LA ALAMEDA DE HÉRCULES

 

La Alameda de Hércules es un importante paseo de Sevilla, flanqueado por un lado por el río Guadalquivir, otro de sus lados da al barrio de la Macarena y siguiendo algunas de sus calles puede acabar entrando en el centro de la ciudad,

En uno de sus laterales, en una calle recóndita se encuentra la que fue vivienda durante una temporada del escritor romántico Gustavo Adolfo Bécquer.

En su enclave se encuentra la Casa de las Sirenas, edificio utilizado para efectuar exposiciones y otras muestras similares.

La Alameda de Hércules fue el paseo más importante de la Sevilla Renacentista y Barroca. Sin duda alguna la creación de la Alameda de Hércules en 1574 fue la actuación urbanística más importante de las realizadas en Sevilla durante el siglo XVI. Ubicada en lo que en tiempos se llamó la Laguna de la Peste y Laguna de la Feria, este espacio era un terreno pantanoso y maloliente, cubierto de aguas durante la temporada de lluvias y frecuentes crecidas del río Guadalquivir y foco de enfermedades en las épocas de calor, por las inmundicias allí acumuladas, yendo allí a parar las aguas fecales.

A raíz de las inundaciones de 1383, el Cabildo sevillano realiza obras de contención consistentes en el relleno de la zona que existía entre el río y la muralla por la zona de la Barqueta. En 1513 se realizan obras para impedir que las aguas del río penetren por el subsuelo en la Alameda y para evacuar los vertidos de lluvia. Cuando en 1523 se refuerza la muralla, se instalan husillos en la laguna para recoger el agua y se plantan árboles para contener las tierras del nuevo muro de defensa del río.

Era la Laguna en el último tercio del siglo XVI una gran zona yerma y solitaria, hecha pantanales en los inviernos y por el verano espesado y lleno de grandes hierbazales y malvas.

Para evitar tan lamentable situación el asistente de la ciudad, D. Francisco de Zapata y Cisneros, Conde de Barajas y Asistente de la Ciudad, en el año 1574, decidió sanear el sector, para lo cual desecó la laguna, alinear las casas y la convirtió en un paseo que pobló con árboles y fuentes[1].

Según Morgado, citado por Montoto[2], “por ambos lados de la Laguna, a todo lo largo, se abrieron sendos canales de dos varas de ancho y medio estado de hondo, donde se recogían las aguas que se llevaban por el husillo al vecino Guadalquivir, cruzados por puentecillos para comodidad de los transeúntes, festoneados los canales por doble hilera de árboles. Partía del centro del paseo otro canal como los anteriores, de paredes de cal y ladrillos, que recogía las aguas de tres abundantes fuentes, levantadas en esta calle mayor. Las fuentes, cuyas aguas provenían de la llamada del Arzobispo, fueron obras notables en su género, y es lástima que no se conserven. Los historiadores antiguos dicen muy poco de ellas, pues ni dan el nombre de los escultores que las fabricaron. De dos de las tres que hubo, he visto no pocas noticias en los libros de Propios del Ayuntamiento. Una lucía como remate la estatua de Baco, obra de Diego de Pesquera, y otra estaba coronada por un grupo de Neptuno con las ninfas, hecho por Bautista Vázquez. Estas fuentes regaban mil setecientos árboles, que, según el referido historiador, en poco tiempo se levantaron a mucho vicio y altura, tan coposos y entretejidos en sus ramos, que ya por lo alto no se diferencian los unos de los otros, y hacen muy hermosa vista y compás y nivel con que van plantados, sin que se interponga cosa por sus troncos que ofenda ni impida la vista”.

Se adornó con dos esbeltas columnas, procedentes del Templo Romano de la Calle Mármoles, sobre las que se situaron esculturas de Hércules (mítico Fundador de Sevilla) y Julio César (Restaurador de Hispalis y sus murallas), obras de Diego de Pesquera en 1578. Según A. J. Morales, “los trabajos (del traslado) fueron dirigidos por el maestro fundidor Bartolomé Morel. Para asentarlas se construyeron dos grandes pedestales de piedra de Morón, coronándose con sendos capiteles procedentes de una de las casas de la calle Abades”. El trazado de la plaza fue obra de Asensio de Maeda. Fue entonces cuando recibe la denominación de Alameda de Hércules, que no de los Hércules. Montoto, en su obra Las calles de Sevilla, da distintos nombres a este amplio espacio según los diversos sectores del mismo.

Entre la abundancia y variedad de flora allí plantada habría que destacar alisos, álamos blancos y negros, naranjos, cipreses y árboles del paraíso.

