IX

Abd-al-Rahman II (n. Toledo, 792 - † Córdoba, 852). Cuarto emir omeya de Córdoba (822-852). Sucedió a su padre Al-Hakam I y se entregó a la tarea de reorganizar administrativamente Al-Andalus.

El florecimiento de Isbiliya siguió durante el reinado de Abd al-Rahman II. Tanto fue el aumento de la población que el emir cordobés, a través del cadí Ibn Adabbas, manda construir la primera gran mezquita que tuvo Isbiliya en el año 829-830 (214 de la Hégira, según la cronología musulmana), una vez asentados en la ciudad los poderes civiles, militares y religiosos. Dirigió las obras el propio cadí de la ciudad, Umar Ibn Adabbas, de quien tomó el nombre. Conocemos estos datos por la crónica de Ibn Sahib al-Sala, del siglo XII, que copió la inscripción fundacional, que dice así: "Dios tenga misericordia de Abd al-Rahman ben al-Hakam, el emir justo, el bien guiado por Dios, el que ordenó la construcción de esta mezquita, bajo la dirección de Umar ben Adabbas, qadí de Sevilla, en el año 214. Y ha escrito esto Abd al-Barr ben Harum". Esta fecha tan temprana hace que esta mezquita fuese el edificio más antiguo construido por los musulmanes en España del que tengamos noticia después de la primera mezquita de Córdoba.

El edificio fue mezquita mayor de la ciudad hasta 1184 (577 H) en que los almohades se dedicaron a construir grandes obras públicas y una de ellas fue la nueva mezquita mayor, hoy catedral, y su magnífico alminar.

De esta mezquita hoy sólo subsisten la base del alminar y parte del patio de las abluciones muy transformado ya que en 1671 sería derribada y se construiría sobre sus restos la iglesia del Divino Salvador. El alminar está construido con sillares de piedra arenisca de color ocre marrón, muy abundante en la región, colocados irregularmente a soga y tizón. En la parte baja hay un sillar de caliza marmórea con una inscripción romana. De la torre musulmana se conservan 11’5 m. en altura (todo el primer cuerpo) más otros 2 m. bajo tierra. Su planta es cuadrada con una escalera de caracol en su interior, en torno a un machón central circular. Esta torre sufrió algunas modificaciones a lo largo del tiempo, tanto en época musulmana como en la cristiana. La primera se produjo en 1079 (472 H), cuando un terremoto hace caer la parte alta. El rey Al-Mutamid lo mandó reconstruir, obra que debió ser poco importante, pues se terminó en un mes. Para que se recordase esa obra se labró una inscripción, que hoy se conserva junto a la puerta lateral izquierda del templo y que dice así: "Ha ordenado al-Mutamid, al-Muayyad bi-Nasri-llah Abbu-l-Qasim Muhammad ben Abbad –prolongue Dios la asistencia que presta a su Imperio y siga dispensándole su poderosa victoria- la construcción de la parte superior de este alminar –no deje nunca de hacerse desde él la invocación del Islam- cuando acaba de ser demolido por un gran número de terremotos que tuvieron lugar la víspera del domingo al principio de Rabi I del año 472 (1-X-1079). Se acabó con el poder y la asistencia de Dios a finales del mismo mes. Quiera Dios aceptar por esta obra sus ocupaciones generosas y le llene de favores por cada piedra –pueda así mismo construir un palacio en su Paraíso por su gracia y bondad.

Obra de Ibrahím el marmolista, por orden del sahib al-Ahbas y tesorero Abu Umar ben Tayyib, que Dios le favorezca".

En 1356, ya en época cristiana se produce un nuevo terremoto que vuelve a hacer caer la parte alta de la torre, tal como dice la crónica del Arzobispo don Rodrigo: "(...) en este año, en miércoles, en 24 días del mes de agosto, día de San Bartolomé, después de vísperas, fue el terremoto que cayeron las manzanas de la torre mayor y cayó la torre de San Salvador y mató muchas (...) y la torre estuvo para caer (...)". En esta ocasión la restauración se hizo siguiendo el estilo gótico de la época, con dos vanos ojivales en cada frente.

Por último, en la segunda mitad del siglo XVII se le añade un tercer cuerpo con una decoración plenamente barroca.

Otros de los restos más interesantes de la mezquita, camuflado en el edificio actual, es la colección de fustes y capiteles, procedentes de la sala-oratorio de la mezquita. Son fustes de acarreo, lo cual explica su diversidad de tamaños, formas y colores. Estos fustes y sus capiteles se encuentran en el patio y en los comercios de la manzana de la iglesia, y fueron colocados en dichos emplazamientos en distintos momentos. Los que se encuentran en el patio estaban tapiados hasta que a principios del siglo XX se realizó una excavación que los dejó al descubierto y se comprobó que se hallaban unos tres metros bajo el nivel actual. Respecto a los capiteles, dos de ellos son romanos de tipo oriental, tallados en la primera mitad del siglo IV, pero hay al menos otros dos romanos. El resto son visigodos y los arcos son del siglo XVII.

Dentro de la colección de fustes de esta mezquita hay que incluir el conservado en el Museo Arqueológico y que contiene la inscripción fundacional antes comentada. Dicho fuste estaba situado en la segunda nave de la parte oriental, frente al mihrab. Es de mármol gris y tiene una altura de 3’17 metros. La inscripción nos permite fechar con exactitud el edificio. Es la inscripción más antigua que los musulmanes realizaron en España. Por último se conservan de la mezquita dos aldabas, guardadas en las dependencias de la Hermandad Sacramental. La decoración de lacería y ataurique y las cabezas de león que las embellecen están claramente vinculados al arte califal cordobés, aunque no pueden fecharse con exactitud. Hay que enmarcarlas entre el gobierno de los Amiríes, a comienzos del siglo XI, y el período de las Taifas, quienes siguieron la estética califal.[7].

Esta gran mezquita de Ibn Adabbas ocupaba un lugar estratégico y preponderante. Construida sobre el lugar de una antigua basílica paleocristiana, en el entorno de lo que fue el foro y centro cívico romano, se situaban junto a ella los principales zocos, los bazares y la antigua alcaicería, posteriormente denominada de la Loza, con cuyo nombre se sigue rotulando actualmente una calle próxima.

