1.- LA CONQUISTA.
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Iniciando en sus aspectos generales, antes de introducirnos en lo que atañe a nuestro pueblo, el tema de la conquista y repartimiento de Andalucía por Fernando III y su hijo Alfonso X, éste constituye, como afirma González Jiménez[1], "sin duda, el momento más decisivo, por no decir el más importante, de la historia de nuestra región. En efecto, durante estos años decisivos, que van desde el comienzo de las campañas fernandinas (1224) hasta finales del siglo XIII, se echaron las bases de una nueva Andalucía, distinta de la hasta entonces existente, y radicalmente transformada en sus estructuras básicas -demográficas, institucionales, económicas, sociales y culturales-, como resultado, todo ello, de su incorporación a Castilla".
La batalla de las Navas de Tolosa (1212) señala el comienzo de la descomposición del poder almohade en la Península. Las continuas rivalidades y enfrentamientos entre los diferentes gobernadores almohades, debilitando su propio poderío, facilitó la intervención de Castilla en el valle del Guadalquivir.
La conquista de la Andalucía Bética por los castellanos se produce, excepción hecha del reino de Granada, durante la práctica totalidad del siglo XIII.
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En pleno proceso de desmoronamiento del imperio almohade, se realizan las primeras campañas de Fernando III en las tierras altas del Guadalquivir (1224-1227), que culminarían con la conquista de Baeza.
A partir de esta cabeza de puente se organizan en los años siguientes una serie de campañas que concluyen con el éxito espectacular de la ocupación de Córdoba (1236), que a su indudable valor estratégico unía el significado de haber sido la vieja capital del califato, constituyendo un duro golpe para la quebrantada moral de los andalusíes, al tiempo que una inyección de entusiasmo para castellanos y leoneses.
El resultado inmediato fue la apertura del valle del Guadalquivir a las tropas de Fernando III, que entre 1240 y 1243, se extendieron en abanico por la Sierra y la Campiña.
Las últimas operaciones conquistadoras de Fernando III tienen lugar entre 1246 y 1248, y se encuentran en los alrededores de Sevilla.
De esta suerte, Albaida fue conquistada en 1246 por el maestre de la Orden de Santiago don Pelayo Pérez Correa (Pelay Correa), que invernó en ella en dicho año.
El 23 de noviembre de 1248 capitularía la ciudad de Sevilla.
A la muerte de Fernando III, en 1252, la conquista estaba prácticamente detenida por la apremiante necesidad de organizar los amplios territorios ocupados en los años anteriores. Los primeros años del reinado del nuevo monarca, Alfonso X, se orientan a consolidar la obra organizadora y repobladora de su padre. Es el tiempo del repartimiento, como veremos más adelante.
Las cosas comenzaron a cambiar a partir de 1262. La campaña de Niebla marca el comienzo de un cambio de política con respecto a los enclaves mudéjares existentes en la zona de frontera, considerados como una amenaza potencial para la seguridad del territorio conquistado.
Consecuencia de ello fue la expulsión de los moros de Écija en 1253 y, en especial, el comienzo, en el otoño de 1262, de la repoblación de Cádiz, donde se erigió en 1263 una sede episcopal.
Estos acontecimientos explican, además de otros factores, la revuelta mudéjar iniciada en mayo-junio de 1264, protagonizada por los moros de Andalucía y Murcia, quienes contaron desde el principio con el apoyo e instigación de Ibn Alahmar de Granada.
Según la Crónica de Alfonso X, los moros "pusieron postura que un día se alzaran todos al rey don Alfonso". El plan incluía la captura de la familia real en Sevilla, la ocupación del Alcázar y la expulsión de los cristianos, y, en unión con los moros del Aljarafe, la conquista del territorio sevillano.
La respuesta a esta rebelión por parte de Alfonso X no se hizo esperar y fue, además, contundente.
En 1265, controlada la sublevación en la baja Andalucía, Alfonso X inició el ataque contra su vasallo granadino. A fines de abril se firmó la hermandad de los concejos jiennenses y cordobeses, y en junio las tropas castellanas penetraron en la Vega, cuyos campos fueron talados.
Alahmar se apresuró a pactar con el rey cristiano, renovando su compromiso de vasallaje.
La consecuencia más notable de la sublevación fue el éxodo casi masivo de la población mudéjar del valle del Guadalquivir, con el despoblamiento consiguiente, en muchos casos irreparable, de infinidad de pequeños núcleos rurales en el Aljarafe, en las Sierras y, sobre todo, en la Campiña.
A partir de estos años, la presencia de los mudéjares quedó restringida a unas cuantas localidades de Andalucía.
Sometida la sublevación, las conquistas vuelven a interrumpirse, en parte por el cansancio producido por el esfuerzo militar de varios decenios, en parte por la ineludible necesidad de reorganizar el territorio y, desde luego, por una serie de dificultades económicas y militares.

La última conquista importante del siglo, con la que se cierra toda una época, es la de Tarifa (1292) por Sancho IV. La ocupación del valle del Guadalquivir queda así ultimada, a falta de reajustes fronterizos en el alto Guadalquivir y la conquista de algunas plazas en la banda morisca sevillana[2]
[1]GONZÁLEZ JIMÉNEZ, M.: En torno a los orígenes de Andalucía. La repoblación del siglo XIII. Sevilla, 1988, pág. 3.
[2]Historia de Andalucía. Ed. Planeta, Vol. II, págs. 109-110.