Spali, la Sevilla visigoda
Tras la caída del Imperio Romano, diversos pueblos bárbaros llegaron en incontenibles oleadas, e Híspalis, fue ocupada sucesivamente por Vándalos, Suevos y Visigodos. Estos últimos, la hicieron capital de su reino, que luego pasaría a Toledo, en tiempos de Atanagildo (año 567). Durante aquel periodo de esplendor, que se prolongó hasta bien entrado el siglo siguiente, brillarían con luz propia figuras Hispalenses tan notables como San Isidoro y San Leandro.
La crisis, el cambio
social y la menor militarización de Roma harán que muchos extranjeros (germanos
y bárbaros) se asientan en el Imperio romano. A finales del siglo IV, por tanto,
muchos bárbaros conviven con romanos. La crisis es aprovechada por los pueblos
que invaden los territorios romanos.
Tras las crisis de los siglos II y III, que transforman el Imperio de urbano a rural, y ante las dos oleadas de invasiones germánicas, las circunstancias en las que se desenvuelve el Imperio romano son el caldo de cultivo en el que van a crecer los neófitos del ya por entonces decadente imperialismo romano. Los pueblos invasores de la primera oleada (siglo I) van a romanizarse, tomando a sus espaldas casi toda la responsabilidad de mantener la obsoleta estructura romana. Los pertenecientes a la segunda oleada (siglo III) se encontrarán con una Roma que ya sólo será una sombra de lo que fue.
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CRONOLOGÍA DE LOS REYES VISIGODOS |
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EL REINO TOLOSANO Ataúlfo (410-415). EL REINO ARRIANO HISPANO Gesaleico (507-510). Liuva I y Leovigildo (568-571 / 72). |
EL REINO VISIGODO CATÓLICO Recaredo (586-601). Wamba (672-680). |
SIGLO V
En el siglo V, con el Imperio romano en crisis, llegan las invasiones de los pueblos germánicos. Entre los años 409 y 412 se reparten el territorio hispánico : Suevos por el Norte ; Alanos por el Este y Silingos por el Sur, ocupado por la Bética.
En el 411 los vándalos silingos se apoderaron de la Bética , pero con un dominio efímero ya que, en el año 416 son derrotados por los visigodos de Walia, y desaparecen como pueblo.
Bajo las órdenes de Gunderico, serán los vándalos asdingos los que tomen Híspalis en el 426. El cronista Idacio de Chaves[1], contemporáneo de estos sucesos, dice en su Crónica 89: “Gunderico, rey de los vándalos, después de haber tomado Sevilla, engreído sacrílegamente, pone sus manos en la iglesia de esta ciudad; poco después, por un juicio de Dios, fue poseído del demonio y murió”. Por San Isidoro, relatando este mismo hecho, conocemos que la iglesia profanada es “la basílica del mártir San Vicente”, en cuyas puertas muere como fulminado por tan sacrílego acto .
Los vándalos
hacen honor a su nombre y, tras varias batallas en la que destruyen Sevilla,
Cartagena y otras ciudades no dejando piedra sobre piedra de los monumentos
romanos que las engrandecían., abandonan Andalucía y pasan al norte de África,
donde crean un reino allá por el año 429, bajo el mando de Genserico, hermano
del fallecido Gunderico.
Pero no tardan en tomar su lugar los suevos, mandados por Réquila, quienes en el año 441 saquean y conquistan Sevilla. El obispo hispalense, Sabino II, es desterrado de la ciudad y puesto en su lugar Epifanio, “por fraude, no por derecho”,como afirma Idacio en su Cronicón mayor. Veinte años después el legítimo obispo volvería a su Sede Hispalense.
En el año 458, los godos, como aliados de Roma, retornaron a Hispania, con la finalidad de combatir a los suevos, llegando a penetrar en la Bética. No obstante, el centro de su asentamiento continuaba estando en el sur de la Galia, con capital en Tolosa. Los visigodos, "los más romanizados de los bárbaros, habían compartido con los francos y los romanos el territorio de la Galia, de ella salieron para asegurar al imperio su último respiro."
SIGLO VI
A partir de la derrota y muerte por los francos de Alarico II en Vouille, en la Aquitania francesa, se inicia con Genserico la conquista sistemática de la Península por los godos en el año 507, trasladándose definitivamente a tierras hispanas, en donde fundarían un reino con capital en Toledo.
Será a partir del 531 cuando comienza a ser visible la dominación visigoda, bajo el reinado de Theudis (531-548), siendo el primer rey godo que vive ya permanentemente en España, en Barcelona y Sevilla. No obstante, éstos no controlaban ni mucho menos el conjunto de las tierras de Hispania. Híspalis pasa a llamarse Spali.
A Theudis le sucede Theudiselo, que duró en el trono un año y medio. Murió asesinado en su palacio de Sevilla mientras celebraba un banquete.
La elección de Agila, en el 549, en Spali (nombre visigodo de la futura Sevilla) estuvo apoyada por una facción de la nobleza. Durante los dos años siguientes, Agila se ve obligado a emprender una campaña destinada a reducir Córdoba, pero esta ciudad logra imponerse al ejército visigodo (551) y Agila debe retirarse a Mérida.
Que sólo una porción de la nobleza sostenía a Agila está confirmado por el hecho de que en el año 552 la propia Spali se rebele contra él en favor de Atanagildo, a quien apoya otra facción distinta. Esta lucha interna entre facciones adquiere unas dimensiones especiales en virtud de la petición de ayuda a Bizancio hecha por Atanagildo. Ésta no se hace esperar. El emperador bizantino Justiniano sabe de las guerras internas que acontecen en la Bética y ante la posibilidad de apoderarse de la rica zona, acude en ayuda de los hispano-romanos y en colaboración con éstos los bizantinos, al mando de Liberio y unidos a Atanagildo derrotan a su rival, Agila, en Sevilla. Esto sucede en el año 554.
Agila en Mérida y Atanagildo en Sevilla, dividen a los visigodos, pero el peligro evidente que supone la expansión de los bizantinos en la Península es una llamada de atención a los visigodos que, tras asesinar a Agila se pasan a Atanagildo (555).
La rapidez con que se llevó a cabo la ocupación bizantina y las dificultades que ofreció Sevilla cuando Atanagildo intentó recuperarla después de su conquista por los bizantinos son indicios de que la población, en términos generales, no vio con malos ojos la llegada de los imperiales.
Sevilla queda fronteriza entre el reino visigodo, que fija su residencia regia en Toledo, y los dominios bizantinos, que se extienden desde Carmona hasta la provincia de Murcia. Los hispano-romanos se defienden ante el invasor godo y durante casi diez años organizarán la independencia, luchando en varias ocasiones contra el nuevo rey Atanagildo, hasta su muerte en el 567.
Por estos años, 560-70, nace en Sevilla San Isidoro, de cuya obra y personalidad nos ocuparemos más adelante.
A Atanagildo le sucede Liuva I, quien asocia al trono (568-571/72) a su hermano Leovigildo encomendándole el control de la Hispania Citerior. Leovigildo reinará desde el 568 hasta el 586, siendo Toledo su sede regia.
Los intentos godos por ocupar la Bética continúan sin éxito hasta que en el año 572, Leovigildo se apodera definitivamente de cada rincón de la actual superficie andaluza.
Hacia el 576 asoció al trono a sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, con la intención clara de que fueran sus herederos en el trono.
En 579, nombraba a su hijo Hermenegildo duque de
la Bética, con sede en Sevilla.