Debido al profundo proceso de restauración que se está llevando a cabo en la iglesia del Divino Salvador, hay que destacar los innumerables y valiosos vestigios y restos arquitectónicos de incalculable valor histórico que han aparecido en el subsuelo de esta iglesia, entre otros los de la primitiva basílica y de la mezquita que nos ocupa. Estos restos están siendo estudiados y acondicionados para que permanezcan visibles y visitables en el propio entorno.

Pero esta casi recién estrenada mezquita tuvo que padecer, al igual que otros muchos monumentos y edificios nobles de la ciudad, el saqueo y casi aniquilación que, por asalto, realizaron los normandos y vikingos penetrando por el Guadalquivir el 1 de octubre del año 844.

Abd-al-Rahman II, el 11 de noviembre de 844 preparó un contingente para enfrentarse a los vikingos que conquistaron Sevilla un mes antes y arrasaron con todo, se entabló la batalla campal en los terrenos de Tablada. Se dieron nuevas incursiones normandas en los años 859, 966 y 971, con intenciones más diplomáticas que conquistadoras, aunque un intento de conquista en este último año quedó frustrado, siendo la flota vikinga totalmente aniquilada.

Tras la derrota y expulsión de los normandos, Abd al-Rahman II manda construir una muralla de piedra con materiales de acarreo ampliando el perímetro de la anterior y primitiva. Estas obras fueron realizadas por Abdalá, hijo de Sinán el Siriaco, cuyo nombre mandó colocar en sus puertas[8].

En este empeño de fortificación y reconstrucción de las estructuras urbanas de la ciudad, y para prevenir, como ocurrió según hemos señalado, nuevas invasiones el emir cordobés mandó edificar unos nuevos arsenales y atarazanas, presumiblemente donde hoy se alzan las actuales, y que, desde los tiempos más remotos, construían en las orillas del Guadalquivir fuertes y numerosas flotas.

La especial idiosincrasia del pueblo sevillano de la época, formado por tan diversos elementos, y la riqueza y el poder de algunas familias árabes siempre críticas y rebeldes a la autoridad del gobierno de Córdoba, hacía que la ciudad permaneciese en una constante indisciplina, esperando siempre una oportunidad para la rebelión. Así ocurrió bajo el reinado de Abd Alláh (888-912).

En el año 899 se crea un efímero “estado independiente” de la autoridad de Córdoba, en esta época la "gran sultana" de Al-Andalus. Alimentada la rebelión por dos prestigiosas familias: Los Beni-Khaldum o Banu Jaldum y los Beni-Hachach o Banu-Hayyay, que prendió fácilmente en el pueblo al haber sufrido la ciudad espantoso saqueo. Estas familias controlan todos los resortes de gobierno de la ciudad, declarándose independientes y formando una especie de reino autonómico: imponían y cobraban arbitrios y nombraban funcionarios.

Pero las propias luchas y rivalidades entre las familias por el poder de la ciudad llevó a la propia Isbiliya casi a un estado de guerra civil o partidista entre los adeptos de ambas familias, circunstancia que fue aprovechada por el poder cordobés ansioso de extender su influencia y dominio.

 

Siglo X

A este “estado independiente” sevillano pondrá fin Abd al-Rahman III o Abderramán III (n. 7 de enero de 891-† Córdoba, 961) Emir (912-929) y primer califa omeya de Córdoba (929-961). Fue designado por su abuelo Abd Alláh heredero al trono en razón de su inteligencia, perspicacia y tenacidad.

Ante la negativa de Abd-al-Rahman III a sancionar el nombramiento que la aristocracia árabe sevillana había realizado en la persona de Ahmed-Ben-Maslama, viendo en este hecho una merma de su señorío casi independiente, la ciudad se levanta en armas contra el emir cordobés. Abd-al-Rahman III amenaza con sitiar Isbiliya y triunfa sobre la misma en la contienda que tiene lugar en los campos de Triana. Las tropas del emir cordobés entran victoriosas en la ciudad el 20 de diciembre de 913. La ciudad es tomada y destruidas sus murallas. Isbiliya claudica ante Córdoba.

La fortaleza de la ciudad emiral fue objeto de destrucciones constantes durante los siglos IX y comienzos del X; destacan las de la invasión de los vikingos en el 854 y las que produjo Abd el Rahman III en el 913, como castigo a la sublevación de la ciudad al poder de Córdoba.

Después de la revuelta contra el gobierno de Córdoba, Sevilla pasa a ser una ciudad abierta, sin defensas, a la vez que se produce un hecho de capital importancia urbanística: la construcción de un nuevo palacio-fortaleza conocido como Dar-al-Imara[9], origen de los actuales Reales  Alcázares. La erección del Dar al-Imara, patrocinado por Abd al-Rahman III en Sevilla, se concibió como una estructura destinada a preservar los intereses del emirato en una ciudad que se había sublevado contra su autoridad. Levantado en el año 913 de nuestra era sobre un antiguo asentamiento romano y más tarde visigodo, extramuros de la ciudad, sobre los terrenos del antiguo arrabal cristiano de San Vicente, ocupando el actual Patio de Banderas de los Reales Alcázares, fue la residencia del gobernador Omeya. Para su construcción se utilizaron bloques de piedra de la muralla destruida. Sus altos muros de piedra se pueden admirar cercando la actual Plaza del Triunfo.

Con el paso del tiempo, Isbiliya recuperaría parte del terreno perdido, pero siempre permaneciendo un tanto postergada, y a la sombra de la poderosa y vecina Córdoba, capital del Emirato independiente que fundara Abd al-Rahman I, y llamada a convertirse en la ciudad más importante de Occidente tras la proclamación de su Califato.

En este período califal, Isbiliya es fiel reflejo de la política de Córdoba. El esplendor del califato y la vida literaria de la corte de los califas se manifiesta aquí con extraordinaria pujanza. Se cultivan las letras y las ciencias, y en la pléyade de los escritores árabes los sevillanos sobresalen por su número y genio. La lengua árabe pasó a ser oficial y en las numerosas escuelas que existían en la ciudad, su estudio era obligado. El arzobispo metropolitano Juan Hispalense escribió en arábigo su Comentario sobre las Sagradas Escrituras, convencido de que en ese idioma su obra podría ser leída y entendida por sus feligreses diocesanos. A Aben Jair, literato y bibliógrafo, se debe un Índice de Libros de Diversas Materias, que es el catálogo más importante de los libros conocidos en el siglo X. Otman Ben Rebía, nacido en 922, publicó un importante libro titulado Clases de Poetas de España que pasa por ser la primera obra de crítica e historia literaria publicada en España. En esta época vive en Isbiliya el poeta Ben Zeidun, considerado como el más excelso de los líricos musulmanes. Murió en esta ciudad en 1071[10].

