3.- LA HERMANDAD DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

 

 

La Cofradía del Santísimo Sacramento y Madre de Dios del Socorro debió tener su origen, con toda probabilidad, en los comedios del siglo XVI.

 

Las Hermandades Sacramentales, desde sus orígenes y debido a su finalidad primordial, están íntimamente relacionadas con la devoción al Santísimo Sacramento y, dentro de ésta, con la Festividad del Corpus.

 

Dos fechas claves configuran la existencia de estas Hermandades:

 

La primera se remonta al 31 de agosto de 1264, en que el Papa Urbano IV publicó su bula "Transiturum de hoc mundo", instituyendo en la Iglesia Universal la Festividad del Corpus Christi.

 

La segunda, es la celebración del Concilio de Trento (1545-1564) dando respuesta por parte del supremo magisterio eclesiástico a la reforma protestante y a la realización posible, ya que no perfecta, del deseo de renovación interior de la Iglesia. Entre sus fines más importantes debemos destacar el estudio y determinación de la doctrina sobre la justificación, sobre los Sacramentos y la reforma de la Iglesia. Tres objetivos que tocaron directamente a las Cofradías.

 

El Concilio dedicó gran parte de sus sesiones y decretos al estudio de los siete Sacramentos, tratando de infundir en la Iglesia una piedad sacramental, cuya doctrina quedó recogida en las sesiones séptima, decimotercera, decimocuarta, decimoquinta, vigesimotercera y vigesimocuarta. Toda esta doctrina tuvo, sin lugar a dudas, múltiples efectos sobre las Cofradías, inculcando en los cofrades la práctica sacramental; pero, especialmente, su influencia estuvo en el desarrollo de las Cofradías del Santísimo Sacramento.

 

Es a partir del Concilio cuando debemos presuponer la aparición en Albaida de la Cofradía del Santísimo, es decir, a partir de mediados el siglo XVI.

 

No se han conservado sus Reglas fundacionales, ni hemos tenido noticias de ellas. Igualmente, no se conservan sus primeros Libros de Cuentas y Cabildos de los siglos XVI y XVII, aunque a través de los Libros de Memorias y Capellanías, obtenemos desde 1637, en que se inicia el primero de los conservados, información sobre sus cultos.

 

Así, en el citado Libro, aparece un Memorial de fiestas religiosas que "según es costumbre" se celebraban en Albaida, lo cual nos habla de su tradición y procedencia anterior a la fecha  ya recogida de 1637.

 

Relacionado con la Hermandad del Santísimo Sacramento y, haciendo el cura párroco Dr. D. Juan Damas un interesante acopio de información sobre las fiestas que se celebraban, se nos dice en este Memorial:

 

"En la fiesta del Corpus, la Cofradía del Santísimo Sacramento da cera a todos y la fábrica paga a los acompañados (...) El día del Corpus se descubre el Santísimo Sacramento y pone la Cofradía la cera y no hay procesión. El día siguiente, viernes, se dice una misa cantada por la intención del Papa que concedió las gracias y hay procesión a la tarde con el Santísimo Sacramento alrededor de la Iglesia, por de fuera, para que ganen las gracias han de asistir los cofrades a la procesión. Otros dicen hay vísperas primero, y parece conforme a razón. Esto paga la Cofradía con lo demás que paga. El día del Señor San Salvador, se hace la fiesta principal del Santísimo Sacramento: el lugar, la Cofradía y la fábrica. Hay vísperas la tarde antes y está manifiesto Su Majestad. Dicen que se dan velas a los señores curas, sacristán y monaguillos; y que a los acompañados de fuera le da la cera la fábrica. A la tarde de ese día van por la Imagen al Hospital y después de vísperas se vuelve al Hospital"[1].

 

Es interesantísimo este Memorial de fiestas, puntualicemos algunas consideraciones:

 

Primero: Cuando en los textos se nombra la "fábrica", debemos entender la parroquia como tal.

 

Segundo: Se dice que el día del Corpus no hay procesión, que es al día siguiente cuando se realiza una alrededor de la Iglesia. Esta procesión no es la del Corpus, sino una que estaba dirigida a los cofrades del Santísimo para ganar las gracias o indulgencias propias de su Cofradía.

 

Tercero: La procesión general del Corpus se celebraba en agosto, época en que las labores del campo permitían un cierto descanso. San Salvador se celebraba el 6 de agosto. Observemos, además, cómo en el "fiesta principal", es decir, la procesión del Corpus, participaban "el lugar", o sea, el pueblo de Albaida, la cofradía y la fábrica, la parroquia.

 

Cuarto: Se expresa la existencia del Hospital y en él la Imagen, aludiendo a la primitiva Imagen de  Nuestra Señora del Socorro, que, como se ha comprobado en la restauración realizada por don Francisco Limón Parra, se halla mutilada dentro de la que en la actualidad se conserva, aunque el Niño que la actual posee, sí podría ser el de la primitiva, dadas sus características de buena hechura de la llamada "buena época", lo que lo convierte en una de las joyas del actual templo parroquial.

 

Quinto: Este Memorial de fiestas, fechado en 1637, está realizado a modo de recopilación o información que recoge el entonces cura D. Juan Damas, de ahí que se exprese en los términos: "otros dicen", "dicen", lo cual nos hace pensar que intenta inventariar los cultos que se celebraban "de uso y costumbre", lo que denota que éstos poseían una cierta antigüedad, lo que corrobora que las fiestas y cofradías a las que alude existían, al menos, desde el siglo anterior.

 

Don Antonio Herrera[2] dice que de 1639 se conservan unas Reglas de esta Hermandad en el Archivo del Palacio Arzobispal de Sevilla, pero no las documenta.

 

Por nuestra parte no ha sido aún objeto de investigación, aunque está este asunto, junto con otros, pendiente de posteriores estudios.

 

"Es muy sabido y antiguo uso de sentir en España que tres cosas ha de tener un ciudadano en el lugar donde está avecindado: casa en que vivir, que sea suya para que nadie le eche de ella ni tenga ocasión de mudar sus trastos, cosa tan penosa de suyo; sepultura, en que enterrarse porque nadie inquiete sus huesos hasta el Juicio Final quare inquietasti me ut subsisterem, 1 Reg. Cap. 28; y cofradía con que honrarse, porque su entierro se haga con pompa funeral, acompañamiento y sentimiento de los vecinos de su pueblo, que le encomienden a Dios, y lleven su cuerpo a la sepultura que éste es uno de los fines conque las cofradías se instituyeron; y conforme a ello tienen todas en sus reglas, orden particular de cómo se debe hacer el acompañamiento de los cofrades difuntos, a cuyo cumplimiento están obligados debajo de buena fe y sin fraude del pacto y concierto con que son recibidos en las cofradías; que faltar a ello es pecado grave, pues no cumplen lo que prometen de hacer en beneficio del cofrade que reciben y le engañan y quitan lo que le deben de justicia por la admisión y limosna acostumbrada que da cuando es recibido, y le prometen y encargan y aseguran de acompañar su entierro cuando muera. Omne promissum est debitum.

