INTRODUCCIÓN
El Aljarafe
Aunque el centro de interés del presente libro es el devenir histórico de la Villa de Albaida del Aljarafe, antes de entrar de lleno en él, es ineludible realizar de forma genérica algunas apreciaciones de carácter geográfico-histórico, magistralmente tratados en diversos estudios[1], sobre la comarca en la que se halla enclavado nuestro antiguo y peculiar pueblo de Albaida.
Límites
En la actualidad, conocemos como Aljarafe la comarca del Valle del
Guadalquivir, al oeste de Sevilla,
que limita al N con Sierra Morena, al S con las Marismas, al E con el
Guadalquivir y por el O alcanza los confines de la provincia de Huelva.
A lo largo de la historia, esta delimitación que acabamos de presentar no siempre ha aparecido respetando estas lindes, sino, antes al contrario, ha variado según épocas y autores. Tan sólo uno de ellos aparece constante, el borde oriental, el cual se levanta de 100 a 150 m. en brusco escarpe sobre la orilla derecha del Guadalquivir, en las mismas puertas de Sevilla, corriendo de norte a sur, desde los cerros que abrigan a Itálica o Camas hasta los que junto a Coria del Río, descienden para perderse en las Marismas.
Los límites norte y sur del Aljarafe, aunque no tan precisos y claros como el anterior, no plantean serios problemas ni dan lugar a dispares opiniones.
El problema se plantea cuando, desde el punto de vista histórico, queremos afrontar con precisión el límite occidental del Aljarafe. Para Al-Edrisi, este confín del Aljarafe se extendía desde Sevilla hasta Niebla. Esta evidente exageración se ha venido repitiendo por otros muchos autores. Sin embargo, y en propia época musulmana, no parece que alcanzase tal extensión, ya que dividido en cuatro tahas o distritos, se hallaban éstos encabezados por los cuatro puntos fortificados de Aznalcázar, Aznalcóllar, Aznalfarache y Sanlúcar la Mayor, prueba inequívoca de sus límites y funciones defensivas[2].
Tras la conquista cristiana y la consiguiente desmantelación del denominado "Campo de Tejada", algunos de los lugares que lo integraban pasaron a depender administrativamente del Aljarafe, lo cual dificultaba, aún más, la precisa demarcación de la zona que nos ocupa.
Esta confusión fue acrecentada al ser organizada la tierra de Sevilla por los monarcas castellanos y el Cabildo de la Ciudad en los siglos bajomedievales, dividiéndola en cuatro bandas o circunscripciones territoriales: la Sierra de Constantina, la Ribera, la Campiña o Banda morisca y el Aljarafe, pasando a depender de esta última banda lugares tan dispares, y en nada relacionados con la peculiar fisonomía del Aljarafe, tales como: Escacena, Paterna, Manzanilla, La Puebla, Hinojos, Aznalcóllar, Gerena, El Garrobo, La Algaba, Burguillos, entre otros, tierras todas que excedían claramente las aljarafeñas.
Con todo ello, las opiniones distintas y el desacuerdo sobre su delimitación y extensión, podríamos concluir afirmando que sus límites naturales estaban comprendidos por las que cercaban las antiguas tahas musulmanas, y que eran: la Sierra, al norte; la Vega del Guadalquivir, al oriente; las Marismas, al sur; y el curso del Guadiamar, al occidente.
En el Itinerario Colombino, de principios del siglo XVI, se afirma que, después de vadear el Guadiamar "de allí adelante es cuesta arriba y hasta Sevilla, se llama Aljarafe"[3].
Hacia 1623, el cosmógrafo Gabriel de Santans, comisionado por Felipe IV para efectuar un mapa general o descripción geológica de España, escribía
Tiene este Axarafe, o loma de olivas, en circunferencia 12 leguas poco más o menos,
corriendo desde la parte de Sevilla, desde Castilleja de la Cuesta, para Valencina del Alcor (sic), Salteras, Heliche, Albaida, lugares pequeños, y la Cabeza del Maestre, que fue villa y se llamó Soberbina, que hoy está arruinada; y de allí corre a Sanlúcar la Mayor y Aznalcázar; y de allí va terminando los montes de Aznalcázar y de Rianzuela, Puebla y Coria, y pasa a Xelves (sic) y por el castillo de San Juan de Alfarache (sic), vuelve a parar en el dicho lugar de Castilleja"[4].