Uno de los mayores obstáculos que podía haber encontrado la política de fusión entre hispano-romanos y visigodos lo constituía la diferente religión profesada por cada uno de los grupos; esto, al mismo tiempo, favorecía la preeminencia de las jerarquías eclesiásticas católicas en competencia con los poderes laicos visigodos.
Leovigildo concibe la unificación religiosa bajo el signo del arrianismo[2], es decir, la conversión de la población hispano-romana al credo arriano. La convocatoria de un concilio arriano en Toledo (580) tiene como finalidad tomar medidas para facilitar el paso de los católicos al arrianismo: no es necesario para ellos el volver a ser bautizados, es suficiente una imposición de manos, recibir la comunión de manos de un sacerdote arriano y aceptar de viva voz el símbolo de fe. Simultáneamente a la adopción de tales medidas se procede a una eliminación consciente de diferencias externas entre ambas profesiones de fe, lo cual produce un confusionismo peligroso, aun cuando los resultados en la práctica no fueran espectaculares.
La doctrina arriana, impuesta por Leovigildo, no llegó a representar ni el 10 por ciento de la población. La diferencia de religión y la existencia de un sistema político no admitido por el pueblo, agudizaron aún más esta separación entre visigodos e hispano-romanos. Leovigildo no tuvo más remedio que ceder y autorizó el matrimonio mixto (entre personas de religiones distintas) y adoptó la cultura romana.
Recaredo y Hermenegildo, hijos de Leovigildo, se convirtieron al cristianismo católico. San Leandro, obispo de Sevilla, colaboraría bastante en la unión de los distintos pensamientos.
Frente a estas divergencias entre ambas sociedades, diferencias destinadas a desaparecer, existía una estrecha semejanza en la estructura social de ambas que con el tiempo demostró ser el mayor riesgo para la conservación del poder real.
Común a visigodos e hispano-romanos es la existencia de una aristocracia fundiaria y eclesiástica, cúspides de una organización social basada en el patronazgo (patrocinium). En efecto, la práctica común en el Bajo Imperio de dar acogida a hombres armados (buccelariü) como séquito privado a cambio de su manutención, coincide con instituciones visigodas como las clientelas. Ambas instituciones evidentemente favorecían las tendencias independentistas de la nobleza y lesionaban el poder real.
La preocupación primordial de los reyes visigodos a lo largo de la Historia será la necesidad de reforzar el poder de la realeza. Leovigildo es el primero en adoptar una serie de medidas encaminadas a ello; manto, diadema y trono; acuñación de moneda independiente, por primera vez en la historia de los visigodos, con el nombre del monarca; asociación al trono de sus dos hijos, con la pretensión de asegurar la continuidad.
Sin duda, uno de los acontecimientos más destacados de esta etapa de dominación visigoda fue la sublevación cristiana encabezada por Hermenegildo.
Poco después o poco antes de este concilio el rey comenzó a tener problemas con su hijo mayor. La mujer de Hermenegildo era católica, y le había dado un hijo que lo más probable era que fuera educado en el catolicismo, lo que le descartaría como sucesor el trono. Además, Hermenegildo gobernaba en la ciudad más católica y romana de Hispania, Sevilla.
Ya a finales de 580 Hermenegildo acuñaba moneda en Sevilla en su nombre, y no en el de su padre, proclamándose rey, lo que era una clara declaración de independencia. En 581 aparecen monedas de Hermenegildo con leyendas que hacen fácil suponer que ya era católico y que usaba su catolicismo para afirmar su independencia del trono toledano.
Leovigildo llamó a Toledo a su hijo, seguramente para discutir con él las diferencias. Hermenegildo se negó a ir, y además organizó sediciones en varias ciudades que se rebelaron contra Leovigildo. Y no eran ciudades sin importancia: Córdoba, Mérida y Ébora. Con estas adquisiciones Hermenegildo controlaba la Bética, el valle del Guadiana y amenazaba Toledo.
En 582 Leovigildo retomó Mérida. Al año siguiente sitió la ciudad de Spali durante más de un año, desviando el curso del río Guadalquivir. Poco después de la toma de Sevilla, puso su objetivo en Córdoba, donde se había refugiado su hijo, que fue capturado. La guerra acabó a principios de 584 con la victoria total de Leovigildo.
Hermenegildo pasó varios meses en prisión, primero en Toledo, luego en Valencia. Durante todo este tiempo Leovigildo intentó convencer a su hijo de que abjurara del catolicismo y se hiciera arriano, cosa a la que Hermenegildo se negó siempre. Harto ya de esta situación, y sin duda pensando que era la única salida, Leovigildo ordenó decapitar a su hijo mayor en abril de 585 en Tarragona.. Sobre la figura de San Hermenegildo trataremos más adelante.
Desde este momento el esplendor de la ciudad se mantuvo principalmente en el plano cultural gracias a la labor desempeñada por los obispos San Leandro y San Isidoro, cuyas obras y personalidades analizaremos posteriormente.
Leovigildo falleció en abril o mayo de 586. Su hijo Recaredo, fue aceptado sin discusión como su heredero y sucesor.
Tal como estaba previsto, a la muerte de Leovigildo le sucede su hijo Recaredo (586-601). La política de Recaredo puede considerarse como una prolongación de la acometida por su padre, Leovigildo, aunque en algunos casos el factor aglutinante aplicado sea el contrario. Tal vez el fracaso de la política religiosa de Leovigildo indujo a Recaredo a seguir el procedimiento inverso. En el 587, un año después de acceder al trono, se convierte al catolicismo; poco después convoca un concilio arriano que parece tener por finalidad discutir los puntos de divergencia fundamentales entre arrianismo y catolicismo y, de manera indirecta, tal vez la persuasión de los obispos arrianos. Este sínodo fue seguido de otro arriano-católico. La conversión de Recaredo, al dejar ver clara su intención a largo plazo, suscitó una serie de levantamientos, todos anteriores al año 589 -fecha del III Concilio de Toledo-: en Mérida, en ciertas zonas de la Galia Narbonense, e incluso en la propia Toledo. Estos pueden interpretarse como movimientos independentistas, apoyados por la nobleza local, semejantes al de Hermenegildo en el pretexto utilizado; pero hay que aceptar el supuesto de que, en sus motivaciones profundas, son equivalentes a las numerosas rebeliones contra el poder real que salpican la historia de la Hispania visigótica, otra prueba más de la justificada preocupación de los monarcas visigodos por consolidar su poder.
El proceso iniciado con la conversión de Recaredo culmina con la convocatoria y celebración del Concilio III de Toledo (589), que por su alcance sobrepasa el terreno puramente religioso para incidir en cuestiones de carácter político. En el Concilio III de Toledo, el 6 de Mayo, Recaredo y su familia anunciaban su conversión al catolicismo, y tras ellos el grueso de los nobles visigodos, y la inmensa mayoría de los obispos arrianos. Todos ellos abjuraron del arrianismo y firmaron un documento en el que declaraban profesar la fe católica. No hubo cesión doctrinal o teológica: la Iglesia católica se mantuvo firme en todos sus dogmas; su unidad doctrinal con Roma se mantuvo intacta. En este mismo Concilio se procede a la reglamentación de la periodicidad de los concilios provinciales, a los que se concede carácter administrativo, ya que admiten en su seno a altos funcionarios civiles a fin de que acepten las normas propuestas por los obispos sobre materia fiscal, previa deliberación. Se produce, por consiguiente, una interacción entre las dos esferas: la civil y la eclesiástica, concediéndose la nobleza eclesiástica atribuciones de carácter civil y otorgando a la persona del monarca competencias sobre aspectos eclesiásticos: potestad de convocatoria de los concilios y necesidad de que sean conformadas por él las medidas no religiosas tomadas en los mismos, requisito sin el cual no adquieren validez.
