La Ispal prerromana
Tocada desde el principio por el don de la Gracia, Sevilla hunde en la noche romántica del mito y la leyenda sus raíces.
No ha faltado quien la ha identificado con la bíblica Tarsis; con la acrópolis sagrada que Solón traduce como Atlantis; hasta llegar a Hércules, quien, según la tradición, marcó con seis pilares de piedra el lugar donde Julio César fundaría la ciudad.
Sevilla, ubicada en el corazón del legendario reino de Tartessos, donde, precisamente, en sus cercanías, en el Cerro "el Carambolo" fue descubierto el tesoro “tartésico” más famoso e importante, hoy en día, de aquella antigua civilización. Fue la Ispal o Spal turdetana –según las fuentes latinas- la forma fenicia o semítica sería "Y-sbael-ya", "la Isla de S'bal", es decir, "La Isla del que Soporta, del que Aguanta o Sostiene, del que Apoya, del que Sujeta"; “la Isla del Soporte o del Pilar”.
Los romanos conocieron de los propios indígenas ibero-tartessios que esta ciudad era -como afirman los historiadores medievales- la ciudad más antigua y más importante de todo el occidente de Europa; la capital de Iberia o Hispania. Los propios romanos llamaron a Sevilla Colonia Romula, (“Roma la Chica”) hecha a espejo de Roma. Julio César le dio el nombre de Colonia Iulia Romula Hispalis: Iulia por su propio nombre, Romula por el de Roma, e Hispalis por estar edificada sobre postes cavados en el suelo.
Durante la época musulmana será denominada Isbiliya, de donde derivará, tras la conquista cristiana, el nombre actual de Sevilla.
Origen del nombre Sevilla
La primera referencia escrita que tenemos del nombre de Sevilla la hace Julio César en su Bellus civile (La Guerra civil) y la cita Hispalis. Es posible que la cita más antigua sea en realidad la de Estrabón, pues seguramente la tomó de sus fuentes griegas habituales para la Turdetania, como Artemidoro o Asklepíades. En textos griegos de Ptolomeo y Dión Casio figura ISPALIS, mientras en otros de los latinos Cayo Plinio Segundo, Pomponio Mela y Silio Itálico, se cita HISPAL.
Que el nombre signifique ciudad construida sobre "estos palos" his palis es una aportación de san Isidoro en sus Etimologías (XV,1,71): Hispalis autem a situ cognominata est, eo quod in solo palustri suffixis in profundo palis locata sit, ne lubrico atque instabili fundamento cederet. Y no hay que desecharlo, como expresa A.M.Canto, primero porque era hombre culto y "leído"; segundo, porque era sevillano; y tercero, porque en realidad se ha comprobado arqueológicamente, como la posición de la ciudad además sugiere, que realmente tenía zonas palafíticas. Yo siempre he preferido la explicación por "palus, -udis": "laguna, terreno pantanoso", que es donde se ubicaba Hispalis. Y en realidad se ubica, como demuestra el Guadalquivir cada vez que le da la gana. Por muchas "cortas" que hagan "el agua busca su camino"... Y, después de todo, "palus, -i" y "palus, -udis" tienen una raíz común.
Quizá sea esta acepción la más acertada y compartida en la acualidad dado el origen lacustre de la ciudad, evidente y demostrado arqueológicamente, por su proximidad al río y sobre todo, porque en los tiempos en que se iniciaron los primeros asentamientos humanos en este entorno, (c. 3500-4500 a.C.), el Lago Ligustino aún no se había reducido de manera sensible, (los últimos vestigios de aquel antiquísimo lago son las marismas del Coto de Doñana).
De la etapa visigoda, por la numismática se conoce su denominación, pues en una moneda acuñada en el reinado de Leovigildo, (568-586) figura escrito SPALIS, en tanto que en otra del reinado de Recaredo, (586-601), hijo y sucesor del anterior, se graba ISPALI.
Cuando en el verano del 712 Muza Ibn Nusayr y su hijo Abd al-Aziz toman la ciudad no hacen otra cosa que pronunciar en su lengua el nombre visigodo que esta tenía, pero como en su lengua no existe el sonido P lo pronunciaron B y nació el ISBILIYA, pues la terminación YA es muy común en los topónimos árabes.
En el s. XVI Benito Arias Montano con conocimientos profundos sobre varias lenguas antiguas sostuvo que Hispalis era latinización de una denominación anterior de origen semítico, SPAL, que en fenicio significa "llanura", tesis muy compartida en la actualidad por muchos investigadores.
Curiosidad
Algunos árabes y marroquíes invasores la llamaron HIMS.