No es lo principal el instituto referido de las cofradías, porque en primer lugar se pone como se debe la reverencia a Dios y el aumento y ornato del culto divino para que fueron fundadas y se fundan las cofradías para esto, que todas ellas miran primeramente a este acto de religión y devoción a Dios y a sus Santos, en cuyo nombre e invocación se fundan. Y los fieles se congregan en uno y así cuanto mayor fuere este respeto y devoción debida, mayor será la obligación y atención de la cofradía para cumplirla, y a nadie mejor que al Santísimo Sacramento"[3].

 

Estos dos fines expresados por el Abad Alonso Sánchez Gordillo eran los principales para nuestra Hermandad, pero además, como ya hemos expresado en las consideraciones generales del inicio del capítulo, ésta tenía un carácter asistencial y hospitalario.

 

Un documento, el cual obra en nuestro archivo particular, y que nos facilita algunos datos sobre la Cofradía y Hospital del Santísimo, dice:

 

"En la Villa de Albaida en 25 de junio de 1690, el señor Gobernador de la Abadía de Olivares, pasó a visitar el Hospital de la Hermandad del Santísimo Sacramento, su título La Madre de Dios del Socorro, y reconoció en dicho Hospital un altar sin ara y con un frontal de damasquillo encarnado de lana. Ytem unos manteles con soles y puntas. Ytem una cortina de tafetán anteado con encajes negros. Ytem dos caídas de los lados de olandilla anteada. Ytem una gotera de sitial de rayadillo. Ytem una Imagen de Nuestra Señora con un Niño en los brazos y el vestido de raso musgo de flores y el manto de lama musga antiguo. Ytem dos caídas de puntas finas de flandes con diferentes lazos encarnados. Ytem mandó dicho señor Gobernador que a dicha Imagen y Niño se le pongan unas coronas decentes por no tener ningunas. Ytem se reconoció una lámpara de azófar (latón). Ytem una campana pequeña que está a la puerta de dicho Hospital.

Y dicho señor Gobernador tomó juramento en forma a Alonso Sánchez, hospitalero, que declaró no haber más bienes ni alhajas que las referidas, los cuales se les entregaron para que estén a su cargo y dé cuentas de ellos en cualquier tiempo y así mismo se le mandó, debajo de Santa Obediencia, cuidare de dicha Capilla y Hospital, y de los pobres que se hospedasen en él. Todo lo cual lo ofreció cumplir como se le manda, así lo proveyó y lo firmó".

 

Siguiendo con el Hospital y extrayendo los datos de los Libros de Cuentas y Cabildos, diremos que, al igual que ocurrió con el de San Sebastián, son pocas las referencias que lo describan y, en general, se refieren a obras que se realizan. Así, en la cuenta de 1739, se dice:

 

"Se le abonan 151 reales de vellón que gastó en la obra del hospital"

 

El Hospital poseía un patio, pues en 1742 se abonan "5 reales y medio por limpiar el patio del Hospital", y un corralito, que anualmente arrendaban para obtener de él algunos beneficios, del cual en 1753 "se le hace cargo al dicho mayordomo de 22 Rv., los mismos que ha debido percibir en sí mismo como arrendatario del corralito de esta Hermandad, junto a su Hospital".

 

De 1755, la nefasta fecha del Terremoto, son los datos siguientes:

 

"Ytem se le abonan 30 reales y medio de vellón, los mismos que por relación jurada que presentó, haber pagado en reparación del hospital de esta Hermandad en desconchados".

 

Y en ese mismo año, tras el Terremoto, el Libro de Cuentas y Cabildos de la Hermandad que nos ocupa, hace una interesante y valiosa observación:

 

"Ytem dio en data y se le abonan 10 Rv., los mismos que pagó a Domingo Chaves y Francisco Muñoz Moreno, maestros del Excmo. Sr. Duque de Alba y de Olivares, por el reconocimiento del Hospital del Santísimo y las ruinas que padeció en el Terremoto que hubo el día primero de este mes de noviembre, constó de recibo que presentó".

 

"El corralito de la Hermandad del Santísimo de esta dicha Villa está ocupado con materiales como arrimado a la Iglesia mientras su reedificación. Y a su tiempo se anotará la gratificación que por esta ocupación ha de dar el maestro de dicha obra, según tiene estipulado con los señores alcaldes de esta Hermandad".

 

Así se expresa en la cuenta de 1757, refiriéndose a la utilidad que se le dio al corralito durante la construcción de la nueva Iglesia.

 

Pero el Hospital, como hemos visto, fue reconocido de los efectos del Terremoto y necesitó de importantísimas obras, las cuales se relatan en la cuenta de 1759:

 

"Ytem dio en data y se le abonan al dicho mayordomo 852 reales de vellón de la obra que se ha hecho en el Hospital de esta Hermandad, derribando y levantando de nuevo todo el terreno, tejados y tapias".

 

Como podemos observar, no sólo se reedificó de cimientos el templo parroquial, sino que el Hospital del Santísimo fue, igualmente, prácticamente rehecho. Durante estos años que duró la obra, la Hermandad del Santísimo se estableció, al igual que la Parroquia, en el Hospital del Glorioso Mártir San Sebastián.

 

Nuevamente, en 1762, se pagan "11 reales de vellón a Jacinto Díaz por reparar los desconchados y tejado del Hospital".

 

En 1761 se habla de "composición de puertas del Hospital de pobres", y será en la cuenta del año 1770 cuando se nos diga que gastaron "288 reales que importaron la hechura de las puertas nuevas del Hospital propio de esta hermandad en los que se incluyen 88 reales de vellón que valieron los clavos y demás herrajes que tiene. Constó de 3 recibos de Bartolomé González, maestro carpintero de la Villa de Olivares". Y en 1771 fueron "108 Rv. de la pintura de las puertas".

 

Varias anotaciones de interés se obtienen de la cuenta de 1764, donde se especifica:

 

"Ytem ... 387 reales y 16 maravedíes de una campanita nueva de metal que se ha hecho nueva para el Hospital del santísimo de esta Villa, por ser la que había indecente y muy chica y no se oía cuando se tañía a los cabildos generales de esta Hermandad. Y aunque la que se ha hecho nueva pesa 62 libras y 2 cuartas de metal. Constó de recibo de Bartolomé Osorio, fundidor en el barrio de San Bernardo, extramuro de la ciudad de Sevilla, su fecha en el 23 de julio pasado de este año, que presentó".