Uno de los primeros actos, después de la conversión oficial al catolicismo de Recaredo en dicho Concilio, consiste en devolver a la Iglesia católica los bienes confiscados por Leovigildo, posiblemente con la intención de encontrar apoyo en la jerarquía eclesiástica católica, enormemente influyente.
El reinado de Recaredo, pese a los levantamientos de principio, el del dux Argimundo y la intervención contra los francos, puede considerarse, en líneas generales, pacífico.
SIGLO VII
Con el inicio del siglo, año 600, muere San Leandro. Le sucede su hermano San Isidoro como obispo de Sevilla.
La sucesión de Recaredo se realizó bajo el signo de la rebelión interna y del derrocamiento: Liuva II, hijo natural de Recaredo, fue destituido al cabo de año y medio de reinado por Witerico (603-610), a su vez, derrocado y asesinado siete años después. Todo ello nos habla de una intensificación dentro de la nobleza de la política de facciones.
Suinthila (621-631) es, pues, el primer rey visigodo que logra imponer teóricamente su poder sobre la Península entera, al expulsar definitivamente a los bizantinos del sur de la misma.
Por aquel entonces San Isidoro, obispo de Sevilla, será el primero en concebir a la Hispania como un país independiente de Roma, formado por la unión de los hispano-romanos y visigodos. Gran intelectual y máxima figura del pensamiento, fue el autor de la gran enciclopedia Las Etimologías que tanto aportara a la cultura de la época y del primer tratado musical de la Hispania cristiana. Muere San Isidoro el año 636
La proclamación de Sisenando como monarca (631-636), resultado de un acto ilegal frente al poder real, necesitaba un apoyo, que no adquirirá hasta la Celebración del Concilio IV de Toledo (633). La inestabilidad del poder real era bien conocida por Sisenando: él mismo había derrocado a Suintila, y, como hemos visto, hay indicios para pensar que otros habían intentado lo mismo con él. Era urgente la creación de una normativa y, tanto o más, su aceptación por la nobleza. Estas dos finalidades cumple el Concilio IV de Toledo. El rey debe ser elegido por los obispos y la aristocracia laica, y deben jurarle fidelidad; puesto que la legitimidad del rey está basada en la elección y juramento posterior de fidelidad al elegido, todo aquel que atente contra el rey incurre en sacrilegio. La participación de los obispos en la elección conduce tal vez a un progresivo intervencionismo del rey en los nombramientos episcopales. Al mismo tiempo se adoptan una serie de medidas restrictivas del poder real, impidiéndole actuar como juez único en causas capitales y civiles. Es evidente el contenido marcadamente político del Concilio, aunque se incluyen algunos puntos de carácter eclesiástico, como la unificación del rito en toda Hispania, y matizaciones sobre la aplicación en las normas de Sisebuto referidas a los judíos.
Los años que van desde la coronación de Recaredo (586) hasta la torna del poder por Shindasvinto (642) significan un proceso, solo interrumpido esporádicamente, de predominio de la nobleza sobre el poder real. Los reyes buscan el apoyo de los Concilios, en un intento de proteger el poder personal mediante leyes y amenazas de excomunión, pero cada vez que intentan imponer el poder así protegido en contra de los intereses de los nobles, éstos advertirán bien claro que el rey puede dejar de serlo en cuanto la nobleza le retire su apoyo. Los nobles toleran al rey en tanto que representa sus intereses.
En el año 654 y bajo el reinado de Recesvinto se abolieron las diferencias por medio de la publicación de una ley llamada el Liber ludiciorum o Fuero Juzgo de derecho único para todos, sin discriminación de religión, convirtiéndose en el único texto legal válido ante los tribunales. La vieja administración romana (de ciudades) desaparece tras la proclamación del código común.
Wamba es elegido el mismo día de la muerte de Recesvinto (672) y por primera vez tenemos el testimonio de la unción del monarca: es el eslabón subsiguiente al ya aceptado y sancionado intervencionismo del episcopado -junto a la nobleza laica- en la elección.
Bajo el reinado de Ervigio (680-687), en el año 681 se convoca uno de tantos concilios, el Concilio XII de Toledo, pero éste fue para castigar a los judíos, acusados de mantener secretos pensamientos y acuerdos con los norteafricanos. Y ciertamente las relaciones entre judíos y africanos existieron, pero comerciales, igual que muchos cristianos comerciaban con extranjeros de otras tierras. Lo cierto es que, en el ánimo de una gran parte de los hispano-romanos, había indisposición por el poder centralista godo. Los judíos serán declarados esclavos y se ordena que sean desposeídos de sus hijos al llegar a los siete años de edad.. En otros decretos eran condenados a la servidumbre si no aceptaban el bautismo y les fue impedida la actividad religiosa y laboral, sólo por el hecho de no ser cristianos. Los demás hispano-romanos, no afectados, no serían sordos a esta injusticia.
En el año 687, Ervigio abdica en su yerno Egica (687-702), tal vez presionado a tomar tal decisión. A juzgar por las noticias que sobre él nos ha transmitido la llamada Crónica del 754, su política fue dura con los nobles, ya que se habla de exilios y de renovación de cargos palatinos.
Con el reinado de Witiza (702-710) se suavizó la postura de su padre: hizo volver del exilio a los nobles expulsados por Egica, les devolvió los bienes confiscados y les restauró en sus cargos. Su reinado coincide con la progresiva expansión del Islam por el norte de África.
La sucesión debió de enfrentar ampliamente a dos grupos de la nobleza, partidarios los unos de la familia de Witiza, los otros de Rodrigo, por ellos elegido. El prelado de Sevilla Don Oppas, los hijos de Witiza, Achila, Ormundo y Ardabasto y el gobernador bizantino, destinado en Tánger, Don Julián, se ponen de acuerdo para derrocar el poder de Rodrigo. Nombrado Rodrigo, la invasión de los árabes se produce en el momento en que está empeñado en una campaña contra los pueblos del norte. Después de ser derrotado Rodrigo en Guadalete, las tropas musulmanas avanzan hacia el norte hasta ocupar Toledo; esta ocupación supone el final de toda resistencia ante el invasor, que únicamente continuaría en núcleos aislados.
En el 712 la ciudad visigoda Spali cae en poder de los árabes, al mando del caudillo Musà ibn Nusayr. Adaptan a su manera el nombre autóctono y la llaman Isbiliya, después Sbilya, ya muy cerca del topónimo actual. Las luchas intestinas en el seno de la propia nobleza, incluso posteriormente a la invasión, facilitaron en gran manera la ocupación de la Península por los árabes. Todavía, sin embargo, antes de que los invasores ocuparan la zona oriental de la Tarraconense se nombró un monarca visigodo: Agila II, cuyo reinado termina en el año 715.
Los visigodos trajeron consigo el germen de su propia decadencia. Imperaba el caciquismo y las guerras civiles se iniciaron por causa de los reyes que se elegían obedeciendo intereses personales. Los labriegos pagaban a los terratenientes aristócratas, tributos que variaban entre la mitad y las cuatro quintas partes de la cosecha conseguida y la vida en común era prácticamente imposible debido a la alarma social constante.