En esta descripción se acepta como límite occidental el curso del Guadiamar.
Resumiendo, podemos concluir que el Aljarafe propiamente dicho es sólo la región mesopotámica comprendida entre los ríos Guadalquivir y Guadiamar. Sea como fuere, la Solúcar de Albayda, como se le denomina en el Repartimiento, ahora Albaida del Aljarafe, siempre fue incluida dentro de los límites del Aljarafe, de ahí que su denominación toponímica actual refleje, quizás para diferenciarla de una antigua Albaida situada en la vega de Carmona, su ubicación comarcal.
El nombre Aljarafe es una clarísima derivación del vocablo árabe as-saraf, que significa " la elevación, el otero o la altura". Al-Edrisi afirma que se llama Aljarafe "porque en efecto, se va subiendo desde que se sale de Sevilla"[5].
Con el transcurrir de los tiempos, y por clara asimilación, el nombre aljarafe significó "campo de olivos u olivar", gracias a la profusión de este cultivo en la citada comarca. De esta forma escribía Makkari que "ningún campo está allí expuesto enteramente al sol: tan espesos son allí los olivos y entremezclan sus ramas ..."[6].
Esta asimilación es patente en disposiciones reales. Así, Fernando III, en la concesión a Sevilla del Fuero de Toledo, en 1251, reserva para la Corona el diezmo "del axaraf e del figueral", es decir, del aceite y de las higueras. Igualmente, en la disposición XXI del Arancel del rey Alfonso XI, se ordena que "todos los que ficieren quemas, que fagan daño en el axarafe o en las viñas o en la tierra gallega de cuomo vinieren las aguas acá en la tierra morisca, que les prendan por ciento maravedís"[7]
Por el contexto de ambas disposiciones, puede observarse cómo con el término aljarafe se denota un tipo de cultivo o de tierra dedicada a él: el olivar. Durante los siglos XV al XVII son abundantes las expresiones en este mismo sentido. Rodrigo Caro afirma que Aljarafe es "voz árabe, que significa heredamiento de olivares"[8]
A partir del siglo XVIII, el término Aljarafe recobra su primitivo significado, traduciéndolo el Diccionario de Autoridades como "azotea o mirador", que es el mismo que en la actualidad sigue dando el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. En los dos últimos siglos sólo es aplicado como nombre propio y referido concretamente a nuestra comarca.
El aspecto fisiográfico que presenta el Aljarafe es de unas suaves ondulaciones o colinas, que alcanzan su máxima cota en el Cerro de Torrús, de 185 m. sobre el nivel, entre Olivares y Salteras.
Geológicamente, el Aljarafe está formado por una plataforma estructural terciaria miocena de margas y arenas de origen marino, que se estrecha en forma de cuello de botella en dirección noreste y se halla rodeada en tres de sus lados por los terrenos cuaternarios aluviales, formado por valles y vegas del Guadalquivir y Guadiamar y las Marismas sureñas, dándose en el límite noroeste una zona de terrenos pliocenos. Las partes más meridionales del propio Aljarafe se hallan ocupadas por terrenos cuaternarios, formados por sedimentación de relleno del Guadalquivir.
Esta base geológico-litológica da lugar en los terrenos terciarios a suelos del orden de los alfisoles, rojos mediterráneos, que se encuentran a menos de 1,50 m. de profundidad, buenos para el olivar por el contenido calizo del subsuelo, y entre los cuales se da el serosén arenoso, amarillo claro, muy apto para el secano, olivar, vid y frutales; los suelos aluviales, mucho más recientes, son buenos para el secano y mejores para el regadío[9].
El río más importante de la zona es el Guadiamar, afluente del Guadalquivir, que nace cerca del Castillo de las Guardas y atraviesa el Aljarafe de norte a sur por los términos de Aznalcóllar, Sanlúcar, Benacazón y Aznalcázar. En su curso recoge numerosos afluentes como el Ardanchón, Alcatayón, Valdegallinas, Valdárrago, etc. El Guadiamar es, por tanto, la auténtica arteria fluvial que recorre el territorio aljarafeño hasta finalizar su curso en tierras marismeñas. Sus casi 80 Km. de longitud sirven para delimitar, como ya hemos comentado, el Aljarafe del antiguo Campo de Tejada; separando, asimismo, los terrenos miocénicos de los pliocénicos y cuaternario.