A este nuevo emplazamiento se trasladará en 1585 el convento de la Encarnación vieja de los Carmelitas, tomando el nombre de Nuestra Señora de Belén.

En 1595 fueron plantados doscientos cincuenta pies de árboles en reposición de marras, doscientos treinta y cuatro en 1661, y ciento treinta y seis en 1691; los árboles eran regados con agua del río[3].

En 1672, Touvin en su obra El Viaje por España y Portugal, decía de ella: “De todas estas plazas, la Alameda es la más considerable, que es un paseo de muy largas avenidas bordeadas con árboles... por las noches da gusto ver las carrozas y personas de calidad pasearse al fresco de estas hermosas fuentes, cuyas aguas son las mejores de beber en la ciudad”

El poeta hispalense Cristóbal de Monroy escribió una comedia titulada La Alameda de Sevilla, donde describe este encantador lugar:

"Aquí la Aurora se esconde

aquí siempre el alba,

aquí gozosas habitan

Napeas, Driadas y Nayas.

Aquí el céfiro deleite,

aquí pajarillos cantan,

a cuyos sonoros quiebros

beben suavidad las almas.

Aquí carrozas y coches,

siéndolo de auroras tantas,

con dilatado paseo,

con espaciosa arrogancia,

torpes bajeles navegan

esta selva de Tesalia.

Aquí andaluces caballos,

que al Betis pacieron malvas

con alboroto festivo

rayos corren, vientos paran"

Al principio compartió con el Arenal famoso la predilección del pueblo. En una comedia de Lope de Vega, en El Amante agradecido, para aliviar la melancolía de su señor, le dice su criado:

“Y con la carroza sal

con pajes que crujan seda,

una tarde a la Alameda,

y otra tarde al Arenal”.

Al tradicional paseo del Arenal, sustituyó en la preferencia del público a partir de 1731 el de la Alameda, antes inhóspito y maloliente, pero agradable y acogedor desde que, con ocasión de la corte en Sevilla, se ordenó mantener limpios los canales que lo circundaban, se instalaron bancos y nuevos árboles.

En 1774-75 fue el Asistente Larumbe quien dio nuevo brío a la Alameda al colocar tres nuevas fuentes más, con cuatro caños cada una, arbolado y nuevos bancos. Igualmente hizo colocar en el extremo norte otras dos columnas rematadas por leones con los escudos de España y Sevilla. En 1765 concluyen estas obras que dotan a la Alameda de un mayor carácter de plaza urbana, de modo que a partir de 1785 es considerada por la Inquisición como un enclave suficientemente digno como para servir de escenario a numerosos autos de fe. En 1792 se realiza la iluminación de este espacio mediante cuarenta faroles[4].

En 1825, bajo la asistencia de Arjona, “se plantó una tercera calle o paseo de árboles frente al excolegio de las Becas; se compusieron los antiguos arrecifes, aumentándose los asientos de piedra y se limpiaron las fuentes”[5].

En la época romántica, la Alameda fue punto de reunión de la muchedumbre, que se lanzaba por las calles haciendo público alarde de sus opiniones políticas. Pero, a pesar de todo, la Alameda, por esta época había perdido su peculiar grandeza. Poco a poco la Alameda fue perdiendo sus características. Desapareció su hermoso arbolado y se destruyeron las seis fuentes. A los comienzos del estío se rejuvenecía y adornaba sus vejeces con ocasión de la velá de San Juan y San Pedro. Entonces recordaba su pretérito esplendor, con el concurso de la mujer sevillana:

"Por San Juan y San Pedro

quien hay que pueda

pasearse tranquilo

por la Alameda,

si los finos puñales

de tus miradas

cosen los corazones

a puñaladas"

El Duque de Rivas, en un precioso artículo publicado en La Lira Andaluza, con una ilustración de José Bécquer, padre del poeta Gustavo Adolfo, pinta el costumbrismo a las mil maravillas de cómo fue la Alameda en sus tiempos de esplendor. Por su belleza descriptiva, sus intrínsecas connotaciones y sus bellísimas pinceladas costumbristas, no me resisto a transcribir el texto completo del artículo. Disfrutémoslo:

Los Hércules

Dentro de los muros de Sevilla, y en medio de uno de sus barrios, tres anchas, largas y paralelas calles de árboles gigantescos y antiguos, delante de los cuales corre por un lado y otro un asiento de piedra, forman el antiguo, magnífico y casi olvidado paseo que se llama la Alameda Vieja. Seis fuentes de mármol, pequeñas, pero de gracioso y sencillo gusto, brindan en ella con el agua más deliciosa de la ciudad, y le sirve de entrada un monumento de la antigua Hispalis y de la romana dominación. Fórmanlo dos gigantescas columnas antiquísimas, llamadas vulgarmente los Hércules, compuestas de dos cañas o afustes, de un solo pedazo de granito cada una, que, estribando en bases áticas, también antiguas, sobre pedestales modernos de muy buena proporción, se ven coronados con sendos capiteles de mármol blanco, mutilados por el curso de los siglos, de orden corintio, y de gran mérito, sobre los que se alzan: en uno, la estatua de Hércules; en otro, la de Julio César. La altura y gallardía de estas columnas, a quien el tiempo ha robado parte de su robustez, descarnando con desigualdad su superficie y dándoles más delgadez y esbelteza; la majestad con que descuellan sobre el gigantesco arbolado y sobre los edificios de la redonda; la gracia y novedad con que dibujan su parte inferior sobre masas de verdura y ramaje, y la superior, sobre el azul puro del cielo de Andalucía; lo vago de sus contornos, y el color indeciso y misterioso de la edad, les da una apariencia fantástica e indefinible, que causa sensación profunda en los ojos y en el corazón de quien las mira y contempla. Por cierto, no tienen tal virtud las dos hermanas raquíticas que quiso darles el siglo pasado en las ridículas columnillas, de ocho pedazos cada una, que en la parte opuesta de la Alameda, como si dijéramos a su salida, se colocaron. ¡Qué diferencia!... Aquéllas son las canillas de un Titán; éstas, un juguetillo de alcorza.

No entraremos, por no ser nuestro propósito, a disertar sobre si estos colosos fueron parte del peristilo del templo de Hércules u ornato del templo de Diana, sobre cómo y por quién fueron hallados, ni sobre si son de mármol del país o de mármol de lejanas regiones. Sólo diremos que estuvieron muchos años tendidos y casi soterrados en la calle que la miseria y pequeñez de los hombres. Lo que yo siento es que son tan reservados y tan cazurros, que no quieren decir esta boca es mía, ni contar nada de cuanto han visto; que si decirlo quisiesen, nos darían materia divertida para un artículo de gusto. Ya que callan como muertos (y ojalá imitara su silencio la turba de monigotes que con sus charlas nos tienen tal por el cabo), diremos nosotros cuatro llenas y cuatro vacías, a fuer de articulistas, y Dios nos coja confesados.

La Alameda Vieja fue niña, y luego, joven, y temiendo, sin duda, el señor asistente conde de Barajas, que la engendró, y crió con tanto esmero y cariño, que la muchacha se desmandase sí campaba por su respeto, le puso de tutores y curadores, y a guisa de dueñas respetables, a los señores Hércules, para que con su experiencia la dirigiesen, vigilando y regulando su comportamiento. Los sinsabores y malas noches que habrán pasado los prudentes monolitos: con esta incumbencia puede figurárselos el lector que tenga o haya tenido a su cargo una pupila, o la lectora que esté o haya estado a cargo de un tutor, y, cuantos educan y han educado a muchachas, y cuantas muchachas son: y han sido educadas. La Alameda cuando apenas se alzaba del suelo y era niña, parece que estuvo sumisa a sus guardianes y que oyó sin chistar sus buenos consejos; pero en cuanto se empinó y se vio lozana y joven, y festejada y concurrida, perdió la chaveta, como era natural, y lo mismo se curaba ya del buen ejemplo y sanos consejos de los Hércules que de las nubes de antaño. Y, aunque tan moza, diz que dicen que manifestó muy desde luego gran inclinación, muy ajena de su edad y de su mérito, a la tercería. Y que por más que sus señores directos se lo afearon y con muy sentidas y cristianas razones se lo reprendieron, no lograron apartar a su pupila de tan baja inclinación, que, a decir verdad, aún hoy día conserva.