Quedan pocos vestigios de la época: quizás sólo la taza de la fuente del Patio de los Naranjos, en la catedral, en la que la tradición dice que fue bautizado San Hermenegildo y algunos capiteles visigodos que se encuentran en el patio de la actual iglesia del Divino Salvador.
Tres personalidades directamente relacionadas con Sevilla adquieren, por muy diversos motivos, una relevancia extraordinaria que les hacen trascender a su propia época. Estos son San Hermenegildo, San Leandro y San Isidoro.
San Hermenegildo.[3] fue un príncipe visigodo, hijo del rey Leovigildo y de la hispano-romana Teodosia, y hermano de Recaredo. Fue canonizado en 1585 como mártir de la Iglesia Católica.

Es patrono de los conversos, y su festividad se celebra el aniversario de su muerte, el 13 de abril. Junto a San Fernando es, igualmente, el santo patrono de la Monarquía Española.
El dominio visigótico se afianza y organiza en España durante el reinado de Leovigildo. Asociado primero a su hermano Liuva, quedó después como único soberano en el año 572. Catorce años ocupó el trono, realzando con pompa externa y enérgicas medidas la dignidad regia y viviendo en continua actividad bélica para asegurar y ensanchar las fronteras limítrofes con los suevos, francos y bizantinos. No faltaron tampoco rebeliones internas, castigadas con mano dura, no exenta en muchas ocasiones de crueldad.
Tan pronto como quedó único soberano asoció al gobierno del reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, destinados en su proyecto a que le sucedieran en el trono visigótico, al menos, alguno de los dos. Este sistema para prevenir la elección del sucesor y asegurar la monarquía en la propia familia constituía tiránico abuso del poder, en contra del principio germánico para la libre designación del monarca. Posiblemente a esta causa hubieron de atribuirse muchas de las conjuraciones abortadas durante su reinado, surgidas en el seno de la nobleza, que veía así menoscabados sus derechos al trono, y atizadas posiblemente por los reinos vecinos, deseosos de minar de cualquier forma la pujanza creciente de Leovigildo.
En segundas nupcias había contraído matrimonio con la viuda del rey Atanagildo, Godsuinta, de quien algún cronista nos dice que era tuerta de cuerpo y alma. Godsuinta, mujer elemental, tenía clavada en la entraña una trágica espada, pues una de sus hijas, habidas de su primer matrimonio, Gelesuinta, casada con el rey franco Luilperico de Rouen, había sido asesinada por orden de su esposo, quien la hizo matar en el mismo lecho conyugal, proporcionando con ello emotivo tema para que el poeta Venancio Fortunato compusiese en su loor una tierna elegía. La otra hija, Brunequilda, había matrimoniado con el rey franco Sigiberto de Reims y la unión había sido feliz y fecunda. Pero el hecho de que un católico como Luilperico hubiera dado muerte a su hija dejó en el alma de Godsuinta un poso tal de amargura y deseos de venganza contra todo lo católico, que tendría muy pronto trascendentales y sangrientas consecuencias.
El año 579 se verificó el enlace matrimonial de la princesa Ingunde con el primogénito Hermenegildo. La esposa, hermana del rey de Austrasia, Childeberto II, era hija de Sigiberto I y Brunequilda, la feliz hija de Atanagildo y de Godsuinta. Esta, abuela de la desposada y nuevamente reina de los visigodos, hubo de ser la muñidora de este enlace entre su nieta y su hijastro, donde los móviles políticos jugaron, sin duda, papel muy importante.
Las perspectivas de felicidad y poderío para la joven pareja eran halagadoras, pues mientras los visigodos contarían entre los francos con un poderoso rey amigo, Ingunde era entronizada en un matrimonio que reinaría en la Península en el apogeo de una época de esplendor.
Los cálculos halagüeños resultaron fallidos, tal vez desde los primeros momentos. Ingunde era católica; los componentes de la familia y corte real eran arrianos. Entre ellos influía poderosamente Godsuinta, quien perseverantemente, primero con ternezas de abuela, después con amenazas de reina violenta, intentó que Ingunde renunciase al catolicismo y recibiera el bautismo arriano. La atmósfera palatina se tornaba cada día más tormentosa e irrespirable, sobre todo para Hermenegildo, ganado por el amor y las cualidades de su esposa.
En el año 579, Leovigildo nombra a su hijo Hermenegildo duque de la Bética, con sede en Sevilla, territorio fronterizo con el de los bizantinos y que necesitaba un representante del rey digno de toda confianza y seguridad.
Coincidiendo con el alejamiento de Toledo de Hermenegildo, incrementa su padre la política religiosa de unificar en la religión arriana a todos sus súbditos para lograr la fusión de godos e hispano-romanos, pues la diferencia de religión era el mayor obstáculo opuesto a ella. Un concilio de obispos arrianos, celebrado en Toledo, facilitó el paso a la apostasía, reconociendo válido el bautismo recibido en el seno del catolicismo y exigiéndose tan sólo una fórmula trinitaria muy en consonancia con su error: Gloria Patri per Filium in Spiritu Sancto. Hubo defecciones en abundancia y hasta el obispo de Zaragoza, Vicente, se pasó al arrianismo, más que por razones teológicas, por cálculo y miedo.
Instalado Hermenegildo en Sevilla como gobernador de la Bética, rodeado de una corte adicta, vio renacer la paz doméstica. Ingunde pudo profesar libremente su catolicismo y gozar de las primicias maternales con el nacimiento de un hijo, a quien se puso de nombre Atanagildo.
Coincide la llegada de Hermenegildo con el pontificado de San Leandro. Merced al continuado trato del príncipe con el obispo y a las reiteradas insinuaciones de Ingunde, Hermenegildo abjuró del arrianismo y pasó a formar parte de la grey católica, tomando en el bautismo el nombre de Juan.
La conversión de Hermenegildo produjo dos efectos encontrados: en la corte toledana enfureció al monarca, en la Bética, por el contrario, los resistentes se agruparon en torno al gobernador de la provincia, en quien adivinaban al defensor de sus ideales religiosos y políticos. El duelo estaba entablado desde el primer momento trágicamente. Los pueblos limítrofes, suevos, bizantinos y francos, católicos todos, midieron la magnitud de los acontecimientos que se avecinaban y se pusieron alerta para sacar de ellos el mejor partido. De hecho, San Leandro se trasladó a Bizancio para interesar en la empresa al emperador Mauricio, regresando con seguridades de auxilio castrense.
Posiblemente en los primeros momentos se produjo una situación violenta entre el padre y el hijo. Tal vez Leovigildo impuso la vuelta al arrianismo abandonado y la presentación de Hermenegildo en Toledo. Ambos mandatos fueron soslayados por este, decidido a mantenerse en su actitud. El príncipe sevillano se sintió animado, midió sus fuerzas y se proclamó rey en el 582. Algunas monedas e inscripciones testimonian la proclamación de este título aplicado a Hermenegildo: Hermenegildi regi(s) a Deo vita (La vida del rey Hermenegildo viene de Dios). A esta acuñación responde su padre con nuevas emisiones de monedas de oro que ostentan la leyenda “Leovigildus rex cum Deo obtinuit Spali”.
En la prisión fue
nuevamente trabajado para que abjurase del catolicismo y abrazase otra vez la
religión arriana, pero la desgracia no aminoró la firmeza de su fe católica,
siendo decapitado en el propio calabozo por Sisberto, al negarse a recibir la
comunión de manos de un obispo arriano, en el 585.