Sobre el año 742-743 llegó a Al-Andalus una tercera oleada compuesta por emigrantes de distintas zonas dominadas por los musulmanes a fin de colonizar los campos de las regiones ocupadas. Los procedentes de Damasco ocuparon la zona de Granada; los que venían de la región del Jordán se establecieron en Archidona y Málaga; los que partieron de Palestina fueron a ocupar Medina Sidonia; los de Egipto se repartieron entre Murcia y el Algarve portugués, los venidos de Quinastín se quedaron en Jaén y por último los que salieron de Siria se quedaron en Isbiliya y Labla (Niebla). Aquellos emigrados fueron los que se propusieron, en recuerdo de la hermosa ciudad siríaca de Hims llamar a nuestra ciudad Hims Al-Andalus, pero el cambio duró poco tiempo, de la misma manera que tampoco perduró el que siglos antes Julio César decidió denominarla JULIA ROMULA HISPALIS, pero eso era muy largo para los sevillanos.
Tartessos y la Turdetania
“Tartessos es un enigma de los más atrayentes, y como tal ha sido mezclado con otros no menos apasionantes; así se ha visto con frecuencia unido al de Atlántida y al de las emigraciones tirsenas. Tartessos se ha afirmado, hasta el punto de haberse reconstruido su historia con una cantidad no escasa de fantasía. Tartessos se ha negado rotundamente como una creación sin base histórica. Tartessos, en fin, como la Atlántida, ha cambiado de lugar ... identificándose unas veces con Gadir, otras con Sevilla o Jerez, otras con Asta Regia o la isla de Saltés, y otras, en fin, con un punto cualquiera de la desembocadura del Guadalquivir, o del Guadalete, o del Tinto. Sobre Tartessos se ha escrito cantidades asombrosas de páginas: unas, juiciosas; otras, audaces, y otras, finalmente, descabelladas: Lo único que queda en pie con certeza es su misteriosa existencia”[1]
Antes de meternos de lleno en el tema que nos ocupa, sobre los remotos orígenes de Sevilla, es necesario sentar algunas premisas de carácter general sobre la tierra y la población en la que históricamente se asienta. Vayamos a ello.

Del trabajo de Diego Ruiz Mata titulado Breves reseñas historiográficas sobres los pueblos ibéricos, extraemos:
La forma Turdetania, y sus etnónimos túrdulos y turdetanos, sólo aparece en autores posteriores al siglo III a.C., es decir, en escritores posteriores a la presencia y dominación romana en la Península. El término de Tartessos y tartessios lo emplean historiadores y geógrafos griegos más antiguos, anteriores a finales del siglo III a.C., que no habían tenido contacto con el mediodía peninsular. No obstante, autores griegos y romanos –Polibio, Apiano, Mela, Plinio, Estrabón y Livio, de época romana– utilizan indistintamente Turdetania/Tartesios. Podría, pues, emplearse el término tartesio/turdetano, en lugar de ibero/turdetano, para los habitantes de la antigua zona tartesia de Andalucía occidental, que corresponde al mismo concepto étnico y cultural. De aquí que diversos investigadores hayan defendido a los turdetanos como los legítimos tartesios, en el sentido de la cultura mixta indígena y fenicia, en tiempos posteriores a finales del siglo VI a.C. Pues la Turdetania es una realidad cultural distinta a otros pueblos “ibéricos” de la misma época, aunque en muchos casos con raíces comunes provenientes desde la época orientalizante y su expansión hacia el interior y costa peninsulares.
Estrabón, hacia el cambio de Era, es el autor más prolijo en la descripción de la Turdetania y de los turdetanos. Inmerso en un tiempo casi turdetano, sus apreciaciones y descripciones son de indudable interés, dedicando largos y sustanciosos pasajes a una región que nunca visitó, sino que describió a través de fuentes contemporáneas y más antiguas.
- Límites de la Turdetania y las ciudades (III,2,1).- Sobre este aspecto, Estrabón escribe que “La Tourdetania, a la cual riega el río Baítis, extiéndese al interior de esta costa por la parte de acá del Anás; al Oriente, por parte de los karpetanoí y algunos oretanoí; hacia el mediodía, por los bastetanoí, que habitan la estrecha faja costera que se extiende de Kálpe a Gádeira y del Mar Exterior hasta el Anas. También pueden adscribirse a ella los bastetanoí, de los cuales dije ya que habitaban en la Tourdetanía, así como las gentes que ocupan el otro lado del Anas y gran parte de sus vecinos. Tanto en su latitud como en su longitud, el tamaño de esta región excede de los dos mil estadios (unos 400 km. en ambas direcciones axiales). Las ciudades son, empero, numerosísimas, pues dicen ser doscientas. Las más importantes por su tráfico comercial son las que se alzan junto a los ríos, los esteros o el mar. Entre ellas destacan Kórdyba, fundación de Markéllos, y por su gloria y poderío, la ciudad de los gaditanoí... La más ilustre después de esta ciudad y la de los gaditanoí, es Híspalis”.