Muy linda y elegante debía de estar cuando toda la nobleza sevillana concurría a ella, y sólo a ella, porque no había otro paseo ni punto de reunión, siendo, por tanto, el terreno de la belleza y del lujo y el teatro del trato ameno y de los conciertos amorosos. La Alameda entonces sería cual una especie de jardín de encantamiento con tanto brial de brocado, con tanto manto de tafetán de Florencia, con tanto encaje de Flandes, con tantas plumas y sombrerillos, con tantas ropillas de varios y risueños terciopelos o de espléndidos y brillantes rasos, con tantas calzas de diferentes colores, con tantas capas bordadas, tantos hábitos, tantas cadenas, tantas tocas y sombreros con cintillos, toquillas y penachos; tantos extranjeros, soldados, frailes, estudiantes; con tanta dama, tanta tapada, tanto valentón, tanto donaire, tanto ceceo, tanto amorío, tantos celos, tanto chasco y tanta trapería. ¡De cuánto lance y compromiso habrá sido escena! ¡Qué espacioso campo hallaría entonces su mencionada inclinación! ¡Cuánto habrá hecho rabiar a madres y a tías, a maridos y añejos amantes! La gota tan gorda les habrá hecho sudar a los señores Hércules. Allí, sin duda, en la tal Alameda, ahora vieja y entonces muchacha, se encontraron más de cuatro veces las dulces y tiernas miradas del divino Herrera y de la hermosa condesa de Gelves, y acaso al anochecer le deslizó entre los pliegues del manto algún dulcísimo soneto de los que en nuestros días ha publicado don Tomás Sánchez. Y tal vez ella, en cambio, le metió en el guante el número y señas de la casa de cierta beata costurera adonde tenía que ir a la mañana siguiente. Allí, entre aquellos árboles, que ahora, como viejos, parecen tan regañones y tienen cara de pocos amigos, pero que lozanos y galancetes entonces estaban, habrá suspirado mil veces tras alguna gallarda tapada don Juan de Jáuregui, y estudiaría lances y chistes para sus comedias y haría sus observaciones Juan de la Cueva. Y Rioja, arqueando las cejas, habrá contemplado las romanas columnas. Y leído sus versos jocosos a sus amigos Baltasar de Alcázar. Y Murillo mil veces, al oír tocar a oraciones en el campanario de San Lorenzo, se pararía, se quitaría el chapeo y rezaría las avemarías muy devotamente; y puede que en uno de aquellos momentos se le ocurriese la Virgen de la Faja, o la Concepción de Capuchinos. Y ¿si sería en la Alameda Vieja, y al pie de los Hércules, donde topó Cervantes

un valentón de espátula y gregüesco?

Luego, la Alameda, ya no niña, ni joven, sino, como si dijéramos, jamona, siguió ejercitando sus malas mañas; y ya, a lo que es de colegir, sin dársele de ello a los tutores un ardite, o bien porque estaba emancipada, como mayor de edad, o porque, cuando un mal no tiene remedio, fuerza es el resignarse. Siguió, pues, como decía, sirviendo de tercera y concertadora, aunque con gentes de otra catadura y atavío de los que dejamos indicados, porque los tiempos eran otros. Así que, en lugar de galanes de ropilla y zanguilón, y de damas de brial y tocas, se ve frecuentada y concurrida por señores de casaca, peluca, chupa, vuelos de encaje, sombrero tricorne y espadín, y por petimetras de tontillo o caderilla, bufanda, polonesa, escofieta, tacones y demás galas propias de Versalles, y que en mal hora nos trajo el duque de Anjou con sus gabachos y gabachadas. En esta segunda época de las glorias de la Alameda no vio en su recinto ni Herreras ni Murillos; pero oiría algunos requiebros y citas en chapurrado, de que se reirían, sin duda alguna, algunos majos chapados a la antigua.

Voló el inexorable tiempo, empezó la señora Alameda a tenerse que sostener a fuerza de arte, de mudas y de los recursos que da la experiencia y el uso del mundo, aprovechando, sobre todo, la incalculable ventaja de ser sola y de no estar sujeta a comparaciones cuando en la margen del Guadalquivir, ya de largo tiempo escombrada de mercaderes y de mercaderías, apareció, entre la Puerta de Triana y la Torre del Oro, otra Alamedita, que, aunque nació enfermiza, empezó a hacer gracia cuando niña y a llamar la atención cuando joven, hasta que desbancó, ¡cosa natural!, a la Alameda ya madura y provecta, y le echó a cuestas, ¡ánimas benditas!, nada menos que el dictado de «vieja», con que la desplomó. Por cierto que ya lo ha pagado la tal niña con las setenas, pues quien a hierro mata, a hierro muere. Y los flamantes paseos de Cristina y de las Delicias han completamente vengado a la fundación de Felipe II, a la pupila de los Hércules, a la confidenta de los Herreras y de los Murillos, a la Alameda... (fuerza es decirlo, perdónemelo, que aún me confieso su adorador) Vieja.