A “la reina del Guadalquivir”, como la llama reiteradamente en su obra Montoto, convergían las grandes concentraciones de tropas que venían, con la expansión califal, a las campañas del norte de África y, también, por la guerra contra los reinos cristianos; fue el gran puerto del Guadalquivir paso obligado de grandes contingentes bereberes, que luego quedaron establecidos en el país.

 

SIGLO XI

La ruina del califato también se manifiesta en la vida política sevillana con relevantes caracteres. La ciudad, que siempre había acunado su sueño de independencia y separarse del yugo cordobés, aprovecha las guerras civiles y luchas y decadencias de los últimos califas para conseguir el ideal que durante siglos había acariciado.

La situación cambió, finalmente, cuando ya en pleno siglo XI, la ciudad consiguió su ansiada independencia del califato cordobés, para erigirse en capital de su propio reino Taifa, bajo la dinastía Beni-Abbad, que en pocos años y bajo sus monarcas más representativos, Al-Mutadid y Al-Mutamid, consiguen para la ciudad una de las épocas más florecientes de todo el período islámico.

Ante la descomposición del califato cordobés, surge la taifa o reino independiente de Sevilla, bajo el control de la familia de los Banu Abbad o abadíes. Permanecerán en el poder hasta 1091. Los abbadíes, soberanos independientes de Sevilla desde el gobierno del cadí Muhammad Ibn Abbad (1023-1042), intentaron emular el brillo de la Córdoba califal. Su hijo y sucesor, al-Mutadid (1042-1068), y su nieto al-Mutamid (1068-1091), ensancharon sus territorios hasta dominar casi un tercio del país, estableciendo el estado más poderoso de Al-Andalus. Esto permitió un desarrollo que se plasmó en la extensión del espacio urbano de la “Madinat Ishbiliya” y en manifestaciones culturales de todo tipo.

De 1042-1068 se produce el reinado de Al-Mutadid, padre del rey poeta. Hacia el año 1063 se presenta ante la corte sevillana una embajada mandada por el rey Fernando I de León para reclamar los restos de las Santas Justa y Rufina. La embajada estaba encabezada por el obispo Alvito de León. Según cuentan las crónicas, no exentas de elemento fantástico, los restos de las santas no fueron hallados, pero en sueños se le presenta al obispo Alvito el que fuera insigne arzobispo de Sevilla el docto San Isidoro, quien revelándole el lugar de su enterramiento le ordena que sean sus restos trasladados a León. Con la mayor o menor verosimilitud que pueda tener la “historia-leyenda”, lo cierto es que desde esa época en Sevilla no se tiene conciencia de que uno de sus más ilustres hijos yazca bajo su tierra, no faltando escritores y tratadista que, incluso, por no sabemos qué razones o criterios, llamen al santo arzobispo San Isidoro “de León”.

Mas volviendo al hilo conductor, entre los reyes de esta época, todos ellos notablemente ilustrados, destacó Al-Mutamid (1068-1091), interesante personaje de la historia sevillana, exquisito poeta: engrandeció la ciudad al frente de una corte tolerante y refinada. En la Sevilla actual, y en la de todos los tiempos, ha sido fuente de leyendas, de amores y desamores con su esposa Rumaikiyya. Sevilla era palenque abierto para los poetas y sabios que acudían de todos los países. La conquista de Córdoba por Almutamid y la de Murcia por su primer ministro, Ben Amar, marcan el máximo esplendor de los abaditas.

El rey embellece la ciudad con palacios, baños y mezquitas, y a su ejemplo los individuos de la familia real erigen notables edificios, como la mezquita que se hallaba en la actual collación de San Juan de la Palma, en el ámbito que hoy ocupa la iglesia parroquial, cuya torre fue su alminar.

En el siglo XI, parece perfectamente asimilada una concepción de la ciudad, jerarquizada por principios defensivos. Por una parte, hallamos la muralla con sus torres y puertas, por otra, la Alcazaba con el Dar-al-Imara. Esta era algo más que un simple castillo. Se trataba de un complejo arquitectónico que aglutinaba junto a la función defensiva, la administrativa y la residencial. En ella se alojaba el príncipe o el gobernador, los altos cargos de la administración y la guarnición que los protegía. Instalada en un lugar estratégico, en el extremo de la medina, poseía una cerca propia, con acceso directo al exterior. Podía convertirse en el último reducto ante una amenaza externa, pero también permitía una defensa de la élite gobernante frente a la población. En sí mismo era la más elevada expresión del poder, que separaba a la “aristocracia”de la ciudad del resto.

Con Almutamid se produce una transformación y expansión del recinto del Dar-al-Imara y sus terrenos colindantes, jugando toda esta zona un trascendental papel urbanístico y monumental en el futuro. Así, Alfonso Jiménez (1981) supone una ampliación taifa del Dar al Imara. Parece que el proceso de ampliaciones entre el siglo X y el período almohade es mucho más complicado y activo que el argumentado hasta el momento por los distintos historiadores. De hecho, las últimas excavaciones dirigidas por Tabales delatan la existencia de al menos seis procesos vinculables a otros tantos palacios durante la época islámica: uno Omeya (Dar al Imara), otro Omeya-taifa (Almanzor-Abbad?), otro taifa (Al Mubarak- Al Mutadid- Al Mutamid), otro almohade inicial (Abu Yacub), otro almohade pleno (Abu Yusuf), y otro avanzado (Al Muminin).

Está clara la ampliación progresiva producida en época taifa hacia el Oeste, absorbiendo amplias zonas palatinas ganadas a la ladera exterior de los dos recintos primitivos. Se entiende que las reformas de cada califa o visir fueran realizadas a costa de los sectores más viejos del conjunto. Así, las ampliaciones taifas se centraron al Oeste del Dar-al-Imara y de su prolongación; seguidamente las reformas almohades se centrarían en la antigua Dar al Imara, para volver al Oeste en época bajomedieval, configurando una dinámica zigzagueante de operaciones de yuxtaposición palatina continuada.

