2.- LA REPOBLACIÓN DEL SIGLO XIV.

 

Es en los albores del siglo XIV (1302), cuando Aparicio Sánchez, deán de la Catedral de Sevilla, concede Carta-puebla a los pobladores de Solúcar de Albayda[1].Tras el desasosiego del siglo precedente, el siglo XIV se manifiesta con una mayor estabilidad para los territorios conquistados. Tanto el poder real como los diferentes "señores", aprovechan esta coyuntura para organizar sus territorios, repoblándolos y dotándolos de un ordenamiento jurídico y económico.

 

Como vimos, al hablar del repartimiento en el capítulo precedente, la Iglesia de Sevilla y las distintas Órdenes militares obtuvieron, en recompensa a su colaboración en las lides de la conquista, varias posesiones en la zona aljarafeña. Todos participaban de un mismo afán: repoblar sus tierras y posesiones.

 

Así, la Orden de Alcántara repobló en los primeros años del siglo XIV (1310) las aldeas de Cantullán y Heliche (que no es, como algunos ignorantes o poco respetuosos en la materia pretenden, el origen del vecino pueblo de Olivares). La Orden de Santiago impulsó la repoblación de Villanueva del Ariscal y Mures (actual Villamanrique). Más compleja resultó la repoblación de Castilleja de la Cuesta, parte de la Orden de Santiago, que no se consolidó hasta 1370.

 

La Orden de Calatrava, por su parte, repobló los lugares de Caxar, Villalba y Villadiego (1327) y Carrión de los Ajos -hoy denominada de los Céspedes- entre 1325 y 1335.

 

La Orden de San Juan debió repoblar los lugares de Alcolea y Tocina, intentando también atraer pobladores a Robaina, en el Aljarafe, entre los que distribuyó en 1352 todos los olivares y tierras que la Orden poseía en esta antigua aldea[2].

 

Por lo que se refiere a la repoblación auspiciada por la Iglesia, sabemos que los arzobispos sevillanos repoblaron Umbrete (1313), Cantillana y Brenes (1345) y Rianzuela (1353).

 

En cuanto al Cabildo de la Catedral Hispalense sabemos que impulsó la repoblación de Gatos (1332), Segoviola (1338) y Chillas (1369).

 

Estas instituciones, interesadas en la repoblación de sus respectivas posesiones por motivos económicos, ejercieron sobre las nuevas poblaciones un control más o menos directo por medio de encomenderos, racioneros o, más frecuentemente, por los arrendadores de los derechos señoriales. Este parece haber sido, al menos en las propiedades de la Iglesia, el medio normal de control.

 

Una consideración queremos destacar: Albaida, que desde sus más remotos orígenes aparece poblada, es ahora nuevamente la primera que se relanza su población pues, como vemos, no llegó a estar despoblada, siendo por tanto uno de los poblamientos actuales más antiguos de toda la comarca aljarafeña, lo que le hace, aún hoy día, seguir manteniendo su propia idiosincrasia hundiendo sus raíces en ancestrales culturas y tradiciones heredadas de pretéritas generaciones.

 

Continuando con las directrices magistralmente marcadas por González Jiménez[3], debemos preguntarnos el porqué de la repoblación.

 

En primer lugar, la repoblación coincide con una época caracterizada por la caída de las rentas señoriales. Por tanto, los señores, en nuestro caso el Cabildo Catedralicio, vieron en la repoblación el camino más directo de obtener de sus tierras rendimientos más elevados que compensaran el descenso de sus rentas, toda vez que, ya por esta época solían arrendar sus propiedades "por una o dos vidas" según contrato, cuyo importe experimentaba pocas variaciones.

 

Es el interés económico la base de esta repoblación, prueba de ello es la minuciosa reglamentación de los derechos señoriales que debían satisfacer los campesinos que recibieron tierras en los lugares repoblados: diezmos, tercios de las cosechas, multas judiciales y otros derechos derivados del ejercicio de la jurisdicción señorial, como veremos al estudiar la Carta-puebla de Albaida.

 

En segundo lugar, debemos abordar el origen o procedencia de los repobladores.

 

Aunque la Carta-puebla de Albaida cita los nombres propios de todos y cada uno de los repobladores, salvo casos aislados, no da indicios de su procedencia. Mas podemos asegurar, teniendo en cuenta lo expuesto al analizar la "primera repoblación" del siglo XIII, que no eran castellanos o leoneses venidos ex profeso para tal fin, sino labradores de esta misma zona aljarafeña o de la propia ciudad de Sevilla, a pesar de la expresa prohibición del Consejo de la misma de repoblar con vecinos de ella o de su término, hábito común por otra parte, de ahí la prohibición.

 

            Podemos concluir diciendo que los repobladores del Aljarafe procedían de esta misma zona o, a lo sumo, de la propia ciudad de Sevilla. Éste es quizás el motivo del escaso número de los repobladores: 28 en Albaida, 12 en Umbrete, 29 en Benacazón, 10 en Castilleja de Talhara. En ningún caso se registra la presencia de repobladores no andaluces.

 

 

 


 

[1]A.C.S. 4-4(2)-58.

[2]GONZÁLEZ JIMÉNEZ,M.: En torno a los orígenes..., págs. 95-96.

[3]GONZÁLEZ JIMÉNEZ,M.: La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV. Estudio y documentación. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1975.