"Ytem... 186 Rv. que importó el campanario nuevo que se hizo en el Hospital de esta Hermandad, en cal, ladrillos, peonadas de los hombres que trabajaron en él y jornales de Jacinto Díaz, maestro de dicha obra"

"Ytem... 72 Rv. de la cabeza de madera que se le hizo a dicha campanilla, abrazaderas de hierro, cruz que se hizo para el campanario, color y trabajo de pintado. Constó de recibo de Bartolomé de Herrera, maestro carpintero de Olivares".

 

En 1780 se dice que se gastaron "50 Rv. en componer la campanilla".

 

Las obras y reparaciones continuaron. Así en Auto de visita de 1776, se expresa:

 

"Hallándose la dicha Hermandad con fondos suficientes para poder reparar la Capilla en donde se celebran las funciones y juntas de ella (...) mandó se hagan las obras y reparos de que necesita la dicha Capilla".

 

"Ytem... 80Rv. que dio al Sr. D. Bartolomé Bueno, cura de esta Villa, para la obra del Hospital de dicha Hermandad".

 

Este último texto está tomado de la cuenta del año 1777. El motivo de darle el dinero al cura era por razón de su cargo ya que, por Regla de esta hermandad, el cura párroco de la Iglesia era a su vez presidente de la Hermandad del Santísimo, y debió ser éste quien gestionase directamente los caudales y gastos de la obra.

 

Por estos años, las tomas de cuentas eran muy irregulares y poco descriptivas, por lo que en Auto de visita, fechado en 28 de noviembre de 1780, se expresan las quejas por la falta de claridad de las mismas; debido a ello, "se ignora también si se ha hecho o no la obra que se mandó hacer, por no constar en el Libro, y se hecha de ver la poca formalidad que se lleva en la toma de cuentas anuales a los respectivos mayordomos". En este mismo Auto, se manda que la obra material de la Capilla del Hospital se ponga en ejecución con la mayor brevedad posible.

 

Debido a esta apatía de los mayordomos e irregularidades de sus cuentas, además de una larga etapa de decadencia, que más adelante examinaremos, no tenemos más noticias del Hospital de la Madre de Dios del Socorro hasta el año 1845 en que se expresa en el Libro de Cabildos:

 

"(...) dispusieron que hallándose ruinosa la Capilla y habitaciones contiguas a ella, se invitase a un maestro alarife para que registrase y viese su defecto y costo de sus reparos, para así resolver la Hermandad lo que a bien tuviere y sin olvidarse de su reedificación lo más pronto posible".

 

Retomando otros aspectos sobre la vida y funcionamiento de esta Hermandad, diremos que el Hospital, desde sus orígenes, estaba atendido por un hospitalero y hospitalera, que tenía como misión cuidar de su higiene y limpieza. De ello se nos informa, además del ya citado Auto de 1690, en las cuentas de los años 1739 y 1742, respectivamente:

 

"Mas da en data 12 reales de vellón de ayuda de costa que se le da al hospitalero"

"... 12Rv. que en cada un año se le dan a la hospitalera por el cuidado de la Capilla".

 

Y también, debido a los malos tiempos que corren para las Hermandades, en el Libro de Cabildos, el celebrado en 1793, se acusa a la moradora del Hospital de no cumplir con sus obligaciones, acusándola de salir y dejar la Capilla abierta, de lo cual se defiende la susodicha diciendo que no había llaves. Visto esto, el cabildo decide colocar cerraduras y llaves y ordena a la hospitalera cumpla con sus obligaciones "so pena de expulsión". Por estas fechas, y desde ya hacía bastante tiempo, la Hermandad se limitaba, casi exclusivamente, a los actos de culto, habiendo perdido su carácter asistencial, por lo que el Hospital servía de morada o vivienda a la hospitalera, como ocurría con las dependencias de la Capilla de la Santa Vera+Cruz hasta hace relativamente pocos años.

 

Respecto a los cultos que esta Hermandad tenía obligación de celebrar, constan los siguientes: Una misa cantada cada tercer domingo de mes; trece misas cantadas por las personas que le dejaron sus haciendas; seis misas de memorias rezadas; el día anterior al Corpus celebraba vísperas, el jueves día del Corpus se decía una misa cantada por doña Leonor de Carabajas, al día siguiente, misa cantada por las intenciones del Papa que concedió la Bula otorgando innumerables gracias a sus cofrades, y al domingo siguiente, misa de réquiem por los hermanos difuntos; procesión del Santísimo Corpus Christi en fecha variable; vigilia, vísperas, misa cantada de la Asunción y vigilia y misa de réquien por los difuntos, en agosto.

 

Desde el primer Libro de Memorias y Capellanías que se conserva en nuestro Archivo parroquial, se recogen las misas del tercer domingo de cada mes. Refiriéndose a ellas, el Abad Gordillo, en su obra ya citada, expresa:

 

"Y en lo espiritual ninguna hay de advocación de ningún Santo, ni antigua ni moderna, que tenga tantas gracias e indulgencias como la Cofradía del Santísimo Sacramento. Véanse las Bulas del Papa Paulo III dadas en el año 1545, confirmadas por el Papa Gregorio XIII en el año octavo de su pontificado, que fue el de 1580, en que se hallarán gracias y perdones innumerables que no tienen otras ningunas cofradías, y en particular las que concede para el tercer domingo de cada mes (que conforme a la Bula referida no puede variarse) para todos los hermanos de la Cofradía del Santísimo Sacramento que aquel día le honrasen y venerasen en público (como se pone en la iglesia), a lo que los cofrades, más que otros, tienen obligación de asistir y procurar la honra de Dios, por el bien de sus almas y por el honor, que de honrar y venerar a su Dios y Señor reciben, por ser su Padre y Señor; y en ello se manifestará el amor de Padre y reverencia de Señor, que le deben mejor, que en otro acto de devoción por fervoroso que sea"[4].

 

Respecto a las misas cantadas y rezadas de memorias, al igual que al resto de las Hermandades, muchos cofrades de esta Hermandad, al morir, dejaron en sus testamentos tierras, haciendas y casas para la misma, la cual, estaba obligada a cambio a celebrar "misas de memorias" en bien de la salvación eterna de sus almas.