El mártir Hermenegildo, engañado por sus confidentes, burlado por sus aliados, desafortunado en sus campanas, no tuvo, de los historiadores contemporáneos, si se exceptúa a San Gregorio Magno, ni una frase escrita en su favor.
En el año 579, el obispo de Gerona y contemporáneo de estos hechos, Juan de Bíclaro escribe en su Crónica que “reinando Leovigildo en una tranquila paz, una querella familiar perturba la seguridad de los adversarios. Pues en el mismo año su hijo Hermenegildo, asumiendo la tiranía a causa de la facción de la reina Godsuinta, después de haberse rebelado, se encierra en Sevilla, e hizo que las demás ciudades y castillos se rebelasen juntamente con él contra su padre. Este hecho fue peor que una invasión de enemigos, tanto para los godos como para los romanos de España”.
San Isidoro en su Crónica escribe: “Los godos, divididos en dos bandos, a causa de Hermenegildo, se matan mutuamente”. Y en su Historia Gothorum: “ Venció, asimismo, después de someterle a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el mando”.
Hay que situarse en el siglo XII, donde en la Historia Silense, en copia literal de los Diálogos de Gregorio Magno, aparece la versión de un Hermenegildo mártir y, por tanto, santificado. Esta versión se afianza progresivamente en la España de la reconquista y se corona esta tesis al ser recogida por Alfonso X el Sabio en su Crónica General.
En el año 586 fallecía Leovigildo. Le sucedió su hijo Recaredo, y su primer acto de gobierno fue liquidar a Sisberto, verdugo de su hermano Hermenegildo. Recaredo abrazó inmediatamente el catolicismo, y el 8 de mayo del 589, cuatro años tan sólo transcurridos desde el martirio de Hermenegildo, en el III Concilio de Toledo el pueblo visigodo abjuraba solemnemente el arrianismo, abrazándose con la religión católica y dando, con ello, unidad a cuantos en el reino vivían. San Leandro glosó este acontecimiento en la homilía pronunciada en tal ocasión en la basílica de Toledo: "Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia; los que antes nos atribulaban con su dureza ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo espiritual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra".
Al cumplirse el milenario del martirio, el papa Sixto V, a petición de Felipe II, canonizaba a San Hermenegildo, el 14 de abril de 1585.
San Leandro[4]
Natural de Cartagena, San Leandro pertenecía a una de las familias más importantes de la ciudad integrada por un padre hispano-romano y una madre visigoda. Algunos historiadores sostienen que Severino, su padre, fue duque o gobernador de Cartago, pero San Isidoro afirma que simplemente fue un ciudadano de esa ciudad. La gran valía de los hijos de Severino parece indicar que fueron educados en ambientes distinguidos. Severino tuvo tres hijos, Leandro, Isidoro, Fulgencio, y una hija, Florentina. Tanto San Leandro cuanto San Isidoro fueron obispos de Sevilla; San Fulgencio, obispo de Écija y Santa Florentina, una monja, quien dirigió cuarenta conventos.
La llegada de los bizantinos a la costa levantina
(554) motivó el traslado de la familia a Sevilla, iniciándose un terrible
destierro. Será en Sevilla donde Leandro complete su formación, posiblemente
influida por la conversión de la madre al catolicismo. La pérdida de los padres
motivó que Leandro quedara como tutor de sus hermanos pequeños -entre ellos San
Isidoro- ingresando en un monasterio cuando se vio libre de este compromiso.
Leandro fue primero un monje Benedictino para luego ser nombrado Obispo de Sevilla entre 577-578, antes de la llegada del Hermenegildo a la Bética. Se apunta la posibilidad de que San Leandro fuera el responsable de la conversión del joven visigodo al catolicismo, según cuenta San Gregorio Magno en sus Diálogos: “Hermenegildo, hijo de Leovigildo, pasó de la herejía arriana al catolicismo por la predicación de Leandro, amigo mío desde no hace mucho tiempo”. Aunque Gregorio de Tours, en su Historia Francorum , lo atribuye a su esposa Ingunda. “Ingunda predicó a su esposo que abandonase la falacia de la herejía y reconociese la verdad de la ley católica. Él se opuso durante algún tiempo, pero al fin, conmovido por sus ruegos, se convirtió al catolicismo”. Se ha llegado a suponer que tenía una hermana llamada Teodosia o Teodora, que sería la primera esposa de Leovigildo, y por tanto Hermenegildo y Recaredo serían sus sobrinos, a causa de lo cual tuvo tanta influencia sobre ellos, pero nada acredita este extremo.
Hermenegildo envió a Leandro a Constantinopla para recabar apoyos para su causa, pasando el obispo tres años en la capital oriental. Allí estableció una fructífera relación con San Gregorio Magno, el futuro papa.
A su regreso a tierras hispalenses sufrió la persecución del monarca visigodo Leovigildo, siendo desterrado durante algunos años. Durante el destierro dedicó la mayor parte de su tiempo a escribir obras contra los arrianos: Duos adversus haereticorum dogmata libros y Opusculum adversus instituta arianorum.
Sobre el 586 regresó a Sevilla e instruyó religiosamente a Recaredo. La conversión de Recaredo y el pueblo visigodo al catolicismo (587) fue felizmente celebrada por Leandro con la convocatoria del III Concilio de Toledo dos años después, en cuya Homilia in laudem Eclesiae en la sesión de clausura, el obispo hispalense, que presidía el Concilio, pronunció elocuentemente: “Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia; los que antes nos atribulaban con su dureza, ahora nos consuelan con su fe”.
A su regreso de este concilio, Leandro convocó el 4 de noviembre de 590 un importante sínodo en su ciudad metropolitana de Sevilla (I Concilio. Hispalense), y luego de ello nunca cesaron sus esfuerzos de consolidar el trabajo, en el que su hermano y sucesor San Isidoro lo seguiría. Leandro recibió el pallium, símbolo de su dignidad arzobispal, en agosto de 599, como se dice en una de las dos cartas conservadas enviadas por San Gregorio Magno: “Como una bendición del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, os enviamos el palio que habéis de usar tan solo en la misa. Al enviároslo, debí advertiros cómo debíais vivir, pero suprimo esta exhortación porque vuestras costumbres van delante de las palabras”
Su herencia literaria es corta, pero a él se debe el impulso intelectual que con la creación de una célebre escuela, la Escuela Sevillana, se convirtió en un centro de aprendizaje y ortodoxia de la España visigoda. Como fundador de la escuela teológica sevillana, se interesó por la enseñanza oral, los escritos y la formación de los clérigos.
Lamentablemente, a parte de sus cartas que se han perdido, se conserva un maravilloso texto titulado De institutione virginum, una regla monástica compuesta para su hermana Florentina
San Isidoro escribió sobre su hermano: “Este hombre de suave elocuencia y talento eminente brilló tanto por sus virtudes cuanto por su doctrina. Por su fe y celo, las personas góticas se han convertido del arrianismo a la fe católica”. (De script. eccles., xxviii).
Murió en Sevilla el 13 de Marzo de 600 ó 601.
San Isidoro de Sevilla (560/70-636).
Arzobispo, Doctor de la Iglesia, teólogo, historiador.
Fiesta: 4 de abril
"Isidoro" significa: "Regalo de la divinidad" (Isis: divinidad. Doro: regalo)
Nadie mejor que don Mario Méndez Bejarano[5] en su Historia de la filosofía en España para adentrarnos en la figura de este genial pensador y transmisor del saber como fue San Isidoro de Sevilla:
“No hay necesidad de extensa biografía, porque él solo es una página gloriosa de la Historia de España. Únicamente diré algunas palabras acerca del error, propalado por devocionarios y libros ayunos de crítica, de suponer a San Isidoro nacido en Cartagena. San Isidoro nació probable, casi seguramente en Sevilla hacia el año 570.