En esta introducción general a la comarca donde se halla ubicada Albaida, el Aljarafe, es imprescindible hacer mención de la climatología y vegetación que hacen de esta zona una tierra de peculiares características.
El clima de la zona lo podríamos calificar de templado, con ciclos claros y despejados, con una pluviosidad media que oscila entre 650 y 700 mm. anuales, aunque en esta década, debido a la pertinaz sequía, esta cifra resulta desorbitada.
Con referencia a las temperaturas, rara vez alcanzan el bajo cero, con lo que resultan poco frecuentes que aparezcan fenómenos de fuertes heladas. Por otro lado, las mínimas anuales se producen en febrero, cuando las máximas diurnas son ya superiores a las de diciembre y enero, creándose una situación muy favorable para el incipiente período vegetativo de las plantas, que difícilmente soportarían bajas temperaturas continuadas[10]. Por el contrario, las máximas producidas en los largos meses de verano llegan a sobrepasar los 40 grados, lo que unido a ser éste el período anual más seco, hace que los cultivos se restrinjan a los que soporten bien el calor y la falta de humedad.
En cuanto a las lluvias, su mayor incidencia se registra en otoño y principios de invierno, así como en la primavera. Estas lluvias tienen frecuentemente un carácter tormentoso; en primavera, en ocasiones, se producen granizadas, ocasionando graves daños a los cultivos imperantes en la zona.
La tradicional visión del Aljarafe como tierra fertilísima, nos habla sobre todo de factores adyacentes a sus características edafológicas, como pueden ser las reservas de agua del subsuelo, las excelentes condiciones climáticas, la proximidad a la capital como centro de consumo y, sobre todo, la labor del hombre, que ha dado lugar a que el Aljarafe haya sido desde tiempos muy remotos una zona intensamente cultivada.
Su vegetación predominante es el bosque de encinas, alcornoques, acebuches y algarrobos. De ellos, el cultivo del acebuche ha dado lugar al árbol más caracterizador de la zona: el olivar, "por estar muy juntos y ser muchos", según señala Abu-Zacaria, aunque en nuestro tiempo se ha producido un fuerte retroceso en este cultivo debido a la especulación del terreno y otros intereses políticos y económicos.
Que el Aljarafe fue una comarca muy poblada desde los tiempos más remotos es evidente y corroborado por abundantes y diversos hallazgos arqueológicos, casi por azar, ya que es una tierra que hasta la actualidad no ha sido estudiada en profundidad en este campo, pudiendo guardar entre sus lomas innumerables y valiosas pruebas que manifiesten, aún más, la certera presencia del hombre prehistórico en estas latitudes.
Los hallazgos producidos hasta el presente han propiciado pruebas palpables de una ocupación humana de la meseta aljarafeña, remontándose ésta, al menos, a los períodos neolíticos y eneolíticos. Ejemplos de ello son el conjunto dolménico de Valencina (Matarrubilla, La Pastora, Ontiveros), los fondos de cabañas de Gines, o el famoso tesoro tartésico del Cerro del Carambolo y el poblado del mismo lugar.
La toponimia presenta en esta comarca nombres prerrománicos como Bormujos que, según Menéndez Pidal, deriva del hidrónimo "borm-", que hace referencia a aguas minerales, situado en el Lacus Ligustinus de Avieno[11]. Además existen otros topónimos de clara trascendencia prerromana y que perduraron tras la conquista romana de la Bética, tales como Menoba, Osset, Pésula, etc.
Las fuentes histórico-literarias grecolatinas (Tolomeo, Estrabón, Plinio) incluyeron al Aljarafe dentro de la Beturia y del territorio turdetano.
Tomando como fuente el Alexandra de Licophron, algunos autores adjudicaron a los muchachos aljarafeños una educación casi espartana, en la que, desnudos y descalzos y provistos por sus propias madres de sendas hondas de tres ramales, sólo conseguían la comida acertando con un tiro de onda a un pan colgado de la punta de un palo[12].
El historiógrafo sevillano P. Flórez ha identificado los topónimos citados por Plinio o Tolomeo con los actuales lugares y, con más o menos acierto y verosimilitud, ha supuesto que Laelia era la villa denominada actualmente Albaida; Menoba, Aznalcázar; Spoletum, Espartinas; Solia, Sanlúcar la Mayor; Pésula, Salteras, etc.
