Plaza de San Leandro

Situada en la confluencia de las calles Alhóndiga, Imperial y Francisco Carrión Mejías, se encuentra la Plaza de San Leandro.

Traemos este enclave como objeto de estudio de este capítulo por encontrarse actualmente en esta Plaza de San Leandro la popular Pila del Pato, ya mencionada en nuestros dos anteriores estudios dedicados a la Plaza de San Francisco y la Alameda de Hércules, lugares donde estuvo enclavada.

Fue realizada en 1850 para sustituir a la de Mercurio en la Plaza de San Francisco, donde estuvo ubicada hasta 1881, año en que fue trasladada al paseo de la Alameda de Hércules, donde permaneció hasta la década de los cuarenta del pasado siglo XX. Por estas fechas fue nuevamente trasladada a la por entonces Plaza de San Sebastián, frente a la estación de autobuses del Prado en el lugar que hoy ocupan los Juzgados o Palacio de Justicia, para ser nuevamente trasladada en 1966 al lugar que actualmente ocupa en la Plaza de San Leandro. Esta singladura itinerante por los diversos espacios urbanos de la ciudad ha hecho que un gran sevillano, don Julio Domínguez Arjona, la denomine acertadamente “la fuente viajera”. El “trovador de Sevilla”, Francisco Palacios “El Pali”, la inmortalizó en unas no menos “inmortales” sevillanas: “En la Pila der Pato, mi arma, t’e conocío, y conté los lunares, mi arma, de tu vestío...”

 

Es una fuente de mármol con balaustre de corte neoclásico y mar circular. Sobre amplia taza se dispone otra más pequeña coronada por la figura de un pato, de ahí su nombre, que sirve de surtidor.

Y si es popular y conocida la Pila del Pato, no menos importancia tiene el monumento botánico vivo que cobija a la Plaza: el coloso ejemplar de laurel de indias (Ficus microcarpa) que, a pesar de no estar situado en el centro de la misma, llena en verano con la anchura de su copa y el agradecido frescor de su sombra la totalidad del lugar, componiendo un asimétrico pero equilibrado espacio entre la fuente y su robusto tronco. Con la misma forma que la Plaza, un seto de pitosporo la encinta triangularmente, un alcorque, y naranjos por todo el perímetro, completan los elementos botánicos de la misma desde la reforma de la Plaza en 1966. Este laurel fue tomado como símbolo por las asociaciones de vecinos del barrio.

Tanto la Plaza como su entorno próximo albergaron actividades mercantiles ligadas a la producción agrícola. Así durante el siglo XIII era denominada de la Espartería y durante el XVI se ubicaba en ella el mercado de hierba y paja seca. No olvidemos que en ella desemboca la calle Alhóndiga, cuyo nombre define por sí mismo su principal actividad y su remoto origen.

En el plano de Olavide de 1771 figura en el centro de la Plaza una cruz, símbolo usado para indicar un lugar de enterramientos. En 1853 fue dotada de una fuente de hierro fundido. A finales del siglo XIX la Plaza presenta arbolado en disposición elíptica, los que fueron talados en 1909, a excepción de uno, porque estorbaban el tráfico. En los albores del siglo XX se lleva a cabo la apertura de la calle Francisco Carrión Mejías, que comunica la Plaza con Santa Catalina. Ya por 1950 aparecen segregadas la circulación peatonal y rodada, configurándose el espacio de la Plaza como aparece en nuestros días, tras la reforma realizada en la década de los 60 en que fue pavimentada de adoquín y chinas[1].

Dos emblemáticos edificios limitan la Plaza: el Convento de San Leandro, del que recibe el nombre la propia Plaza, y la Casa situada en el nº 8 de la msima.

La Plaza de San Leandro, denominada así, al menos desde finales del siglo XVI, por el convento de monjas agustinas que se trasladaron en 1369 al edificio que todavía hoy ocupan en uno de los laterales de la misma.

La fundación del convento según Ortiz de Zúñiga alcanza “casi el tiempo de San Fernando”. Para el historiador Morgado el convento de San Leandro de la orden de agustinas ermitañas se funda en 1295. Su primer emplazamiento estuvo en el sitio conocido como "Degolladero de los Cristianos", a extramuros de la ciudad, junto a la Puerta de Córdoba, en lo que es la actual ronda de Capuchinos, hasta que en 10 de junio de 1310 obtuvo la comunidad licencia para trasladarse a unas casas de la parroquia de San Marcos, donde permanecieron hasta 1369 en que se trasladan a unas casas principales en la collación de San Ildefonso, según Zúñiga[2].

El convento, regido por monjas agustinas, durante muchos años recibió privilegios y abundantes donaciones, como casas y fincas rústicas.