 

Desde mediados del siglo XVIII, aunque debía ser tradición y costumbre muy anterior, consta que los cofrades de la Hermandad estaban obligados, por riguroso orden, a realizar una hora de vela y adoración al Santísimo Sacramento en el Monumento. En la cuenta tomada en 1754 se dice:

 

"Ytem se le hace cargo al dicho mayordomo de 44 Rv. y 24 mrs., los mismos que ha debido cobrar de Roque González, Isidoro Romero, Joseph López, Juan Franco, Joseph Lorenzo López, Antonio Jacinto Ramírez, Diego Rodríguez de Fuentes, Pedro Montero, Gerónimo Carrasco y Jacinto Ibáñez, todos hermanos de la Hermandad del Santísimo Sacramento de esta Villa, y son de penas de media libra de cera según el tiempo de 4 Rv. y 16 mrs. cada uno, por haber faltado todos éstos a hacer su hora el Jueves Santo al Santísimo Sacramento, según Auto acordado en acuerdo general en 7 de septiembre de 1749, en virtud del desorden y falta que sobre este asunto se experimentó según siempre ha sido estilo".

 

 

Otra de las obligaciones cultuales que tenía esta Hermandad era la celebración de la Festividad de la Asunción de Nuestra Señora, titular de la Parroquia. Constaba esta celebración de vísperas, vigilia, misa cantada, procesión y misa de aniversario o réquiem por los hermanos difuntos.

 

Son prácticamente inexistentes los datos que sobre esta celebración se hallan en sus Libros de Cuentas y Cabildos, sólo sabemos de ella a través de los Libros de Memorias y Capellanías, de donde conocemos que se celebraba a finales de agosto, y en algunos casos en los primeros días de septiembre, tal es el caso de los años 1724, 1725 y 1726. En 1720 se celebró esta Festividad el 22 de septiembre.

 

Junto a las dos misas cantadas de aniversario o réquiem que tenía obligación de celebrar cada año por las fiestas del Corpus y de la Asunción, estaba esta Hermandad obligada a celebrar una misa rezada de réquiem por cada hermano que falleciese con el ritual que hemos estudiado al inicio de este capítulo.

 

Pero la gran fiesta y acto principalísimo de culto de esta Hermandad era la procesión del Corpus, que como hemos señalado ya, se celebraba en agosto. El vecino pueblo de Salteras sigue conservando esta tradición.

 

Desde sus orígenes, la Festividad del Corpus, estuvo acompañada de un marcado carácter festivo, que prevalecía incluso sobre lo mayestático. Sin duda fue una interpretación literal de lo que Urbano IV, en 1264, recomendaba en la bula institucional: "Cante la fe, dance la esperanza, salte de gozo la caridad". Y así fue cómo no sólo se empezaron a engalanar las calles por donde había de discurrir la procesión y alfombrarse de flores e hierbas aromáticas, sino que se asociaron a la festividad litúrgica una serie de pintorescos jolgorios populares. Tales fueron las tarascas, los carros sacramentales y las danzas.

 

Las tarascas eran composiciones alegóricas, en las que los vicios humanos, representados en forma grotesca, se veían atacados y dominados por las virtudes cristianas. Pero esto no quitaba que los símbolos del vicio fueran representando su oficio con tal grado de picaresca, que hicieran las delicias del público.

 

De andar por las calles en las vísperas del Corpus, las tarascas pasaron a formar parte del propio cortejo procesional, puestas en grandes carros rodantes al principio del mismo. La gente se divertía tanto con las tarascas que, al pasar el Santísimo, quedaba poco lugar para la devoción. Incluso los más ligeros preferían ir todo el tiempo tras las tarascas, olvidándose del Santísimo Sacramento. Aditamento de aquéllas eran los gigantes y cabezudos.

 

Otro festejo popular que se unía a la fiesta del Corpus, de mayor calidad sin duda, fueron los autos sacramentales. En Sevilla los organizaba el Cabildo eclesiástico al término de la procesión, desarrollándose en grandes carros que se colocaban delante de la puerta mayor de la Catedral, estando presente el Asistente de la Ciudad y el Cabildo secular. Duraban las representaciones hasta las cuatro de la tarde, hora en que se regresaba a la Catedral para los oficios vespertinos y las danzas de los seises. La última vez que se celebraron en Sevilla fue el año 1674.

 

La peste había entrado por Murcia y el jesuita Tirso González se hizo agorero del cielo, prometiendo que la enfermedad no llegaría a Sevilla si de una vez por todas se expulsaba a los comediantes, los de los autos sacramentales incluídos. Hubo algunos apestados por la Macarena y Triana; pero los autos sacramentales del Corpus quedaron sacrificados para siempre.

 

De ninguna de estas dos celebraciones festivas tenemos noticias que se celebrasen en Albaida; pero, sí, y muy abundantes, de las danzas.

 

Muy sonadas y variadas fueron las danzas del Corpus de Sevilla. Tenían su apogeo en el último día de la octava del Corpus, entrando en el coro después de Completas y bailando a continuación de los seises: los hombres con sombreros blancos y plumajes y las mujeres con carátulas. Hasta 1559 estuvieron sostenidas por los gremios y después se hizo cargo de ellas la Ciudad, o sea, el Concejo de la misma o Ayuntamiento. Simón de la Rosa, cuenta treinta danzas a mitad del siglo XVI.

 

Hasta que llegó a la sede hispalense en 1685 el aragonés Jaime Palafox y Cardona quien, hasta morir en 1701, se pasó su pontificado de pleito en pleito con los Cabildos eclesiástico y secular para corregir lo que él estimaba corruptelas. Una de ellas fue la de las danzas y tarascas.

 

Se armó el escándalo en el día del Corpus (25 de mayo) de 1690. Palafox prohibió la participación de las danzas en la procesión, valiéndose del Asistente, a la sazón el Conde Montellano. Se le pusieron en contra la Ciudad y el Cabildo eclesiástico. La Ciudad recurrió en el acto contra el mandato del Arzobispo a la Real Audiencia, mientras que el Cabildo eclesiástico se encerraba en la sala capitular de la Catedral, deteniendo la salida de la procesión hasta que la Audiencia resolviera.

 

A las doce del día llegó a la Catedral la providencia de la Audiencia que desestimaba el mandado del prelado y revocaba el auto del Asistente. Recibida la Ciudad en la Catedral con grandes aplausos del pueblo, se dispuso a salir la procesión. Palafox volvió a prohibirla, alegando que era ya pasado el mediodía, bajo apercibimiento de excomunión y otras penas.

 

Como ya parte de la procesión estaba fuera, algunas comunidades religiosas y gremios se retiraron, mientras otros grupos continuaron adelante. El Cabildo eclesiástico volvió a recurrir a la Audiencia, que de nuevo desautorizó al prelado.

 

La Custodia salió al fin de la Catedral a la una y media de la tarde y regresó sobre las cuatro, mientras Palafox rumiaba su impotencia detrás de los balcones de Palacio.

 

Ese día terminaron los oficios a las nueve de la noche, sin que faltaran danzas, tarascas y autos sacramentales, con gran regocijo popular.