La arqueología nos muestra un Aljarafe sembrado por todas partes de restos hispanorromanos: inscripciones de Coria, Espartinas, Palomares, Salteras, Sanlúcar la Mayor; monedas con la inscripción "Laelia" en Albaida; mármoles de Villanueva del Ariscal y cabeza escultórica de Tomares; sepulcros y bronces en Espartinas y necrópolis en Olivares; amén de infinidad de restos cerámicos y vidrios en todo el suelo aljarafeño.
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La toponimia viene también a corroborar la intensa romanización de la comarca.
El Aljarafe, durante la época de la dominación romana, debió estar sembrado de numerosas "villae" rústicas o granjas, que con posterioridad formarían las "alquerías" musulmanas y, más tarde, se convertirían en haciendas y heredamientos, cuya ascendencia reconocen los estudiosos de la civilización hispanomusulmana.
La invasión musulmana de la Península comenzó en el año 711, tras la victoria del Guadalete. La conquista del Aljarafe debió producirse un año más tarde, y de forma definitiva después de la insurrección cristiana de las zonas situadas entre Sevilla y el Algarbe portugués, en el año 713, gracias a las labores militares de Abd-al-Aziz, hijo de Muza, enviado por éste para sofocar dicha rebelión.
En el Aljarafe se estableció la aristocracia musulmana, destacando los linajes de los Ibn Hayyay y los Ibn Jaldún, los más temidos nobles de los que tuvieron posesiones en esta tierra, sembrando el pánico en la comarca durante gran parte del siglo IX y principios del X. Las correrías, razzias y vandalismos de estos señores, como Coreb, de la casa de Ibn Jaldún, en el siglo IX, provocaron enfrentamientos, destrucciones, saqueos y aún verdaderas batallas intestinas, en las que participaban sus secuaces aljarafeños, o tenían al Aljarafe como escenario.
El Aljarafe fue una tierra apetecida y apetecible. Así constatamos la expedición contra Sevilla de Alfonso VI, que arrasó muchas aldeas aljarafeñas en 1082; la expedición a esta zona realizada por el conde Rodrigo González, mandada por Alfonso VII, hacia 1130; el reparto de gobierno que hizo el monarca almohade Abd-al-Mu'min entre sus hijos, hacia 1154, dándole a Abu Ya'qub Sevilla y el Aljarafe con sus distritos.
Una vez pasados estos conflictivos momentos, podemos concluir, a juzgar por las citas clásicas musulmanas, que el Aljarafe conoció su etapa dorada gracias al asentamiento de la aristocracia árabe, la proliferación de prósperas alquerías, el crecimiento de la población, florecimiento agrícola y un cierto bienestar general, la frondosidad y riqueza de su suelo, la dulzura de su ambiente, la proximidad a la capital, circunstancias que hacían de la zona una tierra de promisión que no sólo fructificaba los olivares, sino que transmitía nobleza a sus poseedores, como sentenciaría Al-Mutamid.
La conquista y repoblación andaluza presentó dos etapas. La primera, inmediatamente después de la conquista de la región (1224-1248) por Fernando III, se caracterizó por el asentamiento de la población en parte de la cuenca del Guadalquivir y las zonas montañosas de su curso alto.
En la segunda, tras la rebelión de 1263, reinando Alfonso X, se repobló Andalucía occidental y las comarcas béticas donde había permanecido, hasta entonces, la población musulmana en calidad de tributaria.
En las dos etapas, la mayor parte de las tierras fueron adjudicadas a las Órdenes militares de Calatrava, Santiago y Alcántara, así como a la mitra arzobispal de Toledo.
La repoblación de estos territorios cedidos a las Órdenes o a otros particulares, se produjo de forma lenta.
Al llegar el siglo XIII era un hecho conocido de todos que el Aljarafe constituía una zona vital para el aprovisionamiento de Sevilla, de ahí el empeño que el rey conquistador tuvo en dominar estas tierras antes de comenzar el cerco de la citada ciudad.
Las negociaciones entabladas entre Fernando III y los caudillos musulmanes Axacaf y Aben Choeb, incluyen la entrega a los castellanos del Aljarafe, cuyo territorio aún no estaba dominado militarmente[13].