Quedáronle, sin embargo, como a las señoras mujeres que fueron lindas y amables, algunos amigos y fieles apasionados, pero... antiguos y fieles: todo está dicho. El que esto escribe, que, aunque ya talludito, no es ningún Matusalén, aún conoció a la Alameda Vieja con una corte y concurrencia propia suya, de una fisonomía, la verdad, algo rancia y vetusta; pero de que era tan señora como el rey de sus alcabalas. Nunca le faltaba, pues, cierta concurrencia, no muy bulliciosa, pero cual convenía a su edad y a sus quebrantos. Los domingos y festividades rodaban aún por sus calles laterales seis o diez birlochos, con dos o cuatro bestias (se entiende tirando de ellos) engalanadas con quitapones y cascabeles, que aún no se usaban en Sevilla carretelas ni tílburis. Y no faltaban cuatro o seis caballistas que, gallardeándose en los jerezanos, o, por mejor decir, moriscos albardones, y haciendo bailar en aquel terreno a primorosas jacas cartujanas y cordobesas, derribadas sobre las piernas, robaban la atención del sexo devoto y entusiasmaban a los aficionados, que no podían menos de exclamar: «¡Ah hombre bueno!». Entonces aún no había caballos dupones, ni galápagos o sillas hechas en Piccadilly, ni la escuela de los jockeys había sustituido a la de la jineta y a la del conde de Grajal; pero había, sin duda, más gallardos y firmes jinetes y más diestros y hermosos caballos. Pero al grano, y no nos encumbremos, que toda afectación es mala, como dijo oportunamente Don Quijote; sigamos lisa y llanamente nuestro cuento, sin andarnos en comparaciones, que toda comparación es odiosa. Veíanse, iba diciendo, en la Alameda, en aquel entonces, varias familias de los barrios circunvecinos, y majos con su capote jerezano o su capa de seda encarnada, según lo requería la estación, fumando, hablando de toros y requebrando con gracia a las buenas mozas que pasaban a su vera. Y concurrían frailes (etiam periere ruinae) y señores canónigos, que aún los había de veras, y el señor asistente, acompañado de algunos machuchos personajes, y varios oficiales de la guarnición, porque entonces no se conocía la milicia nacional; estudiantes con sus hopalandas, por supuesto, y mozalbetes vivarachos, que sacaban raja de visitar y obsequiar a la vieja, pues, como se dice vulgarmente, «por la peana se besa el santo»; y gallardas muchachas que, aunque rodeadas de sus respetables y vigilantes familias, llevaban los ojos, algunos harto hermosos y expresivos, para hacer de ellos el uso más conveniente. Por tanto, la primera inclinación arriba dicha de la señora Alameda no dejó de encontrar oportuno ejercicio en el ya poco numeroso y, generalmente hablando, formal concurso que la frecuentaba.

Ahora, en estos días venturosos y tranquilos en que vivimos tan rápidamente, como hemos progresado tanto todos, ha también progresado la vieja, y está ya decrépita a tal punto, que se la puede contar con los muertos. Sin que para la sin ventura haya aprovechado la regeneración feliz que ha habido para España toda, de la que no se puede negar que la tal Alameda de los Hércules es parte integrante y componente, aunque mínima.

Pero ¡cómo ha de ser!... Ya no hay majos, que todos son elegantes; ya no hay tapadas, porque ahora se juega a cara descubierta; ya no hay jinetes, porque hay requisición; ya nadie habla de toros, porque se habla de las Cortes; ya no hay asistente, sino jefe político; frailes, volavérunt; canónigos, ¡están muy apura dos!; guarnición, Dios la dé; birlochos, por ahí andan a sombra de tejado en las cocheras de Pineda, sin osar hombrearse con los charabanes, stanops y tílburis...

Conque ¿de qué se puede quejar la Alameda, si han ido afufándose del mundo, y qué bien han hecho, sus naturales concurrentes? Nadie vuelve ya a ella los ojos, ni en las tardes de verano, en que tanta comodidad ofrece, por verse, a lo menos, libre de la nube de polvo calizo que oscurece y ahoga los paseos de extramuros. Nadie la pisa de noche, porque todos prefieren, ¡lo que es la perra de la moda!, la estrechez, vapor y encajonado ambiente de esa mocosa coquetuela y presumidilla que llaman plaza del Duque, y que allí, muy cerquita, se ha puesto con tan poco miramiento y tan poco temor de Dios a insultar a la decrépita en su agonía, a encanecer el cadáver en la tumba... Pero, a pesar de tantos desastres, fuerza es decirlo, la decrépita, la moribunda aún no se ha enmendado de aquella mala maña... El diablo sea sordo.