 

Sin embargo, Palafox, terco como buen aragonés, consiguió en 1695 una Cédula firmada por el Presidente del Consejo Real de Carlos II, que prohibía la entrada en el templo de las danzas y tarascas.

 

En 1697, los danzantes desobedecieron todas las órdenes y fueron bailando delante de la Custodia desde la puerta de los Palos hasta el trascoro.

 

El 12 de mayo de 1699 firmaba personalmente Carlos II otra Real Cédula estableciendo que sólo los hombres formarían en las danzas; que no llevarían velos, ni mascarillas, ni sombreros delante del Santísimo Sacramento, sino guirnaldas o coronas de flores; que podrían bailar en la iglesia, pero no durante la misa u horas canónicas y en otros lugares que no fueran el presbiterio o el coro.

 

Así continuaron las cosas en Sevilla durante el siglo XVIII, en progresiva decadencia, en parte porque la Ciudad iba escatimando ducados.

 

Fue Carlos III, el 21 de junio de 1780, quien por Real Pragmática dispuso definitivamente que:

 

"... en ninguna Iglesia de estos mis Reinos, sea Catedral, Parroquial, o Regular, haya en adelante tales danzas, ni gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones y demás funciones eclesiásticas, como poco conviene a la gravedad y decoro que en ellas se requiere".

 

Por lo que respecta a la Hermandad del Santísimo Sacramento de Albaida, debió ser costumbre habitual en la procesión del Corpus el acompañamiento de estos danzantes, pues ya en la primera toma de cuentas del Libro más antiguo que se ha conservado[5], se dice en 1739 y 1746 respectivamente:

 

"Se le abonan 246 Rv. que ha importado la memoria de gastos que se dio de la comida de los músicos, danzantes, ..."

"... 22 reales que le dieron al tamborilero que vino a tocar a los danzantes".

 

En 1748 se afirma pagar "7 reales y medio, los mismos que importaron tres jornales de la llevada de los músicos y danzantes a Sevilla en dicha festividad". En 1755 fueron "... 200 Rv., los mismos que pagó a don Gabriel de Morales, maestro de capilla de la Iglesia Parroquial de Señora Santa Ana de Sevilla, que vino con siete músicos a la Festividad del Corpus del día 20 de septiembre" y "150 Rv. pagados a Manuel Ferreyra de Silva, maestro danzante y a sus compañeros por su asistencia y danza en la Festividad del Corpus".

 

Aunque sólo hemos reseñado estas cuentas, es necesario decir que en todas las que anualmente se tomaban aparece una partida de gastos aludiendo a los músicos y danzantes hasta la última conservada de 1780, que coincide, como hemos visto, con la supresión de los danzantes por orden del rey Carlos III.

 

Como dato curioso al respecto, señalamos el siguiente. Era costumbre de la Hermandad ofrecer a los músicos y danzantes que participaban en la procesión del Corpus la comida mientras éstos permanecían en la Villa. Así mismo, entre las muchas posesiones de tierras que tenía la Hermandad, había una que arrendaba anualmente para pasto del ganado. Según se comenta, era estilo y costumbre que el arrendador de estos pastos regalase a la Hermandad un carnero con el cual ésta satisfacía la comida de los músicos y danzantes. Pues bien, en la cuenta del año 1752, leemos:

 

"Por mandado de dichos señores alcaldes, diputados y visitadores de la Hermandad del Santísimo de esta Villa, se le hace cargo al dicho mayordomo señor Pedro de Gelo, alguacil mayor y mayordomo de esta Hermandad, y precediendo el consentimiento del señor don Joseph de la Cruz Vaquero, cura párroco de la Iglesia Parroquial de esta Villa, presidente de dicha Hermandad, de 30 Rv. que el año presente ha importado un carnero que, siempre que el campo se arrienda, los señores Justicia, Concejo y Regimiento de esta Villa, sacan de partido para el gasto de los músicos y danzantes que concurren a la Festividad del Corpus. Y como en este año, por hallarse la Hermandad precisada a hacer varias obras en su Hospital, muy precisas, no vinieron los unos y los otros, y haberse comido dicho mayordomo el carnero que según dicho estilo han dado los RR.PP. del Colegio del Señor San Hermenegildo de la Compañía de Jesús de Sevilla, del ganado que cría anualmente en su cortijo de la Pizaña, que en el año presente han tenido arrendado, como otros arrendadores, sólo se le carga como que es utilidad de dicha Hermandad".

 

En resumen, dice que el carnero que se ha dado por tener arrendado el campo y que sirve para la comida de los músicos y danzantes, al no haber venido este año, se lo quedó el mayordomo y, por tanto, debe aportar éste a la Hermandad los 30 Rv. de su valía, los cuales se emplearían para ayudar a costear las obras del Hospital.

 

Caso contrario es el que ocurrió en 1755, en que sí vinieron los músicos y danzantes pero no se arrendaron los pastos y, por tanto, la comida para los primeros se costeó de la forma siguiente:

 

"Ytem ... 120 Rv. de esta forma: 75 Rv. que abona por sí la Hermandad al mayordomo para la comida de los músicos y danzantes, desde la víspera del Corpus hasta el siguiente por la tarde en que se van; y los 45 Rv. restantes lo abonan los alcaldes y diputados de esta Hermandad para un carnero que siempre que los pastos del término se arriendan a ganado lanar, es estilo dar para esta función; y como no se ha arrendado este año de la fecha, suple uno y otro dicha Hermandad".

 

Otros elementos relacionados directamente con la procesión del Corpus, como no podía ser de otra manera en cualquier fiesta que se precie, era el uso de cohetes, los cuales aparecen reflejados en diversas datas de las cuentas.

 

En 1741 aparecen "20 reales que pagó por la composición de la cruz de plata del estandarte. Consta de recibo". Se trató de un arreglo de cualquier tipo, no de su hechura, pues usa la palabra "componer" que es equivalente a "arreglar, restaurar", amén del corto precio que se refleja.

 

Y de 1759 es el guión que se manda hacer y se estrena para los actos de bendición de la nueva Iglesia, como ya documentamos en su lugar.

 

Debemos señalar que en esta época, el Santísimo era portado bajo palio, y no en custodia en andas, pues como veremos, no poseía esta prenda la Hermandad.

 

Junto al culto debido al Augusto Sacramento, la Hermandad tenía una Imagen mariana bajo la advocación de Madre de Dios del Socorrro, de la cual ya hemos tenido noticias en el Auto de visita mencionado de 1690.

 

Como tantas otras veces, tenemos que lamentar la pérdida de la documentación que nos aportase datos sobre su autoría y fecha de realización. Nada sabemos de ello.