En III, 2, 2, se mencionan a Itálika (Italica), Ilipa (Alcalá del Río), Mounda, Atégoua (Ategua), Oúrson (Osuna), Toukkis (Tucci o Itucci, que García y Bellido localiza en Martos), Oulía (Montemayor) y Aígoua. Resulta curioso que al mencionar a los keltikoí sitúe a Konístorgis –según García y Bellido en el Algarve– y sobre todo a Asta –Mesas de Asta, en los esteros de Jerez de la Frontera– en pleno Bajo Guadalquivir. Todas estas ciudades se originan al menos en el Bronce final y poseen estratos orientalizantes, o al menos hasta ellas llegaron los influjos fenicios o tartésicos.
Su límite occidental es el río Guadiana, y a oriente son los carpetanos y oretanos los pueblos que limitan la Turdetania, es decir, la antigua frontera de Tartesos. La costa es bastetana, cuyos pobladores habitan en la Turdetania, y podrían ser algunas de las antiguas factorías o colonias fenicias.
Pese a estas intromisiones, como los celtas y bastetanos en la Turdetania, Estrabón parece tener claro que el núcleo principal se centra en el Guadalquivir, y esta región “se llama Bética, del nombre del río, y Turdetania, del nombre del pueblo que lo habita; a estos habitantes se les llama turdetanos y túrdulos que unos creen que son los mismos; más según otros dos pueblos distintos. Polibio está entre estos últimos, pues dice que los turdetanos tenían como vecinos por el norte a los túrdulos. Hoy día no se aprecia diferencia entre ambos” (III, 1, 6).
Hay que tener en cuenta que Polibio estuvo en España en el año 133 a.C. durante la guerra numantina y recorrió la Meseta y otros lugares, conociendo y describiendo a Cartagena. Tenía, pues, un conocimiento más directo que Estrabón. Entre los túrdulos cita Estrabón a la ciudad de Augusta Emerita (Mérida). Lo que no es demasiado extraño, debido a las relaciones intensas que la zona extremeña mantuvo con Tartesos, al menos desde comienzos del siglo VII a.C. Mas las contradicciones se advierten en el capítulo III, 2, 5, pues en la región tartésica habitan los túrdulos. El problema no está muy claro, y es probable que turdetanos y túrdulos vinieran a ser una misma etnia y una misma cultura, enraizada desde la época orientalizante tartésica.
- Fenicios e indígenas: carácter fenicio de la Turdetania (Estrabón, III, 2, 13).- Estrabón tenía muy claro el carácter fenicio de la Península, o al menos de su mitad meridional, aunque no lo dice y los describe genéricamente: “Pero es mejor aún lo que vamos a recordar: la expedición de Heraklés y la de los phoinikes a estos parajes diéronle (a Hómeros), de sus habitantes, la idea de un pueblo rico y de buena condición; así, pues, su sujeción a los phoinikes fue tan completa, que hoy día la mayoría de las ciudades de Turdetanía y de las regiones vecinas están habitadas por aquellos”. Y poco más adelante, “pero las primeras noticias fueron debidas a los phoinikes, que dueños de la mejor parte de Ibería, de la Libyé, desde antes de la época de Hómeros, quedaron en posesión de estas regiones hasta la destrucción de su hegemonía por los rhomaíoi”. Aunque los acontecimientos no fueron de este modo, es significativo el hecho de que Estrabón, en época de Augusto, y movido por autores más antiguos, reconociese la antigüedad de la presencia fenicia en Occidente antes de la época de Homero, el impacto que causaron entre las poblaciones indígenas y su influjo hasta la llegada de los romanos a la bahía gaditana. Reconoce así el carácter fenicio, orientalizante o tartésico de las poblaciones turdetanas, que es el punto al que queríamos llegar. Siendo Estrabón un griego, y mencionando acontecimientos míticos y heroicos griegos, como las hazañas de Heracles en estos parajes, no reconoce el influjo helénico, sino el fenicio en el momento de aludir al carácter cultural de los turdetanos. Es una información de gran valor, pasado ya mucho tiempo desde la presencia fenicia y el tiempo en el que escribe, que aún se rememore a los fenicios como un factor principal de la protohistoria del Bajo Guadalquivir.