Y para que no te figures la pintura que te hago del actual estado de mi predilecta Alameda, una declamación de las que ahora se usan, y porque tampoco me creas bajo mi palabra, aunque honrada, tómate la molestia, ¡oh lector benévolo!, de irte una mañanica, así como quien se va al cementerio a rezar por los difuntos, a hacerle una visita de mi parte. Y es seguro que se te partirá el corazón al verla tan desierta y abandonada. Pues sólo toparás con algún grupo de reclutas jugando al cané al pie y sombra de alguno de los álamos seculares, diez o veinte ciudadanos, cubiertos de andrajos, tendidos aquí y allí, ocupados en dormir a pierna suelta. Otros tantos desperdigados acá y acullá, buscando y reconociendo los mordedores habitantes de sus camisas y fajas; un par de docenas de pilluelos ya espigadetes, que ejercitan la ligereza de los pies y la sutileza de las manos, que juegan al toro y que repiten, en voz altisonante y argentina, las palabras más cultas, honestas y limpias de nuestro abundante idioma. Si con la pena de tal espectáculo no se te indigesta la comida (de lo que te daré el parabién, pues será muestra evidente de que tienes qué comer, cosa harto rara en estos tiempos en que hay crédito público y cátedras de economía política), vuélvete a ver a la desventurada por la tarde. Y, aunque sea una de las más calurosas del verano, en que sólo allí se respira, te apuesto un certificado que tengo de deuda sin interés contra una carta de hermandad de la Orden Tercera, o contra una patente de la cruz chica de Isabel la Católica, que no te faltará, a que no la encuentras mucha más decentemente acompañada. Hallarás, sí, con el barquillero sempiterno, que de tiempo inmemorial fabrica y vende sus suplicaciones al pie de los dos monolitos venerandos, y el cual no parece sino que los copia en miniatura, o que en su frágil artefacto y mercadería está haciendo un continuo antítesis con el tamaño, solidez y eternidad de aquéllos. Y verás en segundo término y a un lado la buñolera, que de lejos y entre el humo parece una hechicera que hace sus mejunjes, y si tiene al lado el gitano, que ya se verificó la evocación. Entrando por las calles adentro toparás con cuatro o seis vejetes, apariciones, reminiscencias de otro siglo, y al oírles gritar con voz aguda «ya voy», creerás más bien que son difuntos que obedecen al llamamiento de la trompeta final que aguadores que te brindan con un vaso de agua. Y quiero que sepas que si otros aguadores jóvenes y del progreso, por supuesto, te dicen allí «agua fresca, agua», faltan a la ley, lo que no extrañarás, pues infringen una orden del Ayuntamiento dada allá en tiempos de entonces, pero vigente, en que se prohíbe (no sé por qué) vender agua en la Alameda. En las fuentes verás gallegos y asistentes que disputan la vez a las pobres viejas y chiquillas del barrio, rompiéndoles, ¡qué poca galantería!, sus desbocados cántaros y verdinosas alcarrazas con sus ferradas cubas. Y a una y a otra mano tiende la vista, y te la llenarán varios pequeños grupos y raros esparcidos personajes, todos malparados, cabizbajos, como gente del otro mundo. Ya dos tenientes y un capitán de la guerra de la Independencia, con los pechos atravesados de cintas de varios colores, entre las que campea la de San Hermenegildo, maldicen aquí, en coro, al intendente, porque no tiene medio alguno de abonarles su mezquina paga y bien ganado retiro. Cuatro o cinco cesantes, que los conocerás a tiro de cañón, maldicen allí también en coro al intendente, porque no tiene medio alguno de socorrerlos. Unos cuatro exclaustrados, acullá, con levita prestada, o con manteo que les sienta tan bien como a un inglés la capa, parece que rezan vísperas en coro, y maldicen al intendente porque no tienen medio alguno de matarles el hambre, cosa tan ajena de la profesión que abrazaron. Acá, una viuda, con dos o tres chicos escuálidos y desarrapados, mira al cielo y maldice al intendente, porque no tiene medio alguno de remediarla. Allí, un paralítico vejete se pasea lentamente apoyado en el hombro de su nieto; acullá, una vieja hidrópica hace penosamente ejercicio. Y por todas partes, pobres y pobres clamorean y piden a personas aún más necesitadas, mientras la turba de pilluelos, que ya viste por la mañana, acecha un pañuelo o una petaca y siguen su educación para llegar a ser ciudadanos españoles, parte del pueblo soberano, que tan adelante va por la senda de la ilustración y de los buenos principios. Si topas alguna espía joven y decentemente vestida, o ves en lontananza un petimetre que flecha el lente a alguna lejana bocacalle, o descubren sentada, en último término, alguna dama sola y echado el velo, no lo extrañes, y recuerda la mala inclinación que desde niña tuvo la Alameda. Haz la vista gorda y aguántate: el onceno, no estorbar. Lo que seguramente no encontrarás allí, aunque te desojes, aunque trepando a los corpulentos árboles los escudriñes rama por rama y hoja por hoja, y echándote a gatas examines grano de arena por grano de arena con un microscopio, es un poeta romántico, cosa rara habiendo tantos en Sevilla y siendo la Alameda Vieja el sitio más a propósito del mundo para recibir inspiraciones melancólicas y sepulcrales, de las que andan tan en boga. Luego, visítala de noche; pero no te lo aconsejo, que pudieras muy bien o dar tal tropezón, que te condenara a andar con muletas todo el invierno, o volver a tu casa como tu madre te parió.