 

Será a partir de 1748 cuando de su Libro de Cuentas obtengamos la siguiente reseña:

 

"Ytem da en data 1.080 reales de vellón, los mismos que por memoria jurada de gastos, constó haber importado el vestido que a Nuestra Señora se le hizo en 24 varas de tela a 38 Rv. la vara, olandilla, tafetán, seda candelilla, cinta, ballena, estopilla, cinta labrada, gasa y otras menudencias".

 

En 1749 serán "11 Rv. del importe de dos varas de bretaña y una camisa para Nuestra Señora. Consta de recibo de don Joseph Fernández, mercader de Sevilla".

 

Como podemos observar, tanto por el dinero empleado, como por la cantidad y variedad de materiales, se le debió hacer un juego completo (saya, manto, tocado) a la Virgen del Socorro.

 

En 1752 "23 reales y medio que ha gastado en componer el rostrillo de Nuestra Señora del Socorro, constó de recibo que presentó". Nuevamente, en 1755, "dio en data y se le abonan 95 reales de vellón y 8 maravedíes pagados a don Joseph de la Cruz Vaquero, cura, que se encargó en la compra de unos vuelos, velos, gasa, lazos y cintas para Nuestra Señora del Socorro, propia de esta Hermandad, y en hacerle un verdugado nuevo. Constó de recibo que presentó".

 

Tres años más tarde, 1758, se le compone un nuevo rostrillo por valor de "50 Rv. para Nuestra Señora del Socorro, a quien debe esta Hermandad su mayor devoción", para la cual, en 1761, se comprarán "tres varas y media de encajes para las puntas de Nuestra Señora por valor de 42 reales de vellón".

 

En 1762 la atención se centrará en las mejoras del paso procesional de Nuestra Señora, el cual se debió arreglar:

 

"Ytem ... 12 reales de vellón pagados a Bartolomé de Herrera, carpintero de Olivares, por la composición del paso de Nuestra Señora y madera que empleó".

"Ytem ... 135 Rv. que gastó en 4 varas nuevas plateadas que se han hecho para el paso de Nuestra Señora del Socorro, por ser indecentes las que tenía. Constó de recibo de Joseph Guzmán, maestro de Sevilla".

"Ytem ... 8 Rv. que costó el fleco de seda encarnada y pajiza para la tumbilla del paso de Nuestra Señora. Constó de recibo de Phelipe Arcaya, mercader de seda de Sevilla".

 

En el Inventario de 1787 se dice "que el techo de palio es de raso blanco". En ambos casos, aunque cambie el tejido, su color es blanco.

 

Por los elementos descritos podemos imaginar el paso al estilo del actual de la Virgen de los Reyes de Sevilla, pero, con toda probabilidad, de menores proporciones.

 

Respecto a los varales, en 1779 se dice: "Ytem ... 15 Rv. que dio para ayudar a pagar las segundas varas que se hicieron para el paso. Consta de recibo". Mas en esta ocasión la reseña no especifíca nada más.

 

En 1764 son "118 Rv. y 26 mrs. que importó el memorial de gastos: 12 Rv. que se compraron para el Niño Dios, 6 reales y medio de una media cotilla para Nuestra Señora, 47 Rv. en 19 rosas grandes para Nuestra Señora, 2 ramos de flores para Nuestra Señora y el Niño Dios, y otras menudencias".

 

Al año siguiente, "51 Rv. en un cuello de encajes para Nuestra Señora y papel de seda para el vestido nuevo de raso pajizo de flores que doña María Nicolasa Zapata aplicó de una saya de doña Mariana de la Fuente Rosilla".

 

Éstos son cuantos datos hemos podido recoger relacionados con la Imagen de Nuestra Señora Madre de Dios del Socorro. En el siglo XIX debió de "restaurarse" esta Imagen. Restauración desafortunada ya que suprimió su mascarilla original de madera por otra de pasta-madera, la que presenta en la actualidad, dejando en su interior el volumen craneano primitivo. Esto se conoce gracias a la restauración que don Francisco Limón Parra ha efectuado a dicha Imagen en 1999.

 

Como indicábamos anteriormente, otra utilidad se le dio al carnero. En 1765 consta que " para la decencia de su Imagen de Nuestra Señora del Socorro que está en su Hospital, tiene determinado dicha Hermandad hacerle un retablito", y para ello, al no haber venido músicos ni danzantes en el mencionado año, el carnero quedó a beneficio de la Hermandad, siendo la ganancia de su venta destinada para engrosar los fondos dedicados al dicho "retablito".

 

Acerca de la fecha, realización y demás datos del retablito no se aporta ningún tipo de noticias, entre otras razones, como veremos seguidamente, porque las cuentas a partir de estos años se hallan confusas y nada explícitas.

 

Será en el Inventario de 1790 cuando sepamos de la existencia del mismo, pues dicho Inventario comienza:

 

"En la Capilla del Hospital, la Imagen de Nuestra Señora del Socorro en su retablo de madera por dorar, y Nuestra Señora tiene un Niño en los brazos con vestidos de flores de seda color blanco con flores de distintos colores".

 

En los mismos términos se repiten los diferentes inventarios hasta el último datado en 1826, por lo que deducimos que hasta esta última fecha el retablo no había sido dorado aún y con toda probabilidad nunca se llegase a dorar, pues no existen indicios documentales de ningún tipo que manifieste lo contrario.

 

A partir del último cuarto del siglo, una serie de factores sociales, políticos e incluso religiosos, producen un decaimiento en las Cofradías, que analizaremos detalladamente en el capítulo siguiente sobre las Hermandades penitenciales.

 

Consecuencia de éstas y otras razones, se produce en todas las Hermandades una fuerte crisis, que en el caso de Albaida terminará con las Hermandades de San Sebastían y del Rosario; y, a duras penas, subsistirán, llegando hasta nuestros días las de la Santa Vera+Cruz y la de la Soledad. La del Santísimo Sacramento vencerá la crisis del XVIII pero sucumbirá posteriormente. La actual Hermandad Sacramental y de San Sebastián no podemos considerarla, bajo ningún concepto, como una "continuación o refundación" de ninguna de las anteriores, ya que fue creada en la década de los setenta del siglo XX.

 

Volviendo al tema que nos ocupa, en una orden de la Abadía de Olivares, fechada en 1788, se nos describe la situación por la que atravesaban las Hermandades y, en especial, la del Santísimo Sacramento:

 

"... por la desidia, abandono, y lo que es más, por la mala administración de sus cofrades, se hallan reducidas, no hay alguna en la que por parte de ellas se verifique cumplir sus obligaciones (...) Entre todas, la del Santísimo Sacramento, que por sus crecidas rentas debería ser formal y puntual en la ejecución de sus deberes, se halla como las demás, sin haber tratado aun de hacer su función anual al Señor ni pensar en tomar cuentas a sus priostes..."[6].