Por otra parte, en líneas generales señalemos que la mayoría de los poblados comienzan a habitarse durante el Bronce final, y en algunos se advierte un estrato más antiguo del Cobre. Muy pocos poseen una secuencia desde el Bronce pleno al final. A juzgar por las estratigrafías excavadas y por los restos arqueológicos recogidos en prospecciones, un porcentaje inferior de asentamientos perviven hasta época turdetana. Durante la época orientalizante se abandonaron o desplazaron un buen número de poblados indígenas hacia núcleos mejor situados para las estrategias productivas y comerciales tartésicas.
Los yacimientos del Bronce final tartésico delimitan su extensión espacial en las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, enclavándose principalmente en la Depresión Bética, y en este ámbito la vía fluvial del Guadalquivir alcanzó un gran relieve con centros de gran importancia. El río Guadalquivir, la vía más importante de penetración hacia la Alta Andalucía, se pobló de numerosos asentamientos, determinando un eje longitudinal a lo largo del eje del río, e igual es el caso del Guadalete hasta la Serranía de Ronda. Pero también se percibe el modelo reticular en la campiña, con importantes asentamientos agropecuarios.
Otros puntos fueron las desembocaduras de los ríos mencionados. En la zona pre y litoral onubense la concentración es menor, y se agrupan en torno a los ríos Tinto y Odiel y Tierra Llana, pero sin la acumulación del Bajo Guadalquivir. La mayoría de las poblaciones del Bronce final, que poseen una fase orientalizante, alargaron sus actividades hasta época turdetana.
Los colonos orientalizantes: fenicios y griegos
La presencia de los pueblos "orientalizantes", fenicios y griegos, en la primera mitad del primer milenio a.C. en el sur y este de la Península es coetánea de las noticias acerca de Tartessos, primer estado hispánico de nombre conocido. La razón principal que explica la llegada de estos pueblos a la Península era su interés comercial. Venían esencialmente en busca de metales.
Los primeros que aparecieron fueron los fenicios. A base de una navegación de cabotaje y estableciendo factorías en lugares apropiados, los fenicios probablemente viajaron ya hacia el año 1000 a.C. No obstante, la fundación de Gadir (Cádiz), que se creía de esa fecha, parece posterior, pues los más antiguos restos conocidos son del s. VIII a.C. Quizá efectuaban inicialmente viajes de tanteo que posteriormente fueron seguidos del asentamiento definitivo. Su comercio consistía en el intercambio de metales por manufacturas, al tiempo que hacían en sus factorías salazones de pescado.
La colonización griega fue contemporánea de la fenicia o ligeramente más tardía. En el s. VIII a.C. el comercio de los griegos con la Península ya era estable y del VII existen numerosas noticias sobre sus relaciones con los tartesios. Se sabe que mantuvieron relaciones comerciales de tipo monetario con los indígenas.
Hacia los siglos IX y VIII a.C. se advierte un aumento de población, con asentamientos diferenciados según rangos políticos y económicos. Con la presencia fenicia, y desde finales del siglo VIII y primera mitad del VII a.C., se advierte un cambio en la estructura del territorio y el surgimiento de poblados que imitaron los modelos semitas, abandonándose la mayoría de los pequeños núcleos indígenas, consecuencia de una profunda reestructuración en la diversificación de los recursos económicos y en la producción de excedentes, que condujeron a un sistema comercial nuevo y a cambios sociales y políticos importantes en el seno de la sociedad indígena, con sistemas complejos en la división del trabajo y a sociedades estratificadas, en las que las relaciones de producción transformaron las antiguas estructuras de carácter familiar. La ciudad es ahora el centro político y económico, y el origen de las sociedades turdetanas.
Resulta interesante, como veremos, la perduración de las mismas cerámicas turdetanas, e incluso las técnicas constructivas, hasta casi época de Augusto. Lo cual denota la importancia y el fuerte arraigo de la cultura turdetana en el Bajo Guadalquivir, que mantuvo muchas de sus características culturales durante la República.
Esto implica un proceso de adaptación por parte romana de las estructuras indígenas turdetanas, y su perduración durante un largo período de tiempo, que sugiere un proceso de interacción pacífico y nada violento, hasta la época de Augusto. Y este procedimiento y proceso cultural es un modelo que refuerza la idea de una estructuración turdetana consistente cultural, social, económica y política de gran envergadura, que a veces enmascara y dificulta el análisis de los primeros momentos de la presencia romana en el sur peninsular durante la República. El término de colonización, o de dominación, puede sustituirse por el de interacción en los primeros momentos de la presencia romana en el Bajo Guadalquivir.