Con el cerco de Sevilla comenzaron también las correrías y devastaciones del Aljarafe, de cuyas acciones se encargaron, según la Primera Crónica General, el infante don Alfonso y el maestre de la Orden de Santiago, Pelay Correa, quien realizó la conquista de Albaida.
Según Ortiz de Zúñiga, a pesar de estas operaciones de castigo, con el paso de los días "se iba reconociendo que, si no se quitaba a los moros la comunicación de Triana y el Axarafe (sic), sería casi imposible ganar Sevilla que, incesantemente socorrida de aquella parte, cada día se renovaba de fuerzas"[14].
Así pues, aunque el Aljarafe no padeció directamente la acción devastadora de los ejércitos fernandinos, al producirse el último y definitivo asalto, tras el prolongado cerco, a la ciudad de Sevilla, el aspecto que mostraba la comarca era desolador: la mayor parte de su tierra estaba quemada y destruida. Situación que se agravó aún más en las décadas siguientes debido a los levantamientos de la población musulmana y ataques de los benimerines.
En 1285, la expedición benimerín del emir Abu Yacub entró en el Aljarafe "quemando, robando, destruyendo y talando cosechas y árboles, derribaron las casas, mataron en ellas a miles de cristianos y cautivaron otro tanto de mujeres, hombres y niños. Detúvose el emir en La Algaba y el Aljarafe dos días, hasta no dejar allí a los cristianos con qué sustentarse"[15].
El problema que se plantea era grave: había que repoblar las tierras, ponerlas de nuevo en funcionamiento, y todo ello ante las no muy gratas perspectivas de los resultados de la primera repoblación inmediata a la conquista. Sin duda fue una empresa ardua que se desarrollará a lo largo de 150 años.
El repartimiento cristiano del Aljarafe sustituyó a la aristocracia árabe por los infantes y nobles castellanos, el obispo y Cabildo catedralicio de Sevilla, el Concejo de la ciudad, las Órdenes militares y algunos otros beneficiarios, tal como puede constatarse con todo detalle en el Libro del Repartimiento de Julio González, libro fundamental y básico para dirimir y documentar dicha etapa histórica.
[1]HERRERA GARCÍA,A.: El Aljarafe sevillano durante el Antiguo Régimen. Sevilla, 1980. BORRERO FERNÁNDEZ,M.: El mundo rural sevillano en el siglo XV: Aljarafe y Ribera. Sevilla, 1983
[2]ORTIZ DE ZÚÑIGA,D.: Anales eclesiásticos y seculares de la ... Ciudad de Sevilla. Madrid, 1795, T.I, pág. 7.
[3]COLON,F.: Descripción y cosmografía de España. Madrid, 1908-15, pág. 300.
[4]DOMÍNGUEZ ORTIZ,A.: Las noticias inéditas de algunos lugares de Andalucía de Gabriel de Santans, en "Archivo Hispalense". Sevilla, II, núm. 3, (1944), pág.36.
[5]Descripción de España, por Abu-Abd-Alla-Mohamed al-Edrisi. Versión española por BLÁZQUEZ,A., Madrid, 1901, pág. 15.
[6]ADHARI, Aben: Historias de Al-Andalus, ed. de F. FERNÁNDEZ y GONZÁLEZ. Granada, 1860, págs. 308-309.
[7]GUICHOT Y PARODY,J.: Historia del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1896-1903, I, págs. 228-242.
[8]CARO, R.: Antigüedades y Principado de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla y chorografía de su Convento jurídico o antigua chancillería. Sevilla, 1634, pág. 219.
[9]Citado por A. HERRERA, ob. cit., nota (16) pág. 46.
[10]Mapas provinciales de suelos. Sevilla. Madrid, 1975, Ministerio de Agricultura. Estudio agro-biológico de la provincia de Sevilla. Sevilla, 1962.
[11]MENÉNDEZ PIDAL,R.: Toponimia prerrománica hispana. Madrid, 1952, pág. 95.
[12]CARO,R.: Antigüedades..., pág. 219v.
[13]GONZÁLEZ,J.: El Repartimiento de Sevilla. Madrid, 1951, T.I, pág. 213.
[14]ORTIZ DE ZÚÑIGA,D.: Anales..., T.I, pág. 25.
[15]Citado por HERRERA,A.: El Aljarafe..., pág. 50, nota (60).