«Comúnmente se cree, dice D. Nicolás Antonio; que nació en Sevilla, porque es público que Severiano, su padre, desterrado de Cartagena, vino a Sevilla, antes de haber nacido San Isidoro.» Esta noticia, aunque común, y esta fama, aunque pública, no hubo de llegar a oídos del autor de la moderna Biblioteca Española, pues sin hacer mención de ella, supone con palabras tomadas de un MS. Anónimo que dice hay en El Escorial, cuya letra indica ser del siglo XV, haber nacido San Isidoro en Cartagena, porque aquel MS. es traducción de una obra de San Braulio, impresa en el principio del libro de las Etimologías de San Isidoro. No dudo de la existencia del MS. Anónimo, porque lo individua el autor al folio 286 del segundo tomo con tanta menudencia, que sería temeridad sospechar de su verdad; pero no puedo convenir que sea fiel traducción de la introducción del libro de las Etimologías, hecha por San Braulio, y que se advierte comúnmente preceder a dicho libro en todas sus ediciones. En la de Colonia Agrippina, hecha el año 1617, precede a la obra del Santo una prenotación de sus libros hecha por San Braulio y empieza así: «Isidorus, vir egregius, Hispalensis Ecclesiae Episcopus, etc.» y refiriendo después sus virtudes, sabiduría y escritos, del lugar de su nacimiento nada dice. Pues ¿cómo será traducción suya la que empieza: «Isidoro, noble varón, natural de Cartagena, etcétera»? «Ser, como escribe el Sr. Castro, más circunstanciada esta traducción que el original latino, y por no poner la patria que aquél calla, convence que en estas y otras cosas que San Braulio no dixo, y el traductor añade, no se debe atender como expresión de un coetáneo, discípulo, etcétera, sino como de un escritor que vivió muy posterior a los tiempos en que floreció San Isidoro. Ni yo comprehendo cómo pueda llamarse traducción la que extiende a lo menos cuatro tantos más que el original, pues aunque no es forzoso que se haga la traducción tan a la letra, sí es preciso que no se aparten de ella tanto que digan lo que el original no dice ni insinúa, y varía el orden con que aquél está escrito, ésta la tendría yo por obra diferente y no por traducción.»
A tales juicios del P. Valderrama añade D. José Alonso Morgado en su erudito Episcopologio (pág. 96 y siguientes):
«Como ha sucedido con otros muchos héroes de la antigüedad, se ha disputado su patria, y Sevilla y Cartagena pretendieron la gloria de haber sido su cuna».
El Breviario antiguo del Rito hispalense decía que era originario de Cartagena, Ex civitate Carthaginensis, Provinciae Hispaniae originem duxit. De ser oriundo de Cartagena no se infiere que había nacido San Isidoro en aquella ciudad, sino únicamente que procedía de ella.
El P. Flórez, en el tomo IX de su España Sagrada, refiere que, según algunos Breviarios antiguos, y su biógrafo Rodrigo el Cerratense, fue natural de la ciudad de Cartagena. A lo cual replica el P. Faustino de Arévalo, autor imparcial que escribió en Roma la mejor biografía de nuestro santo: Que los padres de Leandro obligados por las circunstancias, salieron para el punto del destierro hacia el año de 552; que, después de esto, cree que nacieron Fulgencio e Isidoro; pero no puede formarse inicio cierto ni del año ni del lugar, sino solamente de que en Sevilla, según la fama, nació el último de ellos.
No hallo razón alguna para que el P. Flórez, en el tomo X de la España Sagrada, defienda como cosa cierta que Isidoro hubiese nacido en Cartagena. Dupin asegura lo contrario.
El erudito D. Nicolás Antonio, en su Biblioteca hispana vetus, dejó consignado que había nacido en Sevilla porque generalmente se cree que su padre Severiano vino a esta ciudad antes de ver la luz Isidoro, el último de sus hijos. «Hispali natus vulgo creditur. In eam enim Urbem fama est exulem venisse, nondum eo nato, Severianum.» (Bibl. Hisp. vetus. Tomo I, libro V, cap. III.)
En prueba de esto se citan dos testimonios de San Leandro, que se leen en la Regla monástica que escribió para su hermana Santa Florentina; el primero dice que, al salir de Cartagena, su patria, era tan pequeña todavía que no podría acordarse de ella: «Ea aetate abstractam fuisse a Patria, scilicet Carthagine, ut quamvis ibidem nata fuerit, recordari ejus haud posset.»
En el segundo, que se halla hacia el fin de la citada Regla, le dice: «Postremo, charissimam te germanam quoeso, ut mei orando memineris nec Junioris fratris Isidori obliviscaris: quem quia sub Dei fuitione, ei tribus germanis superstitibus parenies reliquerunt communes, loeti et de eius nihil formidantes infantia ad Dominum commearunt.» Cuya traducción es como sigue: «Ruégote, por último, hermana amadísima, que te acuerdes de mí en tus oraciones, sin que te olvides de Isidoro, nuestro hermano el más joven, a quien dejaron nuestros padres bajo la protección de Dios y cuidado de los tres hermanos que sobrevivimos, entregando sus almas gozosos al Señor y sin temor alguno de su infancia.»
Ahora bien: si los padres de Isidoro murieron cuando el niño se hallaba todavía en los años de la infancia; si, por otra parte, Florentina estaba ya en edad conveniente para atender a su educación, según se deduce de todos los biógrafos del Santo; si, por último, Santa Florentina salió de Cartagena cuando no podía recordar su patria, ¿cómo es posible que San Isidoro viese la primera luz en Cartagena? De ser así, tendríamos que admitir que, tanto Isidoro como Florentina, salieron de Cartagena durante su infancia y, por consiguiente, que Santa Florentina fue maestra de un hermano que contaba casi la misma edad, y que sus padres habían dejado a éste bajo la tutela de quien todavía la necesitaba.
Debemos, pues, sostener, si no queremos incurrir en tan evidentes contradicciones, que Sevilla, y no Cartagena, meció la cuna de San Isidoro.
De aquí es que ya los modernos publicistas no han vacilado en afirmar que San Isidoro es hispalense. En el novísimo Diccionario de Ciencias Eclesiásticas se lee que «San Isidoro vio la primera luz en Sevilla, según la opinión más autorizada, aunque el erudito Flores, fundado en los Breviarios antiguos y en el Cerratense, atribuya esta gloria a Cartagena».
En un notable discurso, leído en la Universidad Central, consigna ya su autor, D. Carlos Cañal, de un modo definitivo, que San Isidoro, hijo de Severiano, natural de la provincia cartaginense, nació en la ciudad de Sevilla, y lo mismo sostiene el P. Bourret en su admirable obra Saint Isidore et l'Ecole de Seville.
De lo expuesto hasta aquí puede deducirse que los autores antiguos han opinado por Cartagena y los modernos por Sevilla, sin duda por hallarse mejor informados, en vista de las razones alegadas.
Mas los sevillanos han llegado hasta fijar el sitio de la casa de nacimiento del santo en el área donde está hoy su iglesia titular, cuya tradición se decía haberla recibido de los muzárabes. Durante la dominación agarena la convirtieron en Mezquita, y después se erigió templo cristiano del cual escribió el jesuita extremeño P. Quintana-Dueñas: «Su insigne parroquial, erigida en el sitio que presumen fue del palacio de sus padres y de su nacimiento, es fundación del Santo Rey D. Fernando.»