Después de los poblados fortificados de la Edad del Cobre y Bronce Pleno, en los últimos siglos del segundo milenio a.C. los asentamientos del Bronce final carecen por lo general de sistemas de fortificación en el Bajo Guadalquivir. Son hábitats abiertos, que por lo general no se rodean de murallas en lo que se ha podido analizar en esta zona.

La fundación de Ispal, la Sevilla primitiva
Los viejos agricultores del Aljarafe no parecieron tener prisa en descender al valle, saben por larga experiencia y observación que sólo en las estaciones cálidas o de estío pueden el hombre y sus ganados confiarse a sus dominios. En época de lluvias el río aumenta considerablemente su caudal, convirtiendo lomas en islotes. Algunos restos o utensilios esporádico hablan del paso ocasional e inestable del hombre prehistórico por el llano fluvial.
El s. VIII a.C. señala tal vez el momento en que los pobladores del Aljarafe y de los Alcores se atreven a asentarse en las tierras llanas del valle del Guadalquivir, sin el temor constante a las inundaciones que lo hacían inhabitable en épocas de lluvias y crecidas. La estratigrafía que se remonta a la fecha señalada del Cerro Macareno dominando el llano aluvial en posición segura, en las proximidades de Sevilla, es buena prueba de ello.
Con bases más firmes y certeras,
se sabe que la ciudad tuvo sus comienzos cuando los turdetanos, pueblo íbero
heredero de Tartesos, crean en el siglo VIII a.C. un pequeño poblado a orillas
del Guadalquivir al que llaman Ispal La
circunstancia de que hasta la altura de Sevilla fuese navegable el río
Guadalquivir para los cargueros antiguos, acarreó el nacimiento de la ciudad en
este punto preciso. Sevilla, remontando el río, respecto a Cádiz quedaba a la
misma distancia que Huelva por mar
“Entre las islas que suelen formarse durante las avenidas, hay una mesa estrecha y larga, como una pincelada más intensa en la acuarela de grises del paisaje invernal y palustre; Así se contempla el solar de Sevilla desde el Aljarafe cuando las aguas del río forman una sábana que alcanza a La Pañoleta. Los barcos mercantes podían arribar a aquella mesa en todo tiempo. Sobre ella nació la Sevilla antigua, la que va de los Jardines de Murillo a la Plaza del Salvador”[2]
Según José Luis Escacena Carrasco (Profesor Titular de Prehistoria, Universidad Hispalense), “Las últimas excavaciones en el Cerro de San Juan de Coria del Río, cabezo en el que se ubicaba la antigua ciudad de Caura, y en el Carambolo (Camas), han puesto de nuevo de actualidad el problema de los orígenes de Sevilla y de la vinculación étnica de sus primeros fundadores.
Tradicionalmente, y con apoyo en la información literaria y en la leyenda, los historiadores y arqueólogos han asumido el papel primordial que en esta tarea desempeñaron los colonos fenicios que hacia el siglo VIII a.C. arribaron a la antigua desembocadura del Guadalquivir. No obstante, entre los cronistas locales y entre algunos otros especialistas era y es también muy fuerte la tendencia a reservar ese protagonismo pionero a las comunidades tartésicas, es decir, a la población residente que los semitas encontraron asentados ya en la comarca. Esta hipótesis ha sido reforzada en gran parte de la segunda mitad del siglo XX por la fuerte inclinación de la Arqueología hacia la valoración del componente indígena como motor de los cambios culturales, una corriente que se ha denominado por lo común autoctonismo y que se presentó a partir de los últimos años sesenta como opositora radical a las interpretaciones difusionistas.
En la actualidad, más que la acumulación de datos nuevos –en ningún caso despreciable-, en la propuesta que defiendo han influido sobremanera los cambios metodológicos y teóricos que permiten la relectura de la documentación arqueológica. Desde esa perspectiva científica renovada, Spal>Hispalis no sería más que un asentamiento comercial fenicio fundado en el punto de máxima penetración posible de los barcos marítimos Guadalquivir arriba. Frente a Sevilla, esta población extranjera habría consagrado un promontorio costero a Astarté, su principal diosa. Así nació el santuario del Carambolo. Igualmente, en la antigua ciudad de Caura se levantó un templo al dios masculino, en este caso quizás bajo la advocación de Baal Saphon, patrón de los marineros que allí mismo, en las antiguas bocas del río, acababan sus singladuras o emprendían otras nuevas.