Para el completo aniquilamiento, o, en frase corriente, «reforma exigida imperiosamente por el progreso social», del desventurado paseo, cuya vida, y no biografía, escribimos, han venido también a menos (como acontece a las busconas y pobres vergonzantes) las veladas, tan populares en esta ciudad y tan antiguas en ella. Las que se celebraban allí las calurosas noches de San Juan y San Pedro eran, digámoslo así, el triunfo, el apogeo, el apoteosis periódico de la Alameda de los Hércules, cuyo espacio se convertía en un jardín mágico, fantástico, ideal. Luminarias, hogueras y la más clara luna lo alumbraban a un mismo tiempo; todos los habitantes de Sevilla concurrían a él, y el lujo, la alegría, la igualdad más perfecta, la tranquilidad más apacible y el orden más inalterable presidían en tan numerosa y hasta confusa reunión. Algunas tías rabiaban, algunos maridos se mordían los labios de ira, algunos buenos chascos se llevaban las lindas y los jactanciosos, pero todo esto era peccata minuta. ¡Oh, qué noches las de San Juan y San Pedro en la Alameda Vieja!... Pero pasó la moda, y sólo quedan en las veladas de Sevilla gitanas buñoleras y turroneros, cuyas gracias ya no son gracias; cuyos chistes ya no son chistes; los gritos de los vendedores, el humo, las luces y alguna gente que no es gente. La lucida concurrencia y el interés dramático de la fiesta desaparecieron para siempre con los mantos y verdaderas mantillas, con las capas de seda y con el buen humor de aquellos tiempos deplorables y de oscurantismo, en que había dinero y tranquilidad para divertirse.

Murió la Alameda Vieja; requiescat in pace. Pero aconsejamos al lector curioso que no deje de visitarla cuando las crecientes del Guadalquivir la arrían y convierten sus anchas y luengas calles en un espacio, profundo, manso y majestuoso lago, que, reflejando como un espejo el privilegiado cielo de este país, da a las copas de los árboles y a las dos venerables y gigantescas columnas la apariencia mágica de estar suspendidas en el espacio. Si este espectáculo magnífico y sorprendente se disfrutara todos los años en París o en Viena, tendríamos los ojos doloridos y con cada orzuelo como el puño de verlo representado en cuadros, grabados, litografías y dibujos, y de leer sus descripciones en verso y prosa, en cuentos y novelas, en meditaciones y fragmentos. Pero como la Alameda Vieja, con todos sus encantos, con todas sus reminiscencias, está en Sevilla, ésta es la primera vez que se ve en letra de molde y en estampa.

Sevilla, 1838. Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

Proyectos de Balbino Marrón (1851) y de Eduardo García Pérez (1868) intentan revitalizar urbanísticamente este espacio, otrora de gran animación y pintoresco colorido. En 1874, coincidiendo con un nuevo período de auge de la vieja Alameda, se replantan todos los árboles y se inicia un proceso controlado de ocupación del espacio público con puestos de agua, cinematógrafos, teatrillos, etc.

Blanco White nos ha dejado este texto al respecto: “Por el paseo circulan veinte o treinta hombre provistos de vasos... Es tanta el agua que los aguadores venden a los paseantes que muchos de ellos viven durante todo el año de las ganancias del verano. La concurrencia presenta una abigarrada multitud de militares de uniforme, sacerdotes con sus sotanas, manteos y tejas... y caballeros embozados en sus capas o con un uniforme de cualquier clase, sin lo que un español de buena cuna no se atreve a presentarse en público... El traje de paseo de las señoras no admite mucha variedad. A no ser que esté ardiendo la casa, una española no saldrá a la calle sin unas enaguas de color negro –la basquiña o saya- y un ancho velo que la cae de la cabeza hasta los hombros y que cruza delante del pecho... al que damos el nombre de mantilla (negra por la mañana y blanca por la tarde) además del inseparable abanico, porque la mujer andaluza necesita tanto del abanico como de la lengua”

En 1876 los pedestales de las columnas se protegieron del público con verjas. En 1885 fue colocada junto a las columnas de los leones una fuente de mármol, conocida popularmente como "la del Pato", que hasta entonces se encontraba en la Plaza de San Francisco. Esta popular fuente se halla actualmente en la Plaza de San Leandro.