 

Años antes, en 1784, el mayordomo de la Fábrica Parroquial, interpone pleito ante el Abad de Olivares contra las Hermandades de Albaida. El motivo era la falta de pago del ingreso o subsidio anual que las Hermandades estaban obligadas a pagar a la Parroquia por los cultos que celebraban. Tras dos largos años de pleito, las Hermandades, amenazadas de embargo de sus bienes, seguían sin hacer efectivo el pago. No conocemos el desenlace final, pues el documento concluye sin haber quedado resuelto el dicho pleito.

 

Tal era la situación por estos años. Pero lejos de remediarse este estado de cosas, empeoraría. Es la propia Hermandad, en su Libro de Cabildos, la que en 1793 dejará escrito:

 

 

" ... Luego, inmediatamente se dijo: estarse experimentando en esta Hermandad muchas faltas, tanto en el culto como en la administración de sus caudales; pues habiéndose llevado a la ciudad de Sevilla, por orden superior, al señor Fiscal de Su Majestad, la Regla de ella para ver si tenía la real aprobación, de la cual no se ha hecho la más mínima diligencia para su regreso, causando esto graves perjuicios y faltas de sus hermanos a las precisas obligaciones de sus cargos. Ayudando a esta desidia la de no haber en esta Hermandad un Hermano mayor perpetuo que la presidenciase, perjudicándose el culto y los caudales. Pues lo que hacían los anuales oficiales de ella era procurar como podían hacer sus festividades (las que muchos años no se hacían en su tiempo acostumbrado ni como era debido) y después no se volvían a tocar más diligencias de acabar las cobranzas, tomar cuentas, ni depositar residuos; quedándose todos los años el caudal de dicha Hermandad entre unos y otros; pues como no tiene un arca de tres llaves, para que, concluido el año de cada prioste, se le tomaran sus cuentas y depositara en ella el sobrante, nunca había caudal para la aprobación de la Regla, ni reparar tantas faltas como en dicha Hermandad hay, causando esto más y más atrasos; pues no hay cuenta con cuenta. Y lo más es que muchos deudores han fallecido y sus alcances quasi perdido.

Por lo cual y para remediar en lo posible lo que se pueda sin los mayores gastos de esta Hermandad, ni de sus deudores, sus mercedes acordaron lo siguiente:

Primeramente acordaron de conformidad el crear un Hermano mayor, dándole facultad para que, por sí o con los oficiales, procure el que se traiga con la real aprobación la Regla de esta Hermandad, la cual se hará presente a ella en la primera junta que tenga para su puntual observancia de sus hermanos y cofrades.

Ytem que dicho Hermano mayor, con los anuales oficiales, procuren comprar un arca con tres llaves para hacer entrar en ella los caudales de esta Hermandad, la cual se depositará en las casas de dicho nuestro Hermano mayor con una de las tres llaves, la que poseerá durante su cargo. Las otras dos se entregarán la una, al alcalde mayor y la otra, al prioste actuales, siguiendo éstas a los que tengan iguales empleos anualmente.

Ytem que dicho Hermano mayor, con los anuales oficiales y hermanos más antiguos, y por ante el escribano de esta dicha Hermandad, tomen cuentas desde el primer deudor hasta el último, obligándoles a que depositen sus atrasos en la mencionada arca, dándoles por los antedichos claveros sus correspondientes recibos.

Ytem que de hoy en adelante, no se les haga cargo a los priostes que de hoy en adelante fuesen, más que los tributos, luminarias, ingresos y penas pertenecientes a su año; pues los inquilinos que tomen en arrendamiento las tierras de esta Hermandad, se han de obligar a pagar sus totales cantidades a la clavería de ella, pues por este medio se libertarán de tantos atrasos como se ven en los anteriores. Y que luego que acabe su año cada prioste, se le tome sus cuentas por dichos señores y hermanos claveros y oficiales con el escribano de esta ralacionada Hermandad.

Todo lo cual aquí declarado y acordado por todos los señores hermanos que asistieron al cabildo que antecede a este acuerdo, habiéndose hecho cargo de lo útil que le es a esta dicha Hermandad y a sus cofrades, tuvieron a bien el elegir y nombar, como nombran, para el cargo de Hermano mayor a don Domingo de Aguilar y Oviedo, vecino de esta Villa y hermano de esta propia Hermandad, al cual reconocían por tal Hermano mayor  y daban todas sus facultades y las aquí declaradas.

Quien estando presente lo aceptó y firmó, haciéndolo también el que supo, y el que no, lo señaló con la que acostumbra, de lo que doy fe.

Firmado: Don Joaquín Fernández de Araujo y Don Domingo de Aguilar (Presbítero)"[7].

 

 

 

Ante esta sabrosa Acta de cabildo, que refleja claramente por sus propios cofrades el estado de decaimiento de la Hermandad, hagamos algunas consideraciones que ilustren, a los no iniciados, algunos de sus puntos.

 

En primer lugar se dice que las Reglas de la Hermandad están en Sevilla para su real aprobación. Don Pablo de Olavide, Asistente de la Ciudad de Sevilla (1767-1779), marca el momento de la aplicación de la política ilustrada, propia de las corrientes de la época. Recién llegado a Sevilla se propone establecer  un  hospicio  en el antiguo colegio jesuita de San Hermenegildo y aplicar a su mantenimiento las rentas de las Hermandades y Cofradías. Esta idea es el resultado de la aplicación de la política de Carlos III hacia las Cofradías. Don Cayetano Cuadrillero, obispo de Ciudad Rodrigo, había elevado en junio de 1768 una propuesta al monarca para suprimir las Hermandades, a las que acusaba de ser la causa de la pobreza del país por los excesivos gastos que hacían.

 

Cuando el gobierno conoce la cantidad de asociaciones de ese carácter que existían, se ve obligado a establecer un control sobre la creación y desarrollo de las mismas; sólo en el reino de Sevilla había 426 Hermandades, 374 Cofradías, 50 Congregaciones y 21 Órdenes Terceras.

 

Para controlar esta situación se ordena a todas las Cofradías presentar sus Reglas, para si procede, sean aprobadas por el Real Consejo de Castilla, de ahí que las Reglas de nuestra Hermandad del Santísimo estuviesen esperando dicha aprobación. Pero ya hemos visto lo que ocurrió. Desconocemos si finalmente fueron o no aprobadas, los textos no aluden nuevamente al tema.  Puede ocurrir que, por este motivo, se encuentren en el Archivo del Palacio Arzobispal las Reglas de 1639.