Desde este esquema interpretativo, el paleoestuario del Guadalquivir, es decir, el tramo comprendido entre Caura (Coria del Río) e Ilipa (Alcalá del Río), punto este último en el que también se ha localizado recientemente una importante necrópolis fenicia, quedó diseñado según el más genuino modelo colonial fenicio, esto es, como una enorme área metropolitana que, al estilo de la que caracterizó a la propia Cádiz (Gadir), contaba con núcleos habitacionales, santuarios y cementerios, además tal vez de otros enclaves de tipo industrial todavía desconocidos o que sólo comienzan a vislumbrarse. En este sentido, debe recordarse que en un círculo inmediato a la ría bética, distante de ésta sólo una jornada de camino, se localizaban recursos económicos de singular importancia para el abastecimiento de la demanda comercial: la ricas vegas que se extienden por las cuencas del Guadaíra (al este), del propio Guadalquivir (al norte) y del Guadiamar (al oeste), y el foco minero de Aznalcóllar”.
Limitada por un río caudaloso y de un arroyo, Tagarete, que completaba el cerco, esta mesa de unos 15 m. de cota y de 450 por 200 de superficie, con su centro en la actual calle Aire a una altura máxima de sólo 17 m., en época de grandes avenidas, quedaba convertida en una isla comprendida por las actuales calles de Francos, Placentines,, Argote de Molina, Segovia, Don Remondo, Abades, Ángeles, Mateos Gago, Rodrigo Caro, Plaza de Doña Elvira, Gloria, Plaza de los Venerables, Lope de Rueda, Santa Teresa, Ximénez de Enciso, Cruces, Fabiola, Federico Rubio, San Nicolás, Muñoz y Pabón, Plasencia y Cuesta del Rosario[3]. Tal hubo de ser el enclave de la Hispalis primitiva. Igualmente, hemos de tener presente la existencia de un brazo ocasional del río que surcaba la Alameda, calles Trajano y Tetuán, atravesaba la Plaza Nueva y se reintegraba a la corriente principal en las afueras de la antigua Puerta del Arenal.
A pesar de su situación de tierra adentro habría que considerarla ciudad costera, perteneciente a la red colonial fenicia. Estrabón es explícito al decir que los indígenas “fueron dominados de tal manera por los fenicios, que la mayor parte de las ciudades de Turdetania y de las regiones vecinas hoy son habitadas por ellos”[4].
En un estudio estratigráfico, registrado por Collantes de Terán, realizado en unos 600 m2 contiguo a la Cuesta del Rosario esquina a la calle Galindo, a partir de un subsuelo de caliza fosilífera y cubierta de un delgado manto de aluvión, se observaron tres estratos prerromanos[5].
El primero de estos estratos, que podríamos considerar puramente “indígena turdetano” presenta fusayolas troncocónicas, decoradas con retícula incisa; botones de hueso; recipientes de caliza con cavidad rectangular o romboidal; fragmentos de cerámica tosca sin decoración pertenecientes a vasos grandes; y fragmentos de cerámica negra, modelada a mano y con pulimento tras la cocción.
Los habitantes de este territorio desarrollaron un activo comercio que atrajo a viajeros de muy distinta procedencia, en su mayoría, fenicios, griegos, y cartagineses. Será a mediados del s. VII a.C. cuando se tenga certeza de la presencia de colonos griegos en nuestras tierras, con la arribada a Tartessos de los samios y los focenses.
La presencia y relaciones con estos pueblos orientalizantes tuvo una excepcional importancia. Gracias a ellos llegó el conocimiento del cultivo de ciertas plantas, como el olivo, traído por los griegos, o el esparto, aportación fenicia. También introdujeron estos pueblos nuevas técnicas: el torno de alfarero, conocido en el s. V a.C.; mejoras en la extracción de minerales, acuñación de monedas; estímulo al establecimiento de ciudades.
El ocaso de Ispal
Desde mediados del s. VI a.C. el papel básico en el sur de la Península lo desempeñaron los cartagineses. En el 654 a. C. Habían fundado Ibiza, importante lugar de paso y centro de ricas salinas. Después de derrotar a los griegos en Alalia (535 a.C.) monopolizaron las rutas del sur de la Península. La consecuente colonización púnica da lugar a estos mestizajes que las fuentes antiguas llaman libio-fenicios y bástulo-fenicios. Desde mediados del s. IV Cartago tiene puestas sus miras e intereses en la región del Estrecho y en la Alta Andalucía, teniendo aún la Andalucía occidenctal un considerable grado de autonomía.
El senado cartaginés, con el fin de compensar las pérdidas originadas por la primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) contra Roma, ordenó la conquista y explotación de las tierras levantinas, mandando a Amílcar Barca, que desembarcó en Gadir en el año 238 a.C. para restaurar el imperio cartaginés y la hegemonía militar en la zona sur y levantina de la península. Los poblados turdetanos situados en el valle del Guadalquivir resultaron conquistados.