El aspecto que presentaba la Alameda en el primer tercio del s. XX era  el de un paseo flanqueado de kioscos de hierro y cristales, expendedores de cazalla y manzanilla, con veladores de mármol rodeados de butacas y sillones de mimbre. Una hilera central de altas farolas, y en algún lugar el corrillo atento en derredor del ciego de los romances, que, puntero en mano, señalaba las estampas del crimen relatado.

La última reforma, la de 1936, ordena el espacio tal como lo hemos conocido últimamente, no sin pasar por la ordenación de la jardinería, construcción de estanques en las dos cabeceras, instalación de juegos infantiles, un busto dedicado a la cantaora Pastora Pavón “Niña de los Peines”, o el dedicado a Antonio Mairena.

Lo que fue un concurrido paseo hasta el siglo XVIII, en la actualidad la Alameda de Hércules ha perdido su antigua fisonomía. Han desaparecido las largas hileras de álamos, los canalillos que permitían su riego, las monumentales fuentes que abastecían de agua a la ciudad, trayéndola desde la Fuente del Arzobispo, y sólo se han conservado las cuatro columnas que determinaban la entrada y salida del paseo. Actualmente no representa la grandiosidad de lo que sería en su primera época, pasando por diversos estadíos, por las noches se suele convertir en un lugar de encuentro con personas que trafican con sus cuerpos, como es larga tradición, aunque se está erradicando por los múltiples cambios realizados en la zona debido a nuevas construcciones y nuevas leyes discutidas en las administraciones.

Entre los años 2003 y 2004 se ha remodelado la plaza adecentándose la misma y construyéndose dos "chiringuitos" para recuperar su antigua fisonomía de paseo y eliminándose el mercadillo dominical que concentraba a los habituales vendedores ambulantes que durante muchos años se hacían coincidir en este sitio de Sevilla, desplazando su ubicación a otro punto de la ciudad.

Por último, tomando como fuentes documentales las noticias publicadas en la prensa local, reseñamos que: En otoño del año 2006 se ha comenzado a realizar el Proyecto de regeneración y adecuación de la Alameda de Hércules que, diseñado por el arquitecto Elías Torres, cuenta con un presupuesto de 11,93 millones de euros y un plazo de ejecución de 24 meses. Se trata de "recuperar" este espacio de la ciudad, en coherencia con lo que "ha significado" para Sevilla: la intención es restituir la imagen histórica de la Alameda de Hércules, con lo que se conformará un paseo "gobernado por dos parejas de columnas en los extremos y acompañado de hileras de álamos a los lados". El proyecto incluye un juego de niveles que permitirá actuaciones como la instalación de nuevos quioscos "que se agruparán en tres al norte y al sur de la plaza" y la cubrición de estos elementos a través de unos toldos "con un diseño realmente innovador" que dará también "singularidad al proyecto". Tres depresiones en el terreno delimitadas por un pavimento esmaltado por el que caerá una fina lámina de agua harán las veces de fuentes

También se procederá al traslado de todas las estatuas existentes y otras futuras que se puedan incluir en la plaza a un mismo punto, la conexión entre la Alameda y la calle Calatrava. Respecto a las columnas históricas "para darles realce se contempla la realización de unas suaves vaguadas que permitirán que sean vistas en toda su dimensión". El arquitecto Martínez Lapeña, indicó en cuanto a las columnas que "queremos rescatarlas, eliminando las rejas para que los ciudadanos se puedan acercar y tocarlas", para lo que se construirán "rampas ligeras" que se aprovecharán para organizar actividades culturales o lúdicas al aire libre.

Del mismo modo, se eliminarán todos los aparcamientos en la zona, la única vía de acceso discurrirá entre Trajano y Calatrava y también se prevé que transcurra la línea del Metrocentro.

La vieja Alameda espera que se haga realidad un proyecto definitivo que le devuelva su antiguo esplendor y popularidad.

Romualdo de Gelo

 

[1] Según algunos autores se plantaron 1.700 árboles, y según otros (A.J. Morales: “La ciudad del Renacimiento”, en Arquitectura de Nuestra Ciudad. Sevilla, 1981) fueron 8 hileras de álamos.

[2] MONTOTO, Santiago: Las calles de Sevilla. Fuente: Libramientos del mes de marzo de 1574 y otros del mismo año del Libro de Caja de 1574 del Archivo Municipal de Sevilla.

[3] ELÍAS BONELLS, José: Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2003

[4] VIOQUE CUBERO y otros: Apuntes sobre el origen y evolución morfológica de las plazas del casco histórico de Sevilla. Sevilla. 1987. pág.24.

[5] GUICHOT, Joaquín: Historia del Excelentísimo Ayuntamiento de la Ciudad de Sevilla. Tomo IV. Sevilla, 1897.