En el Alcázar, la historiografía reciente asumía una ampliación en época taifa hacia el Oeste, superando las estrecheces "militares" e iniciando una dinámica, nunca abandonada desde entonces, caracterizada por la erección de nuevos palacios cada cierto tiempo. Y ello, amparándose en la construcción de nuevos recintos defensivos, que, extendidos por todo el sector meridional de la ciudad, permitían un uso cada vez más palatino y menos militar de las antiguas zonas. Palacios como los de Al Mubarak se ubicarían inmediatamente al Oeste de Dar-al-Imara, en lo ocupado hoy por el Palacio del Rey Don Pedro, mientras que otros como Al Zahi (Jiménez 1981:16) se situarían en el área de la Contratación. Entre estos palacios taifas y el nuevo acceso, situado en torno al Arquillo de la Plata, es posible que existieran barrios de alfareros que aprovecharían las arcillas de la unión del Tagarete y el Guadalquivir.

Dentro de este gran recinto, destacaría el palacio Al-Mubarak ubicado bajo la Casa de la Contratación, excavado por Rafael Manzano (Manzano 1995: 118) y lugar destinado desde época islámica para el alojamiento de embajadores y reyes. Para Guerrero Lovillo (1974: 97) el palacio de Al-Mubarak surge en tiempos de Al-Mutadid como símbolo de la nueva dinastía, por contraposición a la Casa del Gobierno o Dar-al-Imara omeya. Permanecería en pie al menos hasta el siglo XIII según el cronista Al-Marrakusi. Destacaba dentro de la mansión la qubba de la Turayya, identificada por Lovillo como el actual Salón de Embajadores del Palacio Mudéjar. Para ello se basa en la documentación aportada por Ibn Idari Al-Marrakusi y Al-Bayan Al-Mugrib, así como en la analogía tipológica de los tres arcos de herradura con arco superior de descarga, identificables en Medinat al Zahara en época califal, y en la Alcazaba de Málaga en el siglo XI.

De este debate histórico-arqueológico sobre el tan traído "Alcázar de la Bendición o Bendito" de Al-Mutamid, en el momento presente podemos afirmar que fue el resultado de la ampliación al Oeste del edificio omeya, sobreviviendo, al menos en la mayor parte, al paso de los siglos, a pesar de los desmontes que según Al-Salá realizó Ben Baso para levantar la Giralda. De este modo, según Guerrero Lovillo, sería la base para el Palacio del Rey Don Pedro, y permanecería casi intacto (según Manzano) en el área de la Contratación.

Mas todos los historiadores y arqueólogos coinciden en que al finalizar el siglo XI el complejo palatino había trascendido los límites de los dos primeros recintos para ocupar la ladera occidental, hacia la confluencia del Tagarete y Guadalquivir.

A las afueras de la ciudad, junto al río, había una pradera llamada Pradera de plata (Mary al-fidda) que atraía a los “elegantes”. A ella se dirigía a menudo el rey Al-Mutamid disfrazado y según la leyenda allí encontró a su esposa Rumaykiyya, también llamada I'timad o Gran Señora. Todavía en el siglo XIII, esta pradera cubierta de olmos, atraía a la sociedad elegante de Sevilla.

Siguiendo con el devenir histórico de nuestra ciudad, en 1080 Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, llega a Sevilla como enviado de Alfonso VI de Castilla para cobrar en su nombre los debidos tributos. Estando don Rodrigo en la ciudad para dicho menester, se produce por parte del rey de Granada Almudáfar y los condes Fortún Sánchez, yerno del rey de Navarra, García Ordóñez y López Sánchez, de Castilla, un ataque al territorio del reino de Sevilla. Mio Cid y sus tropas defienden los intereses del rey Al-Mutamid y vence a los intrusos en las proximidades del pueblo de Doña Mencía. En recuerdo de este episodio se levantó en 1929 el Monumento al Cid, que se halla en la explanada situada frente a la Facultad de Derecho de la Universidad Central Hispalense, obra y regalo que hizo a la ciudad con motivo de la Exposición Iberoamericana la escultora Mrs. Hungtinton.

A partir de 1086, las relaciones entre suegro y yerno, Alfonso VI estaba casado con la hija de Al-Mutamid, Zaida, entraron en fase turbulenta. Al-Mutamid era monarca poco interesado en el arte de la guerra, por lo que, alarmado ante el avance de las huestes cristianas de Alfonso VI, decidió llamar en su ayuda a los feroces almorávides, guerreros bereberes que habitaban el norte de África. Fue un grave error, aunque cabría alegar en descargo del rey poeta que tampoco tenía demasiadas opciones. Lo cierto es que los almorávides, respondiendo a su solicitud de auxilio, cruzaron el Estrecho, entablaron victoriosa batalla con los cristianos en la decisiva batalla de Zalaca, y retornaron luego a sus yermos territorios. Desgraciadamente para Al-Mutamid, sus ocasionales aliados habían quedado tentados por la riqueza de su reino. Los almorávides, que habían sido nuevamente llamados por Al-Mutamid para frenar el avance de los cristianos, tras derrotar a éstos, saquean la ciudad y destierran al propio rey. La ciudad fue ganada para Yusuf-Ben-Texufin por los almorávides el 2 de septiembre de 1091. Al-Mutamid murió en Marruecos en 1095.

Los almorávides (1091-1147) ampliaron el perímetro amurallado y mejoraron las defensas de la ciudad entre los años 1118-1125, vinculándose la construcción de la nueva cerca al cadí Abu Bakr Muhammad, completada por los almohades, configurando así lo que definimos como casco antiguo o histórico de la ciudad, siendo el de mayores dimensiones de Europa. La muralla, desbordando la primitiva cerca emiral, probablemente de origen romano, alcanzaba más de siete kilómetros de longitud. Levantada con un material tan barato y flexible como el tapial, se concibió con trece puertas y ciento sesenta y seis torres de diferente estructura. Su trazado no era regular, sino que se ceñía a la orografía del terreno y a las propias necesidades defensivas. El fragmento mejor conservado de la muralla islámica del siglo XII discurre al norte de la ciudad, entre las puertas de la Macarena y de Córdoba. De esta muralla almorávide se conservan además los lienzos del jardín del Valle, interior del Alcázar, Postigo del Aceite, Puerta Real y otros, apenas visibles, dispersos entre otras construcciones por el contorno de la ciudad. Para realizar este colosal ensanche se hubo de desecar el brazo del río que, desde tiempo inmemorial, pasaba junto a las murallas taifas por la zona de la actual Campana, Sierpes, Plaza Nueva y Arenal.