La pacífica vida de los habitantes turdetanos tuvo que verse necesariamente interrumpida cuando los cartagineses, al olor de los metales argénteos y cupríferos, fueron adentrándose en las cuencas mineras tartésicas.
"Ciertos dirigentes cartagineses -dice el profesor Bendala Galán[6]- propusieron salir de la crisis consolidando su posición y sus explotaciones en la propia África. Pero un sector de la aristocracia, encabezado por la familia de los Barca, logró imponer los criterios de quienes esperaban más del comercio y de la economía de mercado que de los frutos de la tierra. Se trataba de rehacer el imperio perdido y España, por sus riquezas y su mayor distancia de Roma, era la primera meta".
Los turdetanos ibero-tartesios, que carecían de aptitudes para la guerra, se defendieron como pudieron de la invasión, concentrándose en torno a dos príncipes: Istolacio e Indortes, “jefes de los celtas”.
El primero de los jefes, según el historiador Diodoro Sículo, formó un gran ejército con turdetanos y mercenarios celtas e íberos, que no logró detener la invasión del Valle del Guadalquivir, siendo derrotado por Amílcar Barca y crucificado en el 237 a. C.
Indortes, el segundo jefe, tras la derrota de Istolacio reunió un ejército de vetones y lusitanos y sabiendo que no vencería a los cartagineses en campo abierto se refugió en la Sierra, donde sitiado por Amílcar, fue capturado, sometido a tormento y crucificado en el 232 a. C., sin poder evitar la conquista de estas tierras por parte de los cartagineses, pese a su encarnizada resistencia.
Un guerrillero oretano, llamado Orisón, ocasionó en el año 228 a.C. una noche de terror en el campamento cartaginés situado en Helice (Albacete), al introducir toros embolados con fuego que facilitaron el ataque de los iberos. En ese ataque murió Amílcar Barca. A éste le sucedió su yerno Asdrúbal que, en contraste con el anterior, ejerció una política pacificadora en los territorios conquistados mediante técnicas de acercamiento y comprensión con los iberos.
Asdrúbal firmó con algunos embajadores romanos el Tratado del Ebro, año 226 a.C., por el cual se tomó este río como la frontera que limitaría el avance de los cartagineses. A cambio, los romanos reconocieron la soberanía cartaginesa al sur del mismo.
La muerte de Asdrúbal, asesinado por un celta que quería vengar la muerte de su jefe Tago (ajusticiado por orden del general cartaginés), y la llegada de Aníbal Barca, con ideas menos conservadoras, fueron los hechos desencadenantes de las nuevas guerras entre cartagineses y romanos.
El senado cartaginés mandó a la Península, en el año 220 a.C., al joven Aníbal Barca, hijo de Amílcar. A los 25 años asumió el mando de los ejércitos cartagineses e inició una política militarista y belicosa idéntica a la de su padre
El ataque cartaginés a Sagunto desencadenó la segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), y dio ocasión a Roma de intervenir en la Península Ibérica e iniciar su expansión por Occidente. Aníbal decidió trasladar la guerra a Italia, en tanto que los asuntos ibéricos quedan en manos de su hermano, Asdrúbal Barca. La guerra se desarrolló en dos frentes simultáneos.
Sometidos por la fuerza, los turdetanos no ceden a la opresión. Las naves y las tripulaciones de la flota carataginesa, mercenarios en gran parte, abandonan a Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, en su confrontación con los romanos y promueven el levantamiento de los tartesios en el 216 a.C. En torno a esta fecha la pequeña ciudad de Ispal, la Sevilla primitiva, sería arrasada por los cartagineses y no sería reconstruida hasta la llegada de los romanos.
En el año 210 a.C. llegó un nuevo comandante para el ejército romano: Publio Cornelio Escipión, posteriormente llamado el Africano, que emprendió la ofensiva contra los ejércitos cartagineses. Con los indígenas estableció alianzas pacíficas.
En el año 206 a.C., según las fuentes, tuvo lugar la gran batalla de Ilipa Magna (hoy Alcalá del Río), a la derecha del río Betis (Guadalquivir), entre romanos y cartagineses dirigidos por los generales Magon y Giscon. En este combate, Escipión contó con la ayuda de fuerzas auxiliares de la Turdetania mandadas por los príncipes turdetanos Culcas y Attenes.
Escipión fundó, cerca de Santiponce (Sevilla), a finales del verano del año 206 a.C, la primera colonia romana a la que en honor de Italia dio el nombre de Itálica, para establecer en ella a los legionarios veteranos, con un marcado carácter fronterizo y defensivo, dada la posición estratégica de su emplazamiento: a la orilla derecha del Betis y en su confluencia con el río Cala.