 

En segundo lugar, no necesita comentario lo que venimos relatando acerca de las tomas de cuentas y pérdidas de fondos y caudales de la Hermandad. El texto es suficientemente claro.

 

Respecto al culto y procesión, se hace constar que muchos años no se realizaba, síntoma inequívoco del lamentable estado de decadencia en que se halla.

 

Pero, desgraciadamente, estos buenos propósitos y remedios que se acuerdan en el citado Cabildo, no van a dar al traste con la desidia que sufre la Hermandad. Así, cinco años más tarde, en 2 de septiembre de 1798, se produce un nuevo acuerdo en los siguientes términos:

 

"Dadas las repetidas faltas de asistencia a la procesión del Corpus, octava y Jueves Santo, se les impondrá penas de 4 Rv. por cada día de falta a la obligación, advirtiéndoseles que de no pagarlas, no tendrán derecho a los emolumentos que, en caso de menester, dicha Hermandad asiste a los hermanos, mientras no satisfagan una por una dichas deudas".

 

Así termina el siglo XVIII, en plena decadencia. Atrás quedaron las gloriosas solemnidades con que, desde antiguo, honraba al Augusto Sacramento.

 

Pero este lamentable estado fue a más. Por si faltaba algo, el siglo XIX se inicia con la invasión francesa y la reacción española, nuevas epidemias, carestía, y un sin fin de catástrofes que repercutirían, aún más, al nefasto estado de nuestras Hermandades.

 

Será en 1808 cuando el párroco de Albaida, D. Antonio Lucena y Annes, presente ante la Abadía de Olivares un memorial pidiendo se tase el estipendio con que las Hermandades deben corresponder a la Fábrica Parroquial por la celebración de sus obligaciones y festividades. Examinado dicho memorial, el Abad de Olivares, Bernardo Antonio Poblaciones Dávalo:

 

"Habiendo visto la certificación presentada para que se tase el estipendio con que deben contribuir las Hermandades sitas en dicha Iglesia por las varias funciones y festividades que mandan celebrar con arreglo a  sus Constituciones, y  se modere, o reduzca el número de misas cantadas y rezadas que tienen, por la escasa limosna con que contribuyen para todo, Su Señoría Reverendísima, teniendo presente las actuales circunstancias de los tiempos y la cortedad de medios y arbitrios de dichas Hermandades para que aumenten las limosnas y estipendios de las funciones y misas que mandan celebrar; y al mismo tiempo, queriendo que subsistan y continúen con el mayor fervor todos los actos y ejercicios de piedad y de religión, propios de sus Institutos, usando de las facultades, que como verdadero ordinario y prelado de esta jurisdicción le corresponden, y de las concedidas a este efecto por la Silla Apostólica, dijo: debía mandar y mandó se ejecute lo siguiente:

Primeramente, las fiestas mensuales, procesiones, aniversarios y demás festividades que se mandan hacer y celebrar por la Hermandad del Santísimo Sacramento de la nominada Iglesia Parroquial de Albaida, como propias de su Instituto, y se expresan en el número primero de la certificación presentada, quedan todas y subsisten por ahora, celebrándose y ejecutándose en los mismos términos y forma que hasta el día se ha acostumbrado y bajo la misma limosna que tiene de uso y costumbre dar dicha Hermandad.

Respecto a que el número de misas, así cantadas como rezadas, que son de cargo de ella el mandar decir y celebrar no tiene dotación fija de estipendio, y que todo se incluye en la limosna de trescientos reales a que se refieren en la mencionada certificación, Su Señoría reducía, y redució (sic) el número de las cantadas, que son treinta a quince; y el de las rezadas, que son doce a seis, diciéndose en la forma y modo que se haya acostumbrado hasta el presente"[8].

 

Por lo que respecta a las Hermandades de la Soledad y Vera+Cruz, lo describiremos en su lugar en el siguiente capítulo.

 

En el mismo estado de languidez continuó la Hermandad en los años siguientes.

 

En 1825, se advertía un gran descalabro en la misma y vendría a quedar en la más infeliz situación por el poco cuidado y ninguna exactitud que se tenía en pedirles cuentas a los mayordomos y en hacerles afrontar los intereses de la Hermandad.

 

Se estableció además no se favoreciese con cera, paño y caja mortuoria a aquel hermano que debiese a la Hermandad la cuota de entrada, el repartimiento y demás, "pudiéndolo satisfacer anualmente, pues con nada de lo dicho sería socorrido pasados dos años sin haber satisfecho; pues siendo interés de poca entidad, aun el más infeliz, puede cumplir si quiere"[9].

 

Como un respiro, o una isla en medio de una prolongada tempestad, es el Acta del cabildo que con fecha 5 de octubre de 1828 relata una función del Corpus:

 

 

 

 

 

"Habiendo hecho la Hermandad del Santísimo de esta dicha Villa su función del Corpus, que puede contarse ser la más clásica, hermosa y vistosa que ha hecho la dicha Hermandad por el agregado de circunstancias que se reunieron, a saber:

El ir vestidos con su uniforme catorce Realistas de esta Villa con su jefe al frente, don Manuel de Gelo Cabezón, comandante de dicha tropa, habiendo traído al efecto doce cajas con su tambor mayor de la Primera Compañía del Batallón de Realistas (a la que pertenece el trozo de esta Villa) situado en la ciudad de Sanlúcar la Mayor, caminando todos con tanto orden y compás que no parecía sino una muy arregladísima tropa de ejército.

Asistieron a la Función por la mañana, custodiando tres de ellos al Santísimo manifiesto con bayoneta calada, haciendo todas las evoluciones y demás al son de las cajas mandadas por dicho tambor mayor y, los demás, dos en fondo en la nave del medio de dicha Iglesia.

Por la tarde acompañaron al Señor dos de ellos al lado y los demás, con el jefe y tambores, detrás de la procesión, que al son de una pausada marcha, todos unánimes caminaban. A la novedad, concurrió un sinnúmero de gente de los circunvecinos pueblos, que todos a una voz clamaban ser la más hermosa y vistosa procesión que habían visto en tan reducido pueblo y que con dificultad se haría otra que reuniese iguales circunstancias.

Es indecible explicar el júbilo y alegría que en todos reinaba, las fiestas y regocijos que hubo en dicho día, pues no parecía sino que Dios había derramado sus abundantes consolaciones sobre todos.

Contribuyó a hermosear esta solemnísima Función la famosa música de instrumentos que se trajo de Sevilla y el sin igual orador que pagenirizó (sic).

No deja de trabajar la Hermandad para ver si puede ir adelantando más y más los cultos y homenajes a Nuestro Dios y Señor. Haga este Padre amoroso de misericordia, reine la paz y armonía para llevar su culto adelante"[10].