En esta época la ciudad se transformó en un puerto indispensable para el desembarco de tropas procedentes del Magreb y en lugar de concentración de los cuerpos del ejército. Pero pronto el estilo de vida establecido por esta dinastía desencantó al pueblo. Ello unido a la amenaza del rey castellano Alfonso VII, provocó la llegada al país de los almohades.

 

SIGLO XII

En el año 1147 se produce la conquista almohade de Isbiliya. La ciudad, gobernada directamente por miembros de la familia califal almohade, se vio favorecida al ser designada como capital administrativa de Al-Andalus, en estrecho paralelismo con la capital del imperio magrebí, Marrakech. A tono con su categoría política, administrativa y cultural, la nueva dinastía emprendió una sustancial renovación urbana.

En 1155 Abd Al-Mumin nombra gobernador de Sevilla a su hijo Abu Yaqub. El año 1163 muere Abd Al-Mumin sucediéndole en el trono Abu Yaqub. Bajo el reinado de Abú-Yacub-Yusuf, se levantaron magníficas construcciones. Se inicia la construcción de la Gran Mezquita con su alminar la Giralda, se alza el palacio de La Buhaira y se construye un puente de barcas para comunicar la ciudad con Triana y el Aljarafe.

En varias ocasiones los gobernantes almohades refuerzan y reconstruyen la muralla de la ciudad, sobre todo por la vertiente del Guadalquivir debido a las continuas avenidas del río. Además, incorporaba a la misma soluciones tan notables como la barbacana de la Macarena y la Torre del Oro. Esta última era una torre albarrana, una especie de apéndice que se proyectaba desde los Alcázares, con los que se unía por un muro o coracha, para poder controlar el paso por el río. Hasta el siglo XIX, la ciudad que fuera sede del monopolio americano vivió ceñida por sus muros, tal como muestra la maqueta de la ciudad que se halla en el retablo mayor de su Catedral.

Fuera de la muralla se desarrollan los tres únicos arrabales que conocerá Sevilla hasta el siglo XX: Triana, en la margen derecha del Guadalquivir, la Macarena y San Bernardo, llamado Benaliofar en los primeros textos castellanos.

En 1172 da comienzo la construcción de la Mezquita Mayor Aljama, que ocupaba lo que hoy es la Catedral. Esta mezquita Aljama es sin duda el monumento más importante que los almohades levantaron en la ciudad. Para lograr este objetivo, Abub-Yacub-Yusuf convocó a los más ilustres maestros alarifes de Al Andalus y Marruecos y a todo un ejército de especializados trabajadores en la construcción de edificios.

La historia, al par que el nombre del emir que la mandó construir, ha conservado el del principal arquitecto que dirigió las obras, Ahmed Ben Baso.

Comenzó la construcción de abril a mayo de 1172 y para febrero de 1176 ya estaba concluida, pronunciándose la primera jutba, u oración de los viernes, el 30 de abril de 1182. Tenía la mezquita aljama 17 naves orientadas de norte a sur, de anchura desigual y de ellas, las dos extremas a cada lado se prolongaban en el patio de abluciones. En su interior se desplegaba un bosque de arcos de herradura apuntados que apeaban sobre gruesos pilares. El material empleado para su construcción fue el ladrillo y, no obstante su fragilidad, la mezquita, convertida al culto cristiano en 1248, subsistió hasta el siglo XV, en que fue derribada para erigir “la montaña hueca” de nuestra sin par Catedral gótica.

De todo ello sólo queda hoy el hermoso Patio de los Naranjos, al que podemos acceder por la denominada Puerta del Perdón, con su gran doble arco de herradura apuntada, guarnecido el exterior de yeserías platerescas realizadas por Bartolomé López en 1522 con un vago recuerdo estructural de las primitivas musulmanas. Dignas de admiración son los dos grandes batientes de sus puertas, de madera de alerce revestida de chapas de bronce, cuya sobria decoración de lacería deja en sus interespacios una delicada labor de ataurique mezclada con máximas del Corán en caracteres cúficos. Sobresalen los dos magníficos aldabones de bronce fundido y cincelado, con bellísima labor de atauriques calados en semejanza de encajes. Copiadas estas puertas en el siglo XIV para análogo destino en la mezquita de Córdoba, queda como obra singular de la metalistería almohade en España[11].

En el centro se halla una fuente, cuya taza visigoda y octogonal se conserva integrada en el mar de la misma de fábrica moderna. Según antigua tradición, en esta taza fue bautizado San Hermenegildo. El Patio de los naranjos se conservó íntegro hasta 1618 en que, para construir el templo parroquial del Sagrario, se sacrificaron sus galerías de poniente.

 Pero si extraordinaria fue la construcción de la gran aljama, mayor importancia tuvo la de su alminar, monumento sin duda el más insigne de cuantos fueron y son decoro de esta ciudad.

El minarete, denominado desde el siglo XVI “La Giralda”, aparece asentada sobre vetustas piedras romanas, algunas de las cuales, con sacras inscripciones, pueden ser observadas en su misma base a ras del suelo.

El mismo arquitecto de la aljama, Ahmed Ben Baso, abrió los cimientos con sillería de piedra procedente del muro del alcázar de los abadíes en el mes de safar del año 580, 1184 de nuestra era cristiana, por decisión del sultán almohade Abu Yacub Yusuf al pasar por Sevilla para dirigir la expedición de Santarén.

Para la cimentación hubo de hacerse un firme de gigantescas dimensiones, habida cuenta de que el subsuelo no poseía la suficiente consistencia, aprovechando para ello cuanto material se obtenía de monumentos romanos y visigodos, así como de la antigua muralla. Ya de antiguo, en las diversas excavaciones que se han realizado en la Catedral y su entorno han aparecido en el subsuelo pedestales de estatuas romanas, cuyas inscripciones copiaron Rodrigo Caro y Alejandro Guichot. Sobre este inmenso y desconocido tesoro artístico que yace en el subsuelo, se levantó la Giralda.