Según Montoto, en su obra Esquinas y Conventos, los primeros documentos de la fundación datan de 1309 y que en 1377 bendice el nuevo convento el Chantre de la Metropolitana Bartolomé Rodríguez por mandato del Arzobispo don Fernando de Albornoz. En las últimas décadas del siglo XVI sufre una total renovación y se concluyó la construcción de la actual iglesia. Esta iglesia sufrió grandes transformaciones en el XVII y durante el siglo XVIII se realizan otras que afectaron más a las dependencias de carácter doméstico del convento. Según Matute “Concluida la costosa obra que necesitaba la iglesia del convento de San Leandro, de monjas agustinas, se celebró su estreno, con solemnísima función, la tarde del 14 de junio de 1752[3]. A consecuencia de estas obras, se sustituyó su retablo mayor por el actual.

El templo es obra de Juan de Oviedo y presenta forma rectangular con una sola nave cubierta con bóveda de cañón con lunetos. Las portadas son de estilo clasicista con sobrias pilastras. Coro alto y bajo a los pies, este último, con bóveda de cañón decorada con yeserías del siglo XVI.

Posee en su interior dos retablos de gran interés, el de "San Juan Bautista (1621)" y "San Juan Evangelista (1632), ambos obra de Martínez Montañés presididos por un relieve de la figura principal en su hornacina.

Mención a las figuras de "Santiago el Mayor", "Santiago el Menor" y un relieve con el "Martirio de San Juan Evangelista", todas obras de Francisco de Ocampo, así como un pequeño retablo barroco dedicado a "Santa Rita", obra del segundo cuarto del XVIII.

El acceso al templo se realiza a través de un cancel de 1729.

El convento es muy espacioso y pintoresco por las irregulares construcciones de que consta, por sus patios y casitas primorosamente adornadas de macetas y variadas plantas.

Famosas las monjas por la acertada elaboración de dulces, son conocidas en Sevilla por sus deliciosas "Yemas de San Leandro", que deleitan el paladar de sevillanos y foráneos.

El 29 de Agosto de 1995 fue declarado el convento por La Junta de Andalucía, Bien de Interés Cultural, con la categoría de Monumento.

 

En el número 8 de la Plaza, esquina a la calle Imperial, se encuentra la Casa Ibarra.“Es una estupenda muestra de mansión sevillana, de finales del XVII, con retoques posteriores. Exteriormente exhibe una fachada de dos plantas con paramentos de color almagra avitolados sin compartimentaciones, ni articulación alguna, y un amplio mirador con arcos de medio punto sobre pilares, adornados exteriormente con pilastras. La portada principal es de piedra enmarcada por medias columnas toscanas de fustes acanalados que sostienen un friso de triglifos y metopas. Sobre ella un balcón con antepecho de balaustres de forja, protegido por un gran guardapolvo de pizarra sostenido por cuatro cartabones. A la entrada presenta un apeadero con un balcón abalaustrado de hierro forjado. Su interior se desarrolla alrededor de un patio, con galerías de arcos sobre columnas en tres de sus frentes, al que se accede a través de un amplio zaguán, cubierto de techumbre de madera. La escalera, en un ángulo de patio, se cubre por bóveda ovalada revestida de yeserías planas. Son interesantes los portajes y los artesonados. Recientemente ha sido restaurada”[4].

Un edificio singular que presidió la Plaza fue el Hospital de San Hermenegildo, más conocido en Sevilla como Hospital del Cardenal y llamado vulgarmente “de los heridos”, que luego fue Asilo Provincial y finalmente Hospicio desde 1846 hasta su derribo en 1950.

Este Hospital fue fundado por el Cardenal Cervantes en 1455. Nacido en Lora (Sevilla), el Cardenal Cervantes, tras obtener el arcedianato de la catedral de Sevilla, fue elevado por Martín V al capelo cardenalicio en 1426 con el título de San Pedro ad Víncula, siendo nombrado después obispo de Ostia, Ávila, Segovia (1442), y en 1449, vacante la sede hispalense, arzobispo de Sevilla.

El Hospital, nacido con las características propias de los establecimientos asistenciales que tanto proliferaron durante la Baja Edad Media, su hospitalidad evolucionó durante la centuria del Quinientos superando la crisis que supuso el paso de nosocomio medieval al moderno. Sin abandonar del todo sus raíces bajomedievales, se convirtió entonces en el hospital más importante de la ciudad, para pasar luego a ser, a comienzos del siglo  XVII, un gran centro de atención quirúrgica que llenó un importante hueco en el sistema hospitalario sevillano, privado de dicha prestación a consecuencia de la reunificación llevada a cabo a partir de 1587, de la que fue exceptuado este hospital.

Un factor que indudablemente contribuyó también a encauzar su actividad terapéutica en esta dirección quirúrgica, fue la labor desarrollada como cirujano mayor del hospital por Bartolomé Hidalgo de Agüero, figura destacada de la cirugía española del Renacimiento, durante el último tercio del siglo XVI. Hidalgo de Agüero alcanzó renombrada fama en Sevilla por los asombrosos resultados obtenidos en sus curaciones. Como fruto de su dilatada experiencia en el Hospital del Cardenal, estableció una nueva vía para la curación de la heridas.