Respecto al año del natalicio, ha existido también variedad de opiniones. La generalidad de los autores suele referirlo al año 560 próximamente, como el P. Arévalo y el señor Aguilar, obispo de Segorbe, en su Historia eclesiástica general, pero no faltan algunos otros, respetables también, que proponen la fecha hacia los años 570 como la más ajustada a la cronología. Si este nacimiento hubiera acaecido en el expresado año, se confirmaría una vez más que Sevilla fue la patria de San Isidoro, el cual rigió su archidiócesis durante cuarenta años y falleció en el 636, rodeado de la admiración y el respeto de todos”.
Hasta aquí el erudito texto de Méndez Bejarano defendiendo y argumentando la naturalidad hispalense de San Isidoro.
Isidoro era el menor de cuatro hermanos. Sus dos hermanos, Leandro y Fulgencio también llegaron a ser santos. Su hermana Santa Florentina, fue abadesa de varios conventos.
Su hermano Leandro que era mucho mayor que él, se encargó de su educación porque quedaron huérfanos siendo Isidoro un niño.
San Isidoro se interesó desde joven por la cultura clásica, dominando el latín, el hebreo y el griego.Se formó con lecturas de San Agustín y San Gregorio Magno, realizando estudios eclesiásticos que le llevaron a desempeñar el obispado sevillano en el año 600, sustituyendo en la Sede Hispalense a su hermano Leandro.
“Muerto San Leandro el 601, sucedióle en la silla
episcopal de Sevilla el doctísimo San Isidoro, que es sin duda alguna el más
grande de los pensadores que forman la Escuela Sevillana, y quizá uno de los
mayores sabios que ha visto el mundo, si se tiene en cuenta el atraso científico
de la época en que le tocó figurar. No son exagerados los elogios que le
tributaron sus contemporáneos: antes bien crece su fama conforme pasan los
siglos, porque la crítica descubre nuevos y grandes merecimientos en el santo
prelado de Sevilla.
Si Braulio decía que no había ciencia que le fuese desconocida, si Elipando le llamaba lucero de Occidente, si San Gregorio el Grande exclamaba al concluir de leer una de sus cartas: –¡Ecce alter Daniel, ecce plus quam Salomon hic! En nuestra época el Sr. Eguren dice que «San Isidoro es una hermosísima figura que la historia ha colocado sobre un magnífico pedestal para que sea objeto de la veneración de los hombres hasta el fin de los siglos;» y el señor Bravo y Tudela afirma que reunía en su persona «la elevación de Platón, la conciencia de Aristóteles, la erudición de Orígenes, la severidad de Gerónimo y la santidad de Gregorio.»”[6]
Isidoro llegó a ser uno de los hombres más sabios de su época, aunque al mismo tiempo era un hombre de profunda humildad y caridad. Fue un escritor muy leído. Se le llamó el Maestro de la Edad Media o de la Europa Medieval y primer organizador de la cultura cristiana.
El octavo concilio de Toledo, verificado el año de 652, llamaba a San Isidoro «el sabio de un siglo y el ornamento de la Iglesia».
Su principal preocupación como obispo fue la de lograr una madurez cultural y moral del clero español. Fundó un colegio eclesiástico, prototipo de los futuros seminarios, dedicándose personalmente a la instrucción de los candidatos al sacerdocio. Se interesó especialmente por dotar de unidad eclesiástica y cultural al reino visigodo, continuando la labor de san Leandro. Para ello fundó las escuelas episcopales en Sevilla que más tarde se crearon con buen éxito en Toledo y Zaragoza. También fomentó la creación de escuelas monacales y elaboró el conjunto de normas que regían la vida de los monasterios (Regula Monachorum). Fue el responsable de la reorganización de la Iglesia visigoda y de la elevación cultural del pueblo a través de las escuelas episcopales y monacales. Su sistema educativo era abierto y progresista, propuso un sistema que abarcaba todas las ramas del saber humano.
Como su hermano Leandro, fue el obispo más popular y autorizado de su tiempo.
Continuó la costumbre de su hermano de arreglar las cuestiones de disciplina eclesiástica en los sínodos, cuya organización se debió en gran parte a San Leandro y San Isidoro.
San Isidoro presidió el II Concilio de Sevilla en 619, y el IV Concilio de Toledo, en 633. Muchos de los decretos del Concilio fueron obra suya, especialmente el decreto que ordenaba se estableciese un seminario en todas las diócesis. En el II Concilio hispalense, interesantísimo para la historia religiosa y presidido por Isidoro, se refutó el acefalismo, herejía así denominada por ignorarse quién fuera su jefe, la cual negaba la doble naturaleza atribuida a Cristo por la ortodoxia. Aunque el prelado sirio, sostenedor de la doctrina condenada, abjuró de ella en el mismo Concilio, la idea se fue imperceptiblemente infiltrando para reaparecer dos siglos más tarde.
«Este concilio –dice el P. Flórez– es de mucha erudición en ambos derechos, y en letras divinas y humanas, según demuestran las especies que se ven en su texto; por lo que notó Loaysa que se conocía haber sido formado por varones muy doctos en ambas literaturas. Yo creo –continúa– que todo se debe deferir a la sabiduría del ínclito metropolitano San Isidoro, que estaba presidiendo.»
Otro de los grandes servicios que San Isidoro prestó a la Iglesia española fue el de completar el misal y el breviario mozárabes, que San Leandro había empezado a adaptar de la antigua liturgia española.
Continuará la labor iniciada por San Leandro en la Escuela de Sevilla, siendo uno de los responsables del florecimiento teológico que se produce en España durante el siglo IX.
San Isidoro de Sevilla fue un escritor muy fecundo: entre sus primeras obras está un diccionario de sinónimos, un tratado de astronomía y geografía, un resumen de la historia desde la creación, biografías de hombres ilustres, un libro sobre los valores del Antiguo y del Nuevo Testamento, un código de reglas monacales, varios tratados teológicos y eclesiásticos y la historia de los visigodos. También escribió historia de los vándalos y de los suevos.
Como escritor, San Isidoro es uno de los más destacados de la literatura universal.
Entre sus producciones merece singular mención el
libro de las Etimologías, obra cuya influencia en la filosofía de la Edad
Media está definida con decir que sirvió de texto a Alcuino para formar los
extractos que hacía aprender en la corte de Carlo-Magno, como atinadamente ha
observado el Sr. Arnau en su Reseña histórica de la filosofía en España.
En sus Etimologías u Orígenes intenta recoger , más con celo que con espíritu crítico los principales resultados de la ciencia de la época, como si de una enciclopedia se tratara; "De Natura Rerum" trata de conocimientos básicos de la naturaleza; y en "Historia de Regibus Gothorum" estudia la historia del reino visigodo que es lo más valioso en nuestros días, ya que es la única fuente de información sobre los godos. Las Etimologías son la obra magna, aunque inconclusa, de San Isidoro, destinadas, al menos en una primera versión, al rey Sisebuto.
Al parecer, la división en veinte libros se debe a Braulio, pues San Isidoro la habría dispuesto en capítulos. De carácter enciclopédico, recoge el saber clásico y cristiano para transmitirlo al mundo y que éste se enriquezca con la civilización, pues en la obra se compilan diversos conocimientos -al hilo de múltiples vocablos estudiados-, tanto de técnicas como de datos: gramática, retórica, dialéctica, matemáticas, medicina, derecho, cronología, religión, lenguas y pueblos, origen de algunos nombres, el hombre, los animales, los elementos y la geografía, las ciudades y construcciones, la mineralogía, la agricultura, las guerras, los espectáculos, los juegos, las naves, oficios, edificios, vestimentas, comidas y bebidas, instrumentos, ajuares.