La muerte del sultán en la campaña determinó la paralización temporal de las obras. Proclamado su hijo Abu Yusuf Yacub al Mansur, continuó la empresa de su padre, bajo la inspección del ilustre poeta Abu Bequer Benzoar, encargándose de la construcción Alí de Gomara, cuya labor se reconoce porque en adelante se prescinde de los sillares de piedra y se emplea sólo el ladrillo cortado.

Terminada ya la magnífica torre con sus primorosas labores de ladrillo, con el delicado ornato de sus paramentos, con su característica labor en rombos denominada sebka, llegó a Isbiliya el emir, después de su victoria de Alarcos frente al rey castellano Alfonso VIII. Mandó fabricar las cuatro manzanas doradas que remataban el alminar, el yamur, que daban la sensación, miradas desde lejos, y en boca de un autor de la época, “de que todas las estrellas del Zodíaco se habían posado en el centro de Sevilla”. En el dorado de estas manzanas se emplearon cien mil dinares de oro. La ceremonia de coronación del minarete tuvo lugar el 10 de marzo de 1198.

Un terremoto, en agosto de 1355, el mismo que hizo estragos en el mencionado minarete de la antigua mezquita de Ibn Adabbas, hizo que al romperse el espigón que sostenía las cuatro esferas, éstas se desplomasen, quedando el alminar desprovisto del tan peculiar remate. En 1400 se instaló un sencillo campanario compuesto por dos pilares sobre los que apeaba un tejadillo cobijando una campana. Entre 1560 y 1568 el arquitecto cordobés Hernán Ruiz dio al monumento su imagen definitiva, tal como la disfrutamos actualmente, al construir el cuerpo de campanas con sus armoniosos templetes superpuestos, coronado el último con una grandiosa estatua de la fe, que sirve de veleta y que se denomina “el Giraldillo”, aunque en la rancia y tradicional Sevilla no faltan quienes le siguen denominando “la Santa Juana”. Este Giraldillo, o veleta giratoria por el que recibe su nombre de “Giralda” la torre orgullo de Sevilla, fue fundido por Bartolomé Morel, según modelo de Diego de Pesquera.

Las edificaciones importantísimas que hicieron Abu Yacub Yusuf y su hijo Abu Yusuf Al Manzor no se limitaron a los parajes señalados, antes bien fueron tantas y variadas la realizadas por doquier que la ciudad adquirió una fisonomía muy distinta de la que tuvo en la época de los abaditas y almorávides.

Así se ensancharon lugares para dar perspectiva a los edificios públicos. Por el norte, más allá de la suntuosa Puerta del Perdón, conservada hasta nuestros días, se derribaron casas para levantar la Alcaicería de la Seda, el mercado de productos suntuarios que daba medida de la importancia de la capital.

El gran califa Yusuf llevó a cabo, asimismo, la traída de aguas hasta el centro de la ciudad a través de un acueducto romano restaurado, los Caños de Carmona, puestos en funcionamiento en 1172. De ellos se sacaba el caudal suficiente para regar las huertas de la Buhaira o atender las necesidades de la amplia red de baños públicos existentes en Sevilla. De los baños pueden aún verse los de la calle Mateos Gago y Mesón del Moro y los denominados de la Reina Mora.

De este período datan también las Atarazanas, sobre el solar en parte ocupado hoy por el Hospital de la Caridad, que serían restauradas por Alfonso X.

Se tendió también en 1171 el puente de Barcas que unía la Madinat Isbiliya con Triana, el primer paso estable sobre el río en su curso bajo. Mejora importantísima que facilitó la comunicación con el arrabal trianero, puerta de los fértiles campos aljarafeños. El puente se hizo con sólidas barcazas ancladas al fondo y sujetas entre sí con garfios de hierro. Para paliar el inconveniente de las mareas, en los extremos del puente se pusieron muelles flotantes sobre pieles de cabra hinchadas de aire.

En el paraje extramuros llamado de la Buhaira, o la Albufera, junto al arroyo Tagarete y rodeado de huertas, lindero con la antigua Puerta de Yahwar (la de la Carne) el emir Abú Yaqub Yusuf ordenó la construcción de un palacio. Tal y como relata Ibn Sahib al-Sala: “En el año 1171, el Emir de los Creyentes ordenó construir sus palacios benditos y felices en un lugar conocido como la Albufera de la Puerta de Yahwar de Sevilla y conocido por la gente como Bocado del Faraón; eligió en la Albufera las llamadas huertas de Maslama el cordobés, indemnizó a sus dueños con unas tierras iguales a éstas y deslindó el lugar e hizo unas construcciones de palacios y mansiones superiores a las que había construido su hermano Abü l-Hafs bajo la vigilancia del almojarife Muhammad ibn al-Muallim en el río de Sevilla fuera de la Puerta del Kuhl [...]. El califa hizo presentarse a su cadí y al imán de la mezquita, por la confianza que tenía en la fidelidad y religiosidad de ambos y en sus conocimientos de agrimensura, roturación y agricultura, para que planificasen para él todo lo referente a los palacios, así como lo referente a la tierra baldía de sus alrededores, [pagándolo] con el dinero del Tesoro, para plantar olivos, árboles, viñas y frutales exóticos de todas las especies más dulces y extraordinarias. Ellos proyectaron lo que se les ordenó y entraron en el límite huertas y lugares de labranza que pertenecían a la gente de Sevilla, tierras que pagó el califa por un precio justo de manera que quedaron satisfechos y contentos. [...]

Se encargó a las gentes entendidas del Aljarafe que arrancasen raíces seleccionadas de olivos de diferentes clases, que se pagaron con el dinero del Tesoro, y se llevasen a la Albufera para plantarse. Se transportaron varios miles, tarea en la que colaboraron los campesinos más cualificados, y los plantaron en filas para su mejor cuidado”.

El mismo arquitecto que trazó la aljama y construyó la primera parte de su alminar, dirigió las obras del Palacio de la Buhaira, que Yusuf visitaba con asiduidad, trasladándose a caballo desde su palacio de la Alcazaba. Para el riego de “este jardín botánico” llevó las aguas, bajo la dirección del ingeniero Hach Yaix, del restaurado acueducto de los Caños de Carmona.

Elementos urbanos de singular importancia fueron las alhóndigas, las alcaicerías y los zocos.

Las alhóndigas eran edificaciones independientes, cerradas al exterior, que se desarrollaban alrededor de un patio. La planta baja se utilizaba de almacén, generalmente de granos, y la alta para alojamiento de los mercaderes.