La dominación cartaginesa en la Península Ibérica concluyó con la conquista romana de Gadir (Cádiz). Derrotados y desmoralizados, los ejércitos cartagineses no pudieron evitar que en el otoño del año 206 a.C. los romanos entraran en dicha ciudad, el último baluarte del imperio cartaginés en la Península Ibérica.
Por los datos históricos tradicionales, sabemos que nuevamente, ante la creciente influencia cartaginesa, el senado romano, a instancias del tribuno Catón y su famosa sentencia “Delenda est Cartago”, ordena a las legiones que destruyan Cartago y su imperio, dando origen a la tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.). Se inició en estos momentos la expansión de Roma hacia el Mediterráneo oriental, una vez conquistado el occidental.
De todo este devenir histórico de la antigua Ispal, da fe el estudio arqueológico de los dos siguientes estratos prerromanos de la Cuesta del Rosario, el primero de los cuales ya hemos reseñado anteriormente.
En el segundo estrato aparece una esquina en ángulo recto de una habitación construida con mampuestos, unidos con barro y argamasa muy pobre en cal. La cerámica de este nivel está modelada a torno y pintada con bandas horizontales, rojas, negras u ocres. Algunos recipientes muestran formas púnicas equiparables a otras de Cartago. En este estrato apareció un vasito de barro, de 10 cm. de alto, con cuatro monedas de plata cartaginesas, dos de ellas con cabeza de Tanit en el anverso y caballo en el reverso, y las otras dos con la cabeza de Asdrúbal en el anverso y proa de nave en el reverso.
Los púnicos intensificaron la explotación de la plata superficial de los criaderos de Riotinto y Aznalcóllar. De nuestras minas debieron salir muchos kilos de plata hacia Cádiz, para acuñar monedas -shekeles- conque sufragar los costes de la guerra.
La espiritualidad oriental, marcada por la importancia de las poderosas imágenes maternas, que procedentes del Mediterráneo, comienzan a invadir las formas iconográficas que practican los artistas auctóctonos. Del culto a la Gran Diosa Madre se pasa a la Artemisa griega, y después a la Diana romana. Así, la Astarté de los fenicios se transformó en Afrodita griega y en Venus imperial romana -que ya se veneraba como Tanit ibera.
La sociedad cartaginense era
mediocre en sus creaciones artísticas, llevando a cabo un arte ecléctico de
influencia helénico-egiptizante. Comerciaban con oro marroquí, plata del
mediodía peninsular, estaño de Cornualles, ámbar del norte, y con el marfil y
esclavos africanos. Su producción industrial se reducía a tejidos de púrpura,
telas ordinarias, alfarería y armas. Su religión se caracterizaba por la
barbarie (sacrificios de niños a Baal-Amon, Melkart y Tanit) y la superstición,
no dando forma humana a los dioses.
El tercer estrato prerromano de los de la Cuesta del Rosario es sobrecogedor: Nivel de tierra quemada, con restos de vigas carbonizadas y utensilios deteriorados por la acción del fuego.
En estos tres primeros estratos se dibuja la existencia y el fin de una población -la de Ispal o de la Sevilla primitiva- que desde finales de la Edad del Bronce, a partir de los siglos IX u VIII a.C. muestra una cultura agrícola típica de los comienzos de la ocupación permanente del valle del Guadalquivir, caracterizada por la cerámica bruñida que en cantidad creciente acompaña a la tosca y casera.
La vieja Ispal, como el ave Fénix, renacerá de sus cenizas convirtiéndose en la Hispalis gloriosa.
Romualdo de Gelo
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[1] GARCÍA Y BELLIDO, A.: Historia de España, Espasa-Calpe, I,2, Madrid, 1952, pág. 281.
[2] BLANCO FREIJEIRO, Antonio: “La ciudad antigua” en Historia de Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 1984, 3ª ed., pág.89.
[3] COLLANTES DE TERÁN, F.: Contribución al estudio de la topografía sevillana en la Antigüedad y en la Edad Media según los más recientes hallazgos arqueológicos. Tesis doctoral. Sevilla, 1956. Publicada en Sevilla, 1977
[4] ESTRABON: Geografía, III, 2,15. Ver GARCÍA Y BELLIDO: España y los españoles hace dos mil años, según la Geografía de Strabón. Colección Austral de Espasa-Calpe.
[5] BLANCO FREIJEIRO, Antonio: “La ciudad antigua” en Historia de Sevilla. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 1984, 3ª ed., pág.91-92.
[6] BENDALA GALÁN, Manuel: “De Tartessos al Islam” en Historia de Andalucía, vol.I, pág.130