Su influjo fue inmediato, San Isidoro se convirtió en una gran autoridad y las Etimologías en una de las obras más leídas y apreciadas en la Edad Media.
El año de 1580 se publicó en París una edición
completa de sus obras por Mr. Margorin de la Bigne; en 1602 apareció otra nueva
edición, también en París, y en 1618 otra tercera en Colonia por el P. Santiago
de Bruel, religioso de la abadía de Saint-Germain-des-Prés; y por último,
en 1802, D. Faustino de Arévalo publicó en Roma una cuarta edición corregida con
notable esmero.
D. Fernando de Castro, catedrático de historia universal de la Universidad de Madrid, dice acerca de San Isidoro: «Así como hablar de los concilios de Toledo es caracterizar religiosa y políticamente los tiempos visigodos, así hablar del doctor de las Españas es caracterizarlos literariamente. Porque San Isidoro fue en su tiempo el sabio, no sólo de España, sino de Europa, ya que no por su originalidad, al menos por una erudición tan universal y enciclopédica, que puede decirse que sabía todas las ciencias, que hablaba todas las lenguas, que conocía todas las artes y razonaba discretamente según la expresión de la escritura «desde el cedro hasta el hisopo.» Testimonio elocuentísimo de su saber es el libro de las Etimologías donde definiendo, describiendo e historiando, comprende la gramática y la filosofía, la botánica, la medicina y los instrumentos del arte de curar, la teología racional y revelada, la metalúrgica y la indumentaria, y desde el arte militar y la horticultura hasta los espectáculos y juegos gimnásticos y hasta los oficios mecánicos de su tiempo. Todo el saber erudito de la antigüedad se encierra en semejante libro, que vino a ser como la obra de texto de las escuelas de la edad media, dentro y fuera de España.»[7]
Las Etimologías resume las explicaciones que el santo arzobispo daba a sus discípulos. «El sabio obispo español todo lo sabe y todo lo enseña; artes, ciencias, humanidades, gramática, retórica, dialéctica, metafísica, política, aritmética, geometría, astronomía, física y hasta la náutica, la construcción naval, la táctica militar, la arquitectura, la pintura y la música.» (Romey. Historia. de España.)
«La verdad es que el tratado de las Etimologías se considerará siempre como la expresión más acabada de la ciencia, tal cual se ocultó en los siglos bárbaros. Tal es el inicio de ese libro reformado en la Edad Media, que lo adoptó como obra de texto en sus escuelas. El venerable Beda lo imitó, Alcuino lo leía y Raban Mauro tomó de él. Los filólogos del Renacimiento, que tan severos se mostraban con todo lo que no tenia el sello de Roma o de Atenas, acudían con frecuencia a él para fundar sus explicaciones y comentarios. Vossius, Turnebe y Gil Menaje lo citan con elogio, y por más que Saumaise lo califica con severidad, es lo cierto que lo consultaba con provecho» (P. Bourret); y añade Ozanam: «La Edad Media supo apreciar todo el valor de aquel ímprobo trabajo; por eso no cesó de estudiar y reproducir el libro de los Orígenes», (Civilization chrétienne chez les Français, p. 403.)
La obra eminentemente civilizadora del arzobispo de Sevilla esparció la luz por todo el reino visigodo, inclinó a los magnates al cultivo de las letras e inspiró a la fiereza goda el respeto que merecían los hispano-romanos.
Consistió la misión de San Isidoro en salvar todo el saber de una sociedad expirante y transmitirlo a otra nueva sociedad, aún no educada ni instruida. Su enorme sabiduría fue la soldadura de dos edades.
La Escuela de Sevilla, primer faro encendido en Europa para iluminar la mente y los pasos de la humanidad sumida en la barbarie, tuvo carácter enciclopédico, porque todo había que enseñarlo a pueblos que todo lo ignoraban. Tal renombre adquirió en el mundo, que jóvenes de lejanos países acudían a sus aulas y hubo necesidad primero de ampliar el edificio destinado a la enseñanza, y posteriormente de edificar nueva, vasta y suntuosa fábrica donde pudiera albergarse su numerosa clientela discente.
San Isidoro y a la Escuela de Sevilla fueron como un puente entre la Edad Antigua que terminaba y la Edad Media que comenzaba. Su influencia fue muy grande en Europa, especialmente en España. Entre sus discípulos está San Ildefonso de Toledo quien dijo que "la facilidad de palabra era tan admirable en San Isidoro, que las multitudes acudían de todas partes a escucharle y todos quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al oír sus enseñanzas".
Su amor a los pobres era inmenso. En los últimos seis meses de su vida aumentó tanto sus limosnas que los pobres llegaban de todas partes a pedir y recibir ayuda.
Cuando sintió que iba a morir, pidió que le llevasen a la basílica de San Vicente (la entonces catedral) donde hizo penitencia pública vistiendo el cilicio y recibiendo la ceniza y pidiendo perdón públicamente por todas sus faltas, perdonó a sus enemigos y suplicó al pueblo que rogara a Dios por él. Distribuyendo entre los pobres el resto de sus posesiones, volvió a su casa-palacio y murió apaciblemente el 4 de abril ( otros autores datan el 11) del año 636.
La Santa Sede lo declaró Doctor de la Iglesia Universal, en 1722.
Romualdo de Gelo
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FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:
ORLANDIS, J.: Época Visigoda (409-711), tomo IV, Madrid, 1987.
RODRÍGUEZ, J.M. y Lago, J.I.: Hispania Visigoda, en
GRAN ENCICLOPEDIA DE ANDALUCÍA. Granada. 1979. Tomo VII.
BLANCO FREIJEIRO, Antonio: “La ciudad antigua” en Historia de Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 1984, 3ª ed., págs. 175-196.
VARIOS AUTORES: Historia de la Iglesia de Sevilla, dirigida por Carlos Ros, Sevilla, 1992.
[2] La conversión al arrianismo de los pueblos godos tuvo lugar en el reinado de Remismundo, en el siglo IV. Los orígenes de la herejía arriana se remontan al año 320, cuando Arrio, presbítero de Alejandría, da vida a una doctrina que niega la identidad substancial del Padre y del Hijo, al afirmar que éste era criatura del Padre con una naturaleza no idéntica sino semejante a Él. El obispo de Alejandría condena la herejía arriana enérgicamente, tanto más cuanto que su difusión alcanza un gran eco popular, traspasando los límites de una mera y escueta polémica entre los clérigos. Algunos obispos aceptan las doctrinas de Arrio ratificándolas en Concilios regionales; después de muchas controversias y a instancias del emperador Constantino, se celebra el Concilio Ecuménico de Nicea en el año 325. En sus conclusiones se condena explícita y rotundamente el arrianismo y comienza una dura e implacable persecución a sus seguidores. Los godos recogen las tesis arrianas de Ulfila, obispo que va a tener un amplio marco de influencias culturales y religiosas entre el arrianismo hasta el siglo VI, época en que Recaredo acepta, tras una serie prolongada de sucesos, vaivenes y acontecimientos, las direcciones católicas relativas al Hijo.
[7] CASTRO, Fernando de: Caracteres históricos de la Iglesia española, discurso de recepción en la Real Academia de la Historia.