5.- EL SIGLO XVIII.
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La población varía a partir de lo que se denomina incremento natural o vegetativo, es decir, en base a la diferencia que resulte entre el número de nacimientos y el de fallecimientos.
Tomando como base los Libros sacramentales, se observa a lo largo de este siglo unos frecuentes períodos en que la mortalidad es superior sensiblemente a la natalidad. Algunos de estos ciclos están nuevamente relacionados con catástrofes epidémicas. Desde 1700 a 1710 observamos en los Libros de bautismo y defunciones[1] una tendencia a la baja en los primeros y un ascenso en las segundas. Tónica general que se va a suceder cíclicamente a lo largo de todo el siglo.
Esta primera crisis debió estar motivada por una dura escasez y carestía:
"Hoy, 4 de marzo de 1709, la hogaza de pan a cuatro reales. Por las calles caen muertas de hambre las personas sin que nadie pueda remediarlo (...) Las personas parecen esqueletos, habiéndose llegado al extremo de guisarse públicamente en la Plaza del Pan, alverjones que se venden a los pobres hambrientos (...) Los vecinos que tienen oficio y no encuentran dónde trabajar van al campo a coger vinagreras, espinacas, tagarninas y otras porquerías y se las comen. La mucha necesidad en los lugares ha hecho venirse a Sevilla innumerables hombres, mujeres y niños; pero la ciudad está tan escasa de medios que no hay en qué ganar un real; con que no pudiendo los vecinos sustentarse, menos lo pueden los forasteros. Así caen muertos de hambre por las calles diez o doce cada día.
Hoy, 20 de marzo, ha valido el trigo en la Alhóndiga a 115 reales la fanega, y el pan a 37 cuartos la hogaza. En los hospitales no caben los enfermos, así es que los despiden (...) Hoy 22, ha valido la fanega de trigo a 120 reales (...) Domingo de Ramos, 24 de marzo, se vendió el pan a 47 cuartos la hogaza, y el mejor a 52. En Triana se vendió hoy pan de alpiste. (...) Miércoles 3 de abril, se ahogaron en la limosna que repartía el arzobispo 6 personas, y se maltrataron con el atropellamiento muchas más. El siguiente día se ahogaron en dicha limosna 4 personas"[2]
Como podemos comprobar por la descripción del cronista, el panorama, aunque referido a Sevilla, era desolador. Todo este ambiente debió tener idénticas repercusiones en Albaida, de ahí los índices elevados de defunciones a los que aludimos en la fecha citada.
Por otra parte, no hemos de olvidar que una subida en el precio del cereal no sólo suponía de inmediato una repercusión negativa expresada en el aumento de la mortalidad, sino también una disminución en los matrimonios y, como consecuencia, en los nacimientos. Idénticos índices, aunque el de nacimientos es más favorable, se constatan alrededor del año 1735.
"El otoño de 1734, todo el invierno, y parte de la primavera y el estío de 1735, fueron húmedos y fríos en sumo grado por las constantes lluvias y alternativas nieves, vientos borrascosos y muy fríos, con inversión de las estaciones de calor a frío, y de frío a calor: irregularidad que se observó no sólo en las estaciones del año, sino también en diferentes horas del día.
Esta inversión de tiempo produjo aquella contitución epidémica que corrió por muchas ciudades, villas y lugares del Reino de España, desde el año 1735 hasta muy entrado el otoño de 1736, la cual consistía en unas fiebres malignas pestilentes, que terminaban funestamente en gangrenas y parótidas, de que perecieron muchos. El doctor don José Aranda y Marzo estableció, para la curación de dicha epidemia, pequeñas evacuaciones de sangre por medio de ventosas sajadas, sanguijuelas, moderadas sangrías, y corroboración de las partes enfermas, haciendo beber a pasto el agua de escorzonera y chicoria con unas gotas de zumo de cidra y de limón"[3].
De esta forma llegamos a los datos que proporciona el llamado Catastro de Ensenada. El 24 de agosto de 1751, los designados por el Concejo de la Villa de Albaida responden al cuestionario que se mandó realizar para obtener los datos pertinentes para dicho Catastro. De ellos obtenemos que Albaida contaba con 75 vecinos, los mismos que tres siglos antes, lo que suponía aproximadamente unos 300 habitantes. Por contra, Olivares poseía 450 vecinos, 1800 habitantes aproximadamente. No nos extendemos en el análisis del Catastro ya que está recogido por A. Herrera y J. Ponce en su libro sobre la Villa.
Albaida había descendido su población en más de un 55% entre las fechas del Censo de 1594 y el Catastro de 1751. Este descenso adquiere mayor resonancia si tenemos en cuenta el aumento ascendente de su vecindario experimentado hasta finales del siglo XVI. Además de las circunstancias negativas hasta ahora señaladas, esta decadencia fue debida al impacto producido en los vecinos de Albaida y la atracción que provocó la erección de la inmediata Villa de Olivares como cabeza del Estado de los Condes de dicho lugar, dignificada con una iglesia colegial y prestigiada por la privanza de su tercer titular, el Conde-Duque don Gaspar de Guzmán, quedándole Albaida en todo supeditada.
Nuevas calamidades y dificultades económicas azotarán la década de los setenta: "Sus habitantes son meros jornaleros, que sólo tienen ocupación precaria a temporadas; en el resto del año gimen en la miseria, sumergidos en la inacción por la falta de tarea lucrosa en que emplearse. Sus mujeres e hijos carecen de ocupación, viviendo a expensas de la caridad de los eclesiásticos y de otras personas; llenos de una lastimosa escasez, que no corresponde a la feracidad del suelo, y que no depende seguramente de pereza de los naturales; sino de la constitución política"[4]. Así se expresa Campomanes sobre Andalucía.
Entre 1783 y 1786 se produce una epidemia de "tercianas" que provocó un nuevo incremento de la mortandad. Ya hacia finales del siglo parece observarse una lenta recuperación que se convertirá en la tónica general hasta la actualidad.
[1]A.P.A. Libro de bautismos 5 (1685-1758) y Libro de defunciones 4 (1685-1758).
[2]DOMíNGUEZ ORTIZ, A.: Sociedad y Estado en el siglo XVIII español. Barcelona, 1976, pág. 30.
[3]VILLALBA, J.: Epidemiología española, Vol. II. Madrid, 1803, pág. 118.
[4]CAMPOMANES, Conde de: Discurso sobre el fomento de la industria popular. Madrid, 1774.