La profunda decadencia general sufrida a lo largo del siglo XVII, experimentada también demográficamente en Sevilla de un modo drástico a consecuencia de la peste de 1649, y el cambio de mentalidad social que llevó aparejada, tuvieron como consecuencia la disminución de la hospitalidad del centro. A consecuencia de esta crisis, decayó igualmente el nivel de atención sanitaria que había mantenido hasta entonces el hospital, sobretodo en las últimas décadas del Seiscientos.

Para la atención farmacéutica el hospital contaba con una botica  propia, al frente de la cual estaba un boticario. Por lo general, no fueron éstos figuras destacadas en su profesión, lo cual no es de extrañar dado que, como en otras ciudades, la actividad farmacéutica sevillana se centraba en las boticas privadas.

Por tratarse de un hospital para heridos, la medicación más empleada fue la de carácter vulnerario. También en el terreno terapéutico, la aportación realizada por Hidalgo de Agüero se revela llena de originalidad y dinamismo por la inusitada confianza que su sistema curativo, reacio en general al intervencionismo, concede a la acción de los fármacos. Aunque se constata que el siglo XVII persistió en el establecimiento hospitalario la terapéutica renacentista, a medida que transcurre el tiempo se nota el paulatino abandono de los complejos remedios de origen medieval y la creciente afirmación de las nuevas tendencias terapéuticas representadas por Paracelso y el empleo de las drogas americanas, cuya eficacia tanto encomió el médico sevillano Nicolás de Monardes. Durante la centuria decimoséptima se pone de manifiesto el mejor nivel de preparación científica y profesional de los que se ocuparon de la botica hospitalaria, mucho de los cuales pertenecieron a la Regia Sociedad de Medicina. Las corrientes innovadoras de la terapéutica europea quedan reflejadas en el Formulario que adopta el Hospital, impreso en 1763, por sugerencia de su cirujano mayor Carlos Serra y Rossel[5].

El retablo que presidía la iglesia del Hospital del Cardenal, fue el último trabajo que realizó en Sevilla Alonso Vázquez antes de viajar a Méjico en la comitiva del Marqués de Montesclaros. Debido a esta circunstancia, el pintor no pudo concluir a tiempo todo lo estipulado en el contrato y el administrador del Hospital, don Bernardino de Escalante, tuvo que contratar a Juan de Uceda Castroverde para que terminase "todo lo que dejó de pintar de pinçel al óleo Alonso Vázquez".

De este retablo quedan restos dispersos en distintos lugares de nuestra ciudad. El ático del actual retablo que se halla en la recientemente restaurada iglesia de San Román perteneció al antiguo retablo del Hospital de San Hermenegildo o del Cardenal, en el que aparecen tres pinturas sobre tabla (tabla central, la trinidad y las dos laterales de cuarto de punto, las virtudes fortaleza y templanza), realizadas por Alonso Vázquez en 1603. El cuadro que decoraba la parte central del retablo, no es otro que el Tránsito de San Hermenegildo, (1603-1604), de Alonso Vázquez y Juan de Uceda, óleo sobre lienzo de 4,92 x 3,40 m que se conserva en el Museo de Bellas Artes de nuestra ciudad.

La Plaza de San Leandro es un popular rincón de la Sevilla íntima y recoleta que, desgraciadamente, reúne a veces grupos incívicos que antes que disfrutar de la paz que el entorno de la Plaza evoca se dedican a realizar algunos actos vandálicos que atentan contra el patrimonio del lugar. Sirva esta página para un mejor conocimiento de nuestra historia y valorar y salvaguardar así, aún más si cabe, el patrimonio común de todos los sevillanos.

 

Romualdo de Gelo


 

[1] Cfr. ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2003, pág. 110; VIOQUE CUBERO y otros: Apuntes sobre el origen y evolución morfológica de las plazas del casco histórico de Sevilla. Sevilla. 1987. pág.140.

[2] GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla monumental y artística. Ed. Facsímil realizada por Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 2ª ed. Sevilla, 1984, tomo III, págs. 261-262.

[3] MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla. Lib. XX. Sevilla, 1997. Ediciones Guadalquivir, 2ª ed. Tomo II, págs. 105-106, apartado 4.

[4] CARDOSO BUENO, Diego A.: Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo. Sevilla, 2006. pág. 291.

[5] Comunicación : La Farmacia en las instituciones hospitalarias asistenciales hispalenses durante los siglos XVI al XIX” de Esteban Moreno-Toral, Mª Teresa López-Díaz, Consolación Martínez-García, Antonio Ramos-Carrillo, en Acta-Congressus Historiae Pharmaciae 2001.