Las alcaicerías, inspiradas en la arquitectura bizantina, eran un conglomerado de callejas y adarves o conjuntos de calles con cierta autonomía, pudiéndose cerrar y abrir por medio de puertas. Normalmente la componían tiendas o talleres de objetos de cierto valor. En Isbiliya, la más antigua era la alcaicería de la Loza y se situaba ente el Salvador y la Alfalfa, junto a la mezquita de Ibn Adabbas; la otra, llamada la de la Seda, era una edificación monumental construida en época almohade por orden del califa Abu-Yacub-Almansur en la actual calle Hernando Colón y aledañas. Para edificarla se derribaron varias casas y el llamado zoco chico del Clavo. Tenía una puerta frente a la del Perdón del Patio de los Naranjos y otra en el extremo opuesto, más dos laterales. En esta alcaicería se instalaron los perfumistas, especieros, sastres y comerciantes de tela.

Los zocos eran áreas de comercio formadas por pequeñas tiendas o bakalitos, distribuidas entre una o varias calles o en ensanchamientos de las mismas. Solían estar distribuidos por industrias especializadas. Así tenemos los de Tintes, Zurradores, Curtidores, Ropavejeros (actual calle Álvarez Quintero), Arqueros, Refinadores, Tundidores, Chicarreros, Vidrio, etc. cuya actividad y localización ha quedado grabado en el actual nomenclátor callejero.

En 1199 Muere Abu Yusuf Al-Manzor y le sucede su hijo Muhammad al-Nasir, iniciándose la decadencia del imperio almohade.

 

SIGLO XIII

En 1212 los cristianos derrotan a los almohades en Las Navas de Tolosa. En 1213 Muere el califa al-Nasir y le sucede su hijo al-Mustasir.

La batalla de las Navas de Tolosa inició la vertiginosa caída del imperio almohade. Volvieron tiempos semejantes a los reinos de Taifas. Los gobernadores de la provincia se declararon en abierta rebelión contra el imperio de Marruecos y muchos se proclamaron reyes independientes, aún cuando su poder se extendiera tan sólo a la ciudad donde ejercían su gualiato.

Sevilla, por un fenómeno atípico dentro de su historia musulmana, ya que siempre batalló por su independencia, se mantuvo fiel al emir Al Nasir y a su hijo Al Mustasir. Sólo en el emirato de Abu Mohamed Ab-El-Wahed, el gobernador de Sevilla Abu-el-Ola siguió el ejemplo de su hermano el gualí de Murcia y se proclamó emir en Sevilla con el nombre de Al-Mamun en 1228, último soberano de la gran Isbiliya musulmana.

Desde 1221, la Sevilla monumental debe a Abu-el-Ola la construcción, durante su mandato como gobernador, de la robusta Torre del Oro, torre extrema de la coracha proveniente de los recintos palatinos de la Alcazaba, que servía de defensa al puerto al cerrarse éste mediante una cadena aferrada a la orilla opuesta en otra torre desaparecida. Es de planta dodecagonal y, como la muralla, construida de tapial de argamasa, con basamento y esquinas de sillería. Tiene tres cuerpos, de los que el más elevado fue añadido en 1760. El segundo, de ladrillos, tiene una notable decoración a base de arcos ciegos ultrasemicirculares, lobulados y de herradura apuntada y algún paño de lacería.

 

Lo interesante es su decoración cerámica en cintas verdes recuadrando los arcos, lo que significa una novedad. Esta Torre ha sido recientemente restaurada.

A la muerte de Abu-el-Ola en 1232, la ciudad cayó en poder del rebelde Mahammad B. Yusuf Abu Uñd, que expulsó a los almohades.

Desde este momento la ciudad entra en decadencia y languidece gobernada por una asamblea compuesta de sus más influyentes ciudadanos, principalmente por terratenientes, comerciantes e industriales, quienes, para no perder las ventajas que les reportaban extraordinarias relaciones mercantiles con África, reconocían nominalmente la autoridad del emperador marroquí. Gobernaba la ciudad Abu-el Asan, más conocido en las crónicas hispalenses por Axataf, quien el destino le deparó la entrega de Isbiliya

El 23 de noviembre 1248, tras 16 meses de asedio prolongado sitio, las tropas de Fernando III el Santo conquistan Isbiliya para la España cristiana y pasó a ser, ya con el nombre de Sevilla, capital y corte de los reyes castellanos. El rey, enamorado de la ciudad, permaneció en ella hasta su muerte (1252) y aquí fue enterrado: su cuerpo yace ahora en la Capilla Real de la catedral, en urna de plata. Esa misma pasión sintió por la ciudad su hijo y heredero Alfonso X, el rey Sabio, también yacente en el mismo lugar.

 Romualdo de Gelo

 

[1] Sobre estos episodios puede consultarse MENA, José María: Historia de Sevilla. Sevilla 5ª ed., 1989. págs. 44-48.

[2] MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico.

El Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Pascual Madoz, editado en Madrid entre 1845 y 1850, consta de 16 volúmenes en los que se exponen miles de artículos o voces ordenados alfabéticamente. Para la edición del Diccionario de Madoz de Andalucía se han revisado las 11.688 páginas de que consta el original con el fin de seleccionar y entresacar las voces referentes a la comunidad andaluza. Las voces seleccionadas se han agrupado por provincias y se han dispuesto por orden alfabético, con el fin de facilitar la consulta de materiales dispersos a lo largo de los 16 tomos de la obra original. Para la reproducción facsímil se han ordenado los materiales, por cada una de las provincias, siguiendo escrupulosamente la estructura del original, respetando, inclusive, los errores de ordenación que éste presenta.

En este estudio, cuando citamos a Madoz nos referimos a la obra fuente de nuestra consulta: Sevilla. Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Andalucía. Ed. facsímil publicada por Ámbito Ediciones, S.A., Salamanca, 1986.

[3] MONTOTO, Santiago: Biografía de Sevilla. Sevilla, 1990. págs. 77-101.

[4] Montoto, en la obra citada, tomando como fuente al cronista Ajbar-Machmua, reproduce unos hechos en los que se argumenta, no exentos de cierto lirismo poético, que el motivo de esta decapitación fue que Abd-el-Aziz había renegado de su fe islámica y convertirse al cristianismo.

[5] Respecto al tema en cuestión es muy interesante la aportación que realiza Miguel Ángel Tabales Rodríguez titulado Investigaciones Arqueológicas en el Alcázar de Sevilla. Apuntes sobre evolución constructiva y espacial.

[6] TORRES VALVAS, L.: “Mozarabías y juderías en las ciudades hispanomusulmanas”. Al-Andalus XIX (1954), págs. 172-197.

 

[7] José Miguel Granado: La Mezquita de Ibn Adabbas de Sevilla”

http://www.coaat-se.es/revistaApa/lectura/numero_56/56_p60.html

[8] GUERRERO LOVILLO, J.: “La Sevilla musulmana”, en Historia del urbanismo sevillano. Sevilla, 1972, pág.33 y CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El casco antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 2006, pág.43.

[9] TABALES RODRÍGUEZ, Miguel Ángel: Investigaciones arqueológicas en el Alcázar de Sevilla. Apuntes sobre evolución constructiva y espacial

“Obviando las teorías sobre el origen y ocupación del alcázar en época antigua, lo cierto es que no existen en alzado estructuras anteriores a época islámica. El primer recinto, tradicionalmente identificado con la muralla de sillares que da a la Plaza del Triunfo y a la Calle Joaquín Romero Murube, ha sido objeto de una ardua controversia relativa a su configuración y origen.

Respecto a la forma, son dos las teorías esgrimidas:

- La hipótesis mayoritaria es la que sitúa este recinto original dentro de un espacio que comprendería el Patio de Banderas, el Palacio del Yeso y el Palacio del Caracol. La muralla, cuyos únicos restos conservados serían los de la plaza del Triunfo, la calle JR Murube, y el ala oriental hasta la Torre del Agua, pasaría bajo el límite actual entre el Crucero y la Montería, y bajo el palacio del Rey Don Pedro, para torcer hacia el Este bajo el testero Sur del palacio gótico. El resultado sería un rectángulo irregular de 188 x 176 x 115 x 71. La puerta sería la que se sitúa en el límite oriental de la citada calle, actualmente cegada, y descubierta en 1960 por Félix Hernández. Esta teoría, ya presentada por Tubino en 1885, fue defendida sobre todo por R. Manzano (Manzano 1995: 106) y seguida por la mayoría de investigadores (Marín 1990:39- 40), (Valor 1991: 69) hasta nuestros días.

- La segunda hipótesis, defendida por A. Jiménez (1981: 13) coincide con aquella en la adscripción al edificio inicial de los lienzos pétreos de las calles JR Murube y del Triunfo, así como la cara oriental en su mitad Norte.

La diferencia estribaría en cerrar desde el patio de la Montería hacia el Este, formando un recinto cuadrangular con el lado oriental irregular debido a la existencia de la citada puerta de herradura de Félix Hernández y de la perduración aún en época omeya de la puerta del cardo romano y de la Vía Augustea.

Respecto a la datación del recinto I, las teorías principales se dividen igualmente en dos:

- Según la opinión mayoritaria, el primer recinto estaría identificado con la "Casa del Gobernador" (Dar al Imara). Apoyarían esta hipótesis (Guerrero Lovillo 1974:90), (Jiménez 1981: 15), (Valencia 1986: 164). El fundamento estribaría en el texto de Al Bakri (Trad. E. Vidal, 1982, 33) que cita al emir Abderraman (antes de ser califa), ordenando en 913-914 la destrucción de la muralla de la ciudad (dejando sus partes más altas al nivel de las más bajas), tras lo cual mandaría edificar el "antiguo alcázar" del gobernador, fortificándolo con un muro de piedras alto y torres inaccesibles.

- Según Manzano (1976: 76) y Valor (1991:93), tanto el estilo arquitectónico, la fábrica, los aparejos, como los paralelos formales con otros edificios sugieren una cronología algo más antigua. A ello contribuyen según Valor (1991, 39) algunos textos islámicos, como los de Ibn al Qutiyya (Trad. J. Ribera, 1926, 51) en el que se cita, tras la destrucción de la ciudad por parte de los normandos, en 844-45, cómo las tropas cordobesas encontraron al gobernador cercado en su alcazaba. También Ibn Hayyan (Trad. E. Guraieb, 1953, XIX, 164) refiere cómo durante la revuelta de los muladíes en 889-90, Umayya, atacado en su palacio del centro de la ciudad, salió huyendo en dirección al "palacio del príncipe", donde se resguardó.

En definitiva, el aparejo irregular atizonado, la forma de las torres, sus dimensiones, etc.. y las referencias a la existencia de dos palacios en la ciudad emiral, permitirían situar el primitivo recinto durante la segunda mitad del IX, construido tal vez por el Sirio Abdala, al que mandara Abderraman II reconstruir las murallas ( Ibn al Qutiya, trad. Ribera, 1926, 50). Como paralelo más claro estarían la Alcazaba de Mérida (834) y el Castillo de Balaguer (897).

En resumen, nadie duda del carácter originario de los muros de sillares del alcázar, si bien, hasta el presente existieron diversas alternativas relativas a la fecha de construcción y configuración inicial.

Respecto a la datación del recinto primitivo, creemos poder interpretar, con ciertas reservas y gracias a los materiales cerámicos localizados en los tres niveles inferiores de su torre suroccidental (Patio de la Montería), que su origen está más cercano a los inicios del siglo X que a mediados del IX. Parecería por tanto que estaríamos ante el Dar al Imara del 914, en detrimento del Palacio del Príncipe. Los fragmentos cerámicos citados son típicos del X y no se dan en el IX. Pero dicho esto, no estamos en absoluto cerrados a nuevas reinterpretaciones, siempre y cuando éstas incidan sobre la cronología cerámica. Tampoco descartamos que la construcción perteneciera a Ibn Hayyay, quien reinó en Sevilla, como un primer taifa desde el año 900 al 909, ni que fuera construida a lo largo del siglo X durante el fin del emirato (929) o el reinado de los sucesivos califas; de hecho, la abundancia de atizonados finos es más típica de fases finales del X e incluso posteriores a Almanzor, que del pleno califato”.

 

[10] MENA, José María: Historia de Sevilla. Sevilla 5ª ed., 1989. págs. 61-62.

[11] GUERRERO LOVILLO, José: Guía artística de Sevilla. Sevilla, 1986, págs. 33-34.

 

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